martes, 9 de diciembre de 2014

Coronel Kurtz, en Apocalypse Now




El coronel Kurtz, en la película Apocalypse Now, ha enfilado su última desnudez, en un adelgazamiento espiritual que lo ha ido tornando hacia su esencia, hacia el núcleo invisible y sordo bajo las capas arrancadas a su Yo civilizado. Ha llegado al depósito final y hondo de toda civilización, al precipitado de la guerra. Kurtz no se explica, sino que destila todo su ego hasta alcanzar el hueco y el no lugar que subyace como sima. Afronta la nuda guerra y el despojo de sí mismo. Adquiere una lucidez que enturbia, una visión de lo no visible, una luz oscura. Llega a una conciencia de sí que es la consecuencia de una tensión, una plenitud nihilizante que le ha nihilizado. Kurtz se ha vaciado de sí mismo en su extremar lo bélico, en un ejercicio de sabiduría, para comprenderse como pathos puro. No tenía escapatoria (¿es la locura saberse lúcidamente sin escapatoria?). Ha ejecutado una negación de sí que se torna agónica huida. Kurtz se busca en la derrota. Da vuelo a su derrota. Se ha amortajado dejando que se alcen y evolucionen los límites y vacíos sembrados por otros en sí mismo, hasta el vómito y la malaria. Sobrevive en su cubil, adorado, poseso de su verdad destilada, ensimismado en sus heridas. Todo huele a enfermedad a su alrededor. A una lúcida enfermedad. 

Por eso, para ver, se ubica en la extrema estrechez de ser. Muere de inanición, practica un ascetismo excesivo (como todos los ascetismos); le queda su sacrificio. Su actividad quiere ir más allá de lo que se es tensando las líneas de fuerzas, en una labor cansina que teje en la jungla. 

En Kurtz parece haber un antes y un ahora, pero desde el uno se ilumina el otro. Es ambos. Es ese pasado que era, militar y guerrero, esa avidez y esa obediencia para  no ser, propia de la guerra. Un rutilante no ser de pólvora y honor. Una disciplinada abstinencia de ser. Y también es los cercos que aguardan ahora, después de la aciaga lucidez. Antes y ahora es un no persistente. Porque no avanza. Parece haber avanzado, pero no lo ha hecho ni un milímetro. El no camina falsamente en círculo, blandiendo una alucinada marcha, en la repetitiva asfixia, en el desfile en la asombrosa selva. Sin escape. Un no final que conduce al final irónico, a la naciente ironía, a la lucidez del bélico ironizarse, al impugnar espantado e incapaz lo que se hace, hasta el vértigo y la fatiga, hasta el mayor de los fracasos, hasta el más despiadado no ser. 

Kurtz ejecuta un educativo buceo en sí mismo; en un sí mismo al que debe tornar la mirada fugitivo, restallante. Es un fabricarse que mira los límites que lo constituyen; un no superar la propia época. Es nombrarse para nada. Es un impotente querer ser más renegando de ser más. Es una guerra. Un definirse en la sobreabundancia del ser menos al que llega en la jungla. La jungla, que es exuberante reinado de lo efímero.

Existir ha llegado a ser, para Kurtz, un hacerse frente a límites, vivir en ellos y ser ellos, es decir, donde acaba el hombre, la razón o la ética, a las que llega por reducción al absurdo, por su asfixiante contrario. En una tarea que lo pone en relación con el lugar inhabitado de un posible Dios que calla y nos cerca en su mudez, que habita más allá del límite que se es y que es Dios en su clamoroso no estar. Porque donde hay límite hay Dios. Esta es también una vieja guerra, un agónico combate de Jacob con el ángel. Una presencia de Dios que lo es por su ausencia, que no se puede sino postular a partir de la malla de este mundo. Una trascendencia que se presiente en su propia falta, fallida, huidiza. Un Dios parido por la guerra. Un Dios silencioso que se escapa, que no pasa de ser una reverberación sobre la superficie del agua. El Dios del conflicto y del combate. Y ser hombre es un gerundio y también, como Dios, una hipótesis, que es labrada por el vacío y la nada divinos. Es el absurdo de disponerse en una tarea inacabable, infructuosa, desesperante. Es ese tedio, ese plano. Es poner el final y el principio, que se mueven como el horizonte cuando se avanza. Es llegar a Dios por la desesperación.

