martes, 2 de febrero de 2016

El pensamiento de Pablo de Tarso



Piñero, A. (2015): Guía para entender a Pablo de Tarso. Una interpretación del pensamiento paulino. Madrid: Trotta.

Aborda Piñero desde una imparcialidad de estudioso y científico lo que, sin prejuicios teológicos previos, es posible encontrar en las epístolas paulinas, es decir, las atribuidas al Apóstol directamente y no compuestas por un discípulo o discípulos, como la obviamente ajena y singular Epístola a los Hebreos, cuyo estilo y densidad teológica son muy diferentes. Lo primero que nos encontramos, como en todo el Nuevo Testamento, es la presencia de ciertas contradicciones e incluso coexistencia de nociones antitéticas, como la resurrección que acaecerá en el final de los tiempos, que es concebida en términos de continuidad con el todo material que es el hombre, como su plenificación desde la carne y sin contradicción con ella; pero, al mismo tiempo, en ocasiones se concibe como un suceso del espíritu, del alma, sin el cuerpo, que será lo que resucite.

Se estudia en el libro de Piñero en primer lugar 1Tes, cuyas salutaciones y recomendaciones ilustran el tipo primitivo de comunidad cristiana, pasados unos cincuenta o sesenta años de la muerte de Jesús, en el siglo I, en el tiempo de redacción de esta carta que es el documento más antiguo del Nuevo Testamento (los evangelios son muy posteriores y representan, creo y he leído en algunos teólogos actuales, como Castillo y Estrada, una vuelta a lo narrativo, a la necesidad de narrar el suceso tal cual (más o menos) se dio en la historia. Parece que se tuvo que retornar al calor y elocuencia emotiva, contagiosa, de una verdad narrada.

Hay un sentido, pues, paulino de ciertas nociones centrales, como la de reino-reinado de Dios, que diverge de los evangelios, en especial, de los sinópticos. El concepto paulino significa una evidente, y muy señalada por Piñero, espiritualización de lo que en los evangelios es concebido como algo de raigambre terrenal, dado en la historia, que se espera suceda en el más acá, quizá en los tiempos previos al Juicio final y al momento en que sea todo en todo. El movimiento intelectual de Pablo es, en general, en ese sentido, muy evidente. Las epístolas son reflexivas, generadoras de teoría, teológicas, mientras que los evangelios sinópticos no en absoluto, o sucede entreverado en la forma narrativa.

Las fuentes para determinar los hechos de la vida de Pablo son, también a menudo, contradictorias. Se utiliza el libro Hechos de los apóstoles lucano y, como es evidente, las epístolas. Hay en ambos documentos también contradicciones a veces muy serias en concepciones doctrinales, acerca del matrimonio, por ejemplo. No está clara la ciudadanía romana de Pablo, que aunque se afirma en Hch. Contradice algunos datos. Por ejemplo, el haber sido tan frecuentemente castigado, hasta la posible apelación final al César. Al mismo tiempo se duda de que, contra lo que a menudo se afirma, Pablo fuera totalmente un fariseo. Piñero señala que, en todo caso, conocía más o menos bien la teología farisea, sin pertenecer del todo al fariseísmo. Piñero resalta, por cierto, que la visión más sospechosamente falsa o retocada de la vida y obra de Pablo es la del libro Hch.

Pablo escribe sin pensar que sus epístolas se utilizarían más allá de unos pocos años, ya que estaba convencido del muy cercano final de los tiempos, que alcanzaría vivos a muchos. Muy pronto, mucho más que Pedro, Pablo determinó a las primeras comunidades cristianas (p. 24). Sus documentos son muy contextuales, referidos de manera inmediata a las comunidades a quienes iban dirigidos. No entendió sus epístolas como un cuerpo definido de doctrina y teología, tenían un fuerte carácter práctico y se escribían a partir de dudas y preguntas de los creyentes.

El antijudaísmo de Pablo suele darse en añadidos posteriores a sus textos, que intentan justificar la ya declarada separación entre cristianos y judíos de los tiempos posteriores. Él fue llamado Apóstol de los gentiles, el más pequeño (paulus) frente a la majestad de su primer nombre (Saulus). Dominaba el hebreo o arameo, el griego bastante bien y el latín, se deduce. Su lengua materna podía ser hebreo-arameo o quizás, como se afirma en muchos sitios, el griego. Era judío de la Diáspora pero no por eso se puede creer que recibiera (de su ciudad, Tarso) la ciudadanía romana.

