miércoles, 20 de agosto de 2014

A partir de "El holocausto español", de Paul Preston.




En pos de un retrato fáctico de lo que ha elaborado el hombre en el tiempo, estoy leyendo compulsivamente historiografía. Necesito atisbar un poquito de alma, si la hubiera, en todo este tinglado. Con la sensación de estarme empachando de actos políticos, conquistas, guerras, en medio de esta historia factual, de las descripciones narradas, sospecho que hay, tras la primera apariencia algo más. Leo con la pregunta acerca de lo que en definitiva somos. De las distintas aproximaciones que pueden darse al problema del hombre, he optado por leer su historia. Es sólo un modo. Y aunque el efecto es un poco delirante, sobre todo si se lee como habitúo a hacerlo, que es deprisa, devorando tinta, no deja de producir una cierta melancolía. 

A la luz del amor que va surgiendo por los hombres, surge, también, recelo y sospecha de que hay, en efecto, un pecado original en la especie, que marca y estigmatiza cualquier acto  colectivo o privado. La sensación que emanan los textos, que versan desde la antigua Mesopotamia, al siglo XX, es la de que algo falla y perturba nuestro ciclo constantemente, desde el principio. Resulta asombrosa la cantidad de sangre con la que en realidad se escribe la historia. La sangre es la tinta de la historia.

De los libros más sobrecogedores que corroboran esta presunción de culpabilidad hacia el hombre, acabo de terminar la lectura de El holocausto español, de Paul Preston. Se trata de un repaso exhaustivo de las matanzas acaecidas en España en torno a la Guerra Civil. El libro es un excelente y fiable estudio, que maneja fuentes con rigor y un tono  seco. Esto último, el tono seco, porque ha de ser el único modo de narrar el horror. Si ya no hay poesía después de Auschwitz, como señalara Adorno, sólo resta la enumeración (el inventario) parca, escueta y poco solemne, de los horrores. Se agradece que se permita hablar al mero horror, que se dé fe del mismo, sin aspavientos. 

Pero hay, confieso, algunas conclusiones que he extraído de mi lectura. Primera es la constatación del odio como enredo, como profusa trama en la historia y texto vivo. Pueden apuntarse causas concretas, pero si intentamos abstraer algo de lo acontecido, vemos que el horror acaece a su ritmo, con segura lentitud de años. En el caso de España hay quien dice que el origen es la Restauración, o las cuentas pendientes por la dictadura de Primo de Rivera. No era la España de hoy, pero nos invade y ensombrece. No creo en absoluto superadas muchas causas de las que originaron el estallido mortal. Preston habla, en otra obra, de las tres Españas del 36. Esas tres Españas crecieron juntas y no precisamente con mansedumbre. El historiador debe, como hace Preston, indagar en esas conexiones y hechos enlazados que dicen que tiene la historia. Desde luego, las tres Españas que se mataron en el 36 se han transformado, mediando una larga dictadura que apaciguó el conflicto con el terror y la represión sangrienta. Pero aunque nos separe un no irrelevante período que también hay que conocer, post-guerra civil hasta la actualidad, sí puede ocurrir que, en ocasiones, el odio crezca y pueda estallar. Hay un modelo de odio totalitario que Arendt vinculaba con la Revolución francesa (que hemos estudiado y comentado es algunos post sobre la revolución y sobre la figura de Robespierre). Se trata de la voluntad de rehacer mediante el borrón y cuenta nueva. De rehacer al hombre y la cultura, desde dentro, aunque el terror venga de fuera. El terror se ha identificado, pues, el terrorismo de estado, con un pathos configurador, con un adanismo que tiñe desde el siglo XVIII las revoluciones. 

En el caso de España es posible que las tres Españas, que imagino son la derecha reaccionaria mesiánica, la izquierda estatista republicana y la revolución anarquista, participaran de este pathos señalado. La lava estaba hirviente, la vocación creadora de un mundo nuevo. 

