jueves, 20 de septiembre de 2007

La obstinación de Camus


Un autor que suelo incluir en las clases de filosofía que imparto para futuros educadores es Albert Camus. Sus reflexiones nos conducen a un planteamiento en la clase de cuestiones ineludibles, aunque imposibles a estas alturas de responder de manera absoluta con sistemas metafísicos a la vieja usanza, como señalara Kant. De estas cuestiones, me interesa abordar su notable intento de fundamentar una ética capaz de llegar al sacrificio y el riesgo que, sin embargo, es lúcidamente consciente de la pérdida de los fundamentos para establecer una moral tras la muerte de Dios. Camus reconoce el sinsentido básico de la existencia humana y, sin engañarse, el triunfo del mal sobre el bien… Las ratas siempre acechan bajo la luz del Mediterráneo y la epidemia de peste puede retornar en cualquier momento. Por eso, su intento tiene un evidente carácter heroico y trágico, pues se sabe abocado a un fracaso inevitable. Pero casi como un malabarista echa mano de la compasión y hace una especie de apuesta absurda por el bien con lo que justifica la fraternidad casi a contra corriente de la realidad. O sea, pone de manifiesto sin tapujos el sufrimiento y la frustración continua que acarrea existir, pero se revuelve contra él en un acto de insolente rebelión. Es como si se debatiera a duras penas contra la evidencia de que los verdugos parecen triunfar sobre las víctimas y de que, en general, el mal prevalece. Como es sabido, él nunca renunció a la lucha por la justicia social y la libertad, jugándose la vida varias veces. Porque poner el énfasis en este mal esencial que acompaña a la existencia no le eximió de la búsqueda en la historia de circunstancias mejores para los seres humanos.

Su última etapa nos habla de un Sísifo que, más allá de la afirmación nietzscheana de la vida de sus primeras obras (realizada desde la aceptación de los aspectos dolorosos de la existencia), tiende la mano y sale de su “burbuja privada”. Es como si tras haber meditado sobre el absurdo de la existencia, o sea, sobre su carencia de respuestas finales y sentido, hubiese llegado a la convicción de que sólo la solidaridad y el amor constituyen un frágil sentido para la vida huérfana. O sea, da la vuelta al individualismo de Nietzsche… usando la misma estrategia nietszcheana de subvertir in extremis la realidad, de voltearla y ponerla patas arriba. Esto es, creo, el meollo de la novela La peste. Una ética a contrapelo. Son hermosas las páginas en las que lleva a cabo este auténtico salto en el vacío que en el fondo consiste en, lo diré de una vez, ser bueno por obstinación. Pero de nuevo estoy cometiendo el torpe error de adelantar lo que sólo puede ser dicho por Camus, de la manera en que él lo dice, y en íntima conversación con quien decida leerlo. Así que mejor me callo, querido lector.

Un abrazo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

no podría haberlo expresado mejor. gracias