domingo, 30 de septiembre de 2007

Ataraxia


En estos días corre la sangre en Birmania. Un gobierno que se ha apoyado desde hace décadas en doctrinas de paz y justicia está masacrando a su pueblo. A todos nos duelen las injusticias cuando las cometen contra nosotros, aun en asuntos triviales o en los que no está en juego la vida o la integridad física. Al parecer, la situación en Birmania es insostenible. A la manifestación pacífica de monjes budistas la dictadura que gobierna el país ha respondido con extrema violencia contra los monjes y civiles que osan alzar su voz. Me veo obligado a facilitar el siguiente enlace y me atrevo a solicitarte, querido lector, que al menos intentes, como yo hago, informarte de lo que ocurre, y si lo crees oportuno, secundes, como yo ya he hecho las campañas para parar la masacre. Puedes pinchar en el siguiente enlace para saber qué ocurre:

http://www.avaaz.org/es/stand_with_burma/tf.php

De nada sirve filosofar cuando falta lo básico. Hay mínimos de justicia para cualquier vida humana. El budismo, representado por los monjes y el pueblo que están siendo reprimidos, defiende la compasión con el sufrimiento ajeno, el tener por más valiosa la vida del hermano que la propia y la no violencia. Para ellos, todos los seres humanos somos, esencialmente, lo mismo, y nuestra circunstancia no varía. Buda enseñó la fraternidad universal y el respeto a la naturaleza entre otras cosas. Muy pocos budistas de verdad, como dijo Borges, han matado por su religión, al contrario de lo que ha ocurrido con otros credos. Dejando aparte las numerosas versiones del budismo y su desconocimiento en el llamado Occidente, pienso que hay mucho y muy respetable en las enseñanzas de Buda, que merecen ser escuchadas con suma atención.

Pero al margen de la virulencia con que su gobierno ha contestado a un pueblo que mayoritariamente suscribe una religión de paz y no violencia, está eso, un pueblo que sufre la injusticia y, según parece, una brutal represión. Un pueblo pobre y sabio. Mis mejores deseos de que las cosas le vayan mejor.

Precisamente hermano del budismo creo que es el pensamiento estoico. En el anterior post hablé de Séneca, en cuanto educador. En realidad, todos los estoicos son educadores y, como dice Martha Nussbaum, médicos o terapeutas. Para ellos la función de la filosofía es reconducir a los seres humanos a su salud. Parten de que hemos enfermado, debido a nocivas influencias culturales y prejuicios que nos hacen esclavos de ciertas pasiones muy negativas, como la envidia o el odio, auténticas inercias que generan una suerte de caída. No es cierto, creo, que sólo favorezcan posturas meramente conservadoras o quietistas. Es verdad que desde algunas perspectivas contemporáneas, como el marxismo o Hegel, han sido cuestionados como producto de una conciencia impotente y que se les puede achacar un cierto idealismo quietista. Pero aunque pueden propender a ello, su pesimismo vital justifica también una forma de combate en pos de la transformación de las sociedades hacia una vida mejor (más justa, más libre). Hay elementos que convierte su lectura en un ejercicio muy refrescante y saludable. Aconsejo vivamente la lectura del Manual o las Disertaciones de Epicteto. Este pintoresco esclavo-liberto de la antigua Roma cimentó la victoria contra el sufrimiento en una voluntad férrea y obstinado intelectualismo. No era tonto. Para él era ilógico, irrazonable, que un filósofo lo fuera sólo por sus palabras. Pretendía que la sabiduría era una aspiración continua que había de transformar visiblemente la conducta del filósofo. Solía compararla con el entrenamiento deportivo o incluso con la milicia. El campo de ejercicio debía ser la propia vida del aspirante (siempre aspirante o aprendiz eterno) para buscar la coherencia con unos principios que lo harían libre. Se trataba de una mezcla de compasión, hermandad con los demás y distancia respecto al mundo, todo al mismo tiempo. En sus divertidos discursos, que felizmente nos ha legado la Antigüedad de manos de un discípulo llamado Arriano (Epicteto no escribió), pone de manifiesto con ingenio y llana elocuencia lo desviado y enfermo de nuestras sociedades. Si bien, los estoicos no fueron como los extravagantes cínicos (Diógenes, etc.) de los que hablaremos en otro post, sí propugnaban a su manera una mejora y ejercían una contundente crítica a la forma de vida convencional. La libertad empezaba, para ellos, por una interioridad que había de ser fuerte para enfrentar la vida. Ello se perseguía, como digo, con un esmerado y pertinaz ejercicio de educación del propio carácter que los convirtió en una especie de psicólogos de la Antigüedad. Es clara la huella de Séneca, por ejemplo, en un autor tan vinculado a la educación como Jean Jacques Rousseau, quien en su libro Emilio desarrolla aspectos muy parecidos a la doctrina del filósofo romano al que dediqué el post anterior.

De todo esto me ocupo en el artículo al que me referí en el mencionado post, recientemente aparecido en la Revista española de pedagogía: “La filosofía como pedagogía en el Estoicismo tardío romano”. En él, también, relaciono la respuesta de Camus al absurdo esencial de la existencia humana con la respuesta que dieron los estoicos al mismo problema, según creo yo e intento demostrar. Les caracteriza un pesimismo que ni siquiera el influjo del vitalismo de Nietzsche acaba de mitigar del todo en el caso del filósofo franco-argelino. Pero hablando de pesimismo, éste es una característica más fuerte en las Meditaciones de Marco Aurelio. Tambiém una joya.

Dedicaré más post al estoicismo, al hilo de las clases de filosofía de la educación en las que destino algún tiempo a hablar del mismo. De este tema y del curso que imparto, iré ofreciendo algunos comentarios en lo sucesivo, según avance el año académico. Por hoy entiendo que este post se alarga demasiado. Sólo quisiera recordar una frecuente metáfora muy usada por todos los estoicos. Aquella en la que la vida embargada por el dinero, el poder y la ambición constituye, en realidad, una vida inmadura, y lo que tanto quita el sueño a los adultos, es similar a los juegos de de niños que pasan el tiempo con simulacros, tomándoselos en serio. Los juguetes de los niños producen la risa de quien los contempla, como algo infantil, pasajero, falso que en realidad carece de importancia. Se diría que son como una trampa.