Lo que hoy tenemos que aprender de la historia, pues la historiografía acaba siendo moralista, es a recoger un cierto mesianismo, sin el cual nada ha participado seriamente de la historia, pero sin que sea el mesianismo del terror, del punto y aparte, de la constitución de la pura novedad. Por un lado, evitamos los peligros, si estudiamos la historia con la intención de, justo eso, curarnos de la novedad y el adanismo. Analizar el pasado es una cura de humildad y una concesión a cierto fatalismo conservador que genera inercias y tendencias en el presente. De la lectura de El holocausto español emana la conclusión de que, de manera tajante, hay que evitar que eso se repita. No puede pasar nunca más. 

Eso que no debe repetirse es la voluntad de exterminio, similar a la del racista y el nazi, que mutila y cercena la sociedad para eliminar al enemigo. Creo que nos debemos situar en un estado de cierto mesianismo y religiosidad (decía ayer), pero teniendo cuidado del peligro que todo “rupturismo” conlleva. Mesianismo como irrupción en la historia de la víctima y el dolor, de la injusticia, pero ahora debemos aspirar a una madurez que impida los excesos violentos. Claro que hay hoy día odios suficientes para que ocurra algo. El sistema genera abundante dolor y la víctima reclama justicia. A la violencia de una parte puede suceder la violencia de la víctima. Es tentador. Pero debemos evitarlo a toda costa. El problema es cómo atender a la víctima y compadecerla sin que esto produzca una voluntad de resarcimiento también rupturista. Se trata, tal vez de parir un nuevo mesianismo, como Benjamin sugería, pero sin violencia. Esta negación al uso de la violencia, puede ser también una lección de la historia, una de las conclusiones moralistas que emanan de ella. 

Otra consecuencia del holocausto español es que no hay una sola violencia. Hay distintas violencias. La del bando republicano es básica, ejercida desde abajo, y se cometió a menudo en medio de las protestas del gobierno. Pero la crueldad fiera, tenaz, establecida desde los mandos, desde arriba, la matanza “redentora” que, contando con más tiempo (la posguerra y la dictadura) estuvo en el bando rebelde. Lo digo porque entiendo que leer la historia con la torpe y bienintencionada voluntad de no distinguir ni discriminar entre los actores y acontecimientos, es irracional, impropia del que quiere comprender a los hombres. No fue lo mismo, y sé que esto algunos lo discutirían, pero yo, por ahora, me someto al estudio riguroso y seco de Preston, que es una investigación abrumadora. Hubo dos violencias y hemos de distinguir, porque hoy puede haber distintos grados, también, de violencia. El valor de la paz se defiende posicionándose con las víctimas desde una parcialidad en la lectura de la historia. Esto es porque la historiografía nos pone en bandeja la relación del hombre consigo mismo, relación que, un tanto hegelianamente, podemos considerar dinámica. 
  
Tras la lectura de la obra que estamos comentando, puede extraerse, por tanto, algún jugo. Atención a la violencia. Atención al mesianismo, venga de donde venga y sea de la naturaleza que sea; atención a la historia como enredada trama. Soy un lector algo cerebral, por mi empeño en concluir y moralizar, empeño que no oculto. Pero como siempre, lo que resta en lo que vale. Todo esto que he escrito no rinde en absoluto su debido respeto a la obra de Preston. De nuevo, hay que callar, y es en este desconcierto melancólico en lo que reposa el libro de Preston y aquello que relata.

martes, 19 de agosto de 2014

Sobre viejos futuros



Apenas hace dos o tres entradas que este blog callaba; un lapso temporal durante el cual se ha dado en la realidad social y política algo nuevo, muy prometedor y reconfigurador, que demanda ser meditado y escrito, además de admirado. Es algo que quien conozca este blog sabe que veníamos esperando con ansiedad desde por lo menos los siete años que en este mes de agosto cumple. En estos siete años de vida, ha habido momentos en los que han mostrado expresión algunos profundos anhelos insatisfechos. En este blog se ha partido de una insatisfacción esencial, como si en la realidad y en él, hecho de formas o seres inacabados, faltase algo. Y así ha sido y es. La escritura en un blog siempre es carencia. El texto demanda ser completado siempre y por eso uno llama a otros y por eso la literatura es, felizmente, una tarea inagotable. Pero además de esta carencia estética y acaso, como he señalado, esencial, el blog conecta y refleja otra carencia más primaria: la que proviene de un mundo que no está bien hecho. Esta es la mayor protesta de este blog. Sólo deseo apuntar y justificar mi parquedad (y silencio) en cuanto a la frecuencia postrera de los posts, como otro modo de reacción ante lo malo sin término. La erudición o abundancia glosan a la nada. También el pensamiento más profundo. Desde luego han pasado eventos y lecturas por mí, todo el rato. Pero cansado, he preferido leer durante un tiempo, a escribir. ¿Aburrimiento? ¿Pereza? ¿Desazón? Ahí queda la torpe y breve justificación. 

