lunes 16 de noviembre de 2009

Mártires de la UCA, El Salvador.


Tal día como hoy, 16 de noviembre, hace veinte años, seis jesuitas y dos empleadas de la universidad UCA de El Salvador fueron asesinados por un comando de militares con orden de matar a los sacerdotes y no dejar testigos. En aquella época El Salvador sufría una cruenta guerra civil plagada de importantes masacres (El Mozote). Allí se inventaron y funcionaron los tristemente célebres “escuadrones de la muerte”, para secuestrar, torturar y asesinar a opositores y campesinos. La guerra terminó en 1992, pero El Salvador continúa siendo un país brutalmente castigado por la pobreza, la violencia y la injusticia. La vida en cualquier lugar del denominado Tercer Mundo es durísima, hasta el punto de que se trabaja de sol a sol sin los beneficios de los estados de bienestar a la europea, con todo privatizado y con nada para quien no puede pagar (un niño puede morir allí fácilmente por falta de antibióticos). La sanidad, la educación, la ayuda en situaciones de emergencia como el reciente huracán que acaba de asolar el país y todo lo que en la burbuja primermundista se da por hecho por ahora, a pesar de la crisis, allí no existe. Una familia de clase media tiene serios apuros para sobrevivir aunque todos trabajen en más de un empleo, sin apenas días de descanso y en jornadas laborales de vértigo. Allí no existen, por decir un dato, las vacaciones pagadas. Más de la mitad del país pasa apuros para comer, es decir, es pobre (6 de cada 10 salvadoreños) y dependen de lo que familiares emigrantes sobre todo en EEUU les mandan para que sobrevivan. Creo sinceramente que pocas personas procedentes de las burbujas de bienestar del Primer Mundo aguantaríamos un año viviendo en tales condiciones. Muchos economistas argumentan y demuestran con datos que el bienestar de la pequeña parte del mundo que son Europa, EEUU y poco más se debe a la explotación de esas regiones, en las que no obstante, sí hay enormes fortunas privadas. De hecho, es un tópico, que los propios salvadoreños conocen y dicen al visitante, que son unas pocas familias las que literalmente son dueñas del país. El hombre y la mujer sencillos no pueden hacer más que trabajar desde las cinco de la mañana hasta después de la puesta de sol y malvivir, a pesar de que en concreto los salvadoreños son un pueblo muy activo, inteligente y laborioso. Cabría pensar que justo ellos no son precisamente los responsables de su miseria. Creo que no hay que ser economista para imaginar quiénes son o somos los responsables.
¿Qué sentido tiene hoy recordar a Ignacio Ellacuría y a sus compañeros mártires, o a las dos mujeres? Ellos siguieron la estela de muchos, como Monseñor Romero, de cuya ejemplar conversión escribiré en breve, o Rutilio Grande, o tantos y tantos mártires anónimos e inocentes. Como he leído decir a Jon Sobrino, lo más horrendo del caso fue la muerte de Elba y Celina, las dos mujeres, madre e hija, en aquella triste noche. Ellas representan el mayor horror por ser víctimas absolutamente inocentes, que ni siquiera escribían o denunciaban públicamente las injusticias con el peligro que ello conlleva, y como sí hacían los sacerdotes. Ellas representan al sufrido y trabajador pueblo salvadoreño, a cualquiera de los millones de muertos de allí y de otros sitios que no tuvieron oportunidad ni siquiera de entender por qué los mataban o por qué pasan hambre o por qué malviven. Ellas representan a las víctimas de la mayor injusticia y escándalo, de lo que en términos teológicos significa el más puro mal y el pecado.
Ahora, al lugar donde aparecieron los cuerpos, le llaman el Jardín de las rosas, porque plantaron rosales, uno por cada muerto. Cuando estuve allí de visita, permanecí un rato en él, absorto en las flores, con la cabeza cada vez más extrañamente vacía. El guía nos hizo pasar después a la habitación donde mataron y torturaron a las dos mujeres, madre e hija. Es un pequeño cuarto muy modesto que ahora han convertido en capillita. Me gustaría decir que recé, pero la verdad es que no pude hacerlo. Sólo acerté a callar, en una suerte de vacío que crecía desmesuradamente. Sólo pude hundirme en un no gigantesco, en una desproporcionada nada atroz que me fagocitaba lentamente como una gran anaconda, algo casi nauseabundo que me invadía y destruía como un tumor maligno. Esa habitación era un profundísimo abismo abierto de repente en un rincón sencillo y humilde del universo, una traicionera sima en la que uno cae inesperadamente y siente vértigo. En aquel momento no era posible hablar. Cualquier palabra se detenía en los labios paralizados antes de poder salir, así como cualquier razón o pensamiento. Me pregunté por lo que ellas habrían dicho mientras sucedía su calvario, desde su cruz, y quise escucharlas y captar el eco de aquello que había pasado, pero no pude, porque todo ya se había acabado. Había algo definitivo, una suerte de cierre en esa triste habitación. Fue desesperante y sentí una suerte de soledad brutal.