Un abrazo.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Séneca pedagogo


En el último número de la Revista española de pedagogía, que acaba de salir, aparece publicado un artículo de mi autoría, titulado “La filosofía como pedagogía en el Estoicismo tardío romano”, dedicado a algunos aspectos de la filosofía estoica de Séneca, Epicteto y Marco Aurelio, filosofía que se desarrolla en una íntima e inseparable vinculación con la labor pedagógica o educativa. El estoicismo es una respuesta reactiva al sufrimiento propio de la finita existencia humana, en un momento en que las religiones de la época no satisfacían esta necesidad, al parecer, y en el contexto propio de la antigüedad en el que la sabiduría se entendía como una praxis, una tarea que aspiraba a un modelo de sabio que debía manejarse bien con los asuntos vitales, y cuya conducta reflejaba coherentemente sus convicciones teóricas. Está claro que en esto Sócrates fue el venerado maestro que reflejó este ideal del sabio práctico, para los autores romanos ya muy posteriores que lo admiraron, como fue el caso de estos que estudio en el artículo. Por eso, la filosofía, enseñaba a morir, que supone también y sobre todo, enseñar a vivir. Fundamentalmente, los estoicos fueron pedagogos. De hecho, quisiera destacar, aunque no lo hago expresamente en el artículo, el notable programa educativo que constituyen las “Cartas a Lucilio” de Séneca. Esta abundante colección de epístolas o cartas, que Séneca dedica a un amigo que persigue la sabiduría (o sea, que busca hacer efectiva la “buena vida”) y escritas por el cordobés al final de su vida, suponen un inteligentísimo y lleno de sensibilidad (sí, he dicho “sensibilidad”) programa que va introduciendo progresiva y sutilmente al discípulo en el ideal de la buena vida, capaz de afrontar el dolor. Y esto nos interesa especialmente a quienes, siglos después, nos hallamos preocupados por la educación. Séneca educa a Lucilio sin prejuicios, es decir, comienza citando y apoyándose en los que se suponía que eran enemigos de los estoicos, los epicúreos. Aprovecha toda la tradición antigua, que transmite dosificadamente, en el momento oportuno, y al hilo de las preguntas, inquietudes y avatares de la vida de su discípulo. Por tanto, es un proyecto educativo paciente, largo y que tiene como principal instrumento la atenta escucha por parte del maestro Séneca. Cuando puede, éste abandona los oropeles y seriedades que obstaculizan, antes que educan, y recurre a la ironía, los ejemplos bien escogidos, el lenguaje directo que se va complicando en una suerte de espiral que eleva a su discípulo. Séneca no muestra interés por producir en éste veneración, y sobre todo, manifiesta una sincera preocupación por su aprendizaje y “felicidad” (como dominio de sí mismo, o superación del sufrimiento). Recurre por supuesto a los afectos, incluye siempre lo corporal en su antropología básica, a veces argumenta, otras persuade, y parece que como educador lo que hace es infundir o contagiar el fuego de la sabiduría. Es, podría decirse en efecto, transmisor de un cierto fuego, aunque no sé si ésta es una buena metáfora para definirlo. En las cartas hay mucha, mucha humanidad. Séneca, como es evidente, parece contradecir numerosos prejuicios acerca del estoicismo, por lo que hay quien se cuestiona su lugar entre dichos filósofos, algunos de los cuales fueron muy intelectualistas. Porque Séneca parece comprender hondamente al ser humano, y sabe salirse de los moldes de la teoría cuando hay que hacerlo, con amplitud de mente y de miras. Creo que esto le llevó a una forma de vida que aunque algunos, con sarcasmo fácil, acusaron de incoherente, no lo fue, sino más bien al contrario. Simplemente fue un sabio razonable, realista y humilde. Un sabio y, como digo, un maestro que todavía hoy nos enseña una pedagogía útil, inteligente y efectiva.

Un abrazo.

Santos Gómez, M. (2007) “La filosofía como pedagogía en el Estoicismo tardío romano”, en Revista española de pedagogía, vol. 65, nº 237, pp. 317-332, ISSN: 0034-9461.

martes, 25 de septiembre de 2007

Lejano y cercano


Voy haciendo acopio, mentalmente, de las películas que pueden apoyar algunas ideas y temas de las clases que se avecinan y me he detenido en una que, curiosamente, jamás he siquiera nombrado en mis cursos. Se llama Lost in translation, de Sofía Coppola. Fascinante. No es casual que la haya encontrado, pues la película dice mucho y justamente, o sea, apenas insinúa las cosas, como corresponde a ese estar de paso al que alude el título. Se trata de dos personas, hombre y mujer norteamericanos, que coinciden en un lujoso hotel de Tokio, sin conocer japonés y totalmente desorientados por la extraña cultura que se encuentran. Se sienten perdidos incluso en el hotel donde se alojan, muy lejos de sus casas. El filme es una puesta de manifiesto de la peculiaridad de ese estar de paso, situación que aúna el hondo desarraigo permanente con la situación pasajera que se les presenta. Pero hay más, porque en ese estar perdidos, se topan con personas y con un pueblo que dentro de lo inaccesible que les parece, a pesar del susto y los aprietos, les resulta lejanamente bello, lejano y cercano a la vez, de una forma que palpan por vez primera. Se supone que conocían algo de él con anterioridad al viaje, pero cuando Japón se les planta delante, resulta que es otra cosa. Parece que se les abriera una puerta a otra forma de ser humanos, nacen a ella, al tiempo que sienten la vergüenza del extranjero y el asombro de su vuelta a la infancia. Descubren que Japón es bello. Sin comprender el idioma ni muchas costumbres, lejos de sentir recelo, lo perciben sin palabras. No muestran altivez, no buscan lo propio en el otro, sino que se abren mansa y melancólicamente a ese otro extraño, lejanísimo, y por eso mismo, de una rara belleza y sabiduría. Los jardines zen, los karaokes, las ajetreadas calles de Tokio, todo les supone un estar en el mundo que no pudieron previamente haber soñado. Si hubiera que moralizar diríamos que han descubierto, gracias a ese contacto fugaz e insospechado con esas personas desconocidas, la dignidad de todas las personas, o sea, han descubierto la humanidad, se les ha revelado. Lástima que, al mismo tiempo, todo les resulte un estar de paso con aire de ensoñación. La película no pierde esta impronta de lo fugaz, que viene a ser el guiño de lo inaccesible, aquello que les sobrepasa y no logran abarcar. No en vano se han descubierto, también, pequeños. Pero interesa destacar sobre todo que, a pesar de la confusión lingüística, Japón les dice mucho, porque están dispuestos a escucharlo.