Pero hace tiempo aprendí a caminar caminando, por lo que me resulta irritante este esbozo de justificación de mi silencio que acabo de llevar a cabo. El silencio, si lo es de verdad, no se justifica. El silencio es pasmo y enmudecimiento, agonía y esfuerzo. Pero he cedido a algunas magias, como la de la fechas, para retomar esta empresa palabrera, cuando se cumplen, he dicho, siete años de la inauguración de este ya largo hilo. Y el vacío siempre amenazante.

Además de mi silencio, ha ocurrido algo que convierte a esta entrada en una cosa diferente de las anteriores entradas. Me refiero a que algo se ha movido en el mundo. El marco y el más hondo constituyente han vibrado ante el parto de un 15 M prolongado gloriosamente, entre otras acciones y fabricaciones, en el partido Podemos. Respecto a esto, he preferido también callar hasta ahora, pero, proclamo, que mi silencio en este caso ha sido producto del más ameno estupor. No creo que deba insistir en lo que se dice de Podemos y del 15 M, repitiéndome yo y a otra gente. De este partido inmenso, vertiginoso, sólo se pueden decir silencios ex Cathedra (desde las mirillas del francotirador solipsista que siembra y cuenta a voces para no se sabe bien qué cosas). Aquí la cátedra, toda cátedra, debe callar. Es lo que se me antoja concluir a partir de lo veo cual mudo espectador. Aunque, debo decir, no tan mudo, porque inscrito y afiliado estoy, habiendo también elegido pagar una cuota mensual. Eso son mis acciones. Pero cuando se trata de escribir, hay que decir lo esencial, si es posible. Lo esencial en Podemos lo reflejé en cierto relato sobre el 15 M (aquí). No es un buen relato, pues su desenlace se precipita. No está bien calibrado y equilibrado. Pero a su modo, imperfecta y provisionalmente dice mucho. Dice en lo que cuenta, en lo que sugiere y en lo que calla. Ya entonces necesitaba algo como Podemos en el mundo.

Podemos ha llegado sin que pueda hablarse mucho de él, más allá de sus promesas, de agente de lo nuevo en lo que estimo se está convirtiendo. Muchos agentes de lo viejo, insisten en hablar repitiéndose. Repitiendo sus siglas y partidos desde los cuales glosar bienintencionadamente o hacer grosera impugnación. Esto no quiere decir que todo el que habla de Podemos, desde fuera o dentro, sea un grosero impugnador. Sí lo es quien persiste en su cosmovisión y poderío cultural para desanimar un proyecto que siento como algo trascendental y vivo. De Podemos digo, contestando a este coro grosero, de casta infame y los hechos lo prueban, la larga y equivocada, e impura trayectoria (ahora me llamarán Robespierre), digo que está, por ejemplo, vivo. Tiene toda la vida de que carecen los demás partidos, al menos los de la religión bipartidista, tan liberal como Pettit-republicanista. En ese marco miran, piensan y propugnan en una propaganda terrorífica, propia de lo viejo. Se trata de una cortedad de miras atribuible a sus intereses de bolsillo y trono, que impiden todo cambio cualitativo. Porque Podemos ha cambiado, cualitativamente, la democracia en España. Su mundo intenta ser honestamente horizontal, un mundo de movilizaciones frente al mencionado inmovilismo de la casta.

Porque la casta sólo puede vomitar casta. Ni siquiera en lo más izquierdoso de esta rancia casta hispánica de políticos, se libran de ser casta. Es algo explicable, entiendo, estructuralmente, sociológicamente. Esta devoción a lo propio, a lo viejo, no puede hablar bien de Podemos, en todos los sentidos de “hablar bien”. Hay que ser un poco ingenuo para que el ojo vea y la lengua hable con propiedad. En el otro caso, la lengua está viciada y sólo arroja bellísimas, altísimas y bien hiladas opiniones, con la colaboración, claro está, de la ciencia social que se presta a ello, pero para denigrar. 

