lunes, 24 de noviembre de 2014

La noche



Cuando ya no queda nada del día, el día está en su plenitud.
Maestro Eckhart, sermones.

Uno sobrevive más desangelado en la noche. Uno se mece en las horas huecas que lo desnudan, que lo van desvistiendo. Uno se resta día. La noche es una periódica sustracción, una merma. La noche es frío donde uno es más precariamente uno. Ésta es la revelación nocturna, el nudo delirio de los noctámbulos. Ser uno que se desliza. Ser cuando se va a la fiesta gregariamente uno. Uno a solas y multiplicado. Singular pero común. Reflejo.

Un prolongado resbalón. Uno abandonándose en la soledad de la noche. Sustrayéndose en el goteo del tiempo, cuando el hombre se torna único hombre, débil y desvelado, convaleciente de tanto día, de tanto sol agotador. Hay dos enfermedades que se llaman día y noche, pero que en realidad son la misma patología, el mismo pathos del vivir sin sustancia. Tras el desasimiento, en la larga noche invernal, sentimos, helados, que la rosa florece porque florece. Quizás ésa sea la sabiduría de la noche para quien sepa oírla. Su nostalgia.

La noche despoja. Es un sin vivir más preclaro y más sin vivir, en el que los dolores del día se hacen tan definidos como intangibles. Y caemos infinitamente desnudos. La noche arranca y roba las vestiduras. Hiela. Por eso hay una inefable ascesis en ella. Un nadeo, una red asfixiante, un despliegue de lugares comunes que son la noche, de tinieblas y de tópicos, de palabras rutinarias. Una ascesis de tópicos. Un raquitismo. Insufribles lugares comunes, pétreos. La noche es, ciertamente, una callada y tediosa lapidación. 

Hay una explanada nocturna. Un horror bajo los tópicos que desnudan porque visten y revisten. La oscuridad es suave y terrible. Se diría que tierna y soñolientamente capturamos en ella lo que en el día se viste de disparates medidos, ordenados, de barniz cotidiano. La vulgar esencia. Lo muy repetido, lo duplicado, brilla silenciosamente de noche. Es preciso abandonar los tópicos del día para obtener en la noche una lucidez de tópicos. Ésa es la clave y la lucidez, saberse atrapado. Hundido en el tráfago de lugares comunes con los que hay que combatir, que son opio. Un combate eternamente perdido. Una música que irrita. Como los trapecistas, nos agarramos a cada trapecio rítmicamente, a cada uno de ellos a los que saltamos. Escasa y pobremente nos agarramos. 

La noche, tan reiterada, es mito, y por eso es una nada que cansinamente nos golpea. Una previsible originalidad. Un renacimiento en otra parte igual. Uno escoge si vivir en la luz cegadora o en la luz que es sombra, que activa las repetitivas ensoñaciones y estrellas, en el no día del día retorcido y sublimado, destilado. 

Vivimos en el tópico. Nos retorcemos en él. Lo albergamos y mantenemos como centro de nuestra vida. 

Tópicamente podemos indicar que la vida y la noche son sueño. Disfrutamos de una mayor para-existencia leve como el sueño, cuando aparece la lucidez del frío y las sombras que agotadoramente son lo mismo que el día; una inversión del día que, por tanto, se sujeta al día, que es disimuladamente lo mismo. Por eso, la noche es triunfo y derrota. Perdemos la sobreabundancia de hechos, de sucesos previsibles del día. La noche es pérdida. Es el día fracasado. La lucidez del fracaso. Y su imprevisibilidad esconde una férrea previsión. Su realidad es ser impugnación falsa e imperfecta del día.

La noche es escasa en su trasiego. Es más que el día siendo menos. Pero la noche no sobreviviría sin la mañana, el mediodía y la tarde. La lucidez diurna de las horas desarticuladas, del no sentido, del estar porque sí deslumbra en su apagado contrario. Una duplicada trivialidad. Día y noche. La noche se nutre fatalmente de la claridad diurna y la exprime.

