martes, 30 de octubre de 2007

Chomsky de nuevo

Acabo de leer una entrevista a Noam Chomski en la que analiza y expresa su visión sobre política internacional. No he podido resistirme a citar un fragmento en el que habla de ese "otro mundo posible" en cuanto idea motriz que, desde su perspectiva, tiene su origen y lugar natural en movimientos de base, "desde abajo". Como es bien conocido, se trata de un intelectual norteamericano, muy crítico, que lleva varios años al pie del cañón, y que comenzó con estudios relacionados con la lingüística pero que en los últimos tiempos se encuentra como uno de los principales autores "altermundialistas" vivos. La entrevista es ofrecida al completo por la web www.emancipacion.org y dispuesta a ser leída y criticada.

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Fernando Bossi: «Otro mundo es posible», es la consigna del Foro Social Mundial. ¿Cómo usted se imagina ese otro mundo posible y sobre qué ejes se podría construir?

Noam Chomsky: A través de la historia ha sido cierto que «otro mundo es posible», y la posibilidad ha sido llevada a cabo consecuentemente, al menos en parte. Es por eso que no vivimos conforme a las reglas de reyes o señores feudales, o toleramos la esclavitud y otras prácticas inhumanas, y por qué hubo, con el tiempo, éxitos sustanciales en la extensión de la justicia y la libertad. Voces de privilegiados han proclamado periódicamente «un final de la historia» en una utopía de los amos, y siempre han probado ser incorrectas. No hay ninguna razón de por qué este largo proceso histórico debiera llegar a un final. Constantemente hay nuevos desafíos, pero gracias a las luchas de nuestros precursores, éstos pueden ser enfrentados a un nivel más elevado que antes. ¿Cómo? Si hubiera alguna fórmula mágica, alguien seguramente nos habría dicho sobre ella. Los únicos caminos conocidos son aquellos que han sido usados en el pasado, a menudo con bastante eficacia. De manera consistente, la libertad y la justicia no han sido regalos concedidos desde arriba, sino más bien derechos ganados desde abajo, por la lucha popular y el compromiso, tomando muchas formas diferentes, como el cambio de las circunstancias y de objetivos, sin una fórmula fija.

Incluso, aunque muy a menudo no haya sido claramente articulado, podemos, pienso, discernir que un principio fundamental que ha motivado a los participantes en estas luchas es que la autoridad y dominación y la jerarquía no se «autojustifican». Llevan una carga pesada de prueba. Deben demostrar que son legítimos, y si fallan en hacerlo, que es generalmente el caso, deberían ser desmantelados, como se ha hecho en el pasado. Hay un largo camino por andar en esta búsqueda de una existencia humana digna, y la oportunidad amplia de llevarla hacia adelante.

lunes, 29 de octubre de 2007

Filosofar como un perro


En las clases de filosofía de la educación que imparto para futuros maestros de primaria y pedagogos procuro enfatizar un aspecto de la filosofía que no es de los más tenidos en cuenta en su enseñanza. Se trata de resaltar que la filosofía implica una cierta actitud, una praxis vital que subyace al discurso teórico y que, deseablemente, hay visiones que han intentado conectar ambos elementos. Es el caso de la idea de sabio propia de la antigüedad clásica, a la que se asociaba una suerte de sabiduría práctica que incluía en manejarse bien en los menesteres propios de la existencia humana, incluyendo la fortaleza ética. Un sabio debía serlo, también, por sus obras, y demostrar su serio interés por la filosofía mediante la persecución de una vida correcta. Desde esta perspectiva, en numerosos autores antiguos, griegos y latinos, no existía esa escisión que a nosotros nos resulta tan habitual, por la que una persona puede decir unas cosas, en un bello y elocuente discurso, y hacer otras. Aunque los antiguos, como es lógico, también podían ser personas incoherentes. Para eso, para hacerlo ver y reflexionar sobre lo necesario de llevar una vida consecuente con el discurso, surgieron algunas figuras y escuelas de hondo arraigo. En anteriores post me he referido, por ejemplo, al empeño estoico en este sentido. Pero los filósofos estoicos (pertenecientes a la más longeva escuela filosófica, que duró, con gran éxito, unos quinientos años) no fueron los únicos que pretendieron esto. A partir de la línea comenzada por el maestro Sócrates, inmediatamente después, irrumpieron los llamados “cínicos”, que procuraron llevar al extremo la coherencia personal de que hizo gala el ateniense. Para ellos, lo más valioso aportado por él fue, precisamente, esta coherencia y fortaleza moral. Recogieron su estilo, que continuaron con ímpetu. Conocemos mucho de lo que estos filósofos hicieron gracias a historiadores posteriores que narraron su vida y andanzas. En clase suelo referirme a uno concretamente: Diógenes de Sínope. Este extravagante personaje no escribió, sino que se limitó a vivir según los principios, antes que escribir o teorizar sobre ellos. Llevó a su extremo la idea, tan griega, de que el ser no puede confundirse con el aparecer, y despreció todo lo que fuera atención por la apariencia o por bienes materiales. En verano no usaba ropa y apenas en invierno, vivía en un gran barril, rompió su escudilla de barro al considerarla inútil, entraba en los teatros justo cuando todos salían de ellos. Nos retrotrae a una visión, antigua, de la filosofía como forma de vida, a una filosofía hecha con gestos y con la renuncia a adoptar los valores usualmente seguidos por su sociedad. A la asignatura que imparto esta figura aporta esta perspectiva “vital” que ejerce de contrapeso del fuerte intelectualismo y las escisiones personales a que somos tan dados en nuestro tiempo. La filosofía puede implicar toda la vida de una persona, y es, según el cínico, mucho más que un conocimiento intelectual o mero saber erudito. En la actitud cínica hay una llamada de atención y, eso sí, un cierto exhibicionismo orgulloso que ya denunció Platón, quien cuentan que, tras increpar a Diógenes por haber orinado éste sobre su cara alfombra, escuchó cómo el cínico le decía: “humillo tu soberbia”. Pero su respuesta fue inteligente: “Sí, pero desde otra soberbia orgullosa”, respondió el fundador de la Academia y dueño de la alfombra maltratada. Quizás hubo algo, o bastante, de soberbia en las extravagancias y excesos de los cínicos (que, por cierto, eran muy admirados por los estoicos, a pesar de la moderación de estos últimos), pero, caramba, ¡contestarle a Alejandro Magno que se quedara sus riquezas y poder, y que hiciera el favor de apartarse para que Diógenes pudiera seguir tomando el sol tumbado junto a su barril…! No, no lo hace cualquiera. En efecto, los cínicos no estaban libres de las cosas humanas, por supuesto, pero hicieron algo que, en el fondo, es lo que había sacado a los hombres de las cavernas del mito (al menos hasta cierto punto). Jugaron fuerte. Creo que todavía hoy llaman la atención sobre la irracionalidad subyacente a una sociedad de discursos separados de las obras, profunda irracionalidad que nos puede teñir incluso a los que hablamos de racionalidad en las clases. La filosofía es una vocación de verdad asombrosa, que puede conducir incluso a vivir en un barril, o cosas peores. ¿Fanatismo? ¿libertad? Lo que sea nos lanza, desde la antigüedad un viejo y escueto mensaje: “haz lo que dices”, “predica con el ejemplo”.