Bueno, creo que servirá para las clases.

Un abrazo.

domingo, 23 de septiembre de 2007

El jardín

En España comienza en pocos días el nuevo curso académico en las universidades. En las escuelas primarias y secundarias hace poco que ha empezado. Aunque el calendario escolar varía, evidentemente, según los distintos países, climas y hemisferios. El comienzo de un curso, en cualquier caso, es buen momento para que el profesor o maestro re-piensen y se replanteen lo que se disponen a llevar a cabo. Como tanto se dice, la tarea de educar es importante y hermosa. Esto puede repetirse muchas veces, de hecho, es algo que todo el mundo suscribe y que a veces la sociedad entera puede reconocer. Pero es, en primer término, el propio docente quien se lo debe creer. Repito, pues: tarea importante y hermosa la educación. Ése es el privilegio que tiene el educador en cualquiera de los ámbitos o niveles de la enseñanza formal o informal, el de que debe educar. Es decir, tiene en sus manos, caso único entre los oficios, la transformación directa y desde la base (o sea, la efectiva) de la sociedad. Otros ciudadanos casi sólo pueden limitarse a quejarse o a ser honrados en su trabajo, que no es poco, pero el educador tiene además delante de sí esta tarea bellísima e infinita.

No debe entenderse que propiciar la transformación y mejora del mundo consista en un áspero adoctrinamiento, una especie de labor de captación y modelado de los demás a la imagen y semejanza de uno, o a la imagen y semejanza de sus ideas. Evidentemente, existe una tensión entre este intento de respetar la libertad de los alumnos y cierta “manipulación” inherente a la enseñanza en algunos casos. Tal vez el peligro de manipular a personas en inferioridad de condiciones pueda disminuirse si el educador cree, realmente, en lo que hace. Esto quiere decir, que el educador esté concienciado hasta la médula de que la transformación y mejora social no consiste en convertir en clones suyos a quienes la sociedad o el azar ha puesto en sus manos. Una vez que esto se sabe, cuando hay un íntimo convencimiento, el trabajo se multiplica y puede hacerse abrumador. La responsabilidad es bien alta, casi como la de un médico que tiene vidas a su cargo. Por eso, para que la persona que educa acepte esto no vale el dinero solamente, de hecho, lo monetario es un mal incentivo, porque se queda muy corto. En realidad, para fomentar este ejercicio responsable de la docencia, no vale nada de lo que se suele tener por valioso en nuestras sociedades. No funciona, por ejemplo, el prestigio o el estatus social que pueda lograrse enseñando. Es algo distinto, que la persona encuentra y tiene que ver por sí misma. Aunque es cierto que hay un premio. El mayor de todos. Ayudar a las personas a ser, en la medida de lo posible, seres humanos. A las personas y a uno mismo. Esto es algo fundamentado teóricamente por pedagogos como Paulo Freire, por ejemplo, pero de nuevo, parece que la vida va por delante y sólo se puede comprender, como el mismo Freire decía, abriendo los ojos uno mismo. No basta con repetir que el educador se educa al tiempo que educa a otros, sino que hay, además, que creérselo. Y esto es más difícil. Pero si ocurre, sólo a duras penas y contra corriente, éste es el mejor premio, comprender la reciprocidad que conlleva educar, y verse, en efecto, educado y mejorado como ser humano por otros. Algo brota. Entonces, se comprende también que el dinero, el poder o el prestigio no valen nada. Y ya no hay que explicarlo más. Es tiempo de vivir. Sí, desde luego, es tarea hermosa la de educar.

Un abrazo para quienes educan en escuelas, institutos, universidades o en el ámbito de la educación social. Y mi mayor reconocimiento a quienes se han pasado la vida haciéndolo.

jueves, 20 de septiembre de 2007

La obstinación de Camus


Un autor que suelo incluir en las clases de filosofía que imparto para futuros educadores es Albert Camus. Sus reflexiones nos conducen a un planteamiento en la clase de cuestiones ineludibles, aunque imposibles a estas alturas de responder de manera absoluta con sistemas metafísicos a la vieja usanza, como señalara Kant. De estas cuestiones, me interesa abordar su notable intento de fundamentar una ética capaz de llegar al sacrificio y el riesgo que, sin embargo, es lúcidamente consciente de la pérdida de los fundamentos para establecer una moral tras la muerte de Dios. Camus reconoce el sinsentido básico de la existencia humana y, sin engañarse, el triunfo del mal sobre el bien… Las ratas siempre acechan bajo la luz del Mediterráneo y la epidemia de peste puede retornar en cualquier momento. Por eso, su intento tiene un evidente carácter heroico y trágico, pues se sabe abocado a un fracaso inevitable. Pero casi como un malabarista echa mano de la compasión y hace una especie de apuesta absurda por el bien con lo que justifica la fraternidad casi a contra corriente de la realidad. O sea, pone de manifiesto sin tapujos el sufrimiento y la frustración continua que acarrea existir, pero se revuelve contra él en un acto de insolente rebelión. Es como si se debatiera a duras penas contra la evidencia de que los verdugos parecen triunfar sobre las víctimas y de que, en general, el mal prevalece. Como es sabido, él nunca renunció a la lucha por la justicia social y la libertad, jugándose la vida varias veces. Porque poner el énfasis en este mal esencial que acompaña a la existencia no le eximió de la búsqueda en la historia de circunstancias mejores para los seres humanos.

Su última etapa nos habla de un Sísifo que, más allá de la afirmación nietzscheana de la vida de sus primeras obras (realizada desde la aceptación de los aspectos dolorosos de la existencia), tiende la mano y sale de su “burbuja privada”. Es como si tras haber meditado sobre el absurdo de la existencia, o sea, sobre su carencia de respuestas finales y sentido, hubiese llegado a la convicción de que sólo la solidaridad y el amor constituyen un frágil sentido para la vida huérfana. O sea, da la vuelta al individualismo de Nietzsche… usando la misma estrategia nietszcheana de subvertir in extremis la realidad, de voltearla y ponerla patas arriba. Esto es, creo, el meollo de la novela La peste. Una ética a contrapelo. Son hermosas las páginas en las que lleva a cabo este auténtico salto en el vacío que en el fondo consiste en, lo diré de una vez, ser bueno por obstinación. Pero de nuevo estoy cometiendo el torpe error de adelantar lo que sólo puede ser dicho por Camus, de la manera en que él lo dice, y en íntima conversación con quien decida leerlo. Así que mejor me callo, querido lector.