Finalmente, quiero decir que otro detalle que hoy he podido ver y reconocer en la televisión, en una de las imágenes que han puesto de aquel día, es un ejemplar del libro de Jürgen Moltmann titulado El Dios crucificado junto a un cuerpo que apareció en una de las habitaciones. El libro cayó de una estantería, llenándose de sangre, y ahora es expuesto en una vitrina en el denominado Museo de los Mártires de la propia UCA.

jueves 12 de noviembre de 2009

Amor peligroso



Estoy leyendo el libro recién publicado del teólogo José María Castillo, titulado La humanización de Dios. Ensayo de cristología, ed. Trotta, 2009. Casualmente, acabo de descubrir también su blog personal, inaugurado en septiembre y que recomiendo encarecidamente. En el blog escribe con su estilo tan claro como riguroso, en torno a temas de actualidad y siempre desde una óptica de cristiano sabio, coherente y comprometido, avalado por toda una vida. Él es un ejemplo del tipo de cristianismo que podría salvar a la Iglesia de su actual proceso de sectarización. No gusta Castillo a la Iglesia más oficial que clama contra el aborto pero olvida clamar de la misma manera contundente contra la corrupción, la explotación laboral o las guerras por petróleo, todo lo cual mata y también hace muchísimo daño. Me refiero a la misma Iglesia que organiza actos para salvar la familia cristiana, pero que se encoge de hombros ante el drama de una crisis económica que obliga a los padres y madres de familia a humillarse ante los bancos, a deslomarse en una extenuante jornada laboral que les impide tener el tiempo para educar a los hijos, o a malvivir en una perpetua incertidumbre por la constante amenaza del paro. Yo no sé si esta Iglesia mediática y oficial, cuyo reino sí es de este mundo, siente realmente, como parece sentir el drama del aborto, el drama de la explotación laboral que atenta contra las condiciones mínimas para una vida humana digna. Parece ejercer una extraña caridad miope o selectiva. Faltan en esta Iglesia un profético cargar con la propia cruz, lo que dicho en otras palabras significa la adopción de una clara postura a favor del pobre con todas las peligrosas y molestas consecuencias que conlleva. Porque la pobreza no es una cuestión periférica en el cristianismo ni un complemento de la fe que se ejerce a golpe de limosnas, sino su núcleo. Como bien dice Castillo, no es tanto la ortodoxia o los ritos con los que se cumple y que ayudan a lavar la propia conciencia y autojustificarse, sino la ortopraxis lo que indica la autenticidad de la fe en Aquél que murió en la ignominia y predicó la necesidad de estar entre los últimos y olvidados. Se equivoca quien concede a los cargos de poder y jerarquías de este mundo la capacidad de transformar, ya que desde las alturas de los poderosos ni siquiera se está en condiciones de comprender verdaderamente la historia. La riqueza o el poder son limitadores en muchos sentidos y, además, se hacen en función de lo que se quita a los demás. El poder, por ejemplo, presupone la humillación e infantilización de los demás y el soberbio auto ensalzamiento.
Pero a estas razones, que acaso compartiría conmigo Castillo, se añade una verdad teológica, que este coherente cristiano señala expresamente en el título de su libro. Se trata de que para acceder a un Dios incognoscible y absolutamente trascendente, sólo tenemos la humilde vía del ejemplo materializado en Jesucristo, es decir, Dios se humanizó para que así los hombres accedamos a Él y tengamos una clave y orientación para lo divino. Pero cuidado, que de esto se deduce que lo divino se realiza en conjunción con lo humano, o sea, a Dios se lo encuentra en lo humano, lejos de los antiguos y peligrosos dualismos que separaban un ámbito sagrado (fanum) del ámbito humano, el cual que resultaba así infravalorado. Esto lleva a la llamativa idea de que Jesús habría apostado por el hombre en contra de la religión. No creo que esto deba interpretarse como un inmanentismo de Castillo o renuncia al dogma de la naturaleza divina de Jesús. En ningún momento lo hace ni él ni ninguno de los teólogos próximos a la corriente de la liberación que llevo leídos. Acaso sea Jon Sobrino, me parece, quien mejor lo fundamenta y contesta a esta repetida crítica que se les hace desde la ortodoxia y la teología más oficialista. En cualquier caso, creo que en la historia de la iglesia se ha rizado el rizo de manera que algo profundamente perturbador y subversivo como es el clarísimo mensaje evangélico, se convirtiera en una suerte de opiáceo para calmar conciencias mientras se continúa colaborando con el mal. Así, de hecho, comienza su libro Castillo, con la diferenciación entre dos formas de entender el cristianismo: la tranquilizadora y la perturbadora. Como Castillo, creo que puede argumentarse con buenas razones que la más auténtica es la segunda. En realidad, el cristianismo supone una mezcla de paz (la paz que puede dar la fe o la esperanza) y de perturbación (la perturbación que suele acarrear el amor incondicional a los demás). En gran medida el cristianismo intranquiliza y aporta una enorme tensión a la existencia humana y a la historia, frente a las espiritualidades más orientales y conciliadoras. Es este tipo de cristianismo peligroso de Castillo el que podría suponer una alternativa y dar respuesta a muchos de los problemas e interrogantes actuales, entre otros el del surgimiento de fundamentalismos imposibilitados para la verdadera aceptación del otro y el amor a los demás. Tras la caída del muro, tras el colapso, también, del neoliberalismo, y ante la amenaza de los fundamentalismos de todos los colores, el sencillo y profético mensaje de Jesús podría constituir una alternativa entre otras que quizás pueda haber, como la del humanismo ateo que también apuesta valientemente por el hombre. En cualquier caso, como dice Castillo, hoy hacen falta más que nunca verdaderos profetas.