Frente a un Filón de Alejandría, el helenismo de Pablo está para ser superado por Cristo, y no conciliado, como sabiduría de origen pagano, con el helenismo. Se cree más allá y fuera de la vieja sabiduría griega (contra, también, Orígenes o por supuesto Agustín). De todos modos, conocía muy bien el mundo helénico, los cultos mistéricos tan de moda entonces, y las principales escuelas filosóficas contemporáneas, en plena ebullición (epicureísmo, cinismo, estoicismo). Pero lo que parece tener delante y ser muy bien conocido es la Biblia judía, sin que suela citar de memoria. Es esta Biblia su corpus teórico, lo que él utiliza y tenía delante al escribir. Él perseguía interpretar los pasajes para interpretar hechos de su/la vida. No tiene, como es obvio, una visión desde la historia de lo que rodea a los sucesos relatados por la Biblia. Frente al método esenio de Qumrán, “La utilización de la Biblia por Pablo se corresponde más con el uso helenístico de los paradígmata: un texto es el paradigma o exemplum de una situación, de la que se extraen lecciones, o bien es un relato alegórico de una realidad palpable al final de los días” (p. 33) No me aclaro aquí mucho.

Insertamos a continuación una cita de Piñero, que nos parece reveladora, sobre su posible fariseísmo de partida o no, y sobre el grado en que estaba cerca de ellos: “En conclusión, propondríamos como hipótesis intermedia que Pablo habría utilizado el término “fariseo” de un modo distinto, amplio, más como defensor de las ideas fariseas que como experto en razonamientos “rabínicos”. Y para ello no habría sido preciso que hubiera pasado años de su juventud a los pies de ningún maestro famoso en Jerusalén. Habrían bastado su despierta inteligencia y su espíritu celoso de la Ley para asimilar lo principal del fariseísmo, sobre todo a partir de las disquisiciones sinagogales, quizás en Tarso o Damasco. Tanto los Hechos de los Apóstoles como Pablo mismo habrían exagerado aquí su fariseísmo para resaltar la enorme tarea realizada por el Espíritu, que había convertido a un terrible perseguidor en seguidor ardiente del Mesías” (p. 37).

Se menciona a menudo también los roces paulinos con los cristianos, antes de su conversión, que entre otras razones se especula que pudieron venir de la acusación de que amenazaban la paz con Roma, promoviendo cultos y doctrinas que aparentemente contradecían el Culto al Emperador oficial y el respeto a las autoridades del Imperio. Es una más de las posibles razones de la saña con que es fama que el Apósto persiguiera al principio a los cristianos, pero no está claro del todo ningunos de los principales motivos que se esgrimen. “En síntesis, Lo más probable es que Pablo no se formara en Jerusalén rabínicamente ni persiguiera allí a los seguidores de Jesús, sinoen Damasco. Las posibles razones por las que Pablo persiguió al nuevo grupo mesianista de seguidores de Jesús no justifican una persecución sangrienta. El porqué y la cuestión misma quedan oscuros” (p. 43).
La predicación y teología del Apóstol difiere con fuerza del mundo que rodea a Jesús. Pertenece, en cierto modo, a otro mundo. Así, el profesor Piñero aclara: “Los componentes sociológicos y religiosos de la vida de Pablo conforman una mentalidad urbana y universalista que tiene poco que ver con el mundo galileo y rural de Jesús de Nazaret” (p. 44).