Así que hay una buena razón para opinar de Podemos, aunque dime desde qué prejuicios opinas y te diré quién eres. En lo que al redactor de estas letras se refiere, mi opinión es admirativa. Primero está el pathos y humus de donde uno parte, y después viene la palabra… y después, acaso, el silencio. Si apelamos a este blog, creo que ha ido quedando claro que mi humus es religioso. Por esto no entiendo la adscripción a una fe concreta, ni dogma, ni iglesia existente. La religiosidad tiene que ver, más bien, con la religación, como nos indica la etimología. Pues es esta religiosidad la que brotó en tantas Acampadas y asambleas tras aquel crucial 15 de mayo en que salimos todos a la calle. Y puede ser la misma en Podemos, si no nos quedamos en sus propuestas. Lo que hay en Podemos de religión y de indignación es lo que vale de Podemos.

Así, tenemos una lectura muy diferenciada de las lecturas desde lo viejo. No es ése el modo correcto de analizar a Podemos, porque para analizar a Podemos hay que haber llorado. Llorado cuando la gente tomó Sol en Madrid, tras el anterior desalojo, en la primera semana de existencia del 15 M. Es sumamente delator que alguien se resista a estas emociones y las juzgue desde un espíritu analítico lleno de prejuicios. Lo que ocurre es lo que al son de la música bailable, el pop y el rock, vino en los sesenta. Sus movimientos unos, triunfaron, y otros apenas dejaron el recuerdo. Pero hubo algo distinto, nuevo, en la realidad. Se hacía realidad en San Francisco, París, México D. F, Tokio, Praga, Londres, Nairobi, etc. Hubo una transformación cualitativa, que aun siendo explicable es inabarcable para ciertos enfoques de la cuestión. 
Esto es lo que quería resaltar en este primer post sobre una nueva era, tanto en mi blog como en esa cosa sobrecogedora y religante llamada “mundo”.  

sábado, 28 de junio de 2014

Bucear en la historia





I.
Leyendo a los historiadores Hobsbawm y Josep Fontana, en sus respectivas obras sobre el siglo XX, intento, como así lo confiesa Fontana, aprehender el siglo con el fin de responder a algunas preguntas concretas. Sobre todo, aparte de las grandes catástrofes de las guerras, deseo centrarme en el periodo de la guerra fría. Que la historia es un cúmulo de azares o, si lo preferimos, causas indiscernibles por lo complejo y abundante, es obvio. El estudio del siglo XX nos lo expresa, aun mejor que la locura propia de otro siglo (el XIX), porque es, aún, el nuestro. Su estudio activa, por tanto, sus pesadillas. La de la guerra fría fue una de las más absurdas, por el falso riesgo de guerra total y final que la acompaña.

Ha habido desde luego ya con creces la experiencia de la guerra letal, con armas poderosísimas y muy destructivas que en la Primera guerra mundial causaron espanto. Recordemos la utilización de gases, que producían hemorragias pulmonares, asfixia y ceguera. Los efectos de las mismas limpiaban terriblemente una zona para ser luego invadida y ocupada, hasta que los ejércitos comenzaron a utilizar máscaras. Además, las armas de fuego ya eran muy potentes, así como los explosivos y cañones. La velocidad de las balas hacía que las heridas causadas por las mismas fueran muy profundas y como secuela del fuego artillero estaban los tristemente célebres desfigurados y mutilados (espantosas consecuencias en el rostro que protagonizaron los “cara rotas”).

La Segunda Guerra mundial añadió cifras que casi quintuplicaron a las de la Gran Guerra, y víctimas civiles de atroces bombardeos y operaciones de exterminio conscientemente buscado, en ambos bandos. Ambas guerras son horrores inexplicables en las que se usaron armas de un poder espantoso. Y por supuesto, la bomba atómica. Siempre justificaron su uso apelando a la salvación de miles de soldados norteamericanos que, de todos modos, en breve habrían acabado victoriosamente la guerra. La explosión nuclear cuya tecnología pasó pronto a la URSS concentra lo peor del siglo y buena parte de los miedos que en la guerra fría  nos asolaron. 