domingo 8 de noviembre de 2009

El aventurero en su desdoblamiento


En la novela Asesinos S. L., Jack London elabora una ingeniosa trama en torno a una sociedad secreta de asesinos filantrópicos y librepensadores que aúnan la certera eficacia con que realizan sus crímenes con la más noble intencionalidad moral. Es decir, los asesinos se cuidan bien de escoger a quién matan, de manera que previamente hacen un exhaustivo estudio de la maldad del candidato a ser asesinado en cuestión y la ventaja que para la sociedad se derivaría de su eliminación. De hecho, los asesinados suelen ser egoístas empresarios, sindicalistas vendidos o políticos corruptos. El relato está lleno de ironía acerca de la racionalidad y la ética, a partir del hecho que tanto criticara Camus de que por las ideas pueda matarse, la contradicción ética que de ahí puede derivarse. Habría una contradicción esencial en todos los terrorismos, de los que, precisamente, la novela de London es una simpática metáfora. El escritor ironiza sobre el hecho de que pueda desembocarse en la más terrible ferocidad con la conciencia limpia, llevado por discursos pulidos y por altos ideales que se olvidan a menudo de la persona como máximo valor moral. Pero sobre todo, London también apunta a un tema que le obsesionaba y le tocaba de cerca. Creo, tras haber leído bastantes relatos del escritor norteamericano, que además de excelente narrador era una personalidad que escondía un trasfondo neurótico e incluso próximo a la locura. El blanco resplandor de la nieve en los desiertos helados de Alaska o el alto sol del Trópico acabaron deslumbrándolo y potenciando su confusión y desdoblamiento psíquico. Como gran dominador de la técnica narrativa y experto en sobrevivir en las circunstancias más duras, era un hombre racional que echaba mano de la inteligencia para salir del paso. Pero al mismo tiempo lo dominaba una honda ferocidad, una cierta corriente brutal y primaria cuyo choque con la racionalidad debió producirle terremotos y tormentas interiores, como manifiesta su conocida adicción al alcohol.
En Jack London se manifiesta, pues, el desequilibrio producto de la lucha entre el magma ardiente que pugna por salir como por un volcán y el afán de contenerlo. Es fácil vislumbrar esta lucha en todos sus relatos, y en este que comento cobra especial relevancia. Sobre todo el protagonista del mismo, un ilustrado racional, buen argumentador, de rígida moralidad y cultivador de la filosofía, lleno de buenas intenciones y utopías sociales, es al mismo tiempo el lobo indomable y solitario cuyas fauces espumean y muestran la espantosa ferocidad de sus colmillos al horrorizado aventurero. El ideal de London es, realmente, este ser desdoblado que aparece recurrentemente como un tópico de la literatura, como una metáfora del combate entre la razón domesticadora y la atávica ferocidad que nos constituye y que acaba prevaleciendo. Éste ser, que es el hombre moderno de nuestra civilización, es simbolizado por el aventurero que pugna contra una naturaleza hostil y silenciosa en una suerte de vacío inhabitable e inhumano. En nuestro tiempo, la ética convertida en derecho y legalidad, la ética de la jaula de hierro de la burocracia, a duras penas oculta que sirve al cúmulo de fuerzas irracionales y feroces que han acabado configurando a nuestro mundo. La razón sería su máscara e instrumento.

viernes 30 de octubre de 2009

Thomas Mann y la desmesura de la inteligencia.