Puede florecer la noche como una breve flor silvestre. Es rara, es trivial, es sencilla, es común, es muchos. Como en el día, hay en la noche que enfrentar también un tedio de pálidos tópicos.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Abundancia y vacío en Blade Runner



La película Blade Runner encierra, en su mayor parte, un derroche de erudición. Como es sabido, las citas y referencias presentes en la película son innumerables, casi inacabables. Hay una riqueza de elementos eruditos en ella que llega a constituir un desconcertante caos. Se acumulan no sólo las citas, sino las interpretaciones del filme, como la interesante cuestión Deckard que se lleva años debatiendo y que ha dado pie a innumerables textos en internet. Se trata de si Deckart es o no un replicante. Una nueva complicación. No es más, esto, que un buen ejemplo de la riqueza explosiva y apabullante del filme. 

Blade runner es, pues, una película caótica y erudita. Y ésta es ya, de por sí, una de sus trágicas ironías. La película teje, enreda. Es una aparente explosión afirmativa que, sin embargo apunta a una ironía, en el sentido de la ironía que salva y contradice lo que en el filme resulta más ornamental. Apunta a su negación. Su exuberante desmesura, su potencia sumativa se transformará en varios momentos en mengua y vacío. Un vacío en la abundancia. Al tiempo que se desarrollan pedazos de película, con sus citas e interpretaciones de todo tipo, hay un fondo trágico que es el sentido nulo, la nada, que acompaña a su profusión, a la profusión del Los Ángeles oscuro del futuro no muy lejano en que transcurre la película. Así, en primer lugar, es, sobre todo, un desarrollo retórico que define, positivamente, el futuro-presente de Los Ángeles. Pero inmediatamente, expele una melancolía a partir del sino y caída de su sociedad, de su carácter tan complejo como plano al mismo tiempo. Hay una profundidad y una salvación irónica, pero hay que captarla entre líneas. 

Pensemos un poco su melancolía. Ésta es, como el Barroco, un saberse nada, un cierto nihilismo que vislumbra retazos de no ser en el ser. Las piezas que la componen cuanto más acumulan, menos dicen; cuanto más planas, más soterradamente ahondan de un modo oscuro e indirecto. Porque a pesar de todo hay una tensa profundidad en Blade runner. Es lo que se insinúa de modo oblicuo. Se trata de un fondo sin fondo, de una nada abisal. Esta nada está en el origen, por ejemplo, de los replicantes. Máximo producto de una tecnología asombrosa que hoy se entrevé, son también productos huecos, sobre todo por la ausencia de recuerdos. Son seres sin memoria en un mundo lleno de cosas pero también desmemoriado como ellos, o sea, sin la costura que traza la memoria. Hay memoria, pero no tanto en la retórica, que es mera inercia y espejo, ni en la técnica maquinal, sino en las ruinas. El fondo de la humanidad perdida se insinúa y señala, benjaminianamente, en lo desprovisto de valor y truncado. Son los solitarios y ruinosos rascacielos donde viven y circulan algunos personajes. Hay humanidad, pero humanidad negada o fracasada. Cuál sea este fracaso se percibe, sin palabras, en los grandes carteles luminosos publicitarios, en las máquinas y, ejemplarmente, en los replicantes. Estos son seres humanos en una plenitud de belleza, fuerza e inteligencia que, sin embargo, nacen y viven vacíos de esa memoria que saben les falta y a la que buscan afanosamente en las casas de las personas “normales”, en forma de viejas fotografías. 

Y esta tragedia de Los Ángeles es este vacío que revienta como firme acompañante de la acumulación de cosas. Como cuando Zora muere abatida y cae contra unos interminables escaparates llenos de maniquíes. Ella misma parece un maniquí. Muchos replicantes mueren como si chisporrotearan, como máquinas. Y es ese vacío esencial que los constituye el que reclama, para huir de su “maquinidad”, ser llenado. Desde su nada, buscan en un combate ya perdido, llenarse y acumular. Así, en el famoso monólogo final del replicante Roy Batti, éste parece asombrarse, en una queja muy bella que parte de saberse un mundo, un recipiente construido mediante la operación de sumar (los escasos pero emotivos recuerdos que ha logrado contener de su precaria experiencia de esclavo). Pero el llenarse de cosas implica un vacío como sino, trágicamente. Ser fatal e indirectamente vaciado cuando se suman las cosas. Ésta es la profundidad y la tragedia de Blade runner. Es lo que subyace en todo el filme, la amenaza constante de la nada. Los replicantes saben que van a morir pronto, pero en un desesperado cerrar los ojos ante esta coactiva realidad, se hartan de ver, recoger y recordar cosas. Se pretenden humanizar sumativamente, ser algo, ser, mediante una experiencia densificada y almacenada como recuerdos. Son los recuerdos que Roy evoca en su monólogo, las maravillas, los palacios de marfil, la humana y deshumana tecnología que sorprende y pasma. Es lo que él, pobremente, en su corta vida de esclavo en las colonias exteriores acierta a recoger y guardar. Pero hay un momento en el que él huele y sospecha un plus más allá de todo lo acumulado, una suerte de silenciosa superación.