Perturba, sin embargo, que todavía hoy muchos no sientan ni vean este horror del pasado cercano y de consecuencias en el presente. El hombre tiene la manía de no aprender de sus errores. Entre otros la debilidad de las diplomacias internacionales, su inutilidad, que es constantemente avalada por hechos. Y ciertos fantasmas. Uno es el del desconocimiento básico de las intenciones del enemigo. Salvo momentos muy puntuales (como la crisis de los misiles en Cuba, cuyo mayor problema consistió para ambas potencias en que las operaciones ofensivas y amenazantes no fueran interpretadas por  el oponente como amenazas reales y reflejo de una sincera intención de atacar), ninguna potencia, señala Fontana, tuvo nunca intención real de emprender un exterminio nuclear masivo. Al margen de esta evidencia que no lo era tanto en los años de la guerra fría, se dibujó, pues, una serie de visiones e histerias clara sobre todo en el bando americano, donde se desataron persecuciones (mcarthismo, caza de brujas) y miedos que compartieron los servicios de inteligencias. Hubo algunas muestras, no sólo la crisis de Cuba, ostensiblemente absurdas, irracionales y ridículas. Así, durante sesenta años, el mundo vivió en un miedo mutuo respecto a algo que nunca fue una amenaza real. 

No obstante, la posibilidad técnica de un exterminio nuclear masivo sí es real. Se sabe. Es decir, hay ya tecnología capaz de hacerlo, y no una, sino decenas de veces. No se acabaría por completo la vida en el planeta, pero sí la vida humana, parece, si se usaran las armas nucleares. 

Es este detalle técnico lo que el siglo XX ha aportado, a menudo complementado por histerias y paranoias, más en el caso del bando americano y los Estados Unidos, con un toque de mesianismo anti-civilización atea y comunista. Este deseo, que hubiera equivalido a la búsqueda de extender el modelo soviético por parte de la URSS, cosa que casi nunca pretendió ni se tuvo en mente, este deseo misional-mesiánico, digo, es de las tendencias más características del siglo XX. En un bando hubo purgas terribles contra el “enemigo” interno, y en el otro, en el bando americano, hubo ciertas automutilaciones y ansiedades de clara patología y también con efectos más moderadamente anti-vitales.

Me interesa y asombra hoy todo ese miedo. Esos fantasmas reales (con un doble toque de irrealidad y de realidad bien material) que yo mismo viví conscientemente en los años ochenta. Recuerdo ese pánico materializado en películas como El días después, sobre un holocausto atómico. Era una histeria que vivieron incluso los mandatarios, a pesar de sus servicios de información, que también la compartían. ¿Cómo puede un miedo general azotar a la humanidad y calar hondo? Ya digo que tuve yo mismo mis pesadillas y angustias sobre el asunto. Fue parte de una locura fundamentada en riesgos reales, pero locura. Fontana muestra esto que digo con datos y hechos extraídos de documentos hoy ya desclasificados de los distintos estados. Un clima, en medio de la mayor de todas las tecnologías, primitivo, hostilmente inmaduro, letal. Psicológicamente hubo una enfermedad de la guerra fría, cuyo sujeto enfermo fue el propio hombre.
Intento con mis lecturas rememorar esta neurosis, y entenderla. Entender cómo la propia tecnología ha podido desatar inercias y fuerzas engañosas, turbias y ambiguas, cómo en el marco de la racionalidad burocrática prosperaron una suerte de alucinaciones, una atmósfera de primitivo atavismo. Es esta dicotomía, este miedo y este fantasma el que va constituyendo a la humanidad a partir de la Gran Guerra. Cómo pueden darse la mayor dimensión y constitución técnica con algo vaporoso, con lo expresado en miedos y con patologías que compartieron mandatarios y mandados. Es como si hubiera un fondo primitivísimo y crudo en la humanidad. Un fondo ambiguo, de horror y de, por contra, tranquilidad y sosiego burocrático. El miedo sin forma y la coexistencia de una forma sosegadora en la humanidad. Esto, obviamente, puede ser rastreado en el arte. Uno de los síntomas más evidentes es Kafka, pero hay muchas otras corrientes artísticas y autores que expresan matices de esta desgarradora dicotomía que es el siglo XX.
Había, pues, un miedo que tras el final de la guerra fría ya durante el gobierno de Gorbachov fue disuelto, un Gorbachov cuyo mayor mérito fue el del exorcista que lo intentó desactivar. En efecto, la niebla pareció, con él, diluirse; pero no desapareció. El miedo fue utilizado, abonado y extendido hasta hoy, ya sin la excusa del enemigo soviético, ateo y comunista. Hoy, es la ambigüedad tanto victoria y triunfo como fracaso que vivimos con internet. Este huevo lleno de vida, pero con el corazón vacío, sin embrión, estéril, es internet. Porque hay una traición en lo inmediato y veloz de la tecnología, una impresión de algo falso, una carencia basamental. “Basamental” quiere decir básica, fundamental. Hay un estar situado de un modo, existencialmente, que es una antropología que a su vez arraiga en un modo de ser. Es el absurdo de la guerra fría, de poderosos presidentes de gobierno con armas atómicas que se imaginaban cosas y tenían raras visiones apocalípticas, pero de apocalipsis psicologizante, etéreo y liberal.
  