Doktor Faustus de Thomas Mann es una novela muy densa que aborda como tema principal lo demoníaco en una de sus formas. El autor alemán reelabora la vieja leyenda medieval del hombre que vende su alma al diablo, en la historia de la caída personal del protagonista, Adrian Leverkühn, y, de manera paralela, de la Alemania del auge y derrota del nazismo. La corrupción del alma se relaciona, en ambos casos, con un refinamiento de la inteligencia que devuelve al artista y a Alemania a primitivos arcaísmos. Adrián es un ser solitario y muy cerebral que desarrolla una música vanguardista, similar a la de Schönberg, aunque en su trayectoria existencial y personalidad vemos la similitud más bien con Nietzsche. Da la sensación de que el vuelo del pensamiento y el enorme dominio de la técnica musical y compositiva han aislado al arte y al artista que, paradójicamente, retornan a cierto estadio mitológico. El contraste se logra en la novela con el personaje que narra, que es un clásico y humanista enemigo de extremos, hombre de gustos y estilo moderados, en el que la razón pone un límite, al contrario de la razón diabólicamente libre, más allá del bien y del mal, del compositor Adrián.
Son estremecedoras las páginas que describen el pacto sellado con el demonio, que en la novela no se aclara si responden a sucesos reales o constituyen una alegoría ideada por el propio Adrián. Recuerdan otro pasaje similar en el que el racional Iván, en Los hermanos karamazov, dialoga enloquecido con un Mefistófeles ingenioso conversador y vestido como un dandy. En las dos escenas, el hombre ha vendido su alma por el sacrificio que la inteligencia le ha exigido que acometa, como un precio para vivir sin límites en una absoluta ausencia de moderación y de moral. Se trata de un intelecto que se emancipa de la moralidad, pretendiendo ser él mismo el máximo rasero, el que imponga y decida sus fines, y que a efectos prácticos deviene en un egoísmo insolidario y solipsista.
Quizás en estas elucubraciones, los moralistas Mann y Dostoievski están advirtiendo del auténtico norte verdaderamente valioso que no debemos perder y que rige una verdadera buena vida. No es propiamente el pensamiento, como la soberbia del intelectual puede llegar a creer, sino la moral de la regla de oro (no haga a los demás lo que no quieras que te hagan) lo que debe regir una vida propiamente humana. Aquí es la ética lo más importante en la realización de lo humano, como las corrientes personalistas o el pensamiento judío del siglo XX en la filosofía han puesto de manifiesto, la ética entendida como relacionalidad y apertura del sujeto a los demás.
Respecto a la estética, de nuevo subyace en la novela el conflicto señalado por Nietzsche y muy elaborado por Thomas Mann en sus obras entre lo dionisiaco y lo apolíneo, o entre la brutal realidad de la vida y el principio ordenador de la inteligencia. Sólo que en esta novela, triunfa lo más atávico y primario a lo que se llega, precisamente, por una inteligencia que toma consciencia del dominio que puede ejercer sobre sí y sobre el mundo. En este caso con el pensamiento de enorme madurez y consciencia de Adrián, se llega a la renuncia de toda moderación y prudencia moral, pues es el propio pensamiento lo que se alza como máximo valor. El resultado final es la negación de los valores del humanismo y la vuelta a un peligroso arcaísmo demoníaco.

domingo 18 de octubre de 2009

Lo trágico y lo cómico en el arte.



Sabato afirma, en los discursos sobre estética que inserta en su novela Abbadón el exterminador, que hay dos maneras de enfocar la creación literaria. Una, la que podríamos denominar, el modo “serio”, consiste en entroncar con ciertas profundidades, de un modo semejante a como el analista lo hace en el psicoanálisis, conectando con las tormentas interiores que todos portamos. Así, se escribiría porque habría algo que conmueve, porque incluso se habría dado una violenta conmoción previa al acto de la escritura y de la cual éste arrancaría. En este enfoque lo que cuenta es la sinceridad con uno mismo, la obediencia a un impulso que empujaría a escribir como mana la lava ardiente de un volcán. Es algo que Sabato relaciona antes con nuestras inquietudes más hondas y primarias que con la motivación razonada, con lo que su seriedad no es necesariamente equivalente al típico “arte comprometido”. Sí hay, desde luego, un compromiso con ciertos valores o principios, pero en la forma en que éstos casi hacen fluir la escritura como a borbotones, dándose pues una consonancia o armonización con ciertas oscuridades en las que todos nos cimentamos. Así, el escritor es obediente a un impulso, de manera semejante al profeta, pero con un mayor dominio de su arte, pues si no fuese así, sólo pariríamos el caótico e ininteligible discurso de la pitonisa embriagada por los vapores telúricos en el templo de Apolo. Se trata de echar mano de un principio ordenador de naturaleza apolínea o platónica, de arbitrar una suerte de mediación que debe organizar los exabruptos de la madre tierra. Esta visión del arte como organización de una informe materia bruta que lo constituye es traída a colación por el escritor argentino. Pero lo platónico no termina de resolver el tumultuoso universo, que acaba imponiendo su insensatez al hombre. Sabato relata su crisis personal cuando la ciencia dejó de satisfacerle y hubo de recurrir, casi terapéuticamente, a la escritura. Con ella pretendía alcanzar un ámbito más básico y acorde con el universo y, sobre todo, con sus más profundos deseos y angustias personales.  


Pero otros artistas y escritores han podido bromear antes que mostrarse serios, a pesar del trasfondo dionisiaco del que también parten. Se trata de quienes enfocan la creación poética como un juego cuyo valor es, precisamente, su intrascendencia. Así, el artista es un cómico y un irónico que domina su propio arte desde arriba, aunque sin creerse nunca sus propias creaciones. Esta opción, tampoco parece satisfacer a Sabato, quien se toma las cosas muy en serio, al enfrentarse a la realidad cruel, maligna y dolorosa. Pero los comediantes, sin que por eso nieguen el dolor de la existencia, oponen a éste su espíritu lúdico creativo, y hacen por hacer sin esperar nada de ello.


Sabato, además, relaciona el arte con la sociedad. En este sentido no debe interpretarse su opción como un individualismo del artista-genio, sino como un diálogo del artista con su sociedad, que le proporciona el estilo, los temas y la materia prima. El artista reacciona ante su sociedad (acoplándose a la misma o contestándole). Por eso, no por falta de técnica, sino por las condiciones específicas del universo cultural del antiguo Egipto, los egipcios principalmente produjeron un arte abstracto e hierático, sin el realismo de las técnicas modernas en la pintura y la escultura (aunque bien es cierto que hubo tiempo para todo y también hicieron arte moderadamente “realista”).      