Educar-se es poner, también, una definición. Es aquí donde se alzan definiciones que el hombre muerde en su frenesí de ser. Muerde y obra, se explaya, se crea en el espacio donde hay que poner lo posible. Es una tarea que ciegamente ejecutamos, la de colocar las verdades y realizar el logos, el camino hacia las mismas, en una tensa e incompleta inmanencia. Educarse es saberse rodeado de abismos, saber que ninguna decisión los borra, que nos interpelan calladamente. Es la lucidez de vislumbrarlos, de saberlos abiertos bajo nuestros pies. 

Es lo que el Coronel Kurtz ha descubierto, en suma. Que el hombre pone abismos; que es abismos. Su tierra se ha movido, como en un sismo; lo telúrico donde anda parece no sostenerlo. Kurtz sobrevuela espantado la banalidad de ser, nombrándose imposiblemente, definiéndose mediante la indefinición de la guerra que disuelve. Kurtz es un pasmoso intento de renombrar las cosas, de conducir a todos a ese tiempo nuevo que hay que establecer y fijar, pero el cual es en realidad, tristemente, mera repetición de lo dado, vertiginoso reflejo, caos de espejos. Es estar atrapado. Eso es lo que ejecuta Kurtz, ese orden caótico. Sus nombres constituyen una pobreza y un horror. Ostenta la lucidez de ver lo vacío de ser repitiéndose, de sumar vacíos. Kurtz es el intento de ser más sin poder ser más.

martes, 2 de diciembre de 2014

Florecer sin porqué





Hay una gratuidad de las cosas que en sí, en cuanto mera gratuidad, conmueve. Se trata de lo infinitamente tierno de todas las cosas en su titubeante florecer, en su risueña seriedad de ser. Hay en ellas un darse inacabado, una válida invalidez, una gozosa herida y una carencia. Hablamos de la honda belleza de lo que se nos da por el hecho de darse, mansamente; una belleza que nos vence y que se muestra llena de oquedades. Palpamos la equívoca presencia cuyo fugitivo carácter asimos imposiblemente; vemos y pensamos lo que se derrama, las cosas inocentemente ofrecidas a la comprensión. Vemos en ellas la máxima luz en una máxima oscuridad, lo más lejano en lo más cercano. Las mira un ojo que cede a la proximidad de la cosa pero también a la distancia, en un mirar más allá del mirar. Es un ofrecimiento de lo gris. Es la irritación y prurito de ser fatalmente. Es una suerte de mentira en las cosas, un doble juego, un baile jubiloso. Un guiño fugaz, huidizo y juguetón. 

Existe una desnudez de las cosas que, contrariamente, puede ofrecerse donde parece no estar; una mengua y una reducción en el exceso; una ligereza en la opulencia. Puede ejercerse, así, el recargado retorcerse del mundo exprimido hasta llegar al alma chispeante. Pero también hay un vago rococó, que encubre y calla el mundo diciéndolo en una explosión que se lanza sobre la cualidad silenciada; un ser menos jugando a ser más. Una apuesta ornamental que de abismo barroco se ha tornado afectación. Un inverso ascetismo de la posesión y del disfrute frívolo de los bienes.

Se enfatiza en lo rococó la ironía del traje que encubre nuestra desnudez, el juego insólito de la ropa. Se trata de nuevo de las cosas, de su silencio y de su halo. Nos revolcamos en la gratuita exhibición queriendo ser falsamente en un elocuente olvido de la intimidad vibrante. En el adorno la cosa demanda su contrario, como una suerte de profundidad en la exhibicionista superficie, y que cuanto más insiste en lo mucho, mayor es la sombra proyectada. La cosa, escandalosamente expuesta, se torna disimuladamente sombra liviana e insondable en el exceso plano. La cosa admirada pone en riesgo y postula nuestra inanidad cuanto más nos seduce. Porque mostrarse en demasía, escandalosamente, llama a su contrario, tiende secretamente a las toneladas de silencio que arrostra la cosa sin la ropa. Cultivar ese silencio en la desmesura, multiplicar los recubrimientos que acercan a lo que es inasiblemente lejano por callarlo. Porque hay una callada lejanía en todo, un guiño, un juego de agarrar y esquivar, de eludir e ignorar que se es mirado. Es una peculiar lozanía de las cosas del mundo, de las rosas. 

Ora conmueve y ora regocija la suma delgadez de las cosas al pensarlas, cómo caen los velos. Puede reducirse el pensamiento a un escuchar las cosas que nos hablan mudas. Es preciso ejercer un pensar que sea un asir en la pura desnudez más allá de toda opulencia, que sepa ver la ciénaga cegada por tanta jungla y desmesura, bajo ella, sustentándola. Nos conmueve la cosa cuando se ofrece en un acto pasivo e inconsciente, involuntario, que capta el paseante, sujeta al tiempo y al olvido, al riesgo y a la nada. Hay un conocer las cosas como nadas.

La verdad oculta es tan simple que provoca las lágrimas. La sencilla desnudez que acecha en las cosas, que a su vez nos desnuda. Apenas husmeamos el abismo que se abre inagotable bajo las raíces, que se dice en nombres y afirmaciones impronunciables. Para ser consecuente con el abismo hay que callar en un nombrar sin nombres. Nace en nosotros una cálida ternura ante esta situación bella y alarmante, ante el frío de la desnudez expuesta. Conmueve saber que la cosa es íntima explosión más allá de todo lenguaje y mirarla en cuanto apertura que se cierra. Todas las cosas están, en un momento dado, sometidas al tiempo, que las zarandea. Las cosas parecen bullir afirmativamente al mismo tiempo que se someten a la amenaza de no ser.

Pero no se trata de que moralicemos a partir de la temporalidad. Porque hay una amoralidad en el tiempo. Hay una dimensión exenta de nombres en el tiempo, que parece obrar en algunas cosas, especialmente en las naturales, como hundimiento impávido en la nada constituyente. Hay una fiereza básica, inasible por no ser buena ni mala ni nombrable, que está por debajo de las cosas. Un efímero alzarse a pesar del lastre aciago; un estar sobrepasado por lo más allá del propio nacimiento. Este tener raíces en lo otro que no es, este afirmar desde la negación, esta precariedad, esta lastimosa impotencia, este breve resistir de la flor liviana al viento que la agita, es lo que hemos considerado al principio como lo conmovedor, lo bello que es aciago, de las cosas mundanas.

jueves, 27 de noviembre de 2014

La imposible escritura



Existen aspiraciones inútiles que acaban absorbiendo a quien se ocupa de ellas, que son peligrosas tareas imponentes en sus ideales pero precarias en su puesta en práctica. Uno siente con fuerza el sesgo y la tara de este mundo a medias, siempre tan gozosa como perdidamente por hacer, y practica una lejanía de palabras inútiles respecto a lo que podemos, en principio, llamar “idea”. Es la aspiración a una persecución en la que el aspirante se diluye y confunde con la tarea que labra en el tiempo para obtener lo que se aspira y desea. Un buen ejemplo de esta tarea imposible, inútil y casi suicida, que amenaza al mundo y al sujeto, que los cuestiona y asa en la parrilla de las palabras, es, por supuesto, la escritura. Porque el que ingenuamente escribe aspira a un plan, idea u objeto que es tenazmente impugnado por la propia escritura, que nunca se logrará por esta vía torcida, que cubre y en el mejor de los casos, desliza hacia una nada. Escribir es barrer, tenazmente, limpiar el cristal de una ventana en la noche profunda que cae sobre la dehesa, arrojar mantas y vestidos que vistan pero oculten el secreto centro invisible. Nombrando y diciendo nos alejamos, en realidad, de este centro, que permanece cuando termina la fiesta, como otra fiesta secreta. De este centro evocado imposiblemente escribe Roberto Juarroz, en una escritura limpísima, sutil y delicada. También Juan Ramón Jiménez escribió: “inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas”. Y justamente de esto, expresado por dos poetas, intento yo escribir ahora, del empeño que ellos, y todo el que escribe con mejor o peor fortuna, manifiesta, de decir el Nombre. 

Inútil y siempre fracasada ocupación, porque escribir es olvidar, y nombrar es recubrir. No digo que no tenga en absoluto sentido la escritura, pues los hombres debemos insistir en el nombre, ya que en el acto de nombrar y en la escritura nos escribimos, nos situamos, nos engarzamos con el centro postulado, que es oblicua y negativamente perfilado por los nombres. El centro es y no es los nombres. Porque el centro está y se hace presente, invocado, por el palabrear del hombre. ¿Es un verbo el nombre, por cierto? Una lluvia que habla de un posible océano sobre el cielo. Un centro del que únicamente experimentamos su ausencia. Por eso, la facultad que más nos acerca a él es la nostalgia. El centro existe porque lo echamos de menos. Un centro cuya principal propiedad para nosotros es que nos falta. El que escribe debe tenerlo en cuenta, y debe saberse fracasado que fracasa constantemente, en las líneas que ara la escritura en el fondo blanco. Porque por mucho que escriba sobre los más variopintos asuntos, su escritura forma parte de y realiza una vocación aun más secreta e inútil, una vocación que así lúcidamente se sabe inútil. La escritura es como arañar en el vacío a fuerza de palabras que quedan magnéticamente instaladas, pero siempre amenazantes y amenazadas, enfermas, palabras que a veces levitan o que se hunden en el subsuelo y que siempre, en todo caso, yerran el tiro. Las palabras se arrojan, para que queden como visibles testigos de la merma que es el hombre, de lo poco lejos que alcanza, de lo que tiene de nada y de resta. La secreta y auténtica aspiración del escritor es, digámoslo ya, escribir para que permanezca imponentemente grabada la Palabra en el vacío. La vieja concepción cabalística del nombre que es todos los nombres, o los nombres del Dios islámico que no llegan a definir jamás a Dios, para lo cual haría falta una palabra, una sola palabra que acaso apenas sea todo el texto venerado que llegue en el mundo mancillado a desvelar lo inasible, esta vieja concepción es la que subyace, de hecho, en toda escritura. 

Sea la narrativa, la poesía, el guión cinematográfico o el teatro, todo persigue cansina y monótonamente, como en un mismo mantra, escribir, es decir, marcar en el volátil aire, oblicuamente, el nombre secreto. Hay una diversidad inagotable de textos que nos mantiene y ocupa, textos que somos, en una bella y digna variedad, pero una diversidad que aspira a un centro que si llegara a decirse haría inútil el lenguaje. El lenguaje existe como tarea, como ser del hombre, mas alude y aspira a lo que es menos pero más, infinitamente, que todo lo dicho. El nombre no es tanto un añadido al mundo, sino una resta que dice lo que no puede ser. Vivimos de hecho de este modo, y tal es nuestra naturaleza o condición. Hablar, escribir, para nada. Esta es la paradoja. Se es lo que se es en la suma de los actos, pero lo que verdaderamente sea, siendo deseado, es la más descabellada aspiración soñada. Es exactamente un sueño. 

Se busca, pues, el nombre secreto, y la literatura existe como digno testigo de la imposibilidad de lograrlo. Cabe imaginar esa única y pura fuente como lo que está al principio y al final de la escritura. Es lo que se resiste a ser capturado por la palabra, pero que nos habla y pronuncia, en un lenguaje olvidado. Por tanto, hoy sólo queda ese olvido, esa nostalgia que nuestros antecesores tuvieron de nombrar impecable y certeramente y de glosar o reflejar una lengua primigenia y perfecta. Es la Palabra, por tanto, impronunciable, y la actualiza, no obstante su invisibilidad, una nostalgia y un deseo. Escribir es también, en este sentido, ejercitar una suerte de lejanía. La Palabra es la aspiración a que el mundo sea agarrado y mantenido en el ser, a obtener una consistencia que en realidad no lo es, y una hipótesis de mortal desmesura. Así, la aspiración es sobrehumana, y corre el riesgo de que quien escribe se deshaga en su escritura, en el torpe intento que emprende cada vez que agarra lápiz o teclado del ordenador. El contacto con esta secreta Palabra, su búsqueda, hiela y nos convierte, como la mirada de Medusa, en piedra. Uno se perfila y densifica nombrando, pero igual que esto le da consistencia al escritor, se la sustrae por otro lado. Así, si escribir es escribirse, también topamos con una equivocación, de esas equivocaciones que lo son porque aspiran a falsedades, pero que aciertan en cuanto nos constituye lejanos y mudos. El escritor escribe porque es mudo, porque no tiene lo que postula, y por eso reduplica el mundo, lo refleja y multiplica en arañazos frustrados. Así, el escritor está condenado a la frustración constante. Quizás quien más acierte, por lo menos con el intento, sea el escritor fragmentario, de la estirpe de Nietzsche, con todo lo que hasta hoy se ha practicado. Al menos en el fragmento queda patente el carácter roto del mundo, su quebradura, y nuestra quebradura.  

miércoles, 26 de noviembre de 2014

La cura inútil


Hoy pensar implica sentarse a velar junto al enfermo. Velar, desvelarse por él, de alma a alma, triste y tiernamente. Acompasarnos, sabernos contagiados, zarandeados por el triste sino. Pensar es pasar el trago. Pensar es un sombrío deber en el que nos va la cura, invocada por la extremada negación que nos oprime y enreda, pero también invocada por los cuidados atentos. Pensar es enfermar-se y curar-se. Pensando emprendemos un consabido y tópico vagar entre luces y sombras, entre las tensiones de tantos lugares comunes, bajo los tópicos. Y es dar un pasajero arreglo, liviano e inútil, ciñéndose a otra palabra nueva. 

Es el propio mal el que expele tensamente su cura. El No enfermizo se torna en un Sí en el trabajo de pensarlo y en el atento cuidado. Nos acunamos acunando al enfermo. La enfermedad es lugar de tristeza y de ternura. Ambas son invocadas, como caricias inútiles. En este sentido, es momento de dejarse convencer por la inutilidad de la desahuciada ternura, por la callada tristeza, soportando las reglas absurdas. Iluminar-se, descorrer el velo, en pos de una verdad como aletheia que viene oculta cansinamente en esta larga patolología, verdad acaecida con los olores a medicina y orina en la única habitación de la casa, la más honda y la más ligera de las habitaciones. El dormitorio que pasa y nos lastra, que se halla potentemente magnetizado. Porque en la enfermedad que acucia, en la pesada y monótona enfermedad, apenas alcanzamos a manotear. 

Me atrevo a suscribir la idea exagerada de que debemos enfermar con el enfermo. Practicar un psicoanálisis fatal, errabundo y poco ortodoxo. Un psicoanálisis como último acto, in extremis, tropezando con imposibilidades y gérmenes rebeldes. ¿Habrá que apurar su terminante lugar sombrío, el callejón, y encerrarse en el insondable pozo de su pathos? ¿Habrá que saciarse de su cuadratura? ¿Sumirse en lo que evoca e invoca la cansada tos? Hay desde luego una invocación, es decir, una perentoria demanda por cubrir. Como la manta cubre tiernamente el cuerpo cosa del enfermo, hay que aproximarse a lo que se ha ido tornando una presencia dolorida. Hay todavía el logos extravagante que captar, cuando todo apunta a un caos inquieto. Hay que recuperar el viejo logos. La nostalgia del camino olvidado. Hay que saber captar esa subyacente inquietud que reluce bajo la reluciente y plana publicidad de este mundo. Hay que desgarrar. Hay que recuperar lo que era, antes, hipotéticamente, correcto. Debemos corregir la trayectoria a golpe de melancolía. Pero no hay más que hacer. Es preciso llorar o reír callando; decir, pero decir poco. Cuidar y pulir algunos nombres. Susurrarlos. Es necesario escuchar las llamadas al amor en el tedio de existir. Porque hay una cierta verdad en el hastío y el tedio.

Nos vence lo que hoy se lleva, como un burdo tedio, como el comodín de la baraja que la consagra y replica, inútil, que se alarga, que nos retuerce. Pero también hay en el tedio una amena y fresca sombra, una victoria cuyo reino desconocemos. Hay que acoger todo ello tristemente. Porque la tristeza es lo menos que puede hacerse para rehacer, tiernamente, el mundo. Un mundo de pena, pero que oculta una absolutamente otra promesa, otra idea, otro reino. Cabe imaginar nuestro mundo al revés, un darle la vuelta y trastocarlo. ¿Bastará con eso? 

Sabemos que está la enfermedad, el enfermo al que hay que cuidar y guardar. Hay que limpiar los blandos almohadones que protegen y abrigan al enfermo, cambiar los emplastos, colocar el cuerpo sagazmente para que no se ulcere. Después vendrá la risa, pero ahora urge sobre todo esa ternura. Urge ese pensar el enfermo. Urge esclarecerlo, decirlo y callarlo. Es lo que hoy demanda nuestro mundo, un conocer patológicamente enraizado, que hunde sus cimientos en una existencia dolorida, tullida, que se alza como puñal que apunta al propio cuerpo. Esto es ya una idea vieja, la de que es preciso sospechar cuando se piensa y rumia el mundo, sus disposiciones y “objetos”, su mayor o menor humanidad. 

Todo es una patología del nombre y del todo, de haber confiado en exceso en el acto de nombrar, cuando lo que se nombra es siempre una negación que se alza. El nombre afirma que no es. Nombrar es velar, torcerse, llenarse, saciarse de sucedáneos. Y sólo colateralmente, apuntar al ser. Es mantener y continuar el engaño, conceder importancia vital a lo que sólo oblicua o contrariamente es lo vital. El hombre debe contemplar la amplitud inagotable de cosas que son su/la muerte. Debe captar el asimiento y dependencia que nos agosta, que agota nuestra vida. Cuando lo que hace el hombre es, principalmente, situarse en el mundo, la enfermedad parte de una ubicación falsa y ciega, de una fallida colocación. No soy tan conocedor del asunto como para indicar ahora lo que se es en la salud, sino que entiendo que ello, como señala Iván Illich, ha de llegar por sí solo, tras el esfuerzo por pensar la enfermedad. Es este el pensamiento que se nos impone. Hay que mirar bien, hay que olfatear, hay que palpar el sino que nos arrastra. Pero lo que venga con ello es, por ahora, desconocido.