Habría que ver lo parecido y lo distinto que hoy somos a ese pánico ya intensamente vivido por los gobiernos y hombres poderosos a finales de los años 40 y comienzos de los 50. Ahí, creo, que podemos rastrearnos; en su misma ambigüedad y escisión en la que el hombre es su final, su propia eliminación. Estar en el mundo sabiéndose en proceso de eliminación fue el modo de ser de la guerra fría y que hoy se ha matizado como miedo ecológico a la destrucción de la biosfera. Todo esto se da porque hay una contradicción en lo aludido como basamento. Es como si afirmando técnicamente la materia, nos negáramos. Hay, muchos desde Heidegger lo han destacado, la afirmación de algo que al tiempo que se difunde y afirma, ciega y niega. ¿Razón instrumental, imperio de lo técnico?). Se ha escrito, desde luego, mucho sobre esto. Sobre la vocación de exterminio que acompaña a Occidente en su positividad técnica. Hay algo oscuro en todo esto, una negrura sin fondo, donde arraigamos. Una vocación desmesurada e insensible.  

II.
¿Por qué –se interroga Fontana para dar una respuesta descriptiva de más de mil páginas- han fracasado las buenas expectativas con las que comenzó la posguerra? ¿Por qué el mundo ha seguido siendo algo hostil para el hombre y sus configuraciones? Una descripción histórica sólo puede contar lo que ha pasado. Lo que ha pasado en cuanto a acciones constatables de los hombres, sus actos y las consecuencias de los mismos. Podemos seguir leyendo estas obras que nos relatan, pero no creo que por esa vía se halle toda la respuesta. Puede satisfacer un adormecedor afán de erudición, porque es la erudición un posible modo de abordaje de la realidad humana. Lo es, parcialmente. Uno puede ahondar en las constataciones de lo que los hombres han hecho, y así, tocar a la humanidad. Porque la historia es, sobre todo, un modo de palpar al hombre. Pero en cuanto el hombre es históricamente aprehendido, surgen nuevas preguntas. O mejor dicho, surge una melancolía. En la palpación el “aprehensor” experimenta una melancolía, que nos habla, que ejecuta otro mensaje o relato más callado, pero terrible. Uno toca los factos de la historia, del humano devenir, pero siente o huele que hay algo más. Este es el más perturbador y a la vez gozoso sentimiento. Un sentimiento que es, como todos los sentimientos, sabio. Sabio porque insisto en que insinúa y dice calladamente. Es el discurso insinuado, lo que más nos interesa para comprender. 

Así, nosotros apuntamos a una comprensión más oblicua, callada y vaga de lo que ha sido el siglo XX y las preguntas que plantea. Es donde queremos bucear, es como un humus o lodos que nos hacen y rehacen. Es el vértigo del suceder histórico lo que acontece, lo que surge como señal, como pena elocuente. La historiografía y la historia, pues, nos arrojan una pena elocuente en la que hay símbolos. Estos símbolos intentan describir, también, pero sin precisión, sin posibilidad de ser mostrados y constatados. En lo no dicho está dicho lo principal. Este es el principio que atraviesa toda la historia humana y su estudio por la historiografía. El hombre va afirmando, llenando el mundo con algo, pero es una afirmación triste cuya naturaleza se capta melancólicamente. 

Creo que, estableciendo un paralelismo con la psicoterapia, es a esta melancolía a lo que hay que atender. En ella debemos enfangarnos y, como Teresa de Ávila con Dios, engolfarnos. Darnos un baño de realidad, a sabiendas de que según la melancolía ni todo está dicho ni todo está hecho.   

domingo, 15 de junio de 2014

La historia como acontecimiento



La historia puede ser entendida como una aprehensión de lo que la humanidad va destilando, de la figura concretísima que el hombre adopta en el tiempo. Esta es desde luego, una tarea inabarcable que se basa en una táctica no carente de cierto pathos. El pathos o sesgo inicial es el originado en la necesidad de generalizar y abstraer. Además, la recolección de datos, que en ocasiones reduce la labor del historiador a cuantificador de la realidad. A la historia, o mejor dicho, a la historiografía le ocurre algo parecido a lo que pasa en otras ciencias. Hay una reducción de lo humano que trata, paradójicamente, de agotarlo y explicarlo en pocas palabras técnicas. Como método y disciplina no es que esté mal. Diciendo esto tan solo advertimos de la necesitar de nunca absolutizar una descripción o explicación historiográfica. Hecha esta advertencia, el hecho de pasear por el pasado con una mirada semejante a la que nuestra civilización arroja e impone al presente, puede sugerir algunas esencialidades.  Una cosa es lo que dice la historia y otra lo que sugiere. Lo mejor ocurre cuando leemos alguna descripción del pasado tratando de ir entre líneas, de concretar y vibrar con el acontecer humano. Esto mismo que puede insinuarse en las afirmaciones de la ciencia, bellísimas y sugerentes en la medida en que se superan yendo más allá de sí mismas.

Yo, por motivos profesionales, me he dedicado a leer algo de historia de la educación, y me centro en las obras que describen o narran lo sucedido en torno a la escuela y el sistema educativo. Pero siempre sé que hay un inasible plus que desborda toda actividad cuantificadora. Así pues, yo me sitúo en la cuantificación, pero con cierta ambición por trascenderlo. 

También sé que no puede aislarse el estudio de la relación educativa objetivizada del estudio más genérico de la historia en su conjunto. Por eso, de un tiempo para acá, he leído algunos excelentes ensayos que tratan de cierta época y sociedades. Este tratamiento, como he dicho, es de índole cuantitativa y factual, pues no trata directamente del acontecer humano, sino que lo abarca reductivamente, en el modo de hechos observables y medibles. Es lo que hace la historiografía. El pasado puede ser visto como mole, como piedra, en la medida en que se ha cristalizado cuando no es afectado por el tiempo. Pero en esa cristalización hay una nostalgia del tiempo, del inaprehensible ahora, que fue, y por tanto, sigue estando el hondo ingrediente temporal. Por eso, hay una cierta religiosidad en el estudio de la historia. Uno vibra con el vendaval del tiempo que pasa. No tendría sentido estudiar la historia pasado si no fuéramos históricos, es decir, tempóreos. No nos interesaría. 

Es precisamente lo inasible del ahora que fue el pasado lo que lo hace inabordable e inagotable, a pesar de la petrificación de que es objeto. Con esta prevención y aspiración llevo meses leyendo historiografía. De ésta pueden desprenderse teorías de la historia, si permanecemos en el pathos cuantificador y objetivante, o algo más. Es justo y legítimo aspirar a ambas finalidades.

De este modo, exploro los modos de contarse la historia. Desde la historiografía del dato empírico y de los hechos históricos, a la más explicativa. Y sigo el proceder del historiador, pero con pretensiones filosóficas. De este modo trato de entender, también, el proceso educativo en todas sus formas. A veces, sin embargo, uno da el rodeo por lo demás, por lo otro que es el hombre, más allá de la educación. Una obra excelente para entender lo objetivo de los procedimientos pedagógicos es Historia de la educación en la Antigüedad, de Henry-Irenee Marrou. A ella nos dedicaremos, seguramente, en próximos posts y comprobaremos cómo nos fuerza a entender también hoy, hablando del pasado remoto. Hay algo que ha  cambiado desde entonces, y algo igual que ahora. De su discernimiento tratarán esos futuros y posibles posts que prometo aquí.