Un abrazo.

lunes, 17 de septiembre de 2007

El puente de Mostar

Para Paulo Freire la cultura puede ser representada como aquello que ocurre en un puente, donde uno puede ver pasar a la gente y charlar con los que van a uno y otro lado. Si se les pregunta, los caminantes cuentan de dónde vienen y lo que esperan encontrar en el barrio al que se dirigen. En las ciudades con un río, los puentes unen barrios a veces dispares, en los que viven personas que uno va a visitar. En los puentes se habla, se pasea, se fluye como el río que discurre por abajo. Esto, justamente, es una imagen que simboliza bastante bien, y que el propio Freire empleó alguna vez, la pedagogía del conocido brasileño, y la idea de hombre y cultura en la que se sustenta. En realidad, se trata de una metáfora de la propia vida, que también discurre de esa forma. No obstante, esta imagen se contrapone a ciertas visiones en las que una cultura sería algo así como una estatua inmóvil, a la que no afectara el tiempo ni el cambio, y que hubiera de permanecer tal cual toda la eternidad. Para estas visiones, las culturas son más bien islas rodeadas de inhóspitos mares que más vale evitar, junto con todo lo que venga de ellos. Curiosamente, Lévi-Strauss resalta el necesario papel del mestizaje y el intercambio cultural para incrementar aquello que hemos convenido en llamar progreso, por ejemplo, la ciencia y la tecnología. En colaboración, cada pueblo tiraría sus dados para sumar su juego al de los vecinos. Por eso, los pueblos completamente aislados (que apenas existen ni han existido) perecen de inanición. Aunque, el propio Lévi-Strauss reconoce que se da la paradójica circunstancia de que las culturas que colaboran sólo deben unirse hasta cierto punto, pues debe mantenerse una diferencia que garantice miradas divergentes, que es justo lo que puede aportar al conjunto. Pero volviendo a Freire, para él, la cultura es algo que fluye, si no resulta encorsetada en fronteras infranqueables para los de dentro o los de fuera, cosas que a veces también hacemos los hombres. El aislamiento, ya sea en los pueblos como en los individuos, resulta mortalmente peligroso. En consecuencia, su pedagogía es una pedagogía de la escucha y de la conversación amistosa entre personas, lejos de teorías o moldes que puedan forzar de alguna manera la vasta y dinámica naturaleza. Lo que ocurre es que, cuando uno se abre a la escucha, puede enterarse de cosas incómodas, como ejemplifica un pueblo con un terrible pasado (y presente) de esclavitud como el indígena o el afroamericano.

Particularmente, he encontrado que, en el ámbito académico y destinado a futuros pedagogos, educadores sociales, maestros de primaria o educadores en general, funciona bien como forma de mostrar esta manera freiriana de estar en el mundo con el mundo y con los demás seres humanos (cosa bien difícil de llevar a cabo entre las paredes de un aula), el visionado de la película-documental El milagro de Candeal, donde se ve una comunidad que funciona bien. En ella, no se aprecian, al menos según lo muestra el filme, prejuicios cosificadores que operen enturbiando la comunicación existencial entre las personas y las relaciones humanas en general. Por supuesto que hay conflictos, pero también hay un profundo respeto que nace de un optimismo casi rousseaniano, o sea, de la fe en que, como decía Neill, el amor y la libertad funcionan. Lo que se ve en el documental refuta ese supuesto egoísmo hobbesiano que todos llevaríamos dentro al nacer y que nos hace promover sólo nuestros meros intereses individuales de entes solitarios… Como si la soledad interesara realmente a alguien. Tanto Bebo como Carlinhos, o cualquiera de los que aparecen en la película, no obligan a nadie a ser como ellos, sino que, todo lo contrario, escuchan, conversan, tocan música o bailan. El Candeal: un puente entre el horror y las mejores posibilidades del ser humano. Es un buen ejemplo de pedagogía y de personas freirianas; de cultura hecha de abrazos, en definitiva. Y todo procedente del abismo y del horror de lo que fue (y es) una miserable favela. Parece que si se puede hablar de una verdad, ésta relampaguea, cuando lo hace, en los márgenes, siempre en los márgenes de la realidad. Tal vez ahí sea donde haya que detenerse a escuchar atentamente.

Mostar, una vieja y hermosa ciudad europea, perdió su puente medieval, que unía dos barrios enfrentados, cristiano y musulmán, que durante siglos habían convivido sin problemas, en la guerra de Yugoslavia durante los años 90. Fue volado como expreso objetivo militar. Parece que ahora, hace poco, acaba de reconstruirse.

domingo, 16 de septiembre de 2007

La dialogicidad


La educación, en cuanto “hacer-se persona con el otro”, remite a una estrecha y natural interdependencia de los seres humanos. Por eso, dentro de la filosofía encuentra destacada su importancia en aquellos enfoques denominados dialógicos, en un sentido amplio. Por ejemplo, si rastreamos las fuentes filosóficas de una concepción pedagógica centrada en el diálogo como la de Paulo Freire, nos encontramos fácilmente la influencia directa de autores personalistas o existencialistas que remarcaron lo dialógico en el hombre. En realidad, la comunicación y la relacionalidad humana son temas muy tratados a lo largo de toda la filosofía, por supuesto en los griegos, y con enorme importancia en el siglo XX. De las numerosas perspectivas y autores de este turbulento siglo, deseo destacar, por su influencia en Paulo Freire y su importancia para entender los procesos educativos la denominada filosofía dialógica, uno de cuyos principales exponentes es Martin Buber. Ya el significativo título de su libro más conocido “Yo y tú” aborda esta naturaleza transitiva en el hombre, que necesita de la relación “humanizante” con un tú, contrapuesta a la cosificación de una relación entre “ellos”. Para Buber, la relación con el otro no cosificado, o sea, no tomado como objeto, antecede a todo conocimiento y es algo a lo que se tiende de manera natural, y en lo que nos apoyamos para desarrollarnos y crearnos. También para Lévinas, en la base del fenómeno humano y previamente a toda elaboración metafísica, lingüística o cultural posterior, existe una ética entendida como relación a-lógica con el otro que nos constituye. Esta relación ética básica subyace a todo lenguaje, o sea, se da en un nivel preliminar, estando implícita después en toda actividad humana. Lejos del solipsismo al que remiten otras filosofías, aquí el diálogo entendido como relación (no necesariamente lingüística) con el otro resulta fundamental e imprescindible. Se resalta que no existe desarrollo personal como extensión de un supuesto yo solitario y omnisciente, sino que por debajo de ese mismo yo, está la relación establecida previa y a-racionalmente con el otro.