Hay que leer a Pablo, como hace Piñero, relacionándolo con su tiempo y con las imágenes cosmológicas bíblicas y babilonias. No se puede extrapolar haciéndole decir hoy otras cosas, porque nos resulte más agradable. “No puede pretenderse una desmitologización absoluta de sus conceptos, pues ello supone arrancarlo de su entorno. Y no puede negarse que pablo alberga ciertas concepciones porque estas no sean del gusto de hoy” (p. 51). Se trata de un propósito y advertencia contundente, que emana del afán científico de Piñero, que opone el estudio y análisis estrictamente científicos, a otros procedimientos que tal vez amparados también en una cierta Ilustración, lo descarnan, cocinan y presentan sin vestigio de mito, pero también, privados de contextualización. Es la pretensión (¿Bultmann?) de leer desde hoy y para hoy lo que solo puede leerse desde hoy pero desde y para el tiempo en que viviera Pablo. En realidad, Piñero apunta a que el procedimiento correcto es llevar a cabo la exégesis de un texto que se encuadraba con las categorías de su tiempo, que es justo lo que estamos obligados a comprender, qué dijo a esos concretos cristianos y hombres de su época. Pero de  ningún modo resulta legítimo que extraigamos para ahora, desnudando el texto de sus categorías, algo que supuestamente dijera trasplantable al presente, lejos de sus vínculos reales. Es, sin duda, una pretensión valiente y seria de, como justamente afirma Piñero de su Guía, entender sin prejuicios el pensamiento de Pablo.

Otros rasgos importantes de la predicación paulina son que el reino de Dios será cosmopolita, universal, no solo hebreo (p. 52). Además de la raíz y presencia de concepciones judías, en Pablo hay conocimiento y también fuerte presencia de elementos platónicos (su antropología, el intelectualismo, el concepto mistérico de sacrificio). Pero, ¡ojo!, no hay, como se ha dicho, una presencia fundamental del Estoicismo (p. 55). “El estoicismo en sí, como sistema filosófico, materialista, monista, panteísta y racionalista, que explica el universo de una manera radicalmente diferente a la de la Biblia hebrea, nada tiene que ver con el pensamiento profundo de Pablo, estrictamente teísta, creacionista, providencialista, etc., judío en una palabra” (p. 55).
Tras algunos excesos que veían en el pasado, entre los estudiosos, una impronta fuertemente estoica en Pablo, Piñero dice que ambos, estoicismo y judeocristianismo implican que “(…) dos cosmovisiones tan dispares y contrarias como la del judeocristianismo y la del estoicismo corrieron paralelas por el siglo I d. C., sin influenciarse mutuamente en las concepciones fundamentales acerca de la naturaleza y su origen y la divinidad” (p. 55). No obstante, hay que pensar que la ética y sentencias estoicas eran ya un lugar común, en boca de todos, y que así sí pudo llegar alguna influencia particular a Pablo. Hay, pues, algunos elementos comunes (p. 56).

Como es tan señalado, el elemento fundamental de discrepancia de Pablo con la escatología y cosmovisión judía (del Segundo Templo) fue la propagación del mensaje a todos los pueblos, incluyendo gentiles no circuncisos. Para esto, Pablo interpreta el mensaje de Shema y la promesa universalista hecha por Yahvé a Abrahán. Además, Pablo ofreció lo mismo que otros cultos de la época (paganos) a “mejor precio”, o sea, más llevaderos y sencillos (pp. 66-67). En este sentido, con el esfuerzo de propagación y misionero, creció el cristianismo, de la mano de figuras como Pablo. El llamado Apóstol de los gentiles tiene este gran valor, el de elevar un culto atado por ciertas costumbres judías, por la obsesión con la pureza y la ley, a religión candente para todos los hombres: judíos, judeocristianos, paganos, temerosos de Dios (era personas que convivían con los judíos sin ser exactamente judíos, pero participando parcialmente de los ritos y manifestando su respeto y devoción por Yahvé. Esta tensión acabaría por explotar y dividir a los creyentes en el Monoteísmo en dos religiones distintas.