Así pues, Sabato no escribe para pasar el tiempo, ni porque sí, sino porque es conmovido por la realidad terrible a la que trata de abordar como a una furiosa corriente de agua. Porque no puede evitar escribir. Su arte yo lo llamaría, como a todo arte que se le asemeje, “religioso”. Porque precisamente el talante religioso no es sino, como bien supo ver Nietzsche, un tomarse las cosas muy en serio. Ésa es la nota determinante de toda personalidad religiosa, la del desconfiado buscador, la de quien entiende el mundo como profundidad. Nietzsche, como es sabido, discrepaba de la dicotomía entre apariencia y profundidad, pues para él, sólo hay superficie, nada más. En este sentido, bien es cierto, no cabría aspirar a ningún Dios que fundamente o aceche tras el mundo, ni a ningún tipo de trascendencia, sino al valor en sí de la inmanencia. Aquí, el arte sería un multiplicar los reflejos de reflejos que constituyen la realidad, sin mayores pretensiones. Una especie de juego, de ironía de segundo y tercer grado, de reconstrucción y deconstrucción perpetua, de hacer por hacer, de acumular dobleces sin ánimo de hallar pretendidas profundidades. Para esto, qué duda cabe, también es preciso disponer de un cierto talante específico, creo que opuesto al ostentado por Sabato. Aunque bien es cierto que en ambos estilos se asume y se parte, necesariamente, del dolor básico que parece constituir el mundo. Acaso la diferencia de estilos sea la marcada por Schopenhauer, ahogado en el dolor, y su extravagante discípulo Nietzsche, que lo asume con alegre inocencia.

martes 13 de octubre de 2009

América Latina I




Mientras Europa permanece anquilosada y cerrada en sí misma, a pesar de los flujos de inmigrantes procedentes de otras regiones del mundo, América Latina se halla con la perturbadora vitalidad que hace tiempo dejó de tener el denominado Viejo Continente. Como ocurre con la apabullante naturaleza de la tierra americana, los pueblos y sociedades de América Latina son un bullir de corrientes a veces en pugna, de contrarios y extremos, que constituyen el futuro de una Europa que perdió su futuro. América Latina ofrece una superación de la propia Europa, un más allá de sí misma. Por eso, América Latina aporta un plus que el europeo que no ha viajado a su rica vastedad difícilmente puede imaginar. Es tierra de contrastes sin lugar a dudas, contrastes de los que surgen enfoques y pensamientos que la Europa ahogada en sí misma ya no puede parir. Si Europa fuera capaz de mirar en el espejo americano se vería a sí misma, junto a sus sueños y su miseria, además de los elementos que nunca quiso reconocer y que invisibles y callados fueron haciendo madurar la mezcla de un continente agraciado. América es el polo positivo de una línea en la que Europa es el negativo. No obstante, no sin sufrimiento puede Latinoamérica iluminar al mundo. Porque en ella el parto de lo que sea que se esté gestando se da dolorosamente. Allí se siente que, en efecto, se está dando a luz algo, que todo está brotando y naciendo como la exuberante vegetación del Trópico. El pavor y la amabilidad de la naturaleza le guiñan a uno haciéndole ver la dureza de la vida, pero también su extraña belleza. Creo que Europa teme a América en una suerte de miedo a la libertad sentido por sus naciones, que malviven en un tristísimo y arrogantemente autodenominado Primer Mundo consagrado a la economía feroz y a las finanzas que esconden antiguos delirios imperiales. Europa haría bien si se preguntara seriamente qué es América, si se aviniera a escuchar el clamor que mana de ella. América es la Europa que ha seguido avanzando, la Europa del progreso, la Europa que continúa sus navegaciones y descubrimientos ya más allá de sí misma. Europa sigue siendo en América. En América, Europa ha resucitado transfigurada, desdoblada y veteada de mundo para proseguir el combate contra el primitivo horror que ella misma originó.  


Sin embargo, el europeo del viejo continente padece de una persistente miopía y no logra ver más allá de sí, no pudiendo atisbar lo que se alza a su oeste. No alcanza a contemplar el resurgimiento del Ave Fénix allende el océano. Perdió sus sueños y sólo logra distinguir los pies del coloso. Ha dejado ir su savia y dormita en una bruma incierta, pensando vaguedades, repitiéndose indolente, sin nervio y sin nada ya que aportar al mundo. La ciencia, la pedagogía, la filosofía son latinoamericanas, pero el europeo prosigue su tendencia a no salir de sí, a ensimismarse y a morir de pura inanición. Europa es indigente y pobre, sin ni siquiera astucia, inútil y, espero, breve. Todo lo que empezara ella ahora vive y se culmina en América. Porque América realiza y moldea los viejos sueños europeos, tan sobrecogedores como tristemente terroríficos.