Roy sabe que le llega, calladamente, su muerte, su propia muerte programada. La nada parece vencer, pues todos los recuerdos se disolverán como lágrimas en la lluvia. La muerte y la nada vencen. Pero en realidad, el postrer replicante que vemos morir llega en su aceptación de la muerte a una intensidad sobrehumana, más allá de su vacío. Cuando todo tiende al no ser, entonces se revela una rara, ambigua e incompresible afirmación, no afirmación erudita, de enumeración, producto de una suma, sino el alzamiento de una nueva mirada capaz de superar todas las falsas afirmaciones anteriores. Hay una transformación cualitativa del propio Roy. Roy ha pretendido llenarse para ser, pero ha fracasado en este empeño. Entonces, en su última lucidez ha experimentado la falta de sentido y el fracaso. Ve que la nada se cierne sobre ello, amenazante. Sabe que todo se muere con él.

En este momento culminante, brilla con trágica intensidad la nadificación de todo, el más alto nihilismo de una civilización y una existencia que son nada. Se sabe ya, vacío, perdido. Pero, irónicamente, abandonado a la muerte y cargando con su vacuidad, parece haber adquirido una última y vasta sabiduría. Ha tenido que ver algo, que experimentarlo y sentirlo. Ha debido contemplar la nada, su nada. Debe saber que todo lo que deja atrás es nada. Todas las imágenes. Y al vaciarse parece, de un modo sosegado y sutil, llenarse, esta vez sí, de algo revelador, que lo transfigura precariamente en una paloma que se le escapa volando de las manos moribundas. Se trata de un momento del entendimiento, que es un mirar transfigurador. Roy comprende en el momento de su muerte y muere como ser humano, como persona, en una bella aceptación. El hombre no va a durar, no va a ocupar todo el tiempo, pero en densos instantes, brilla o ha brillado. Algo parece haberse colado, una sutil idea, nueva afirmación, desde la que todo lo anterior se reinterpreta. La película recibe y dona, así, su iluminación. Un iluminar dialéctico que ilumina a-sombrando y negando. Todas las sombras que se han percibido en la película son por fin vistas como sombras. Y es la sombra previa la que ahora se llena de un ambiguo y raro sentido. Un sentido que no es más que la breve y tardía iluminación, que no escapa a la muerte pero que llega acarreado, precisamente, en el mirar a la muerte. Cuando Roy es menos fuerte, más finito y por tanto más hombre, deja tras sí una cierta apertura que irónicamente dice un sí que apenas se había mostrado en toda la película. Hay una rara mística en Roy, que requiere de la abundancia de la nada que desborda retóricamente a la película para abrir un absolutamente nuevo (no acumulativo ni retórico) ámbito. En este ámbito de ilógica y poco razonable esperanza concluye el filme.

martes, 18 de noviembre de 2014

El fruto de la nada




¿Es en realidad todo dogma religioso acerca de Dios una soterrada e inconsciente negación de Dios? ¿Es la tradición una afirmación total, que se basta a sí misma para ahondar en la divinidad, o antes bien supone un recubrir la nada original? ¿Es preciso mirar a la nada entreverada en el ser, una nada primaria y nadificante?  ¿Y ad-mirarla, nihilizándose? La tradición católica, con la reserva de una cierta teología negativa (todos suscriben que resulta imposible coherentemente mirar de frente y decir a Dios) ha desarrollado respuestas. Pero en el mismo mundo católico, y ya en el Nuevo Testamento, se dan señales de un necesario despojo tanto del hombre como de Dios (San Pablo, epístola Filipenses). Y de hecho, cuanto más se dice, en la tradición, diría que más lejos se está de una apropiación de la divinidad. Ésta parece, cuando se piensa seria y coherentemente, alejarse, como las manzanas de Tántalo, cada vez que la teología y en general el hombre, intentan alcanzar el fin de sus deseos más grandes y desbocados. En estos días estoy apreciando el lado místico, basado en el silencio y la desnudez. Concretamente, voy leyendo o mejor dicho releyendo al protoprotestante Maestro Eckhart, que indica constantemente cuánta nada acompaña (y ha de acompañar) a lo religioso y al propio Dios. Quizás sea la tradición protestante luterana la parte de la cristiandad más sensible con este asunto. Porque hay un terrible silencio, una ausencia de intervención y una imposibilidad en la idea de Dios. Su nada divina contagia al mundo, doblemente, la nada. Es el Dios cuya presencia nadifica al hombre, y al que se halla en las sombras. Impone su inefable grandeza el vaciamiento de todo, del lenguaje, de los conceptos, de las afirmaciones; todo se derrumba ante un fondo del ser absolutamente inconcebible, intangible y extrañamente ajeno. 

Por esa cualidad divina, por su extraño ser creador pero suicida, ha de ser en la escasez y en el desierto donde resuene y sople con más fuerza y libertad. Todo esto no implica que no hagamos nada, sino que tan solo, estoica, senequianamente, se recalca que cuando uno mira donde pisa, no hay sino abismo. Hay un cierto “no” esencial, obvio. A él podemos acceder ascéticamente. Se puede y se debe andar y mezclarse con el mundo, saberse imbuido e impregnado de mundo (somos mundo), pero mientras sucede la ética, la conducta y la verdad escogidas, la mente cabal ha de encajar su debilidad y las arenas movedizas en que se cimenta. De hecho, todas la Escrituras son un inmenso interrogante, con el que empiezan y acaban. No se deja asir sumativamente Dios, sino que se revela sorpresivamente en la operación de restar. 

Es porque el hombre se pregunta cosas que no sabe responder por lo que se ha esbozado para sí mismo un desconocido centro. Una broma severa para el mundo. Un Dios al que apreciamos por su sombra. Un ver sombra, nada más que sombra. Una hipótesis desesperada. Porque aunque distintas tradiciones y sectas intentan esbozar un pálido retrato de su propio Origen, fallan; constantemente la brisa, el gorrión fugaz o el delicado colibrí en los Trópicos, se escapan. 

Ser cristiano, pues, es saberse huésped de una idea de mundo abortada, de una inconsistencia existencial, de una ausencia de explicaciones, que nos hacen removernos peligrosamente, como el ahogado que intenta salvarse manoteando inútilmente en el despiadado océano. En ese removerse habita, tal vez, Dios, y se hace presente. Una presencia irónica, in extremis

Ser cristianos es, también, ser dueños de la idea absurda y fatal. Asumir una normalidad inadmisible, ser fieles a una equivocación constante y reiterada. Es saber que las palabras humanas son ecos de una Palabra soñada. Porque la vida es sueño para el cristiano. El cristiano ve turbio, apenas alcanza a mirar la totalidad que ha construido; ella y él están nublados. Pretende sumar el intangible aroma del invisiblemente bello incienso, su dulzura sin cuerpo, su borrachera, en una densidad añadida que  es humo para el humo. Un querer añadir, pero es un añadir que resta y no suma. Una hermosa e iridiscente pompa de jabón. Un dar más vacío al vacío. Una exuberante despliegue de vacíos. Un teatro de velados significados. Un señalar sin saber lo que se señala; pero queriendo señalar muy lejos. 

Todo ello es obvio cuando se analiza cada torpe intento positivo de nombrar a Dios, mero humo como hemos dicho, y nos topamos con una recreación de innumerables obstáculos o una eterna vaguedad. Podemos arropar ese centro flotante pero perdiendo la limpia desnudez del mismo. La estilizada delgadez, el hilo sutil de la araña, la seda se olvidan porque se nombran. Un cristianismo esforzado en un nombrar que siempre yerra. Nombrar es, de hecho, no dar jamás con el significado. La lección de la teología negativa es, o debe ser, toda la teología. Dios, digamos tan retórica como vulgarmente, brilla por su ausencia. Brilla en su ausencia.
A Dios debemos recordarlo, no nombrarlo, pero sí imaginarlo o anhelarlo. Debatirnos en movimientos de palabras que no son la Palabra, que pululen infinita, retorcidamente en pos de nuestro propio reflejo. Porque es en reflejo de reflejos donde se insinúa y entrevera. Mustiamente. 

No puede irse más allá de un movimiento de pura humanidad, como balbuceos. Eckhart señala que Dios llena lo que primero se ha vaciado. Como el aire que irrumpe en un espacio de vacío, llenándolo todo y como llamado por poderosa llamada. Dios no está patente en las afirmaciones de la tradición (salvo siendo su reverso), sino en la lánguida pureza y el hambre, un hambre más vital que el hambre, un hambre de ser. El camino de Dios es, lo saben todos los cristianos, torcido. Incluso a veces se lo afirma dándole la espalda, en la cruda y contundente negación. Por eso, acaso, Rahner se refiriera al cristianismo anónimo de algunos ateos. Esto es así porque, insisto, Dios es inalcanzable en línea recta. La aproximación ha de ser como un río lleno de meandros. 

Es, en lógica consecuencia, sólo a través de las crisis como entrevemos a Dios. En las quebraduras y pliegues. El barroco lo prueba, época de profunda crisis y desconcierto. A Dios nos conduce, en efecto, un monumental desconcierto, una pérdida de la razón, un autopercibirse sin lugar a dudas como un tarro vacío, una contenida desesperación. Curiosamente, es justo en las épocas de persecución, en la triste renuncia, en la mayor ausencia donde gusta de revelarse. Ahora que fracasa la Iglesia, por el número de fieles que la abandonan y su menor alcance y poder, es acaso el mejor momento para entrever a Dios. La Iglesia debe despojarse y arrojar lejos sus abalorios. Pues acaso sea en la melancolía y el abandono donde está (sin estar) Dios. Dios está, de hecho, porque no está. Éste es el único modo admisible de teología.  

jueves, 13 de noviembre de 2014

Ser cristiano no es lo que parece





Ser cristiano es asumir una cierta dialéctica de ideas que abren mundos en el mundo. Es donarle al mundo una densidad, una carga. Es apelmazar el aire, casi solidificarlo. Es anclarse en un fondo que se pierde en lontananza. Es una profundidad en la superficie del lenguaje. Es un envolverse voluptuoso en palabras que ciñen la existencia, un ahumarse y nublarse del mundo. Es aceptar paradojas desconcertantes y absurdas que sin embargo otorgan una suerte de lucidez, paradojas que abren brecha como bisturíes en la materia, la historia y la existencia personal. Es saberse abrazado por ellas. Es un violentar el mundo. Es un continuo transmutar y transfigurarse, un vestirse de símbolos, un bucear en un océano de textos. Es un desafío, un problema y una borrachera. 

El cristiano es, sobre todo, vagabundo, y mora en un ambiguo universo, un universo coloreado y teñido, como vestido por una explosión de túnicas. Ser cristiano es agarrarse a algo que viene de lejos, engolfarse en ello, con el fin de ser lanzado a nuevas complicaciones. Es un, de hecho, complicarse, bifurcarse, diseccionarse. Es tal el milagro de las palabras que llamamos cristianismo. Un asunto de desdoblamientos y enigmas. Una captación a través de una tradición que ha de ser volteada, que no es suficiente, que carece, que no explica, que se cimenta en una nada. Porque ser cristiano puede tener más que ver con la nada que con el ser. Pues el cristianismo insertado al mundo, como hemos dicho, lo enturbia y nadea en exuberante adición de más mundos. 

En este sentido, ser cristianos es aspirar a asumir un mundo tiznado, una existencia entreverada de no ser. Cuanto más inconcebible es Dios, mayor es la nada. El misterio y el abismo son, en realidad, vacíos. Muchos cristianos, de hecho, alcanzan relativamente a Dios vaciándose ellos, vaciando al hombre, vaciando la historia. Percibiendo la historia en su esencial vacuidad. Por eso, el cristiano se mueve en un ámbito de provisionalidad. Las negaciones y las nadas abundan en la tradición suicida que llamamos cristianismo, y las encrucijadas; y por eso el cristiano consecuente está perdido, asombrado, extasiado. Al cristiano, si lo piensa, le falta su centro, del que habla constantemente. Es falso que necesariamente busque un mundo distinto, aunque produzca nuevos mundos. Casi todo queda en la tierra. De hecho, no existe la capacidad de idear verdaderamente otros mundos superiores. Si es razonable debería rechazar esta posibilidad. En cualquier caso, otro mundo puede ser, en su concepto, o bien una negación más de las muchas que estiran la experiencia humana (ensombreciéndola), o bien una sanción y continuación de las sendas conocidas. Pero no hay más realidad que lo que lo que se palpa y olfatea. Ser cristiano es, finalmente, un restar sumando.