martes, 9 de diciembre de 2014

Coronel Kurtz, en Apocalypse Now




El coronel Kurtz, en la película Apocalypse Now, ha enfilado su última desnudez, en un adelgazamiento espiritual que lo ha ido tornando hacia su esencia, hacia el núcleo invisible y sordo bajo las capas arrancadas a su Yo civilizado. Ha llegado al depósito final y hondo de toda civilización, al precipitado de la guerra. Kurtz no se explica, sino que destila todo su ego hasta alcanzar el hueco y el no lugar que subyace como sima. Afronta la nuda guerra y el despojo de sí mismo. Adquiere una lucidez que enturbia, una visión de lo no visible, una luz oscura. Llega a una conciencia de sí que es la consecuencia de una tensión, una plenitud nihilizante que le ha nihilizado. Kurtz se ha vaciado de sí mismo en su extremar lo bélico, en un ejercicio de sabiduría, para comprenderse como pathos puro. No tenía escapatoria (¿es la locura saberse lúcidamente sin escapatoria?). Ha ejecutado una negación de sí que se torna agónica huida. Kurtz se busca en la derrota. Da vuelo a su derrota. Se ha amortajado dejando que se alcen y evolucionen los límites y vacíos sembrados por otros en sí mismo, hasta el vómito y la malaria. Sobrevive en su cubil, adorado, poseso de su verdad destilada, ensimismado en sus heridas. Todo huele a enfermedad a su alrededor. A una lúcida enfermedad. 

Por eso, para ver, se ubica en la extrema estrechez de ser. Muere de inanición, practica un ascetismo excesivo (como todos los ascetismos); le queda su sacrificio. Su actividad quiere ir más allá de lo que se es tensando las líneas de fuerzas, en una labor cansina que teje en la jungla. 

En Kurtz parece haber un antes y un ahora, pero desde el uno se ilumina el otro. Es ambos. Es ese pasado que era, militar y guerrero, esa avidez y esa obediencia para  no ser, propia de la guerra. Un rutilante no ser de pólvora y honor. Una disciplinada abstinencia de ser. Y también es los cercos que aguardan ahora, después de la aciaga lucidez. Antes y ahora es un no persistente. Porque no avanza. Parece haber avanzado, pero no lo ha hecho ni un milímetro. El no camina falsamente en círculo, blandiendo una alucinada marcha, en la repetitiva asfixia, en el desfile en la asombrosa selva. Sin escape. Un no final que conduce al final irónico, a la naciente ironía, a la lucidez del bélico ironizarse, al impugnar espantado e incapaz lo que se hace, hasta el vértigo y la fatiga, hasta el mayor de los fracasos, hasta el más despiadado no ser. 

Kurtz ejecuta un educativo buceo en sí mismo; en un sí mismo al que debe tornar la mirada fugitivo, restallante. Es un fabricarse que mira los límites que lo constituyen; un no superar la propia época. Es nombrarse para nada. Es un impotente querer ser más renegando de ser más. Es una guerra. Un definirse en la sobreabundancia del ser menos al que llega en la jungla. La jungla, que es exuberante reinado de lo efímero.

Existir ha llegado a ser, para Kurtz, un hacerse frente a límites, vivir en ellos y ser ellos, es decir, donde acaba el hombre, la razón o la ética, a las que llega por reducción al absurdo, por su asfixiante contrario. En una tarea que lo pone en relación con el lugar inhabitado de un posible Dios que calla y nos cerca en su mudez, que habita más allá del límite que se es y que es Dios en su clamoroso no estar. Porque donde hay límite hay Dios. Esta es también una vieja guerra, un agónico combate de Jacob con el ángel. Una presencia de Dios que lo es por su ausencia, que no se puede sino postular a partir de la malla de este mundo. Una trascendencia que se presiente en su propia falta, fallida, huidiza. Un Dios parido por la guerra. Un Dios silencioso que se escapa, que no pasa de ser una reverberación sobre la superficie del agua. El Dios del conflicto y del combate. Y ser hombre es un gerundio y también, como Dios, una hipótesis, que es labrada por el vacío y la nada divinos. Es el absurdo de disponerse en una tarea inacabable, infructuosa, desesperante. Es ese tedio, ese plano. Es poner el final y el principio, que se mueven como el horizonte cuando se avanza. Es llegar a Dios por la desesperación.

Educar-se es poner, también, una definición. Es aquí donde se alzan definiciones que el hombre muerde en su frenesí de ser. Muerde y obra, se explaya, se crea en el espacio donde hay que poner lo posible. Es una tarea que ciegamente ejecutamos, la de colocar las verdades y realizar el logos, el camino hacia las mismas, en una tensa e incompleta inmanencia. Educarse es saberse rodeado de abismos, saber que ninguna decisión los borra, que nos interpelan calladamente. Es la lucidez de vislumbrarlos, de saberlos abiertos bajo nuestros pies. 