martes 6 de octubre de 2009

Tiempo y enfermedad



La enfermedad es un chirriante roce con el mundo y un tiempo de percepción de las durezas y las irregularidades que caracterizan al pedregoso camino de la existencia. Ella es la evidencia más palpable, la única verdad cierta con la que el hombre se topa y de la que puede asegurar sin lugar a dudas que existe. Es por eso que el caballero juega la partida de su vida con la muerte en El séptimo sello de Ingmar Bergman, con una muerte que no sabe ni puede decirle qué hay después, ni si acaso hay algo, pero que se presenta  como la única realidad contundente en la región azotada por la peste. En todo caso, como afirmaba Jaspers, la auténtica felicidad viene de vuelta del sufrimiento, del encuentro con las distintas formas de muerte con que nos topamos los seres humanos. Si no fuese de este modo, no podría hablarse de una felicidad real, sino sólo de la plácida existencia de los vegetales. Aunque el hombre, en su crecimiento, a veces tiene tiempo de cruzar distintas edades o momentos caracterizados cada uno de ellos por una percepción particular de sí mismo y del mundo. La juventud, por ejemplo, es el tiempo en el que la existencia se asemeja a una playa bañada por aguas cálidas y en la que las corrientes y accidentes del terreno no ennegrecen el amable panorama de un cielo alto y celeste con un sol resplandeciente. Las desgracias todavía no suelen tumbarnos ni encorvar los cuerpos, de manera que todo se resuelve como el bullicioso aleteo de  las palomas. Hay quien ha propuesto el ejemplo de esta inocencia como la mayor sabiduría y aspiración vital del hombre, la cual se hallaría en consonancia con un universo tan cruel como sencillo, tan lleno de amargura como también del goce simple y animal de las antiguas bacanales. Toda la vida se resolvería en su propio discurrir sin meta y en ello, de hecho, se cifraría el mayor de los valores. Esto, de claras resonancias nietzscheanas, pertenece a la propuesta del primer Camus, el de El mito de Sísifo, Calígula o El extranjero. Un Camus en el que el Mediterráneo y su luz eran su mayor evidencia. Nietzsche, adorador también del Mediterráneo, de un Mediterráneo viejo y olvidado en las brumas y bosques de Alemania, se refiere a un superhombre que haya asumido la carencia de fundamento, orden o sentido, sin necesitar de ello, noble y valientemente, que viva como un niño. No niega, por supuesto, el sufrimiento que acarrea vivir, cosa que todo joven también conoce, pero tiene ante sí la vasta y ancha superficie del mar que cubre la esfera terrestre para surcar las brillantes aguas al mediodía. Se trata de vivir en un eterno presente, como cuando transcurren los días iguales en el cálido verano.
Pero la enfermedad viene a complicar las cosas, a llenar de agrestes colinas la costa, a convertir los días en únicos y singulares dentro de una línea donde entonces surge la honda percepción del pasado y del futuro. La enfermedad evoca una necesaria profundidad y trae la seguridad de una muerte que llegará sin remedio. Aunque el enfermo ostenta una salud distinta de la inocente salud de quien se desliza juvenilmente sobre la superficie suave de los días. No es la salud rebosante de los dioses inmortales, sino una salud que se sabe pobre y efímera, que no impide ver un cierto tono gris en el paisaje. 
Nietzsche acertó cuando relacionó el ansia de profundidad con la enfermedad, con la debilidad vital. Porque para el hombre la enfermedad actúa como un resorte que hace que se precipite hacia un más allá. La enfermedad marca un límite y, como todo límite, es también una sugerencia. En este sentido, creo que la enfermedad aporta una sabiduría incierta pero no inocente. La enfermedad evoca una seriedad. Nos sitúa en algo acaso más venerable que la propia vida que, sin embargo, no se opone a ella, porque de hecho es parte de ella. Con la enfermedad, el mundo se despliega en un relieve lleno de accidente, grietas, colinas y valles, hasta que la última de las enfermedades, la vejez, vuelve a situar al hombre en la extraña inocencia de una segunda infancia.     
La enfermedad es, también, lucha. Esto lo supo Susan Sontag, que escribió sobre ella y que la padeció largamente. Una lucha que es agonía, en el sentido etimológico del vocablo griego, un combate que nos sitúa en el mundo cantando el canto del cisne, aunque hayamos de vivir cien años. También, la enfermedad nos refleja nuestra condición de seres finitos e indigentes, por lo que sólo por ella existe la esperanza. Trae consigo la profundidad. Con la enfermedad el día, en efecto, se llena de vientos a los que suceden brisas, se conoce el desfile de contrarios que azotan la existencia. Tenía razón Nietzsche al relacionar la mentalidad religiosa con la enfermedad, porque el hombre religioso es hombre de contrastes, de días y de noches, de plácidos veranos y de austeros inviernos. El enfermo siente el tiempo no como adormecedora sucesión de instantes idénticos pero exultantes, sino como ámbito en el que se generan pérdidas irremediables y en el que se anticipan reinos más allá del horizonte. Y cabe proclamar en defensa del hombre enfermo que en él, contra lo afirmado a veces, la vida se desenvuelve en toda su aguda y consciente plenitud.    