Un abrazo

viernes, 26 de octubre de 2007

Un leve soplo



En el post anterior mencioné la “horizontalidad”, idea que puede asociarse a una forma (“freiriana”) de entender la educación y que implica, además, un posicionamiento concreto respecto al ser humano y la libertad. He escrito sobre ello en varios artículos aparecidos en revistas de filosofía y pedagogía, alguno de los cuales está on line y lo enlazo en los vínculos de la barra vertical de la derecha en el presente blog. Pero cada vez siento más que el desarrollo conceptual de un asunto teórico requiere un tratamiento paralelo en la forma de narración. Hay verdades que pueden (y a veces deben) abordarse narrativamente, aspecto sobre el que parte de la filosofía contemporánea ha discurrido a menudo y que es recogido por algunas perspectivas. Se trata del papel de la relectura y de la memoria de una tradición cuyo desarrollo puede ser temporal, biográfico, simbólico. Esta forma, propia del arte y la literatura, responde mejor a la ambigüedad que percibimos en la realidad, su problemática “oscuridad”, su caos y su orden. Esto es fácilmente comprensible cuando impartimos clases, pues la exposición didáctica requiere del ejemplo, la vivencia y la metáfora, para re-producir la conmoción que origina el pensar, unir la teoría con la praxis, matizar y vitalizar. Se trata, en especial si hay diálogo e intervenciones por parte de los alumnos, de una especie de juego en el que los matices y facetas de la compleja realidad se multiplican, perdiéndose, tal vez, en claridad expositiva (linealidad) pero ganándose, creo, en aproximación al mundo real y en fidelidad al acto de pensar, el cual seguramente es antes circular que lineal. Supongo que esto es una manera de enfocar el pensamiento y la didáctica discutible, pero antigua y reconocida como la filosofía, que según dicen algunos empezó como pedagogía y diálogo, y como crítica del mito desde el propio mito y a partir de él, sin llegar a salir del todo. Por eso, es bueno utilizar el cine. Comentar imágenes en movimiento, la narración cinematográfica, historias contadas por otros pero que compartimos, se parece a lo que quizás se hace al pensar, que no es sino, como digo, la confrontación y relectura de la tradición heredada. A partir de la tradición, uno se busca, se conoce y, si es oportuno, critica. Como afirma la película Blade Runner, historias y recuerdos nos componen, al fin y al cabo, por eso, perderlos es perder la identidad y el futuro.

En este sentido, pensar la libertad (¿mito? ¿utopía?¿fantasma? ¿postulado práctico? ¿ideal político? ¿prejuicio?) ha movilizado la imaginación, el deseo, la creatividad y la acción humana. Y, como he comenzado mencionando, se puede entender asociada a una “horizontalidad” que describo en algún artículo como una suerte de relación entre las personas de tipo horizontal, o sea, en la que nadie exige y pone (im-pone) metas al interlocutor en el desarrollo del diálogo en que consiste la cultura. Aunque esto no siempre es así, evidentemente. Pero si se da, superando dificilísimos obstáculos de todo tipo (psicológicos, sociales, económicos), si una comunidad o persona lo logra, entonces, brota lo mejor del ser humano que permanecía asfixiado, oculto. Se trata de una búsqueda, de un parto doloroso, como dice Paulo Freire, en el que nos jugamos mucho. Apostar por esta forma de estar en el mundo y de ser con los demás supone mucho esfuerzo y peligro, pero repito, en el intento algo especial brota, algo que merece la pena. El cine lo ha sugerido con la película Alguien voló sobre el nido del cuco, con Jack Nicholson, que hace un inolvidable papel. Polémica aparte, la del malentendido que pudo originar en relación con la psiquiatría y el fondo de anti-psiquiatría con que quiso verse, es mucho más. La película representa una honda reflexión sobre la libertad, a la que se describe en términos de horizontalidad. Este hecho al que me acabo de referir, el hecho de que cuando hay una interacción fuera del poder (de la forma de poder, de estructuración vertical, que todos conocemos y que todo lo impregna), algo brota. Jack Nicholson, su personaje, resulta una especie de brisa suave o leve soplo que produce vida en los locos internos en el manicomio que acostumbran a verse y actuar como le dicen, a veces, dentro de un fuerte espíritu autoritario que emplea en ocasiones una farsa de diálogo. Los mecanismos sutiles (y no tan sutiles) de la verticalidad producen aquietamiento y pereza en ellos, que dejan de ser personas sanas. (De hecho, según la tesis del filme, polémica y discutible, es esa opresión lo que está en el origen de su enfermedad). Esto se muestra en el filme, ya un clásico. Es una película fuerte, estridente, criticable, como digo, que expresa, con cierta simpleza pero con contundencia, las dos maneras básicas de entender las relaciones humanas y por ende, la verdadera libertad y salud.

Un abrazo.

martes, 23 de octubre de 2007

De oráculos falibles y errores de la pitonisa


Deseo evocar unas palabras certeras de Khalil Gibran, en su libro El profeta, que comienzan diciendo:

“Vuestros hijos no son vuestros hijos: son los hijos de la Vida deseosa de sí misma. Vienen a través de vosotros; pero no desde vosotros; y aunque estén con vosotros, no os pertenecen. Podéis darle vuestro amor; pero no vuestros pensamientos: porque tienen sus propios pensamientos. Podéis hospedar sus cuerpos; pero no sus almas: porque sus almas habitan en la casa del mañana que no podéis visitar, ni siquiera en vuestros sueños. Podéis esforzaros en ser como ellos; pero no intentéis hacerlos como vosotros. Porque la vida no marcha hacia atrás ni se detiene en el ayer. (…)”

Es imposible condensar de manera mejor que en estas preciosas palabras la esencia de una relación educativa saludable. Como ya comenté en post anteriores, querido lector, el mañana no puede sino anticiparse en eso que llamé, con Bloch, “esperanza”. Tener esto claro implica, entre otras cosas, ostentar un escrupuloso respeto por quienes habitan en esa casa inalcanzable para nosotros que es el futuro. Estamos, en efecto, rodeados de puro misterio, de enigma. En este sentido, educar bien, entre otras cosas, nos obliga a comprendernos limitados, finitos. Y resulta que en la comprensión-aceptación de esta finitud que nos es propia, en su clara aceptación, como hicieron los antiguos estoicos, hay una suerte de liberación. El ser humano se relaja del peso de un universo que cree conocer muchas veces dogmáticamente, pero que apenas puede abordar con ciertas metáforas seductoras o siguiendo un débil hilo de Ariadna que se rompe a la primera de cambio. Lo malo es cuando, si nos ceñimos a la relación educativa, abrumamos a los demás con nuestras fantasías de sentido. El mensaje de Gibran es una llamada a la humilde aceptación de nuestra condición finita, entre otras cosas, y al reconocimiento de una verdad fundamental: el mañana no puede planificarse ni anticiparse, y por tanto no debemos ir más lejos que de la mera convicción de que las cosas podrían acaso cambiar. Incluso, si queremos saber de ese mañana, antes bien es más sabio mirar hacia quienes nos antecedieron, a sus esperanzas y a una “peligrosa memoria” que puede subvertir el presente, única casa que habitamos y cuyo sentido lo puede dar precisamente esta amplitud hacia atrás, que en el fondo es una manera de mirar respetuosamente hacia delante. Ésta es una idea de claras resonancias benjaminianas (o también de T. W. Adorno) que en estos días encuentro en algunos escritos de J. B. Metz, autor al que estoy leyendo. Pero Gibran no llega hasta esto, sino que se ciñe a recomendarnos que no pretendamos poseer ese mañana inaccesible, so pena de equivocarnos gravemente implicando además a otros. La educación puede convertirse, si uno cede a este lamentable hábito bastante común, en una creación de clones en la escuela, clones del maestro, del legislador, del filósofo o de quien sea. Y entonces, la vida acabará o muriendo o reventando. La sabiduría estoica nos enseña, en relación con esto, que apenas sabemos nada; de hecho, supuso una mirada a lo ético y a la praxis procedente del desencanto ante una filosofía y religión que no pudo ofrecer respuestas convincentes. Es como si el estoico, y esto tal vez haya que justificarlo en algún escrito, precisamente se volviera bueno y honrado por escepticismo (!). Me ha parecido ver algo de esto en la interpretación que hace María Zambrano del pensamiento (“vivo”) de Séneca. Para ella, creo recordar, este prudente romano se lanzó a buscar un refugio en lo existencial, a partir de lo insostenible de los sistemas omniabarcantes que pretendían saberlo y explicarlo todo. También aquí advierte Metz de un peligro del que tal vez hablemos más adelante, pero estriba en el refugiarse en una interioridad individual y quietista, una suerte de huida hacia adentro, al plano de las angustias íntimas, que alejaría de la lucha activa por un mundo mejor. Bien, quizás habría mucho que decir aquí, pero no es éste el lugar.

Lo esencial de aquello que, según entiendo, Gibran, volviendo a él, nos quiso transmitir con estas palabras que he citado consiste en que toda relación humana (o al menos con las generaciones que vienen después de nosotros, con las personas que ya han nacido y están en el mundo o incluso con las que están por nacer aún) debe ser escrupulosamente respetuosa con este hecho: que vienen después. Esto ha de generar, creo, una especial relación educativa que en algún escrito he denominado, como hace Freire, “horizontal”. Si la educación es amor, amistad, altruismo, etc., como se suele decir, conlleva esta forma de relación con los denominados “educandos”. Creo que es un educador fiel a este principio, y movido por dicha actitud, aquel que está dispuesto a aprender de sus alumnos, y aquella persona a la que el contacto con la gente joven le abre los ojos y le enseña sobre “eso” inabarcable en que consistimos todos.

Un abrazo.

sábado, 20 de octubre de 2007

Querido enemigo


He leído en la Wikipedia la entrada sobre el movimiento y religión rastafari, bastante desconocido a pesar de la moda de las trenzas rastas o la popularidad de la música reggae. En realidad, su filosofía se puede conocer a través de las letras de las canciones del cantante Morodo, por ejemplo, por decir un autor en español y que, además, tiene elementos tomados del hip-hop. La primera impresión que me da es de que se trata de una sabiduría de viejos esclavos, desarrollada por un pueblo que se ha sentido (con razón) oprimido durante varios siglos, como es el afroamericano. La religión rasta tiene un fuerte elemento profético, en el sentido de que se desenvuelve en la lucha contra la opresión, como verdad que surge en la contestación al poder tiránico que, en el caso de este pueblo, ha sido la supremacía del colono blanco, europeo. Ostentan la visión de un África como lugar utópico en el que las cosas volverán a su cauce, es decir, donde se instaurará una especie de fraternidad universal que el creyente rastafari ya vive y anticipa con su moral y su conducta. Los mantenedores de este espíritu de fraternidad, contra la brutalidad de la opresión, han sido los descendientes de africanos arrancados de la madre África y llevados como esclavos a América. La lucha contra Babilonia, como alegoría del mal, inspira a estos fieles la búsqueda de la hermandad que, con un fuerte sincretismo, toman especialmente de ciertos pasajes bíblicos que interpretan de manera particular. Para ellos el último salvador, o Mesias, es Haili Selassie, antiguo emperador de Etiopía y llamado “León de Judá”. Se trata del último de una larga dinastía de reyes negros, africanos, que supuestamente descienden del rey bíblico David, el vencedor de Goliat. De hecho, los rastafaris jamaicanos se identifican con la bandera etíope.


Me ha parecido que este movimiento profético-religioso alberga algunas verdades, dentro del ropaje con que se ha revestido y los cultos concretos que ha desarrollado. A la violencia de la opresión más cruel que ha existido, la sufrida por quienes se les negó su tierra, religiones y lenguas, responden con la dieta vegetariana, el ascetismo y la no-violencia. En esta obstinación por identificarse contra viento y marea con los ideales de fraternidad, a pesar de las bofetadas recibidas, hay, en efecto, mucho espíritu profético. Una vez más la lección llega de los márgenes, de los callejones más tenebrosos y recovecos de la historia, de una historia silenciada, pasada por alto, que se sabe pero que tal vez no se comprende. Los rastafaris nos enseñan esta, ya digo, obstinación por el bien en un mundo malo y cruel, y una fe revitalizante en que a pesar de las apariencias, la verdad, arrinconada, persiste. Ellos conectaron y conectan con esto que podíamos llamar una obstinación utópica que se ha repetido en la historia, como analiza Bloch, y que adquiere formas, en este caso, bíblico-sincréticas africanas, que crece y sobrevive bajo los palos del negrero. Esta verdad que porta el oprimido justamente por serlo. Algo así como la capoeira brasileña, que queriendo ser lucha simulada, casi se convierte en baile amoroso y rueda de fraternal unidad, según me explicaba hace un tiempo un alumno que la practicaba. Un combate que deviene en danza, en el que el peso de la prohibición y el dominio no acalla su pretensión de verdad. Dicen los rastas que la verdad es negra, no blanca, y lejos del racismo reactivo que uno podía pensar que esto implica (la posible vuelta a una tortilla que sin embargo siguiera siendo la misma tortilla), tal vez quieran decir lo que expresaba Walter Benjamin, que la verdad está en los silenciados, en la memoria de quienes han sido negados en su humanidad y acallados, de quienes han sufrido la injusticia y el olvido. Y que esa verdad significa esperanza en que será la víctima quien tenga la última palabra en el final de los tiempos, ese anhelo de justicia en que consiste básicamente la religión, según el último Horkheimer. Al menos a mí, sin ser conocedor a fondo de este peculiar movimiento de origen jamaicano, con la única orientación de Bob Marley, la Wikipedia y las canciones de Morodo, me lo ha parecido.

martes, 16 de octubre de 2007

Cuando la hoguera no arde


Jack London fue un autor prolífico que escribió relatos y novelas ubicados en los más diversos y exóticos entornos. Creo que la sombra de la locura siempre merodeó en sus obras (y en su persona), en las que describe, dentro del ciclo del Ártico, que constituye sólo una parte de su extensísima producción, aventuras en situaciones límites de soledad y peligro. Son cuentos en los que se relata la lucha a muerte del hombre contra una naturaleza hostil, contra otros seres vivos y, a veces, consigo mismo. Hace bastante tiempo que lo leí y recuerdo que me causaron una cierta impresión más allá del mero entretenimiento. Algunos relatos son muy duros. Hay uno que describe el intento infructuoso y desesperado de un hombre perdido en la nieve por encender una hoguera, asunto en el cual le va la propia vida. O un cuento en el que hay un lobo y el hombre, frente a frente, esperando a ver quién muere primero para comérselo y sobrevivir unas horas más. Hay otro sobre alguien que tras una experiencia de hambre espantosa, le queda como secuela esconder galletas compulsivamente. La visión que se desprende de estos cuentos es la de una existencia que consiste en un agotador combate en medio de situaciones extremas. La vida, literalmente, se hace supervivencia, a través de minutos arrancados al destino fatal que la amenaza. Los cuentos transmiten una visión desasosegada, ansiosa, histérica, en la que lo propiamente humano, compartido con los animales, es luchar contra el reloj, vencer a la espada de Damocles que se cierne sobre las cabezas. No es desde luego una naturaleza amable, en armonía, sino un mundo descarnado y duro. Choca esta visión frontalmente con la idealización de la naturaleza que solemos llevar a cabo, sobre todo las personas más urbanas. Según Adorno, ésta es, en efecto, la crudeza despiadada propia de la naturaleza virgen, falta de humanización, y no hay más que buscar en ella, salvo que proyectemos nuestros anhelos y esperanzas, muy humanos, en la misma. La caracterizaría una crueldad básica que cualquiera que vea escenas de caza entre los propios animales, o simplemente peleas, entiende. En cierto modo algo así fue la visión de Schopenhauer que heredaría Nietzsche, desde una valoración distinta éste último. Para Schopenhauer, vivir es, exactamente, sufrir (y aburrirse). Para Nietzsche, asumir la vida implica aceptar este mismo sufrimiento, incluyéndolo en una valoración global positiva, afirmativa, frente a la renuncia existencial de su maestro Schopenhauer. Dos consecuencias distintas de un mismo hecho aceptado por ambos: la vida en su aspecto doloroso.

Sin embargo, creo que si educamos es porque, de facto, creemos que vivir merece la pena. Desde luego resulta tendencioso, a mi juicio, soslayar que la existencia, en muchas ocasiones, es bien dolorosa y que supone una dosis considerable de sufrimiento. Como dicen los teólogos, es el precio de la finitud (explicación que, por supuesto, no justifica nada). Mas, repito, no creo que aceptar esto implique la renuncia, ya digo, a educar y defender la vida. Quizás sea cuestión de dónde ponemos el acento, pero creo que en cualquier caso, en la existencia hay un evidente aspecto trágico, a la par que un alegre gozo también involucrado en ella. La clave para este gozo estaría, además, y siguiendo algunos enfoques filosóficos, en el aspecto de relación que nos constituye, en la faceta dialógica que significa la base de toda existencia, el hecho de que necesariamente existir es existir con los demás. De algún modo, pienso que esta fue la conclusión del último Camus, que elaboró, como ya he dicho en algún post anterior, una ética desde el absurdo, una especie de heroísmo trágico (prometeico) que daría sentido a la existencia, cuando Dios ha muerto. Por tanto, un fundamento y sentido vital lo encontramos en el Otro, por el que merece la pena existir, por el que tal vez se vaya a algún sitio más que al dolor o al hastío schopenhaueriano o la afirmación individualista nietzscheana. Este elemento es el que falta en el ciclo de los relatos árticos de Jack London. Al cansancio, la nieve y las dentelladas del lobo hambriento habría que añadir, y todo cambiaría, el Otro, el Tú del que habla Martin Buber. Verdaderamente es a ese Otro al que debemos la vida, cercano y lejano al mismo tiempo, humano y humanizador. Su rostro da luz a nuestro rostro y nos salva, más allá de la hoguera que no se logra encender y la eterna ventisca.

Un abrazo.

domingo, 14 de octubre de 2007

Los molinos inconmensurables


Como señala Borges, en la percepción que los distintos y sucesivos lectores de El Quijote han tenido de los personajes y el propio entorno geográfico donde transcurre la acción, se ha dado un proceso de mitificación de lo que Cervantes pensó como realidad prosaica, vulgar y corriente. Para contrastar con el maravilloso paisaje y los lugares de la lujuriosa imaginación de las novelas de caballería, el escritor ubicó las andanzas del hidalgo en un páramo seco que para el lector de la época evocaba justamente lo contrario a cualquier novela de caballería. La llanura manchega era, entonces, lo menos parecido al exuberante entorno del Amadís de Gaula. El efecto debió ser chocante ¡una historia de caballería en los alrededores de Montiel o El Toboso! Sin embargo, el alma de los hombres, permanente constructora de mitos y sedienta de ellos, hizo de la meseta castellana del siglo XVII un paisaje de connotaciones caballerescas, que la imaginación lujuriosa y los ideales quijotescos acabarían cambiando para siempre. Lo prosaico se tornó realidad repleta de dioses, metáfora, símbolo que sustituiría en la imaginación de los hombres a las selvas y montañas de los caballeros andantes que el hidalgo quiso ser. Hoy día, los molinos se conservan como gigantes en la memoria de todos, y la desastrosa estampa del hidalgo y Sancho, suscitan mucho más que una mera imagen grotesca y fuera de lugar. La Mancha es, hoy, su hidalgo.

Y es que las personas teñimos de mitos el mundo, poblamos el páramo con nuestra imaginación y deseos. Así, un médico que quiere ser racional, una mente calculadora que diagnostica con lógica de matemático, como es el personaje de ficción Dr. House, de la popular serie de televisión, afirma que no le interesa lo invisible ni la especulación más allá de lo mensurable, hasta el punto de que desconfía de psicólogos y psiquiatras de su propio hospital (que tratan con lo que no se ve, según él). Se ubica dentro del límite de lo observable, de aquello que puede analizarse en un laboratorio, y efectúa sus diagnósticos infaliblemente, según razonamientos objetivos que eluden toda vinculación afectiva con los enfermos. Pero eso es lo que House afirma e intenta llevar a cabo. Otra cosa es lo que es realmente. El Doctor House acaba convirtiéndose no ya en psicólogo y psiquiatra, sino aún más, en un ser humano que se topa a menudo con la muerte a la que dice eludir, pero que le preocupa hondamente. Su actitud es, de hecho, una respuesta ante el propio misterio con el que debe tratar a diario. Vemos que está lleno de contradicciones y que en él los afectos tienen una importante presencia. Implícitamente, a veces reconoce lo sesgado de su estrecha ubicación dentro de los límites de lo captable científicamente y hay capítulos en los que la presencia de los enigmas de la existencia humana se hace vibrantemente constatable. House tiene, por ejemplo, un fuerte sentido ético y reacciona conmoviéndose cuando se manifiesta la infinita parcela de la realidad a la que no llega su alcance de aséptico examinador. Quiere ser un bisturí, pero el espectador se da cuenta de que es mucho más, es decir, un ser humano, rodeado del insondable universo, como todos los seres humanos. Él siente con fuerza la existencia y, aunque afirma ser un egoísta que no cree en el amor, reacciona vivamente ante los demás, con los que se va educando y viviendo.

Creo que el espectador, a veces de manera inconsciente, sabe todo esto y por eso, la triste figura del médico que no quiere saber de sentimientos acaba adquiriendo para él las redondas proporciones de un ser humano (porque Alonso Quijano nunca dejó de ser Alonso Quijano); y todavía más, adopta el magnetismo de un héroe mitológico que nos fascina en las noches de invierno. Entonces, el hospital de House es mucho más que un hospital.

jueves, 11 de octubre de 2007

Triste palacio


En las clases he recurrido últimamente a un ejemplo que viene a ilustrar el borgesiano “estar perdido” propio del ser humano, es decir, su condición de existente que se pregunta pero que a duras penas halla respuestas firmes (¡y si las halla, malo!). En realidad es una experiencia universal que, como comento en las clases, creo que en mayor o menor grado siente cualquier ser humano que no esté dormido del todo, en ciertos momentos concretos de su vida. Bien, pues el ejemplo al que me refiero es la trayectoria vital y la obra de Omar Khayam, autor persa que escribió en la Edad Media una colección extensa de poemas cortos, pequeñas estrofas, conocida como “Robaiyyat”. En ella desarrolla una problemática existencial a la que llegó debido a su biografía. Tras una vida entregada a la ciencia y el saber, descubre en la madurez que no sabe nada. Es decir, siente que las respuestas a las cuestiones más acuciantes y fundamentales no se las ha dado la ciencia, la teología o la filosofía. Entonces, escribe estos poemas, en lengua farsi, en los que expresa este sentimiento. Cito de memoria, con posibles erratas: “Viejo mundo, el caballo blanco y negro/ del día y de la noche/ te atraviesa al galope./ Eres el triste palacio/ donde cien príncipes soñaron con la gloria/ y cien reyes soñaron con el amor/ y se despertaron llorando”… Continúa más adelante: “La tierra es un grano de arena en el espacio,/ la ciencia de los hombres palabras./ Las estrellas y los siete mares/ son sombras de la nada.” Lo curioso de estas estrofas en particular es que, como tal vez sepas, querido lector, fueron cantadas por Camarón de la Isla en unas bulerías. Camarón era un cantaor de cante flamenco, un gitano andaluz, que nunca fue a la escuela. El flamenco, por cierto, es un arte musical, transmitido sin escritura, de origen popular y propio de la tradición sureña española. Tal vez poco conocido fuera de España, diré que se lo utilizó tendenciosamente como folclore y se transmitió la imagen de una música y baile superficialmente alegres y festeros. En efecto, las bulerías, estilo de cante flamenco en el que Camarón cantó estas coplas del antiguo y desencantado sabio persa, son en principio un estilo alegre, de juerga. Su baile y toque es vistoso, lleno de arabescos, y se asocia con las celebraciones. Pero si atendemos a la letra que nos ocupa, en este caso la alegría resulta algo empañada. El contraste de la música rápida y bailable, con lo dicho por las palabras, resulta impactante. Se trata de reflexiones muy amargas que se cantan en fiestas. Fiestas de vida, bodas, amistad… Pero en medio de esta celebración vital, aparece el desgarro, la honda herida que en otros palos (estilos de cante flamenco) se traduce literalmente en llantos y gritos. Es como si la alegría fuera falsa, incompleta, si olvidáramos el aspecto trágico de la existencia. Pero al mismo tiempo, el aspecto doloroso no empaña la amistad y el discurrir de la vida humana. Una suerte de dialéctica de risa y llanto cuya síntesis es la propia vida, hecha de grises. Se llega a una vieja conclusión, el carpe diem, pero un carpe diem que no ignora el dolor. De manera que, cuando Camarón de la Isla sigue cantando en las grabaciones, pues murió joven en 1992, expresa lo que se puede considerar el motor que nos mueve a vivir y a hacer filosofía, la conmoción que origina el pensar, en palabras de Jaspers, y que Nietzsche, valientemente, no quiso negar. Tenemos el desgarro que subyace a la entera humanidad, su soledad y el lóbrego silencio del universo, al mismo tiempo que la única respuesta que, mendigando el conocimiento, encontró esta doliente humanidad en el vértigo de los tiempos. Amistad y dolor, el dolor de los otros que es el propio dolor, el dolor amistoso, la espinosa rosa, el fuego que al mismo tiempo salva y mata, la tregua del amor, hijo de la pobreza y de la riqueza.

domingo, 7 de octubre de 2007

Próxima estación... esperanza.


Como tanto insiste Paulo Freire, en la pedagogía es necesaria la esperanza. La educación es una actividad que la presupone, por muchas razones. La espera activa resulta una lógica consecuencia de la natural apertura de lo humano, que en la medida en que nunca está acabado, siempre puede tornar o evolucionar en sentido más o menos novedoso. Es decir, tener esperanza se opone a la visión estática de los esencialismos que consideran todo hecho en el ser humano, explotadas todas sus posibilidades y acabada la forma que adquiere en el presente. Por eso, esperar es, de por sí, subversivo y crítico. Supone adoptar un “¿quién sabe?” que impugna lo que existe en su forma actual. Es como abrir una ventana y dejar que entre el aire fresco. En la concepción de Ernst Bloch, la esperanza es una suerte de principio por el que siempre se supone que es posible ir más allá. Esto pone en marcha, como un motor, el devenir humano. Bloch estudia distintos movimientos escatológicos en la filosofía, la política y la religión que avalan esto, aunque bien es cierto que ofrece su particular interpretación de los mismos. En el caso de la teología es posible que hubiera de completarse su visión, como dice Juan José Tamayo, pero sin duda tiene el enorme mérito de haber puesto de manifiesto la importancia de esta especie de principio que va incitando a la transformación en la historia, tanto para la teología como para la filosofía.

Si se eliminara la esperanza de manera absoluta, la historia se detendría. Por eso, la eliminación de la radical apertura de la historia y el futuro, suponen un serio peligro. Peligro de muerte, que podríamos decir. En este sentido, una pedagogía caracterizada por una ideología positivista que prime la descripción “empírica” de lo que hay, y que con la excusa de adquirir el rigor de la ciencia se limite a estudiar analíticamente el presente, sin pasado ni futuro (recordemos que el lugar propio de la esperanza es el futuro, pero un futuro que ejerce su acción benéfica y “salvadora” en el presente, un porvenir que ya se está realizando), resulta una cuestionable opción. La sacralización de la medición y la estadística podría acercarse, peligrosamente, a esto. No quiere decirse que estos valiosos instrumentos no tengan su importancia o mérito, sino que si su utilización se hace de manera absorbente, sin dejar el resquicio abierto que nosotros llamamos esperanza, pueden asfixiar no ya el futuro, sino el presente. El proceso educativo se fundamenta en la mutabilidad del ser humano y la historia, de manera que si hay educación (distinta de instrucción, según dicen) es porque todo cambia. Es en la fe de que existen nuevas e insospechadas posibilidades para lo humano, en que habría de concebirse una educación que fuera algo más que socialización. En realidad, la apertura siempre ha estado presente, en todas las culturas, pues no se sabe de ninguna que no cambie (Lèvi-Strauss). La historicidad del ser humano es, precisamente, esto. Por tanto, cuando se propone insuflar esperanza en la pedagogía se está propugnando la introducción en ella de un sano optimismo que no es, en absoluto, ingenuo (“en las nubes”), sino que partiendo de la realidad dinámica propia del hombre y su historia, apueste por un futuro que ya interviene en el presente, mejorando las condiciones actuales. Así entiendo que es posible decir de la educación que perfecciona o mejora. Frente a la cerrazón de las descripciones fatalistas ancladas en un presente estático, propias de un cientificismo corto de miras, estaría la más amplia visión en la que la ciencia incluye en sí misma un sano escepticismo que implica la esperanza en un futuro posible y mejor. O sea, lo distinto introducido en lo conocido.

La esperanza, pues, se cimenta en la conciencia de lo inaprensible de la vida, en su carácter inabordable, en última instancia. Y lejos de angustiarnos ante una tarea que tiene tintes de infinitud, es aquí donde encontramos la fuerza para seguir educando; en la convicción de que siempre habrá una próxima estación que, como dice el cantante Manu Chao, es la “esperanza”.

jueves, 4 de octubre de 2007

El horror y las tinieblas


Ya han comenzado las clases, apenas el primer contacto con los grupos. Pero aunque he entregado los programas de las asignaturas que voy a impartir, continúo con mi repaso mental de las películas o ejemplos utilizables en las clases. Esto es una labor lenta y placentera, que ha de llevarse a cabo sin prisas, y en la que al mismo tiempo me esfuerzo, activamente, en pensar las escenas, imágenes, recuerdos que pueblan mi mente enclavada en el cinematográfico y televisivo siglo en que nos movemos. Y, también, a veces sucede que son las imágenes que vienen casi solas. Así, a menudo, yo busco (o me busca) la película “Apocalypse Now”, de Francis Ford Coppola. No la he explotado hasta ahora demasiado en las clases, pero desde luego, merece la pena tenerla muy en cuenta. Lejos de ser una clásica película de guerra, es un filme del “género filosófico”, podíamos decir. De extensa duración y ampliada en una reciente versión, se basa libremente en la novela “El corazón de las tinieblas”, de Conrad, tratándose en realidad de la misma temática, pero con el lenguaje de la segunda mitad del siglo XX, de los años 60 y 70, para ser más exactos. A partir de un argumento sencillo y con la acción transcurriendo en la jungla, en el Vietnam en guerra e invadido por EEUU, narra un perturbador viaje de unos militares norteamericanos hacia el interior de la selva, subiendo el curso de un río, para dar con un alto mando del propio ejército invasor y eliminarlo, porque daba, según el Estado Mayor, muestras de haberse vuelto peligrosamente loco. Éste es Kurtz (Marlon Brando), un misterioso personaje que sólo aparece en la última parte de la acción. No sólo en su caso, sino en casi todos los alocados y extravagantes personajes que van apareciendo, en un clima onírico y surrealista, se va manifestando, in crescendo, una dolorosa verdad: la locura de todos ellos, en el fondo, no es sino la continuación de las líneas maestras que rigen la guerra y el dominio entre los seres humanos. Por eso, Kurtz no sólo no está loco, sino que es el personaje más coherente y consecuente con las inercias que han producido la guerra. Es decir, a partir de lo normal en nuestro mundo, de una lógica asumida como algo natural y que subyace a la política y a las relaciones entre naciones e incluso entre personas, puede haber sólo un ligero paso que conduzca al horror.

Las imágenes de la película son impresionantes, impactantes; quedan como un eco en el inconsciente y generan sentimientos que van de la náusea a la risa, el miedo o la pena. Toda la película la resumen las últimas palabras que se oyen (no concreto más para no destrozar el suspense): “el horror, el horror”. En efecto, se intenta explicar el horror como algo cercano y doméstico. El temor de sobrepasar la cordura en cualquier momento y de que surja la locura y se desborde el caos invadiéndolo todo es constante y aumenta según el barco que surca el río se adentra en la selva (el corazón de las tinieblas, claro). La lógica de la guerra es la muerte, y todo lo demás es, según Kurtz, doble moral y mentira que pretende disfrazar esta verdad. Se desprende de él un amargo nihilismo que no es sino una sinceridad brutal. Kurtz se ha vuelto loco no por haberse desviado, sino todo lo contrario, por haber sido un buen soldado en una guerra atroz. Y por haber sido incapaz de engañarse. Para él no hay futuro ni esperanza. Las ruinas donde se ha refugiado con su ejército de seres que parecen estar ya muertos, como extravagantes y salvajes zombis, huelen a malaria. Hay cabezas decapitadas por todas partes, en el suelo o clavadas en palos. Porque tal vez supieran esos “zombis” que por ahí andaba precisamente el mal, en las cabezas carcomidas por la lógica de la guerra, y en un intento compulsivo, tal vez desesperado, las amputan a los enemigos para salvarse.

Es, sin lugar a dudas, una película que hay que ver con cuidado, que transmite una desesperación y un miedo hondo, atávico, inconsciente, que en el fondo es una sabiduría y una verdad que cuesta mirar a la cara en nuestras pulcras y televisivas sociedades.

Un abrazo.