Otra interesante corriente que resalta el valor de esta dialogicidad humana, exenta de prejuicios de tipo etnocéntrico y cosificadores, la tenemos en el pensamiento de Enrique Dussel. Este interesante autor latinoamericano pretende rectificar una cierta dirección ilustrada que se ha arrogado universalidad sin percatarse de la ideología eurocéntrica que portaba, en su propia concepción de diálogo y razón.

Otros autores significativos en el estudio y puesta de relieve de la dialogicidad han sido Jaspers, Mounier, Marcel. Desde otro enfoque, se podría considerar próximos también algunos aspectos del pensamiento de Erich Fromm. En cualquier caso, con matices evidentemente, tenemos unos filósofos que se encargan de remarcar el importante papel del otro en la constitución de uno mismo, y que, por tanto, se oponen a las visiones que han considerado al sujeto humano como un ente que puede desarrollarse individualmente ajeno al resto de la humanidad. Por eso, también son autores destacados en el estudio de la denominada interculturalidad. Nos hablan de relaciones entre los seres humanos no basadas en el dominio o el poder, ni cosificadoras, sino basadas en una relación que, con matices, podemos denominar “horizontal”. La importancia de esto, además, estriba en que la racionalidad bien entendida ha de considerarlo y pasar por ello. Básicamente, para ellos es buen pensador el buen escuchador.

En la pedagogía, como he dicho, uno de los autores que más ha basado su enfoque teórico y práctico en esto es, sin lugar a dudas, Paulo Freire. Para él, resulta imposible un adecuado desarrollo personal sin que implique la relación horizontal con los demás. A diferencia de Piaget o Vigotsky, introduce el elemento comunitario con mucha mayor fuerza en su pedagogía; en definitiva, la idea de que nos hacemos, necesariamente, con los demás, pero, resaltemos de nuevo, en una interacción mutua de tipo “horizontal”, respetuosa o no autoritaria.

Un abrazo.





jueves, 13 de septiembre de 2007

La vida de los ángeles



He visto hace unos días la película El cielo sobre Berlín de Win Wenders, que me ha dejado boquiabierto. Es una extraordinaria representación de la forma de experiencia contemplativa que podría atribuírsele a un ángel, o inteligencia pura libre del tiempo y el espacio, sin los aparentes obstáculos de la carne, o sea, sin los límites propios de lo corpóreo. Pero en el filme, esta suerte de experiencia pura, meramente espiritual, de un ángel, se contrasta con la forma específica humana de la existencia, inseparable de un cuerpo, un tiempo y un lugar. El argumento nos conduce a una exaltación de la experiencia y existencia humana como más completa y perfecta, a pesar de los inconvenientes de verse sujeta a un cuerpo. Creo que esta problemática apunta a esa tensión que se da en nosotros, seres finitos, entre sabernos naturalezas limitadas por los impedimentos de la materia, pero al mismo tiempo, la asunción de que somos como somos y lo que somos en cuanto que somos cuerpo. Hablaba con un amigo el otro día y me comentaba cómo el dualismo cuerpo-alma se funda en una vivencia universal que consiste en la percepción de que nuestra imaginación, deseos, etc., van por delante de los límites espacio-temporales que nos circundan, pero al mismo tiempo, esta percepción es posible y se da, como algo humano, desde un cuerpo concreto. Entonces, tras un primer dualismo ilusorio, producto antes bien de una fantasía desbocada, el reconocimiento de cómo somos nos asocia ineludiblemente a un cuerpo y a una materia. Él hace posible toda la experiencia humana, también las fantasías.

Un ángel sería, por tanto, una hermosa fantasía, tal como lo presenta bellamente el filme. Pero la centralidad del cuerpo resulta indiscutible en el hombre, cuerpo que fundamenta, además, la llamada dialogicidad o relacionalidad propia de los sujetos humanos y resto de seres vivos, que se desarrollan en la estrecha interdependencia de unos con otros, como expresa, por ejemplo, el vínculo entre el hijo y los padres (se es hijo porque hay padres, y se es padre porque hay un hijo).

Casualmente, ando leyendo el libro El desafío del nihilismo, de la profesora Remedios Ávila, que en algún capítulo subraya esta naturaleza profundamente corporal propia del ser humano y la razón. Cita algún autor que ha destacado esto en la filosofía, como Schopenhauer, para el cual conocemos la inefable voluntad, principio nouménico del mundo, por nuestro cuerpo, pues en él se centra y resume toda la experiencia que podemos llamar humana. La tentación dualista, sin embargo, ha sido frecuente, desde el gnosticismo que impregnara la teología cristiana en sus inicios. Éste no entendió que el alma bien pudiera ser un espejo donde se mira (deformado) el cuerpo (Feuerbach).

En cualquier caso, la película a la que me refiero es hermosísima, impecable. Un bello canto al abandono de las ilusiones espiritualistas y al trasfondo corporal de la extraordinaria existencia humana. Y otra circunstancia propia del hombre retratada es la necesidad de otro (cuerpo) para conocer(se) realmente. De hecho, el ángel que protagoniza el filme se enamora de una mortal, y es con el amor como inicia su renovación y su nueva vida, más rica, como persona. Como él mismo dice, necesitó a ese otro corpóreo que le señalara el auténtico conocimiento. Un simple ángel carece de esta posibilidad, negada a los “espíritus puros”, y para completar y culminar su búsqueda intelectual debe pasar, desde lo contemplativo, a un nivel de mayor conocimiento, que incluye lo sensible, que es el corporal-humano. En el fondo, todo un reconocimiento y reivindicación, bellísima, de esta aventura que se ha dado en llamar humanidad.

Un abrazo.



martes, 11 de septiembre de 2007

Le Monde diplomatique, septiembre.