Es lo que el Coronel Kurtz ha descubierto, en suma. Que el hombre pone abismos; que es abismos. Su tierra se ha movido, como en un sismo; lo telúrico donde anda parece no sostenerlo. Kurtz sobrevuela espantado la banalidad de ser, nombrándose imposiblemente, definiéndose mediante la indefinición de la guerra que disuelve. Kurtz es un pasmoso intento de renombrar las cosas, de conducir a todos a ese tiempo nuevo que hay que establecer y fijar, pero el cual es en realidad, tristemente, mera repetición de lo dado, vertiginoso reflejo, caos de espejos. Es estar atrapado. Eso es lo que ejecuta Kurtz, ese orden caótico. Sus nombres constituyen una pobreza y un horror. Ostenta la lucidez de ver lo vacío de ser repitiéndose, de sumar vacíos. Kurtz es el intento de ser más sin poder ser más.

martes, 2 de diciembre de 2014

Florecer sin porqué





Hay una gratuidad de las cosas que en sí, en cuanto mera gratuidad, conmueve. Se trata de lo infinitamente tierno de todas las cosas en su titubeante florecer, en su risueña seriedad de ser. Hay en ellas un darse inacabado, una válida invalidez, una gozosa herida y una carencia. Hablamos de la honda belleza de lo que se nos da por el hecho de darse, mansamente; una belleza que nos vence y que se muestra llena de oquedades. Palpamos la equívoca presencia cuyo fugitivo carácter asimos imposiblemente; vemos y pensamos lo que se derrama, las cosas inocentemente ofrecidas a la comprensión. Vemos en ellas la máxima luz en una máxima oscuridad, lo más lejano en lo más cercano. Las mira un ojo que cede a la proximidad de la cosa pero también a la distancia, en un mirar más allá del mirar. Es un ofrecimiento de lo gris. Es la irritación y prurito de ser fatalmente. Es una suerte de mentira en las cosas, un doble juego, un baile jubiloso. Un guiño fugaz, huidizo y juguetón. 

Existe una desnudez de las cosas que, contrariamente, puede ofrecerse donde parece no estar; una mengua y una reducción en el exceso; una ligereza en la opulencia. Puede ejercerse, así, el recargado retorcerse del mundo exprimido hasta llegar al alma chispeante. Pero también hay un vago rococó, que encubre y calla el mundo diciéndolo en una explosión que se lanza sobre la cualidad silenciada; un ser menos jugando a ser más. Una apuesta ornamental que de abismo barroco se ha tornado afectación. Un inverso ascetismo de la posesión y del disfrute frívolo de los bienes.

Se enfatiza en lo rococó la ironía del traje que encubre nuestra desnudez, el juego insólito de la ropa. Se trata de nuevo de las cosas, de su silencio y de su halo. Nos revolcamos en la gratuita exhibición queriendo ser falsamente en un elocuente olvido de la intimidad vibrante. En el adorno la cosa demanda su contrario, como una suerte de profundidad en la exhibicionista superficie, y que cuanto más insiste en lo mucho, mayor es la sombra proyectada. La cosa, escandalosamente expuesta, se torna disimuladamente sombra liviana e insondable en el exceso plano. La cosa admirada pone en riesgo y postula nuestra inanidad cuanto más nos seduce. Porque mostrarse en demasía, escandalosamente, llama a su contrario, tiende secretamente a las toneladas de silencio que arrostra la cosa sin la ropa. Cultivar ese silencio en la desmesura, multiplicar los recubrimientos que acercan a lo que es inasiblemente lejano por callarlo. Porque hay una callada lejanía en todo, un guiño, un juego de agarrar y esquivar, de eludir e ignorar que se es mirado. Es una peculiar lozanía de las cosas del mundo, de las rosas. 

Ora conmueve y ora regocija la suma delgadez de las cosas al pensarlas, cómo caen los velos. Puede reducirse el pensamiento a un escuchar las cosas que nos hablan mudas. Es preciso ejercer un pensar que sea un asir en la pura desnudez más allá de toda opulencia, que sepa ver la ciénaga cegada por tanta jungla y desmesura, bajo ella, sustentándola. Nos conmueve la cosa cuando se ofrece en un acto pasivo e inconsciente, involuntario, que capta el paseante, sujeta al tiempo y al olvido, al riesgo y a la nada. Hay un conocer las cosas como nadas.