Pero la historia de la educación es historia. Por eso, hay que dar lo que son, en apariencia, rodeos por el resto de lo humano. Es lo que la obra Sesenta millones de romanos, de Jerry Toner, me ha ayudado a realizar. El subtítulo de este ameno trabajo es La cultura del pueblo en la antigua Roma. Y ya alude a lo cotidiano en la historia, lo común, que es como únicamente, cuantificadoramente, hay que asir lo que ha pasado. Hay una obvia y necesaria mirada que explora datos en otro lugar distinto de lo que el autor ha denominado “étite” para centrarse en lo que nombra como “no étite”. O sea, apelamos a la misma mirada objetivante que a partir de los textos y algunos restos arqueológicos como las ruinas excavadas en Pompeya. Pero una mirada que intenta describir la vivencia de lo concreto-factual en el hombre o mujer romano que, con una probabilidad de 99 por ciento, ha nacido esclavo, pobre libre, liberto, ciudadano libre de lo que hoy llamaríamos “clase media”, los ejecutores de los oficios. Se trata de hacer como si nuestra tensión existencial enmarcada en el aquí y ahora materiales, se trasladara, como si viviéramos entonces con la misma intimidad que lo hacemos ahora.

Esto sólo puede hacerse con los textos. Básicamente es texto y escritura donde viven estas realidades históricas que nos admiran. De hecho, es texto y símbolo, en todos sus amplios y ramificados sentidos. En esa experiencia de lo íntimo que nos nutre, de lo concreto, es fundamental el lenguaje, y la vivencia del constituyente trasfondo hermenéutico que nos sitúa un poco todavía allí. Es lo que líneas arriba he denominado “lo igual”. Hay algo que no cambia y es precisamente la experiencia filosóficamente glosada desde aquellos tiempos, del cambio y el paso del tiempo, de la incesante transformación. En este sentido somos hombres como los que vivieron en Pompeya.

Toner alude a una cultura del pueblo práctica y conservadora, objetivizada en proverbios y fábulas. La dureza de la vida había creado una mentalidad del poco riesgo en las apuestas prácticas de la vida. Un pronóstico prudente en relación con las ganancias y los riesgos asumibles. Asimismo, la mencionada dureza originaba trastornos mentales que pasa a recoger y estudiar Toner en su libro. El trastorno mental, o válvula que permite aflojar tensiones, exactamente igual que las saturnales y otras celebraciones que ponían el mundo al revés. Todo ello en un mundo de abundantes sensaciones, táctil, visual, musical. No es el universo refinado de la alta literatura que cultivaban las étites, sino un océano sensual, a veces grosero y grotesco. Mundo en el que a veces se daban rebeliones y con el que las autoridades tenían que negociar.
Toner trata de aprehender la experiencia y cultura del “pueblo” o no étite. Y se puede imaginar. Porque lo que el historiador puede hacer es sólo eso, imaginar, de un modo similar al arqueólogo que deriva un universo a partir de una mandíbula. En este libro nos damos un siempre escaso baño en lo popular, como si pudiéramos verlo en imágenes, como tal vez lo recogería una cámara. 

La sensación es, como siempre sucede con la historia, de vértigo. Porque somos llevados a imaginar, de nuevo, el tiempo como cosas que pasan. Creemos ver un ahora inasible que no es más que, en el fondo, ficción historiográfica. El único modo de superar la ficción historiográfica es entenderla y saberla, precisamente, ficción narrativa. Sólo así trascendemos y superamos, fatalmente, lo dado. La historiografía debe ser consciente de esta contradicción entre su método y lo que realmente pasa. Pero es por estas imperfecciones, incoherencias e imposibilidades, por lo que el mundo se nos muestra. Es el elemento “religioso” del acontecer histórico en su inevitable traición por parte del historiador.