sábado 3 de octubre de 2009

Marginalidad y rock transgresivo



En el juego de ambigüedades y dobleces de nuestra neurótica sociedad, en la que las cosas suelen significar su contrario, hay que ser macarra para situarse en lo más serio. Éste es el trasfondo de todo el malditismo reciente, desde Boris Vian a Extremoduro, heredero del Romanticismo que a su vez es, como es sabido, la Ilustración frustrada. En el caso particular de Roberto Iniesta, cantante del grupo Extremoduro, en su canción Jesucristo García afirma todo esto, al menos implícitamente. Este tema musical es una vuelta de tuerca por la que la figura de Jesucristo, aludida en él y con la que se compara el cantante, es llevada a cierto extremo que también recuerda al juvenil y rebelde protagonista de Jesucristo Superstar de los años 70. Roberto enfatiza el carácter marginal de ambos Jesucristos, el de los evangelios y el suyo, emulando caricaturescamente al de Nazaret. Éste es trasplantado a un ambiente de yonkies, alcohol y chabolas en el que se muestra con estridencia la peligrosa subversión que predicaba. En realidad, Iniesta relata una parábola, o sea, traza una suerte de símbolo o metáfora que rebajando al Maestro lo eleva, lo sitúa en un estremecedor más allá de la línea marginal, siempre perturbador. En este límite cruzado por Roberto-Jesucristo, se hace patente otra ambigüedad, la de la sana enfermedad, la enfermedad del sanador, o la salud del enfermo. Las drogas son la metáfora que señalan esta dolorosa encrucijada donde la realidad parece colapsarse. Así, Roberto señala esta identificación de salud y enfermedad en la indeseable realidad de la droga, con un verso conmovedor: “Por conocer a cuantos se marginan/ un día me vi metido en la heroína”. Aquí se da la identificación sin límites, la apuesta temeraria, el salto en el vacío. Una suerte de kenosis para ir a lo peor de nuestro mundo en la incierta búsqueda del bien. Porque el horror y la miseria tienen la propiedad de “manchar”, de contagiar, como la enfermedad, y en este contagio uno halla la perdición… pero también la salvación. No es difícil entrever en esta historia de arrabal y jeringuillas aquella otra de la cruz y la corona de espinas, en una personalísima versión de Roberto Iniesta. Roberto parece seguir al Nazareno, a un Nazareno alejado de imágenes convencionales, que explota al máximo su carácter bondadoso pero firme y profético. Roberto baja a los infiernos en la tierra.

Como es sabido, las palabras del Nazareno tenían en su audiencia el efecto de hacer estallar las mentiras e hipocresías de las élites de su sociedad poniéndolas en evidencia como un esperpéntico espejo de lo grotesco. De manera similar, Roberto Iniesta causa nuestra vergüenza y nos incomoda e irrita situándose entre bandidos y subversivos (lestaí) “crucificado a base de pastillas”. Lo peor del mundo parece haber construido su historia de ratas y cloacas. Ambos, él y el Nazareno, aceptan una cruz que es ignominia, castigo y final terrible e indeseable, pero que al mismo tiempo se alza como una suerte de señal.

En realidad, en la canción que estamos aludiendo, Iniesta parece trazar una figura disonante y encarada con la mansa y dulce imagen que se nos ha transmitido del Nazareno, pero, irónicamente, se le acerca y lo capta en cierto aspecto importante. Su cruz hecha de estigmas sociales coincide, en cierto sentido, con la cruz del judío de la Palestina del siglo I. En ambas cruces coinciden el horror y la gloria. Así, en Roberto se entremezclan cielo e infierno en una dialéctica en la que, en mi opinión y contra lo que él parece creer, acaba prevaleciendo el elemento celestial, sin quitarle un ápice de dolor. 

miércoles 30 de septiembre de 2009

Apocalipsis de Ernesto Sabato


El estilo aparentemente desordenado y fragmentario de la novela Abbadón, el exterminador de Ernesto Sabato, resulta un excelente recurso literario para eludir el presentismo, poniendo en toda su evidencia la actualidad del pasado, la inserción de lo ocurrido y lo por ocurrir en un mundo de vivencias subjetivas que se enfrentan a la terrible objetividad del mal. La novela posee un tono marcadamente apocalíptico. Es, de hecho, una actualización del Apocalipsis de San Juan, presentando la ancestral lucha del bien y del mal en lo que se relata como una suerte de tiempo final. De hecho, la ruina apocalíptica caracteriza toda la historia humana conocida, como bien señalara el bueno de Walter Benjamin con su impresionante y conocida imagen del ángel de la historia. Porque el final de los tiempos ha sido siempre; y, como señalé en otra reciente ocasión, cualquier momento es apocalíptico y en él la humanidad, ciertamente, se lo juega todo. En este jugarse todo surge la mencionada lucha de bien y mal pero con la descorazonadora evidencia de que el mal se impone, como una absurda impugnación de la propia lucha. En este sentido, Sabato recorre casi todas las formas del mal, de las que resulta impresionante la horrenda narración de la tortura de la que es víctima Marcelo, un joven personaje que padece, como tantos seres humanos, un martirio anónimo que, gracias a la novela, puede al menos seguir resonando entre los hombres para transmitir un cierto mensaje, un testimonio. Para Sabato, y recordemos su informe sobre ciegos de la anterior novela Sobre héroes y tumbas, la realidad se cimenta en un sustrato de hondos túneles y galerías de las que emergen los horrores. Es algo fatalmente asociado al hombre y al mundo, su carácter horrible, del que ya escribí este pasado verano (aquí). Pero al mismo tiempo, el bien puede débil y fugazmente brillar, en la figura simbólica traída a colación por Sabato del Che Guevara y su heroica muerte.
Sabato es un pesimista que, sin embargo, no acaba de resignarse y que ostenta un empeño camusiano en combatir el mal, aun a sabiendas de lo cerca que está de nosotros, de lo muy ligado, acaso, a nuestra propia naturaleza. El mal resulta, pues, algo asociado a la humanidad, un nauseabundo componente de la misma, que puede remitir, en algunas mentalidades más religiosas, a la idea de pecado original. La narración de Sabato es elocuente y eficaz a la hora de mostrar esta tesis. Pero resulta aun más interesante cómo misteriosamente, casi de manera subliminal, Sabato mueve a la esperanza. De hecho, en mi lectura de la novela, durante los peores pasajes de la misma, sentí vivamente que todos esos horrores anticipaban una cierta victoria del bien, a contracorriente de los propios sucesos. Esto es, precisamente, el mensaje profundo del Apocalipsis, que Sabato hace suyo genialmente en su conmovedora novela. Abbadón, el ángel exterminador del Apocalipsis, anuncia, ciertamente, un imperio del horror y del mal, una ruina universal, pero que anticipa la victoria final del bien, con la que concluye el libro de San Juan y, queremos pensar, el de Sabato.

domingo 27 de septiembre de 2009

Psicología del taxonomista.



Una característica del poder, en cuanto peculiar forma de relación con los demás, es que éste obra, entre otros modos, con la catalogación jerarquizante y segregadora. Así, las modernas burocracias no hacen sino responder a una lógica piramidal que parece antecederles, a la que dan expresión y cabida, como un reino a su rey. Es fácil ver una pasión matriz en la catalogación, un afán posesivo que se trasluce en toda taxonomía. Esto se solapa con el afán de conocer, en un solapamiento por el que conocer es igual a dominar. Por eso, hay que limpiar la ciencia. Se trata de aplicar los beneficios de una perspectiva madura que no sacralice a ciegas, que sepa poner las cosas en su sitio e historizar los saberes (es decir, entender como histórico lo que es histórico), que insista en ensayar, en tantear, en aguardar pacientemente, desde la convicción de que hacer ciencia es un aproximarse que no acaba de llegar nunca a su meta. Como ya Sócrates pusiera de manifiesto, y en esto nos sumamos a la tradición filosófica más respetable, la humildad es un valor epistemológico, independientemente de toda la carga moral que se le pretenda asignar. Esta humildad puede traducirse como un no creerse del todo las propias clasificaciones, no creerse su plena objetividad. Esto, pienso, puede casar con el afán de conocimiento objetivo de la realidad, al tiempo que se elude así el peligro de una realidad hecha meramente a la medida de nuestras pasiones, de una falsa objetividad en la que se ha perdido de vista las pasiones que operan en quien clasifica. Es cierto que hay que incluir lo pasional como algo que puede contribuir al conocimiento e inducirlo, que incluso en ocasiones opera “abriendo los ojos” del investigador, pero sin perder cierto escepticismo ante todo ello. Acaso se conozca de la misma manera que nos desdoblamos en los sueños, siendo espectadores y protagonistas a la vez, como analistas enredados en la realidad observada. Este símil supone que podríamos ser espectadores de las propias pasiones aunque sin dejar de estar constituidos por ellas.

En cualquier caso, la ilusión de orden y simplicidad propia de una clasificación no debe hacer olvidar el carácter inaprensible de lo existente. Foucault, como gran parte de la filosofía en lo que ésta tiene de deconstructivo, impugnador y disolvente, puede adiestrarnos la mirada para no ver una catalogación como algo adherido ontológicamente a la realidad, sino como una mansa propuesta del hombre a la misma. Deseamos destacar que, independientemente de lo válido o no a nivel epistemológico de la catalogación del mundo y de su evidente utilidad para la supervivencia, hay en los fenómenos del poder un afán por ordenar jerarquizando, una suerte de vocación de arquitecto de rascacielos o de mono trepador. El burócrata catalogador es el insecto kafkiano que inventa series verticales, que cuantifica arriba y abajo. Acaso su mirada sea la del niño que con miedo, admiración y odio a la vez contempla las alturas del mundo adulto, las majestuosas paredes, el inabarcable mobiliario de la casa. Series que como un palacio, reproducen esta sensación de enajenación. Son poco habitables, se dice de las mansiones versallescas. El palacio está hecho para inducir un tipo concreto de mundo social al tiempo que lo refleja. Actúa sobre nosotros. Hace pequeños a los hombres y, también, abrumadoramente grandes a otros hombres, a los misteriosos seres que los habitan como  inalcanzables jerarquías celestes. Así, la serie se pierde por arriba en el alto cielo.

Así es la burocracia del poder, que opera enredando antes que aclarando. El mundo social es reducido por ella para ser almacenado y poseído en polvorientas columnas de papeles. Los hombres son analizados, diseccionados y contados por inapelables clasificadores a los que se adora como garantes de un orden. Un orden racional. El orden de una razón que oprime y asfixia en lugar de liberar, de la estratificación social más específicamente contemporánea. Juzgar clasificando. En todo amante de la burocracia podremos encontrar a un niño que anhela ser gigante, que quiere ser temible como los gigantes. Un niño que se cree sus propias mentiras. Porque todo es al contrario de cómo afirma, y la racionalidad que nos vende es la mayor irracionalidad.