Acabo de recibir el número de septiembre de Le Monde diplomatique, edición española, periódico mensual al que estoy suscrito y ya le he echado un ojo. Me he detenido en un sugerente dossier titulado “universidades bajo la lógica bursátil”, que trata de la trayectoria de la política de las universidades estadounidenses, las más relevantes del mundo en cuanto que son tenidas como modelos por el resto del mundo, prácticamente. En especial, creo recomendable la lectura del artículo de Christopher Newfield que ocupa dos páginas y compara la misión que ocuparon las instituciones universitarias en Estados Unidos no hace demasiado tiempo (hasta fines de los 70) y la que han acabado cumpliendo. Durante gran parte del siglo XX afirma que cumplieron una encomiable labor de inclusión de capas desfavorecidas y una búsqueda de mayor justicia social, política que incluso fue promovida por las distintas autoridades del momento. Sin embargo, a partir de los 80, a través de distintos mecanismos de funcionamiento y financiación se ha acabado estableciendo un ranking en la que una élite de universidades promueve claramente a las élites sociales del dinero y una meritocracia que encubre las profundas desigualdades sociales. La red de universidades públicas que tuvieron una importante función en el mayor bienestar del conjunto de la población ha acabado desprestigiada y carente de medios, frente a la mencionada élite cuyos esfuerzos se centran en atraer a las clases privilegiadas, labores de puro marketing y, eso sí, unos excelentes medios financiados por capital privado. Esta élite constituye el modelo envidiado en el resto del mundo.
Otro artículo, de Christophe Charle, se encarga de recordarnos lo aleatorio de los famosos ranking que abundan en los últimos tiempos, en los que según se tome uno u otro rasero, las universidades suben y bajan como los valores bursátiles. La obsesión por estos ranking confluye con el clamoroso olvido de la vieja función crítica y de “vigilancia” frente a los abusos de distinta índole originados en las sociedades.
Como ya comenté en un post anterior, esto de contrastar informaciones y opiniones resulta molesto y pesado, pero…

Un abrazo.

domingo, 9 de septiembre de 2007

El hacedor


De todo lo escrito por Borges me gustaría destacar un breve librito que publicó en 1960, no tan conocido como sus otros libros de cuentos y ensayos, pero que a mi juicio destaca por su intensa belleza. De hecho, es citado con frecuencia, también por filósofos actuales. Se trata de El hacedor, que consiste en una colección de fragmentos, aforismos poéticos y algunos poemas en los que aparecen, como te puedes imaginar, querido lector, sus temas preferidos (los únicos que le preocuparon, los únicos que nos preocupan). El brillo de los fragmentos, prodigio de literaria concisión, lo convierten en uno de mis favoritos, sin duda. Lo he releído a menudo y nunca me deja indiferente. Es una buena prueba de la fuerte y vibrante emoción que recorre la prosa, injustamente considerada fría, de uno de los mayores escritores del siglo XX. Lo que ocurre es que, como Freud nos enseñó, cuando la pasión se refrena y contiene, llega al mismo tiempo a niveles de fuerte intensidad (incontrolable, en ocasiones). Algo así como el aire comprimido o el vapor, cuya fuerza mueve locomotoras. Al menos, de este modo creo haberlo entendido. Y un buen ejemplo de esto, para empezar, es la rara dedicatoria del comienzo. No he leído jamás una dedicatoria más apasionada y hermosa. Ya en ella aparece como tema recurrente la angustiosa imposibilidad de que confluyan en tiempo y espacio ciertos destinos personales, lo que conduce a un tono melancólico y resignado ante la evidencia de las fuerzas que nos sobrepasan y parecen burlarse de nosotros… pero no, algo peor, resulta que no hay nadie que se burle de nosotros. Así, Shakespeare le pide a Dios ser una sola persona, cansado de tantos papeles como ha representado, de haber sido “tantos hombres en vano”, y, sorprendentemente, Su voz le responde desde un torbellino: “Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie” ("everything and nothing"). También desde un torbellino habla Dios a Job. Desde luego la muerte aparece a menudo, y una calle de Buenos Aires, vista como un río de gente y vehículos, puede convertirse en “el triste Aqueronte, el insuperable.”, por donde desaparece, cruzándolo, alquien que ya Borges no volvería a encontrar ("Delia Elena San Marco"). Pero nunca, nunca se desata por completo este dolor (al contrario de lo que ocurre, por ejemplo, en el cante flamenco), sino que es sobrellevado estoicamente, porque en el fondo, nada importa. Incluso la ceguera, tomada en todos sus sentidos, literal y metafórica, del poeta (¿Homero? ¿Borges?) se considera una magnífica ironía… el mundo tan cerca, los libros tan a la mano, y sin embargo, nada puede saberse de ellos. “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche.” Las ironías del azar, o Dios, o del destino, son numerosas, y no queda más remedio que acostumbrarse a ellas. Todo se bifurca, el yo (“Borges y yo”), el destino de los hombres y sus felicidades (“El hacedor”), el sentido de las imágenes artísticas y su interpretación (“Parábola de Cervantes y de Quijote”), en una suerte de vertiginosa dialéctica de contrarios que se suceden para devenir en nada, en la pesadilla sin final de un laberinto sin centro ni Minotauro. El hombre sigue ingenuamente sus afanes como las uñas y cabellos de los cadáveres continúan creciendo tras la muerte como si nada (“las uñas”). Aunque, cuando piensa y crea, cuando se torna hacedor-poeta, sus símbolos se reducen a dos o tres angustias básicas (“la trama”, “Mutaciones”, “In memoriam J. F. K.”). Y las metáforas son, en el fondo, el mismo laberinto y no pueden explicar nada “porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres.”

Un libro, en suma, que destila pensamiento y emoción, ambos prensados en una suerte de aforismos poéticos que ganan en intensidad cuanto más breves (¡cuánto recuerdan a Quevedo!). Se trata del desarrollo y expresión de una estética estoica que entronca con un fuerte escepticismo ante la existencia humana, como he visto reflejados sólo en unos pocos, Quevedo, ya digo, entre ellos. Pero las lecturas que se hacen de un autor, como el universo, no se agotan en una sola interpretación, y lo mejor que se puede hacer, ante un escritor como Borges es, sencillamente, leerlo una y muchas veces. Sé que hay diamantes en él de cuyo brillo aún no me he percatado, ni podré percatarme jamás... y también que mis comentarios lo han profanado indecorosamente. Por eso, para enmendar el daño hecho, te aconsejo, querido lector, que no hagas mucho caso a mis torpes palabras, salvo tal vez, a aquellas destinadas a aconsejarte, de corazón, que no te pierdas a Borges por nada del mundo.