La verdad oculta es tan simple que provoca las lágrimas. La sencilla desnudez que acecha en las cosas, que a su vez nos desnuda. Apenas husmeamos el abismo que se abre inagotable bajo las raíces, que se dice en nombres y afirmaciones impronunciables. Para ser consecuente con el abismo hay que callar en un nombrar sin nombres. Nace en nosotros una cálida ternura ante esta situación bella y alarmante, ante el frío de la desnudez expuesta. Conmueve saber que la cosa es íntima explosión más allá de todo lenguaje y mirarla en cuanto apertura que se cierra. Todas las cosas están, en un momento dado, sometidas al tiempo, que las zarandea. Las cosas parecen bullir afirmativamente al mismo tiempo que se someten a la amenaza de no ser.

Pero no se trata de que moralicemos a partir de la temporalidad. Porque hay una amoralidad en el tiempo. Hay una dimensión exenta de nombres en el tiempo, que parece obrar en algunas cosas, especialmente en las naturales, como hundimiento impávido en la nada constituyente. Hay una fiereza básica, inasible por no ser buena ni mala ni nombrable, que está por debajo de las cosas. Un efímero alzarse a pesar del lastre aciago; un estar sobrepasado por lo más allá del propio nacimiento. Este tener raíces en lo otro que no es, este afirmar desde la negación, esta precariedad, esta lastimosa impotencia, este breve resistir de la flor liviana al viento que la agita, es lo que hemos considerado al principio como lo conmovedor, lo bello que es aciago, de las cosas mundanas.

jueves, 27 de noviembre de 2014

La imposible escritura



Existen aspiraciones inútiles que acaban absorbiendo a quien se ocupa de ellas, que son peligrosas tareas imponentes en sus ideales pero precarias en su puesta en práctica. Uno siente con fuerza el sesgo y la tara de este mundo a medias, siempre tan gozosa como perdidamente por hacer, y practica una lejanía de palabras inútiles respecto a lo que podemos, en principio, llamar “idea”. Es la aspiración a una persecución en la que el aspirante se diluye y confunde con la tarea que labra en el tiempo para obtener lo que se aspira y desea. Un buen ejemplo de esta tarea imposible, inútil y casi suicida, que amenaza al mundo y al sujeto, que los cuestiona y asa en la parrilla de las palabras, es, por supuesto, la escritura. Porque el que ingenuamente escribe aspira a un plan, idea u objeto que es tenazmente impugnado por la propia escritura, que nunca se logrará por esta vía torcida, que cubre y en el mejor de los casos, desliza hacia una nada. Escribir es barrer, tenazmente, limpiar el cristal de una ventana en la noche profunda que cae sobre la dehesa, arrojar mantas y vestidos que vistan pero oculten el secreto centro invisible. Nombrando y diciendo nos alejamos, en realidad, de este centro, que permanece cuando termina la fiesta, como otra fiesta secreta. De este centro evocado imposiblemente escribe Roberto Juarroz, en una escritura limpísima, sutil y delicada. También Juan Ramón Jiménez escribió: “inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas”. Y justamente de esto, expresado por dos poetas, intento yo escribir ahora, del empeño que ellos, y todo el que escribe con mejor o peor fortuna, manifiesta, de decir el Nombre. 

Inútil y siempre fracasada ocupación, porque escribir es olvidar, y nombrar es recubrir. No digo que no tenga en absoluto sentido la escritura, pues los hombres debemos insistir en el nombre, ya que en el acto de nombrar y en la escritura nos escribimos, nos situamos, nos engarzamos con el centro postulado, que es oblicua y negativamente perfilado por los nombres. El centro es y no es los nombres. Porque el centro está y se hace presente, invocado, por el palabrear del hombre. ¿Es un verbo el nombre, por cierto? Una lluvia que habla de un posible océano sobre el cielo. Un centro del que únicamente experimentamos su ausencia. Por eso, la facultad que más nos acerca a él es la nostalgia. El centro existe porque lo echamos de menos. Un centro cuya principal propiedad para nosotros es que nos falta. El que escribe debe tenerlo en cuenta, y debe saberse fracasado que fracasa constantemente, en las líneas que ara la escritura en el fondo blanco. Porque por mucho que escriba sobre los más variopintos asuntos, su escritura forma parte de y realiza una vocación aun más secreta e inútil, una vocación que así lúcidamente se sabe inútil. La escritura es como arañar en el vacío a fuerza de palabras que quedan magnéticamente instaladas, pero siempre amenazantes y amenazadas, enfermas, palabras que a veces levitan o que se hunden en el subsuelo y que siempre, en todo caso, yerran el tiro. Las palabras se arrojan, para que queden como visibles testigos de la merma que es el hombre, de lo poco lejos que alcanza, de lo que tiene de nada y de resta. La secreta y auténtica aspiración del escritor es, digámoslo ya, escribir para que permanezca imponentemente grabada la Palabra en el vacío. La vieja concepción cabalística del nombre que es todos los nombres, o los nombres del Dios islámico que no llegan a definir jamás a Dios, para lo cual haría falta una palabra, una sola palabra que acaso apenas sea todo el texto venerado que llegue en el mundo mancillado a desvelar lo inasible, esta vieja concepción es la que subyace, de hecho, en toda escritura. 

Sea la narrativa, la poesía, el guión cinematográfico o el teatro, todo persigue cansina y monótonamente, como en un mismo mantra, escribir, es decir, marcar en el volátil aire, oblicuamente, el nombre secreto. Hay una diversidad inagotable de textos que nos mantiene y ocupa, textos que somos, en una bella y digna variedad, pero una diversidad que aspira a un centro que si llegara a decirse haría inútil el lenguaje. El lenguaje existe como tarea, como ser del hombre, mas alude y aspira a lo que es menos pero más, infinitamente, que todo lo dicho. El nombre no es tanto un añadido al mundo, sino una resta que dice lo que no puede ser. Vivimos de hecho de este modo, y tal es nuestra naturaleza o condición. Hablar, escribir, para nada. Esta es la paradoja. Se es lo que se es en la suma de los actos, pero lo que verdaderamente sea, siendo deseado, es la más descabellada aspiración soñada. Es exactamente un sueño. 

Se busca, pues, el nombre secreto, y la literatura existe como digno testigo de la imposibilidad de lograrlo. Cabe imaginar esa única y pura fuente como lo que está al principio y al final de la escritura. Es lo que se resiste a ser capturado por la palabra, pero que nos habla y pronuncia, en un lenguaje olvidado. Por tanto, hoy sólo queda ese olvido, esa nostalgia que nuestros antecesores tuvieron de nombrar impecable y certeramente y de glosar o reflejar una lengua primigenia y perfecta. Es la Palabra, por tanto, impronunciable, y la actualiza, no obstante su invisibilidad, una nostalgia y un deseo. Escribir es también, en este sentido, ejercitar una suerte de lejanía. La Palabra es la aspiración a que el mundo sea agarrado y mantenido en el ser, a obtener una consistencia que en realidad no lo es, y una hipótesis de mortal desmesura. Así, la aspiración es sobrehumana, y corre el riesgo de que quien escribe se deshaga en su escritura, en el torpe intento que emprende cada vez que agarra lápiz o teclado del ordenador. El contacto con esta secreta Palabra, su búsqueda, hiela y nos convierte, como la mirada de Medusa, en piedra. Uno se perfila y densifica nombrando, pero igual que esto le da consistencia al escritor, se la sustrae por otro lado. Así, si escribir es escribirse, también topamos con una equivocación, de esas equivocaciones que lo son porque aspiran a falsedades, pero que aciertan en cuanto nos constituye lejanos y mudos. El escritor escribe porque es mudo, porque no tiene lo que postula, y por eso reduplica el mundo, lo refleja y multiplica en arañazos frustrados. Así, el escritor está condenado a la frustración constante. Quizás quien más acierte, por lo menos con el intento, sea el escritor fragmentario, de la estirpe de Nietzsche, con todo lo que hasta hoy se ha practicado. Al menos en el fragmento queda patente el carácter roto del mundo, su quebradura, y nuestra quebradura.