lunes, 1 de septiembre de 2014

15 M, Podemos y la esperanza




Hay dos modos de ver a Podemos. El primero, lleno de razón, es analizar sus propuestas y organización, y estar o no de acuerdo. Aquí hay que detenerse a pensar, pues se pretende gobernar y gobernar incide en la vida de millones de personas, por cuestiones técnicas que el poder debe resolver, pues esa es su función. En realidad, el poder político lo es porque toma las decisiones fundamentales que van a regular institucional, personal y socialmente a muchas personas. Por eso, el poder puede ser egoísta, asesino, salvador, solidario (fraterno), inquietante, desmoralizador, multiplicador, justo o injusto. Esto es lo que la ciencia política estudia. Todos los poderes y modos de ser del poder. Yo que no soy politólogo ni filósofo político, dejo lo que haya que decir en relación con las razones y características del poder a los especialistas. Esto es porque hay que hablar con propiedad para no hacernos irracionales o simplemente emocionales. Todo será producto de una reflexión, mejor a posteriori, a partir de lo que ya existe y estructura. Es una tarea crucial y determinante. 

Pero desde que empezó el 15 M mi reflexión ha ido por otro lado. Se trataba entonces de un poder sombrío que amenazaba y amenaza seriamente a la gente. Yo tuve la sensación de ahogo muchos meses y años antes de que estallara esta opción. Notaba el peso de una irracionalidad que atenta contra vida y existencias. Me preocupaba y dolía. Pero la impresión que siempre tuve es que topábamos con algo más serio que las decisiones políticas. Si trato de verbalizarlo aparecen vocablos como suciedad, corrupción, tiranía. También la idea de lo podrido, como algo superado y echado a perder de manera que su destino más lógico sea la basura. Había ciertas cosas que tirar a la basura. Y este lenguaje metafórico que yo me decía intentaba arañar la clave. Mi impresión ha sido, y en parte “armado” por planteamientos freudomarxistas que dotan de instrumentos para los discursos elaborados por la razón (crítica). Así, he podido sospechar que hay una conexión entre las turbiedades de la política y la economía y lo que sucede en el corazón y el alma de la gente. 

Lo que entreví y sigo oliendo es que hay un fondo profundo en todo esto, que Fromm o Marcuse situaban en la psique. Es decir, más allá de su propio límite y de la acción usual para gestionar la política. También un psicólogo, por ejemplo, debía pensar en su campo lo que el mundo social hace, deshace y rehace en la psique humana. Por tanto, estoy insistiendo en que al poder hay que tratarlo fuera de sí mismo. Este afuera fue llamado por Freud lo inconsciente y en efecto a menudo son tensiones (neuróticas si hacen daño) relacionadas con un potente y amplio submundo que es, en realidad el mundo en el que respiramos, comemos y amamos. Es preciso extraer y verbalizar (logificar) lo que abunda más allá del entendimiento consciente y la razón.

Se puede avanzar más allá del inconsciente irracional. Porque hay unos elementos previos y decisivos para la vida y la existencia. La existencia añade, creo, un plus a la vida, es algo más complejo de entender. Dicho rápidamente y no con mucha propiedad, existir es ser en un modo o en otro. Si seguimos a Heidegger significa ser ahí, es decir, estar encarnado en un mundo que nos dona una historicidad (concebible en términos de temporeidad). Para ello, el ser ahí debe optar desde una interpretación que hace de su mundo y del enfoque al ser o la ceguera hacia el mismo. Lo hace siempre, porque ha de ser en el mundo y entre los demás hombres. El matiz que puede darse a todo esto son los matices de los distintos existencialismos que lo son, contra Heidegger, por la centralidad que ocupa esta existencia humana (Jaspers, Sartre e incluso Gadamer). Son las concepciones existencialistas que podemos también extender a los personalismos (Marcel, Mounier) e incluso el pensamiento dialógico judío (Buber, Levinas). Se trata en todos ellos de intentos de captación y apresamiento de lo que nos moviliza al modo del inconsciente pero de un modo más hondo todavía, implicando una acción y respuesta al Ser. Uno puede abordar el núcleo del existir mediante un rodeo por el Otro. 

Pues bien, vamos orientados por estos viajeros, por lo que nos dota de la consistencia humana, del poder de decidir por el modo de ser (a la luz de la muerte o del amor), siendo propiamente y no desgastando en fantasmas nuestra existencia. Es decir existir o lo existente es un posicionamiento básico en relación con lo que cimenta nuestro trato con lo más íntimo de nuestro existir, que es el ser. Esto es así porque ontologizamos lo que nos contiene y anima. Los enfoques freudomarxistas que hemos nombrado sitúan como hemos visto el ser en un nivel material, dentro de las transformaciones de algo mayor, que es el mundo de las cosas. Aunque esta separación ha sido vista de ambas maneras por un solo autor, Marcuse, que siendo discípulo de Heidegger en la juventud, se preocupó toda la vida por el carácter histórico (que no historicista) del hombre. Marcuse apelaba a una historicidad del hombre que fue matizando y definiendo ya en términos marxistas en su etapa madura. 

Todo este somero rodeo viene a sustentar una idea que puede aplicarse al 15 M y a Podemos. Se trata de si hemos estado soportando en ellos opciones concretas de la razón política (instrumental), como hacen todos los partidos, o estamos ante un nuevo modo de ser. Pensar esto segundo tiene su  peligros. Porque ¿qué es un modo de ser? Para empezar, son movimientos sociales y partidos que arraigan en algo más básico que la razón más instrumental. Apelan a un modo de situación por parte de la persona, a su relación con la esencia que nos constituye y que determina la existencia. Hay algo hondo en todos ellos. Se trata de un malestar ontológico que parte de una orientación al Ser, a ese núcleo hondo que empapa todo, al mundo, al hombre, a la sociedad. Es como si, al estilo que lo denunciaban en los años 60, nos hubiéramos equivocado. Se trata de la búsqueda de lo nuevo, que no ha de significar ruptura total con lo que nos constituye ahora. Estos movimientos han buceado en la sombra, en lo previo a la palabra, creo. Han tenido la intuición de una carencia básica. 

Así, hay elementos vertiginosos, de vértigo, en Podemos. Independientemente de lo que van a hacer en concreto cuando gobiernen, apuntan a algo hondo y novedoso, un deseo de reorientación. Se le puede poner palabras. Por ejemplo, todo este rato me ha rondado la cabeza la palabra y la idea “esperanza”, porque es lo nuevo que aportan a la sociedad. Puede ser como un guiño y animación a vivir de otra manera, de un modo escogido por el sujeto. Es pura esperanza lo que irradia de su bendito caos. La apertura a lo que pueda ser. Esto que parece tan simple no lo es. Pues sitúa a Podemos en otro nivel. No es porque sean arrogantes o pretenciosos. Simplemente es que han respondido a una necesidad vital, ya que escuchan.  Son personas que se saben constituidas por unos anhelos y malestares de los que son, a veces por el mero hecho de pasar hambre o perder la casa, conscientes. Y es en este plano, en esta hambre, donde yo siempre he situado al 15 M y a Podemos. El hambre corrige nuestro enfoque más hondo. El límite es visión de lo más allá. 

Por eso, la crisis económica hace palpable una crisis de la existencia. Es lo “bueno” de los desastres que estamos viviendo. Lejos de toda arrogancia, somos solamente unos oídos sintonizados con lo más nuclear. Eso nuclear, repito, es la orientación que podemos tener en relación con el hecho de ser, es decir, si aceptamos nuestra carencia de ser, por un lado y siempre mirando a la muerte, o unas condiciones o miradas concretas. Heidegger hablaba de un olvido del Ser que lo transformaba en metafísica causal debido al dominio de lo técnico. Esto enseña que lo más cotidiano y corriente tiene unas hondas implicaciones en lo que somos y decidimos ser. Siguiendo esta línea, hemos de visualizar (por emplear una metáfora no muy acertada) nuestro estar, es decir, nuestro ser-ahí, o modo de ser. Hemos de acudir a lo más básico y primario, a lo previo al logos o, algunos dirían que a lo simbólico.

Creo que Podemos aspira difícilmente a esta reestructuración del modo de estar, de nuestra relación con la existencia y el mundo. Va más lejos que él mismo. Son personas ahora comprometidas con un cambio radical, y no olvidemos que pueden más adelante cerrar los ojos (en su propio lenguaje “hacerse casta”). Se trata el suyo de un ejercicio fundamental, de una irrupción de un nuevo planteamiento existencial. Pero podrán estar o no a la altura de ello.

domingo, 31 de agosto de 2014

Lo nuevo en lo viejo





Quien desee conocer por qué no deben abandonarse los estudios de humanidades, tienen una buena consejera en Martha Nusbaum, por citar a una autora de exquisita y elegante prosa que conoce a fondo la tradición greco latina, leída y asimilada en sus propias lenguas. Yo no puedo sino apuntar algunas breves consideraciones para animar al estudio humanístico, hoy día tan perseguido en España. De las hermosas lenguas clásicas, de compleja y precisa gramática, puedo afirmar que lamento con hondura no haber profundizado en las mismas, en su lectura, uso y escritura, porque lo poco de acercamiento a ellas que he tenido me ha instado a percatarme de su gran valor. Una lengua como el latín, de la que se dice que esculpe la cabeza, como lo puedan hacer también las matemáticas, no implica una dedicación a algo tan baladí como una antigualla. Las llamadas lenguas muertas viven en cada estudioso que las cultiva. Debo a la gramática latina de Lisardo Rubio el haber sido introducido en la forma de pensamiento del latín, en las categorías latinas, de un modo preciso y ameno. El griego parece más luminoso, de un blanco intenso que se relaciona con un mundo que nos creó. Si nos aproximamos desde la historiografía a ese mundo, podemos experimentar una sensación de lejanía y cercanía al mismo tiempo. Este es el efecto más interesante producido por el estudio de la tradición y las lenguas clásicas. Al hacerlo nos topamos con muros o  construcciones firmes, que pueden admirarse como objetos. Se trata de la belleza del texto, de su compleja trama, y de resonancias serenas y firmes traspasando los tiempos. Un texto clásico es una pieza para ser gustada. Yo no sé lo que hay que saber, lo mucho que deberíamos saber, del mundo clásico. Pero en las breves aproximaciones al mismo he hallado textos como joyas. Es esa ambigüedad que he señalado de lo lejano-cercano de los mismos, lo que confiere a su estudio su valor mayor. A través de ellos entramos en una relación con un universo de símbolos y significaciones que producen reacciones en los lectores actuales, que los cambian, aun a sabiendas de que hablan, ciertamente, de un mundo fósil. Pero fósil no equivale a muerto o antigualla, sino a resto palpitante y ajeno, que puede parcialmente actualizarse como nuestro.

El baño de antigüedad nos refina y matiza. No sé si acierto con estas razones, pues alguien pudiera acusar a esta sumaria y pobre apología de culturalismo aburguesado. El burgués que se eleva sobre un mundo del que se distancia, se parece, su mundo, sospechosamente a lo que pretendo sugerir que ocurre en la relación con las lenguas muertas. Pero es que todos los ojos y juegos humanos valen y, pruritos políticos aparte, el estudio de algo ya casi inaccesible y que nos fuerza a distanciarnos dignamente, no es una torpeza, creo. Es enriquecedora de nuestro modo de conocer y relacionarnos con un mundo respecto al cual, para salvarlo, hace falta un distanciamiento que visualice y distinga lo inconsciente, lo culturalmente inconsciente, y desentierre lo que no es sino nuestra sustancia olvidada. Esto puede ser tachado, ya digo, de culturalismo. Sin embargo, conectar con estos ecos pasados puede revitalizar el pensamiento, frío y paciente, del mundo actual. Puede ofrecer una tensión. Se opera en una dialéctica entre lo nuevo y lo viejo, lo muerto y lo vivo, que ayuda a la comprensión y profundización en el propio tiempo. El juego de ir y venir a través de los textos antiguos y la propia vida presente va erigiendo una imagen del mundo también presente. Se complica y enreda, en un enredo elocuente y gnoseológicamente operativo, por el que el mundo se hace felizmente más raro, rico y complejo. Se enreda y trama como si el texto saliera del papel y la tinta, para revivir en una prolongada agonía que es confrontación y pensamiento. El destino de esos textos es ser continuo palimpsesto de mí mismos. Sólo re-leyendo y re-haciendo, dice la tradición hermenéutica, podemos aspirar a una cierta crítica y juego de los propios textos. O crítica y juego de los propios mundos.  

Las humanidades desarrollan esta relación próxima y lejana al mismo tiempo con el mundo. Obligan a pensar en lo que nos constituye de manera más básica, en el universo de símbolos y razones o códigos más o menos conscientes donde arraiga nuestro Yo, por ejemplo. Como ya viera Foucault, el pensamiento grecolatino, hasta la patrística, es un ejercicio constructivo en el que se pare el propio yo, en confrontación con un poder del que se ha tomado distancia meditadora, en una relación en que el pensamiento y la filosofía consiste en la fabricación de un carácter, en una suerte de pugna en la que tomamos conciencia del mundo como lugar ajeno con el que elegimos cómo vincularnos. La vinculación humanística es razonamiento acerca de lo que nos hace ser. En sus textos están las claves del modo en que, al menos Occidente ha preferido ser. Hay una pretensión de edificación a partir del análisis racional del mundo, de una actitud serena y meditadora que en su acción de pensar comprende lo alejado y distanciado del propio Yo y construye un carácter y un Yo que son producto del esfuerzo filosófico. 

Las humanidades, pues, aclaran el presente tomando distancia del mismo. Todas responden a la pregunta por el self, o yo, o “el mismo”. Pero frente a toda concepción solipsista, el yo se hace en su trato con el mundo y con el Otro amigo, o mandatario, o ciudadano. No se llega en esto, sin embargo, tan lejos como el pensamiento bíblico en el que la dualidad de lo próximo – lejano se tensa hasta hacerse casi insoportable. No obstante la tradición bíblica llega, como sabemos, al mundo clásico y a sus lenguas.  El peso de los otros muertos que insufla vida al presente y que se halla presente y anticipado en los discursos de Pericles expuestos por Tucídides.

El juego de lo vital se hace en confrontación con las muchas muertes. Las muertes que expresa ese mundo antiguo y que perduran como textos tan apolíneos y acabados como moribundos. Sólo a partir de su límite y precaria debilidad crecemos.

jueves, 28 de agosto de 2014

Una estética elocuente





Una de las experiencias estéticas más intensas que he vivido en los últimos meses ha sido la visión del gran documental-película Shoah, de Claude Lanzmann. En este el pasado es protagonista, rememorado por quienes son entrevistados. No hay una sola imagen que muestre cómo eran los lager o campos de exterminio en los años 1943-45, ni a las víctimas entonces. Todo es evocado en los mismos lugares de la catástrofe, pero como es hoy día, o en los años 80 en que se rodó la película. Fue para mí una experiencia estética, lo que no quiere decir que no se planteen densos y sesudos debates a partir de ella. Precisamente por el carácter estético, atendiendo al método que se usa en el film, hace escuchar y hace también pensar. Va contando algo y diciendo una verdad. 

Salvo por una breve interrupción a la mitad, vi seguidas las nueve horas que dura. Me entregué a la película, en la medida en que me dejé persuadir y llenar por la película. Y lo hizo. Son especialmente relevantes las inflexiones en las voces y los silencios. No hay nada de la época original, sino antiguos prisioneros y verdugos en lugares concretos que evocan lo que pasó. 

Decir “estético” es en este contexto lo mismo que decir que se muestra un rostro para que haya unas emociones, ya que en medio de la experiencia que desgrana estamos en un lugar previo al logos, anterior al lenguaje, que traza, hila y concluye, esto es, estamos en un modo previo de meditación. Es la meditación in situ que toma conciencia de algo latente. Es como si el pasado fuera una suave brisa que de montañas remotas soplara mansamente en la mejilla y fuera afectándonos poco a poco, sin ser realmente conscientes de lo que sucede. Y su dulzura fuera estremecedora. 

La película se demora todo lo que debe demorarse. Deja hablar al tiempo finiquitado y previo, que se trasluce en el lenguaje, las voces (las lenguas), los verdes prados y bosques sombríos del corazón europeo. La cámara filma acaso una explanada en medio de árboles, y alguien cuenta lo que sucedía allí. El ojo sufre una inyección de paisaje y de tiempo, mientras las voces casi claman cada vez más. Como un rezo que fuera ganando intensidad. No es exactamente algo material, pues son vacíos lo que se extiende ante los ojos, lo que brota del tiempo contado. Inmensas nadas. Uno ve un tiempo ya cumplido. Vemos la huella. Oímos el eco.

La sensibilidad filosófica es una sensibilidad que responde y capta huellas en las cosas. Es una labor de captación o visualización de lo que hace pensar en la realidad. Uno visibiliza en el paisaje, en su amenazada claridad, en su rara apertura para el hundimiento. Lo pasado tiñe el ahora como un vacío. El ahora del espectador es más que instante breve y ciego, gracias a lo que transita por él e irrumpe en él. Su densidad de niebla espesa va concentrándose en el paisaje despejado donde residía el lager, como si los árboles de alrededor la produjeran. Todo parece venir de un bosque, del lóbrego y silencioso bosque. 

Hay algunas escenas muy elocuentes. En una se oye en off la lectura de unas instrucciones para aplicar reformas en los camiones que se producían, comprados por el Estado para la ejecución de los prisioneros. Se ve mientras tanto un camión actual de la misma marca, circulando por una carretera corriente, en el presente. Se da un efecto demoledor, según vamos escuchando una jerga burocrática con el ruido del motor de fondo y el paisaje industrial que recorre la máquina. Tal vez vemos eso mismo, esa plenitud burocrática aquí y ahora. Por eso el efecto es sobrecogedor. Se siente la conexión entre el ayer y el ahora burocráticos. 

En otra escena un antiguo prisionero que ejercía en el lager de peluquero evoca cuando tenía que rapar justo en la sala de los gases a los condenados, que iban a morir en minutos. En otras secuencias se detalla la compleja burocracia, de nuevo, que organizaba el holocausto. 

No habla la película de cualquier pasado. Señala lo que estaba ahí como un final que lo es también para nosotros, percibimos. Eso ocurrió y se cumplió. Lo que vemos en Shoah es un final. Un final untuoso, una honda mancha, que fue pero que perdura de modo extraño. El efecto estético va contando esto, diciendo esa presencia lúgubre en el corazón de la palabra. Durante nueve horas se capta la huella. Y una huella por muy leve que sea, está ahí, perdura y arraiga. Ha marcado el tiempo. La huella de un final de los tiempos. 

El efecto es demoledor. Recuerdo esas nueve horas presentes en mí desde entonces. Ignoramos lo más importante, que se calla en nuestra vida cotidiana. No está ostensiblemente. Porque lo pasado va siendo primero un bloque rígido que, después, se va deshaciendo como un terrón de azúcar. Uno juega y discute con esos pasados. Pero hay en la memoria habitual un toque de falsedad, de reelaboración y engaño. Por el contrario, lo que cuenta Shoah es demoledoramente real. Está en los hombres que lo hablan y que callan cuando el ahora parece parir aquel remoto tiempo y hacerlo vivo y presente. Inyectarlo en el presente.

La película, en fin, atrapa al espectador y le hace mirar a una nada o sinsentido en la historia y en lo más hondo del hombre, se la actualiza. La existencia tocaba fondo, tocó fondo, toca fondo. Pero la película recurre a algo más que empatía psicológica por los que sufren, porque diagnostica un mal arraigado, que perdura como sombra y que tiñe a la actualidad. Cuenta lo que no pudo ser contado, y para ello no funcionan los medios habituales, sino que la marca debe implicar a la palabra que se cuenta, de manera que deba ser otra que sí misma. La palabra, como los ambiguos paisajes, se ve obligada a desdoblarse y, también, poetizarse en extremo, para decir bien.

martes, 26 de agosto de 2014

Melancolías cartaginesas




No hay literatura exenta de melancolía. Pienso por ejemplo en un relato de Bolaño sobre tres futbolistas que comparten un rito secreto de la tradición vudú. Entre partido y partido, al más alto nivel del fútbol, se incrustan en una suerte de cuña que parte sus rutinas ofreciendo cierta lógica afectiva a lo ilógico del fútbol. Lo añejo y lo visceral se abren dentro del fútbol cotidiano, para superar, acaso, al mismo fútbol cotidiano. Es en medio de la frialdad donde la calentura febril irrumpe, en forma de hechizo. Hay una salvación en ello, porque los tres divos sobrepasan las frialdades del fútbol, la frialdad de las masas y de los astros. Porque las masas no son calientes, sino que son frías, lineales y desmemoriadas. Es en el ritual vudú donde emerge la amistad entre los tres ídolos de masas y la constitución de algo vivo y secreto. Y al tiempo que en el relato se va dando este contraste entre lo público y lo íntimo y secreto, va brotando una melancolía que como todas las melancolías nos desvela la vida como sarta de quemazones en medio de la nada.

Esta melancolía la expone también la literatura de fantasía, donde se suele dar un contraste entre lo nuevo y lo viejo, una tensión temporal. Así, en los relatos fantásticos de Bioy Casares, se inserta en las tramas esta nostalgia del tiempo. Hay un relato de Bioy en el que coexisten muchos mundos paralelos al nuestro, casi idénticos, pero con ciertos matices distintos cada uno. En uno de esos mundos paralelos, ha triunfado Cartago y no Roma, lo que tiñe a lo familiar de una distancia callada. Ése es nuestro mundo casi duplicado, pero con el fantasma del tiempo acaecido, patente y terrible. La antigua competencia entre ambas potencias militares en el viejo mundo vuelve a activarse en la forma de recuerdo que adereza lo real, que lo nutre, como una sombra.

Hay, también, un silencio en la verdad de estos pasados constituyentes. Lo que hay en el mundo como sombras son las posibilidades perdidas. Esto produce en el mundo real y cotidiano la percepción del tiempo y el recuerdo como devoción. El tiempo que tiñe a los objetos se vivencia por medio de las distintas posibilidades ya rechazadas y perdidas. 

Esto mismo puede darse en la ciencia ficción, que juega también con otros mundos posibles que constituyen oscura y oblicuamente al mundo real. Es el caso de la película Ultimátum a la Tierra, en su versión clásica primera. Vista hoy, comprendemos un miedo en parte superado, o mejor, sublimado y evolucionado hacia otros fantasmas. Las cosas son hoy como una música lejana añadida a su origen, proveniente de un pasado y una historia. Lo más nuevo, mostrado por las fantasías de la ciencia ficción, deviene en viejo. Es en realidad vejez. Así que se produce un característico tono evocador de lo imposible, como sucede con muchas especies de melancolía.

Hay que concluir que la melancolía, como he comenzado escribiendo, se da en el arte. El contraste entre lo viejo y lo nuevo, entre lo posible y lo imposible, entre lo dado y lo rechazado, es la melancolía que tiñe las obras del hombre. Una melancolía mostrada en los objetos artísticos, y presente en toda obra humana y pensamiento. Es una tensión en lo vivo, una cierta conciencia del paso del tiempo. Es una melancolía de cosas añorando su significado primero y una lejanía de lo cercano. De este modo puede incluso añorarse, en un movimiento políticamente reaccionario y tal vez revisionista, la guerra fría. Este largo periodo de miedos, del cual es reflejo Ultimátum a la tierra, pero porque la guerra fría somos también nosotros y nos constituye, como algo vivido ya muerto y transfigurado, densificado como historia, como un monolito de las cosas ya sin tiempo, pero por eso mismo, evocando al tiempo. Es sabernos y vernos parcialmente muertos, en las muertes que constituyen la memoria, lo que torna todo estudio e intento de profundidad en melancolía. Así, no ya las producciones poéticas, sino todo el hombre pasa, se renueva precariamente a costa de morir, envejece. Tomar conciencia de esto, verlo, es una de las justificaciones del arte y del sentimiento estético.