Un abrazo.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Stop!



He visto recientemente la película El método, de Marcelo Piñeyro, que ganó dos goyas y que por lo visto es una adaptación de una obra teatral. Me pareció buena, y muy digna de verse, en especial en foros relacionados con el mundo de la educación. Narrada con un lenguaje sencillo y claro y breves alusiones al “otro mundo posible” expresado por manifestaciones callejeras contra el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que contrastan con el clima opresivo y frío de la sala donde unos candidatos están siendo seleccionados para un cargo de ejecutivo en cierta importante empresa, se habla de nuestro mundo, no el posible, sino el que al parecer existe y todos asumimos como real. Se trata de un grupo de seres humanos puestos a pelear entre sí y a competir por un puesto de trabajo, que deben procurar eliminar a los demás en una especie de espectáculo circense. Todo intento, que lo hay, de pensar como grupo y establecer lazos solidarios con los demás son saboteados por los psicólogos de la empresa. La progresiva deshumanización de las personas, su destrucción, en un proceso de creciente animalización, se muestran con crudeza. Uno percibe cómo importantes aspectos propios del ser humano (sobre todo la solidaridad y el amor) van siendo dejados brutalmente de lado en una carrera que, en el fondo, es un descenso en el abismo. Sí, resultó ser un argumento bastante inquietante.
Lo más incomprensible resulta ser la “natural” asunción por parte de los candidatos de valores establecidos por la empresa y que sólo muy al principio alguno cuestiona. Siempre acaban dándole la razón a la empresa. Ésta fomenta en ellos, y son seleccionados en función de esto, el engaño, la ambición, el egoísmo hobbesiano, el individualismo, la traición, la alianza con el poder.
Respecto a si el tema podía presentarse mejor con otro tipo de argumento, si la película acierta en sus recursos, no voy a entrar, pues no deseo hacer crítica cinematográfica, lo que sería un abuso por mi parte. Pero sí me gustaría apuntar que el filme da pie a excelentes sesiones de lo que antes se llamaba “cine forum”, en las clases de secundaria o universidad. Evitando, por supuesto, el creerse todo tal como nos lo presentan, tampoco aquí, las conclusiones fáciles o el sermón, peligrosos escollos en la práctica docente, e incitando a una reflexión cuya función vaya encaminada tan sólo a “mosquear” en un sentido socrático, es una película muy válida, creo.
Personalmente, suscribo plenamente la denuncia que al parecer pretende hacer el filme. Es obligación y tarea del educador y del filósofo cuestionarse lo incuestionable, como al parecer, es en nuestro mundo la competitividad como valor en alza en las empresas, universidades y sociedad en general. A veces, ayuda a ver las cosas el juego illichiano (de Ivan Illich) de ver las cosas desde fuera, sumergiéndose a ratos en ellas; me refiero a la perspectiva propiamente filosófica, que para la persona que no lee a los grandes filósofos o simplemente no lee puede consistir tan sólo en detenerse, y en una especie de paréntesis vital, preguntarse exactamente a dónde va. No es del todo difícil, aunque requiere cierto entrenamiento. Esto a veces se dice que consiste en saber preguntar, en ver el problema y lo cuestionable donde si uno pasa corriendo no lo ve. Sólo esto. Salirse, salirse. Esto es lo que en algún momento alguno del grupo de candidatos intenta hacer, siendo rápidamente boicoteado. ¡Ay, si lo hubiesen hecho, otro gallo cantaría! Si se hubieran salido, habrían visto la manipulación de que eran objeto, para empezar. Pero les faltó eso, detenerse, nada más que abandonar un momento la sala de selección que parece sala de autopsias, detenerse, y mirar lo que se está haciendo.
Un abrazo.

domingo, 2 de septiembre de 2007

La señorita Meunier

Hace poco releí La Escuela Moderna de Ferrer Guardia, lo que como es obvio me condujo a reflexionar sobre aquel proyecto ya lejano en el tiempo. El libro nos remite a una visión concreta de la labor pedagógica propia de un momento histórico bien distinto al actual, en lo que casi parece otro mundo. En efecto, hay rasgos en las ideas de Ferrer muy específicos del momento. El libro, publicado póstumamente y quizás por basarse en simples notas y apuntes sueltos del autor, resulta de ritmo algo repetitivo y desordenado sobre todo en las páginas finales. No obstante, a pesar de estas objeciones que se le pueden plantear, a veces incluyo lecturas de partes del mismo en algunos de los cursos que tengo a mi cargo, porque considero relevante contrastar esta visión “extranjera” (por eso de venir como de otro mundo distante), como suele ocurrir con los clásicos. Hay párrafos, en medio de partes más insulsas, que pueden perfectamente incitar a la reflexión y el re-conocimiento de la propia circunstancia de quienes lo estudian por primera vez, o, como es mi caso, lo estudiamos en cada ocasión que hablamos de él.
Es notorio el potente espíritu ilustrado a la vieja usanza, casi dieciochesco, y el positivismo decimonónico que lo impregna. Ferrer tiene una enorme fe en que el conocimiento racional y científico irá paulatinamente sustituyendo a la religión y supersticiones (ambas metidas en el mismo saco) y que esto constituye la clave de un progreso que el autor desea con toda su alma. Fue sin duda un hombre bienintencionado, hijo de una época que acabó muriendo con los bombardeos y las trincheras del siglo XX. Por tanto, a mi juicio, resulta reprochable en él, desde nuestra perspectiva, un ingenuo optimismo que caracteriza la antropología y la filosofía de la historia en la que se sustenta su pedagogía. Además, los análisis son hechos con excesiva rapidez, y el libro está lleno de afirmaciones faltas de una mayor argumentación (no olvidemos el carácter póstumo y fragmentario del libro).


Sin embargo, sí es muy lindo el optimismo que irradia si lo traducimos como una fe firme en el hombre y en un futuro que pertenece a otros pero al que podemos contribuir, junto con una admirable, coherente y sincera vocación educadora. Para Ferrer, la transformación habría de venir mediante una educación en la que participaban maestros, padres, estudiosos de distintas disciplinas y academias, y, por supuesto, los propios niños.


