Tal día como hoy, 16 de noviembre, hace veinte años, seis jesuitas y dos empleadas de la universidad UCA de El Salvador fueron asesinados por un comando de militares con orden de matar a los sacerdotes y no dejar testigos. En aquella época El Salvador sufría una cruenta guerra civil plagada de importantes masacres (El Mozote). Allí se inventaron y funcionaron los tristemente célebres “escuadrones de la muerte”, para secuestrar, torturar y asesinar a opositores y campesinos. La guerra terminó en 1992, pero El Salvador continúa siendo un país brutalmente castigado por la pobreza, la violencia y la injusticia. La vida en cualquier lugar del denominado Tercer Mundo es durísima, hasta el punto de que se trabaja de sol a sol sin los beneficios de los estados de bienestar a la europea, con todo privatizado y con nada para quien no puede pagar (un niño puede morir allí fácilmente por falta de antibióticos). La sanidad, la educación, la ayuda en situaciones de emergencia como el reciente huracán que acaba de asolar el país y todo lo que en la burbuja primermundista se da por hecho por ahora, a pesar de la crisis, allí no existe. Una familia de clase media tiene serios apuros para sobrevivir aunque todos trabajen en más de un empleo, sin apenas días de descanso y en jornadas laborales de vértigo. Allí no existen, por decir un dato, las vacaciones pagadas. Más de la mitad del país pasa apuros para comer, es decir, es pobre (6 de cada 10 salvadoreños) y dependen de lo que familiares emigrantes sobre todo en EEUU les mandan para que sobrevivan. Creo sinceramente que pocas personas procedentes de las burbujas de bienestar del Primer Mundo aguantaríamos un año viviendo en tales condiciones. Muchos economistas argumentan y demuestran con datos que el bienestar de la pequeña parte del mundo que son Europa, EEUU y poco más se debe a la explotación de esas regiones, en las que no obstante, sí hay enormes fortunas privadas. De hecho, es un tópico, que los propios salvadoreños conocen y dicen al visitante, que son unas pocas familias las que literalmente son dueñas del país. El hombre y la mujer sencillos no pueden hacer más que trabajar desde las cinco de la mañana hasta después de la puesta de sol y malvivir, a pesar de que en concreto los salvadoreños son un pueblo muy activo, inteligente y laborioso. Cabría pensar que justo ellos no son precisamente los responsables de su miseria. Creo que no hay que ser economista para imaginar quiénes son o somos los responsables.
¿Qué sentido tiene hoy recordar a Ignacio Ellacuría y a sus compañeros mártires, o a las dos mujeres? Ellos siguieron la estela de muchos, como Monseñor Romero, de cuya ejemplar conversión escribiré en breve, o Rutilio Grande, o tantos y tantos mártires anónimos e inocentes. Como he leído decir a Jon Sobrino, lo más horrendo del caso fue la muerte de Elba y Celina, las dos mujeres, madre e hija, en aquella triste noche. Ellas representan el mayor horror por ser víctimas absolutamente inocentes, que ni siquiera escribían o denunciaban públicamente las injusticias con el peligro que ello conlleva, y como sí hacían los sacerdotes. Ellas representan al sufrido y trabajador pueblo salvadoreño, a cualquiera de los millones de muertos de allí y de otros sitios que no tuvieron oportunidad ni siquiera de entender por qué los mataban o por qué pasan hambre o por qué malviven. Ellas representan a las víctimas de la mayor injusticia y escándalo, de lo que en términos teológicos significa el más puro mal y el pecado.
Ahora, al lugar donde aparecieron los cuerpos, le llaman el Jardín de las rosas, porque plantaron rosales, uno por cada muerto. Cuando estuve allí de visita, permanecí un rato en él, absorto en las flores, con la cabeza cada vez más extrañamente vacía. El guía nos hizo pasar después a la habitación donde mataron y torturaron a las dos mujeres, madre e hija. Es un pequeño cuarto muy modesto que ahora han convertido en capillita. Me gustaría decir que recé, pero la verdad es que no pude hacerlo. Sólo acerté a callar, en una suerte de vacío que crecía desmesuradamente. Sólo pude hundirme en un no gigantesco, en una desproporcionada nada atroz que me fagocitaba lentamente como una gran anaconda, algo casi nauseabundo que me invadía y destruía como un tumor maligno. Esa habitación era un profundísimo abismo abierto de repente en un rincón sencillo y humilde del universo, una traicionera sima en la que uno cae inesperadamente y siente vértigo. En aquel momento no era posible hablar. Cualquier palabra se detenía en los labios paralizados antes de poder salir, así como cualquier razón o pensamiento. Me pregunté por lo que ellas habrían dicho mientras sucedía su calvario, desde su cruz, y quise escucharlas y captar el eco de aquello que había pasado, pero no pude, porque todo ya se había acabado. Había algo definitivo, una suerte de cierre en esa triste habitación. Fue desesperante y sentí una suerte de soledad brutal.
Finalmente, quiero decir que otro detalle que hoy he podido ver y reconocer en la televisión, en una de las imágenes que han puesto de aquel día, es un ejemplar del libro de Jürgen Moltmann titulado El Dios crucificado junto a un cuerpo que apareció en una de las habitaciones. El libro cayó de una estantería, llenándose de sangre, y ahora es expuesto en una vitrina en el denominado Museo de los Mártires de la propia UCA.