En realidad, es esto que podíamos denominar “un espíritu de alegre lucha y respeto” la que considero la mejor enseñanza del libro. Sobre todo el respeto. Éste se plasma de manera intensísima en unas páginas bellísimas en las que el autor explica el origen del mecenazgo de la escuela por parte de una aristócrata: la señorita Meunié. Estas páginas son puro oro que habría que leer y reflexionar muy despacio. Siento que traiciono tan hermoso texto si intento resumirlo. Se trata de un capítulo del libro en el que Ferrer narra el origen de su curiosa amistad, profunda y sincera, con esta mujer, católica y ultraconservadora. Él percibe que, de algún modo, ambos están “en el mismo barco”. A ella le mueve el hondo deseo de paz y justicia que a él también le mueve, pero hay posibles prejuicios por medio por parte de ella. A Ferrer le da igual que su exacerbado ateísmo se oponga a la rancia religiosidad de la señorita Meunié. Así es. Le importa un bledo. Como cree en el ser humano y quiere de verdad a los seres humanos respeta a la piadosa francesa, y eso quiere decir, que la acepta tal como es. Pero sabe que la barrera ideológica entre ambos es inmensa, al mismo tiempo que sabe que de nada sirve una batalla campal y una discusión cuando lo que hace falta es preparar los corazones. Así que se hace amigo de ella, sin hablar en ningún momento de política o religión, viajan juntos, y le demuestra con su ejemplo que tienen el mismo deseo sincero de paz y justicia. Ferrer no necesita alardear de su ateísmo ni portar una bandera compulsivamente. Así, que ella acaba comprendiendo lo que él sabía desde un principio, que están en el mismo barco y que les mueve un único interés. Son dos circunstancias e historias personales muy distintas, pero pueden colaborar y quererse. Así fue como ella, admirada del proyecto ateo y anarquista de Ferrer (cuyo ateísmo y anarquismo finalmente le importó un bledo), aun sin renunciar nunca a su profunda fe religiosa e ideas políticas, colabora con él.


Del hecho pueden hacerse muchísimos análisis y lecturas. Las interpretaciones dependerán también de las ideas filosóficas y políticas, así como de las motivaciones de quien se moleste en interpretarlo… En la época dijeron que él la había seducido. Creo que no es preciso comentar esta acusación propia del periodismo barato. Pero pueden decirse otras cosas más serias: ¿Dos víctimas del idealismo burgués? ¿O dos personas que luchan como hay que luchar? ¿Dos locos? ¿Un católico en el fondo que se cree ateo? ¿extremistas radicales?... Una lección de respeto y humanidad, diría yo.
Un abrazo

Texto íntegro de La Escuela moderna:

http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/pedagogia/escuelamoderna/indice.html

sábado, 1 de septiembre de 2007

El inefable universo de Borges.




Se ha discutido a menudo si Jorge Luis Borges es antes escritor o filósofo. Hubo un tiempo en que yo creí lo segundo, ahora mantengo lo primero. Su sobria prosa que se extiende a ritmo pausado pero incesante tiene como principal objeto, en la mayoría de los casos, o sea, como tema literario las más variopintas elucubraciones de la filosofía o la teología. Tanto los poemas como los ensayos y cuentos más célebres, introducen un inquietante escepticismo en el alma porque se toman como un juego los distintos sistemas filosóficos o la ciencia. Los libros, que, como las hipótesis, pretenden poner orden en el caos, constituyen antes bien un denso e indescifrable laberinto que no logra aclarar nada y que por tanto causa un contenido pavor en el hombre. No, no es en absoluto un autor sin sentimientos como también se ha dicho, sino que refrena la angustia existencial en una especie de estoica contención, pero de todos modos la angustia no anda lejos. Esto es, evidentemente, pasión. Nadie más enamorado del universo como Borges, y nadie a quien se le escape tanto de entre las propias manos. Si es necesario poner una etiqueta para ordenar lo que no se deja ordenar, podemos considerarlo un escéptico, un alma pesimista que dice no creerse demasiado el mundo, y que, como alguien dijo, opone al caótico horror su elegante ironía. Nada más propenso a ello que una memoria poblada de recuerdos, la memoria de un ciego. El mundo es una disolución continua… Heráclito resulta horrible, pero también Parménides, y así lo manifiesta en su solemne ceguera.

La inquietud que introduce en el lector le hace a éste experimentar, como también alguien dijo, un “vértigo existencial”, una extraña sensación que se cuela por una fisura en el todo, y que acaba impugnándolo. Schopenhauer o Buda tampoco se creyeron demasiado el triste universo. Dice el escritor porteño, tras declamar la que puede ser la más caótica y genial enumeración de la historia de la literatura, que pretende describir lo inefable:
“y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo” (Borges, El aleph).

Respecto a la filosofía, Borges me enseñó a saborearla como se saborea un buen poema. Esto no quiere decir nada raro, no implica que se haya de asumir el escepticismo borgesiano, y cruzar los brazos aquietado ante la inefable belleza, sino reconocer la belleza contenida en cada obra filosófica, apreciarla, y ver que quizás forma parte de la propia obra, que habla y constituye una parte del discurso racional. Por ejemplo, Walter Benjamin vio que el arte proclamaba secretos a voces, y que la razón, inconscientemente, razona en él. Capta de algún modo las verdades. Pero no olvido que mientras Borges no camina más allá de lo estético, Benjamin (y Adorno) bucea en sus verdades. Para el argentino, la ironía, expresión artística de la dialéctica, no es más que un triste juego, un triste juego retórico.

Como se ha escrito tanto sobre Borges (Savater, Eco, etc), yo sólo puedo limitarme a suscribir algunas de esas cosas desde mi experiencia personal de lector. Certificar que ríe y llora al mismo tiempo y que la pasión le invade el intelecto con mucha mayor fuerza de lo que parece, que es puro espíritu insuflado de carne; o que expresa y genera en el lector una extraña catarsis, por la que, ante la muerte, nada importa, y en este desinterés vital está la liberación, como proclamara Marco Aurelio en sus Meditaciones, o, anteriormente, el iluminado Buda.

Yo, a veces, en ciertos momentos, cuando ante un espejo todo me resulta inquietantemente extraño, o en la duermevela, sin saber por qué, siento que, en el fondo, tal vez Borges tuviera razón.
Un abrazo
relato El Aleph:
Borges en Wikipedia:
Para empezar con Borges: