jueves, 29 de noviembre de 2007

¿Qué mundo es el primero?


Estoy leyendo a Jon Sobrino, un libro de título llamativo: “Fuera de los pobres no hay salvación. Pequeños ensayos utópicos-proféticos.”, publicado este año. En su primer ensayo-capítulo expresa la necesidad, presente también en Ellacuría, de “hacerse cargo de la realidad”, lo cual quiere decir, de su negatividad, del lastre de muerte que arrastra. En efecto, como muchos han resaltado y como los datos reflejan ineludiblemente, vivimos en un mundo que mata, que mata injustamente. Dice el teólogo vasco-salvadoreño, respecto a esa plusvalía macabra que produce la realidad social contemporánea: “A esa muerte, producto de la injusticia, acompaña la crueldad, el desprecio y, por otra parte, el encubrimiento.” Además, subraya, al pueblo que padece se le invisibiliza, o sea, se le ningunea. Según cuenta, había dicho Ellacuría que “el pueblo crucificado es como un espejo invertido en el cual, al verse desfigurado, el Primer Mundo se ve en su verdad, que intenta ocultar o disimular.” Algo similar, creo, al efecto literario producido por Kafka, que prácticamente nos arroja a la cara nuestra podredumbre. Es decir, el Tercer Mundo cuenta verdades, verdades incómodas. Pero me ha impresionado en el texto del teólogo la descripción de algo que avala mi modesta experiencia y la de muchas otras personas que he conocido. Se trata del efecto que el denominado Tercer Mundo ejerce en los europeos que viajan o hemos viajado a esos países. La experiencia es similar al despertar de un sueño, de manera que todo a la vuelta se torna, en la realidad de procedencia, irreal, y es esa verdad, por llamarla así, expresada y vivida en el Tercer Mundo la que ocupa el lugar que le corresponde, o sea, el de la realidad. El Tercer Mundo te regala con algo. Eres objeto de una generosa donación, sin arrogancia, que llega con la naturalidad de lo auténtico. Percibes que hay una riqueza que anda por allí y de la que se carece en el mundo rico, el mundo en que tenemos todo lo material cubierto. ¡En realidad, quienes malvivimos existencias precarias somos los primermundistas! Cita Jon Sobrino a un cierto clérigo que decía a los brutales encomenderos, tras echarles en cara los horrores que cometían con quienes también eran personas: “¿Cómo estáis en sueño tan letárgico dormidos?”. Y ésa es la sensación, en efecto, que uno tiene al regresar a la opulenta y autocomplaciente Europa. La de que caminan sonámbulos por sus calles. Es una sensación muy difícil de explicar, que he visto (o creído ver) reflejada en el cine cuando en cierta escena de “Diamante de sangre” alguien que procede del horror de las guerras civiles africanas, se detiene en una rica calle de Londres, ante el escaparate de una gran joyería. El Primer Mundo, entonces, parece un sueño, y todos, en efecto, "duermen" en el Londres de las tiendas de lujo.

Paradójicamente, y sin que esto suponga una exaltación romántica de la pobreza, ni extravagante idealización de lo horrible, en los pobres se puede encontrar una sabiduría y verdades imposibles de reconocer en la opulencia. Dice Sobrino: “en contacto con el Tercer Mundo muchos encuentran ‘algo’ que no encuentran en el mundo de la riqueza, y ese ‘algo’ es de una calidad humana superior al que éste produce.” Tal vez sea esa extraña mezcla antitética de muerte y vida, ambas con una intensidad casi insoportable. Es en medio del horror cuando los seres humanos se encuentran con los seres humanos, desarrollan una voluntad de vida y de compartir que, curiosamente, cuando nadamos en la abundancia no olemos siquiera. Así se ha visto en los refugiados de Rwuanda o supervivientes de las guerras y las masacres de Centroamérica, entre muchos otros sitios. Porque Autschwitz perdura y continúa sucediendo, constantemente. De manera extraña, justo ahí, cuando todo debería dejar de tener sentido, cuando la vida se torna supervivencia, se encuentra lo mejor del ser humano (se encuentra el ser humano).

Añade Jon Sobrino: “El lugar en que convergen como por necesidad profetismo y utopía es el Tercer Mundo, donde la injusticia y la muerte son intolerables, y donde la esperanza es como la quintaesencia de la vida.” Allí reluce la esperanza que nosotros, ahítos de nuestras bacanales, perdimos.

Un abrazo.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Dos revelaciones nocturnas


Una figura enormemente atractiva de la historia del pensamiento es Pascal. Éste, de manera opuesta a Descartes, es conducido por la ciencia no a la certidumbre, sino a la inquietud existencial. Como es sabido, Pascal fue un gran científico, precoz, que en un principio llevaba la trayectoria de Descartes, quien era mayor que él. Ambos, como señala Hans Küng, tuvieron dos respectivas revelaciones, en sendas noches, unas horas de nocturna lucidez de esas en que parece resplandecer, con sencilla obviedad, lo que tanto se andaba buscando. La revelación de Descartes, en una fría noche de noviembre, fue el descubrimiento de una columna sobre la cual edificaría un sistema filosófico y racional, aplicando la duda metódica para empezar de cero (supuestamente), un sistema en el que se fundamentaría racionalmente el mundo a partir de la duda y pasando por la certidumbre del cogito. No debió parecerle poco al sabio porque prometió, y lo cumplió, llevar a cabo una peregrinación al santuario de Loreto, creo que en Italia. Desde la base de un yo claro y evidente justificó un Dios que, a su vez, le sirvió para justificar el mundo: la realidad, bondad y perfección del mundo.
Menos suerte tuvo el bueno de Blaise Pascal. Éste no encontró en las certezas del yo o la razón la justificación de Dios ni consuelo para la existencia humana. El Dios de los filósofos, el divino sustentador del universo ex – machina de su maestro Descartes, no satisfacía su angustia existencial, y por tanto, su revelación particular fue por otros derroteros. En otra noche de noviembre, varios años después de la noche cartesiana, Pascal vino a descubrir que sólo un Dios cristiano, es decir, un Dios humano que responde a humanas inquietudes podía consolar su vacío. Antes, había escrito: “el silencio eterno de estos espacios infinitos me espanta.”, porque la ciencia, lejos de asegurarle la existencia y un sentido o certeza vital, le había inquietado profundamente. Con el infinito el horror también se hace infinito. Lo que la física, las matemáticas o la química le descubrían no era, precisamente, una realidad suave, abarcable, un manso trono para que reine el hombre, sino, antes bien, un brutal destronamiento. La ciencia lo corroía. El descubrimiento del vertiginoso mundo de lo minúsculo, tanto como el mundo de las enormes distancias y leyes cosmológicas, situaba al hombre en su miseria, como “gusano” cuya única grandeza es la de saberse miserable, miserables él y su orgulloso instrumento la razón descarnada. Pascal nos remite, pues, a una grandeza humana que consiste, precisamente, sólo en saber hasta qué punto no somos grandes y en conocer los límites del instrumento de conocer.
Dos maneras de entender y abordar la existencia humana. Merece la pena reflexionarlas. Descartes, tal vez, sobrevalora la ciencia y la razón; o, mejor, calla los aspectos que éstas no cubren. Por eso su Dios no responde a las necesidades vitales de los hombres “pensantes”. Mientras que para Pascal, la justificación de la existencia pasaba por una apuesta por el Dios que ofrece un rostro humano, propio del cristianismo, que sí responde a los anhelos más íntimos y humanos. Sólo así, sintió, se podía cubrir el vacío no cubierto por la ciencia racionalista, que en el fondo es lo que más nos interesa cubrir. Sobre todo esto no dejó escrito un sistema filosófico, ni siquiera una obra acabada, sino que apenas unos papeles descubiertos tras su muerte, parece que en el cajón de la mesita de noche. No había cumplido cuarenta años. Los papeles han pasado a la historia como los “Pensamientos”, una de las lecturas más inquietantes que pueden hacerse y que tuvieron la virtud de irritar tanto a ateos como a creyentes.

Un abrazo.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Un autor que no pasa de moda


Recuerdo una vez que alguien me impulsó a rectificar, amablemente, una opinión que expresé en una conferencia que dicté acerca de la tolerancia. Este buen amigo, una vez concluida la charla, me comentó que Erich Fromm, contra lo que yo había dicho en algún momento de mi exposición, está de actualidad. Es un hecho que sus libros se venden con facilidad, que es reeditado continuamente y que se elaboran trabajos y tesis doctorales sobre el mismo. Sus teorías son sugerentes y constituyen un buen instrumento para aproximarse a los fenómenos de fanatismo e intolerancia en las sociedades actuales. En efecto, al margen de su mayor o menor relevancia hoy día, creo que en Fromm tenemos un autor cultísimo, de muy buena prosa, que aúna distintas corrientes que van del ámbito de lo religioso a la filosofía, sociología y psicología. Yo lo suelo comentar e incluir en las clases que imparto sobre tolerancia y filosofía de la educación. Es un paso previo para la correcta comprensión de experiencias educativas como la escuela Summerhill o la pedagogía liberadora del genial educador brasileño Paulo Freire. Pero no sólo le interesa a futuros pedagogos o maestros, como son mis alumnos, sino a cualquier persona interesada en los asuntos humanos. Fue un autor tildado de conservadurismo por Reich o Marcuse, con quienes comparte la denominación de freudomarxista, que diluyó el eros o sexualidad en el amplio y difuso ámbito de la cultura, alejándose de la genitalidad presente en la visión presentada por Reich y concediéndole mayor importancia a la satisfacción sublimada y mediatizada de las pulsiones vitales. Lo específicamente humano es satisfacer las necesidades culturalmente.

Según Fromm, el cambio social viene dado por una transformación de las estructuras sociales y, al mismo tiempo, de la psique humana. Es el énfasis en esto último lo que lo caracteriza en especial. Sostiene que la configuración de la economía es capaz de reproducir personas cuyo carácter se acopla a las necesidades de los sistemas económicos, o sea, nuestro mundo capitalista nos configura como individuos consumidores en una confusión entre tener y ser que sugiere una criticable receta para la felicidad: a mayor posesión de bienes y cosas, mayor felicidad. Es la asunción de esta receta, creída e interiorizada, la que origina que además de consumir y mirar escaparates, seamos profundamente infelices. El origen de la neurosis es, por tanto, social. La sociedad enferma (o sea, no acorde con las auténticas necesidades de realización humana) nos hace enfermos. Esta enfermedad es descrita con el concepto de resonancias marxistas de alienación o enajenación, que no es sino el estado en el que el sujeto se deja llevar, inconscientemente, por los deseos y “órdenes” del propio sistema económico; por lógicas ajenas, en definitiva. Esta asunción de lógicas ajenas es facilitada y preparada, a su vez, por en atávico miedo a la libertad que sienten los seres humanos en su desarrollo. Esto quiere decir que, a lo largo del proceso de individuación, o conversión en sujeto adulto, separado del medio y responsable, por el cual nos hacemos capaces de analizar objetivamente y decidir autónomamente, podemos sufrir un pánico que se resuelve en retrocesos a los estadios de inmadurez previos, en los que las personas viven fusionadas con su medio. Esto explicaría, por ejemplo, el nazismo, las sectas, el fundamentalismo, etc. Se trataría, en suma, de la incapacidad para ser libres. Pero existe una manera de resolver este miedo sanamente, que es el amor, tal como lo define Fromm: un vínculo con los otros que no resulta enajenante, antes bien, supone una activación y mejora de la propia personalidad, un desarrollo ni solitario ni dependiente o pasivo, sino activo y en relación con el otro diferente.

Bien, sin habérmelo propuesto, resulta que he hecho una síntesis de las teorías de Fromm, que, al menos, puede dar una idea de su pensamiento, entre lo social y lo psicológico-individual. Espero no haberlo traicionado en exceso. Deseo decir ahora que, al margen de algunas simplicidades que pudieran verse en él, influencias de autores discutibles o de ciertas religiones, creo que merece la pena leerlo, en especial durante la juventud, para quienes deberán a fin de cuentas, enseñar a ser libres. Los educadores pueden tener en él una cierta orientación para enfocar la libertad, el crecimiento, la salud, todo eso que pretendemos cuando educamos. Fromm nos previene, además, de ciertas patologías en las relaciones humanas, también en la relación educativa, cómo no. Tal vez no haya que detenerse sólo en este enfoque del autor freudomarxista, pero sí es cierto que puede ser un buen comienzo para el “vuelo intelectual”. Numerosos alumnos míos (no todos) han disfrutado con su lectura, les ha hecho pensar, cambiar o ampliar su perspectiva y, sobre todo, prevenirse de algunas peligrosas tendencias existentes en nuestras sociedades, unas sociedades que nadie en su sano juicio podría calificar de humanas, felices o sanas. Desde luego, es difícil definir y manejar conceptos como “humano”, “salud” o “felicidad”, pero que algo anda mal en nuestro mundo (llámese como se quiera) salta a la vista. Erich Fromm no fue pesimista; al contrario, sus textos rebosan optimismo (casi ingenuo optimismo), pero no pudo silenciar lo evidente, como creo que tampoco debemos hacerlo nosotros. Es, si se quiere ver así, una tarea obligada.

Un abrazo.

lunes, 19 de noviembre de 2007

La seducción de Kagemusha










Hace unos días he visto la película Kagemusha: la sombra del guerrero de Akira Kurosawa. Cuenta la historia de un bandido que es salvado de la pena de muerte para asumir la función de doble de un importante general. Cuando éste es herido en una batalla y muere, los oficiales subordinados, jefes de un ejército que controla una amplia zona de Japón y que tiene sometidos a otros territorios, deciden que el bandido finja durante dos años que es el original, ocultando durante ese tiempo la muerte del guerrero. Al principio el doble elude esta misión, pero cuando es abandonado a su albedrío, decide volver a la corte de los generales y colaborar con el plan, fascinado por la noble tarea que va a ejecutar y la aristocrática solemnidad del personaje que debe emular. De lo mucho que sugiere esta excelente narración cinematográfica, deseo destacar un aspecto: esta absorbente y magnética relación del doble con su modelo. Éste es ocultado, una vez muerto, en una gran tinaja, y es el cadáver del gran guerrero visto por su despavorido doble por casualidad el que ejerce la potente atracción. El gran general muerto y encerrado en la tinaja en posición sentado, se le asemeja a un enorme demonio, una figura hierática, de gesto aterrador y detenida en su solemnidad, fiel reflejo corpóreo de una sobrehumana divinidad procedente de los sueños, o, más exactamente, de las pesadillas de los hombres. Es esta visión, junto con el recuerdo de la corte y las maneras de gran guerrero que el doble debió aprender con anterioridad, reprimiendo sus risotadas exageradas y maneras vulgares, lo que ejerce esa fascinación de que es víctima, y que explica su vuelta para asumir del todo el papel que le había poseído fatalmente. El pobre bandido resulta conmocionado por el porte y la conducta, sobrehumana, que debe adoptar para fingir bien su papel. En las batallas debe mantenerse sentado estoicamente, en medio del terror de las matanzas y el peligro de muerte, impávido, como una estatua impasible e inmóvil, confortando así a sus soldados y manteniendo la calma justo cuando el pánico golpea a los combatientes. Debe situarse en un plano superior, elevado, paterno. Así, el papel le obliga a comportarse como algo superior. La influencia del teatro nô de la élite cortesana japonesa, con matices de contención budista, es patente a lo largo del filme. El doble es, en efecto, obligado por sí mismo a anularse como persona, a contener sus sentimientos y a adoptar una pose y maneras propias de un héroe épico, de un modelo adorado y querido por los soldados y los hombres de sus dominios.

Pueden hacerse varias lecturas de este acontecimiento que muestra la película, de esta metamorfosis que consiste en la conversión en la máscara que uno representa. Los seres humanos, en efecto, adoptamos modelos y actuamos, en gran medida, por imitación. Pero estos hieráticos modelos de la aristocracia aparecen envueltos en un halo de sacralidad que impulsan a la adoración. Resulta impresionante contemplar los movimientos del gran guerrero original cuando, vivo y real, dirige a sus soldados. Así, las grandes figuras nos seducen con una magia irresistible y ajena, alejada de lo cotidiano. Son visiones falsas, en la medida en que ningún hombre es exactamente el gran general que se presenta en ellas, que pueden cegar a quien las contempla y a quien las representa. Estas peligrosas estatuas en las que la vida parece ralentizarse, como de hielo, de envidiada elegancia, son imitadas y deseadas. Llenan, también, nuestros sueños y surgen, a veces de forma espantosa, en los lagos apacibles, como la figura que martiriza a su doble como venida de otro mundo, como un dios de viejas mitologías, y que trastorna al pobre bandido que se identifica con ella, queriendo ser ella para servirle. Y en esta servidumbre resulta muerto. La tarea ocupa completamente su persona, como una posesión, y siente que es parte de algo grande, de mayores proporciones que la vida corriente. Por eso sacrifica todo. Su vida miserable, a la luz de tan poderosa esfinge, parece cobrar importancia y merecerle la pena. La persona real se va ocultando, desapareciendo en un holocausto suicida dedicado a la divinidad que reina entre los samurais, el temible general que en vida soñaba con conquistar la capital Kyoto. Y la vida deja de serlo para ser, antes bien, epopeya, la epopeya que cubre la vida de un vulgar ser humano.

En la película se evidencia la peligrosa trampa que esconde todo este sacrificio. La seducción de la guerra acaba matando al propio guerrero y Kagemusha, en el fondo, no es más que una sombra. Porque no es humano, ya ha dejado de serlo. El espectador del filme puede preguntarse si tal sacrificio merece la pena. Hay autores que han buscado motivos psicológicos, o de otro tipo, en estas brutalidades cotidianas, en estas transformaciones de nigromante, en este aristocrático forzamiento de la realidad y auto-negación. En el altar humeante del dios al que sacrificamos todo yacen calientes los restos de la persona sacrificada. Los motivos de esta seducción alienante pueden ser muchos pero desde luego una cosa aparece clara en la película: en todo ello hay una cierta muerte de lo humano, una suerte de suicidio. En este sentido, la pretensión de que la existencia humana es una representación que obedece a un magnífico guión de dioses olímpicos es una creencia asesina. A veces, los hombres, que no soportan su vida corriente ni ser simples seres humanos, intentan transfigurarse extrañamente en lo que no son, y para eso, inventan que hay hombres mejores que en el fondo sólo son sombras de la nada. A estas sombras las siguen, hondamente fascinados, como los ratones de Hamelín, a un futuro que ¡Ay!, ya deja de pertenecerles.

Un abrazo.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Paradojas que matan


Albert Camus estaba especialmente preocupado por los derroteros que las revoluciones podían tomar, por sus contradicciones y paradojas. Los discursos a menudo engañan, pues sugieren una cosa cuando en realidad se está practicando otra. La dialéctica impregna las palabras, de manera que puede ocurrir que los conceptos grandilocuentes encubran precisamente una realidad o intenciones contrarias. Esta ambigüedad del ser humano fue resaltada, entre otros muchos, por Freud, que enseñó, como buen maestro de la sospecha, a recelar de las apariencias. Por eso, un movimiento político o religioso que se plantea un bien concreto para una comunidad humana o, sencillamente, para la humanidad entera, pongamos por caso unos luchadores que pretendan buscar, y lo afirmen, la justicia, pueden estar hundiéndose en el abismo y hundiendo a otros. Unas veces por ignorancia, otras por efecto de oscuros mecanismos psicológicos relacionados con la aceptación de la libertad (Fromm), o tal vez por rabia pura y dura. Es el caso de los terroristas que nos presenta Camus en su pieza teatral Los justos. Lo importante en ella es ver hasta dónde puede llegar una persona convencida de la bondad de sus ideales. Éstos, los ideales, pueden cegar y ofuscar, en efecto, el entendimiento. Una idea “liberadora” puede pesar tanto que no sólo no libere, sino que oprima. Para que esto no ocurra, podría funcionar mirar a los ojos a quien se pretende sacrificar, pero para cuando se ha decidido la matanza quizás sea tarde. Todo se precipita en un remolino de muerte, en un baile macabro donde vence el más fuerte.

Camus nos sitúa en la Rusia del XIX, donde un grupo de revolucionarios planea un atentado contra un pariente del zar. Se dan algunos intentos, el primero fallido debido a la presencia de niños en la carroza que debía volar por los aires. Los rebeldes discuten y razonan. Unos de ellos, lleno de odio, afirma que los niños de hoy pueden y deben sacrificarse por los niños de mañana. No se molesta en mirarles a los ojos. ¿Cómo matar a la misma humanidad que se pretende liberar? La contradicción les abruma, discuten y otro personaje, menos conducido por el odio, pero implacable razonador, decide: la humanidad del futuro merece el sacrificio de la humanidad del presente. Y matan. Lamentablemente, la muerte se desata, la vida deja de importar y el bienintencionado razonador acaba aceptando su condena a muerte. En la víspera de la ejecución, alguien le recuerda que por encima de todo, cuando se mata, se mata a una persona. Supongo que las justificaciones de un verdugo no tienen fin, y que incluso en la otra vida, el benefactor seguirá buscando y creyendo a ciencia cierta las razones que lo llevaron a matar. Pero Camus, tan implicado y valiente en asuntos de ética, lucha contra el nazismo y en la búsqueda y anhelo de justicia, no aprobó esta conducta de los exaltados rusos. Es algo parecido a lo que narra, con mucha mayor hondura y finura psicológica Dostoyeski en su novela Los demonios, cuyo comentario inauguró el presente blog. Éste, también ruso, sabía bien de qué hablaba. Como personas profundas y buenas que eran, les inquietaba el mal que puede llegar a hacerse en nombre del bien. Estudiaron, por tanto, las razones, psicología y conducta de los que para salvar al hombre matan al hombre, y nos dejaron auténticos monumentos literarios y filosóficos donde expresan y narran sus conclusiones. A la pregunta, planteada por la obra Los justos, de cómo son capaces incluso de matar niños en nombre de la justicia y la libertad, la respuesta de Camus es espantosamente sencilla: no los miran.

Un abrazo.

jueves, 8 de noviembre de 2007

La vida de los otros


La vida de los otros es el significativo título, que merece recalcarse, de la excelente película alemana ganadora del oscar 2006 a la mejor película de habla no inglesa. Su protagonista es un capitán de la Stasi (policía política de la antigua RDA) que hace su trabajo con eficiencia, convencido del deber moral y político que le mueve a detener, espiar e “interrogar” a los elementos subversivos, o sea, a los oponentes a un gobierno que administraba el paraíso en la tierra, el cielo de los trabajadores. Él cree en esto y por ello se toma con profesionalidad la misión de investigar a un artista “subversivo”. En tales lares, subversivo era cualquier persona que supuestamente manifestara inclinaciones “capitalistas”, pro americanas, lo que quería decir en realidad cualquier ciudadano discrepante o crítico, que por tanto era considerado enemigo. Todo lo que se saliera de las interpretaciones o decisiones gubernamentales era combatido y perseguido tenazmente. La realidad era que, como presenta el filme, aquella "estación terminal" de la historia era una asfixiante dictadura, corrupta, y en la que se mantenían los privilegios para algunos, existiendo una compleja burocracia estatal que controlaba todo y vigilaba continuamente a sus súbditos como un Gran Hermano. Se dice que uno de cada cuatro o cinco ciudadanos era espía de sus propios conciudadanos. Pero a lo largo de la película (evitaré dar detalles para no destrozar el suspense) se produce un curioso proceso personal en el eficaz agente. Debido al seguimiento de los movimientos y a la escucha de todas las conversaciones de los artistas espiados, se puede decir que toma conciencia, abre los ojos. El contacto con los “otros” le cambia la mirada, por lo que éstos se transforman de enemigos en personas. Este contacto, sin que sus espiados lo supieran, le obliga a cuestionarse su oficio y el paraíso igualitario al que servía. Le descubre las evidentes mentiras de un régimen cuyo único objeto era autoperpetuarse y que jugaba cínicamente con las ilusiones utópicas y las palabras. Descubre nuestro confundido capitán que había vivido engañado hasta el momento, y cambia, a pesar de jugarse la carrera y el prestigio con ello, en un acto de heroico arrojo. Es, por tanto, la historia de una suerte de “conversión” que me ha venido a la memoria al leer algunos pasajes del teólogo Metz sobre la necesidad de ser interpelado por el otro, por su rostro. Según él, es precisamente esta radical heterogeneidad, o sea, lo fundamentalmente distinto a nosotros lo que nos descubre quiénes somos. Quiero decir, frente a la idea de dominio a la que subyace una visión monocéntrica del mundo, se propugna una coexistencia, mutuamente enriquecedora, con el diferente; hablando en plata, justo con quien tenemos poco en común, con quien se expresa en lenguas extrañas, profesa religiones distintas o incomprensibles herejías. Es precisamente el contacto con lo poco o lo casi nada parecido a nosotros lo que nos hace crecer, desde una mentalidad de encuentro y no de conquista. Sin buscar en el otro nuestro mismo dolor, nuestras mismas pasiones o, sencillamente, nuestros propios rasgos, precisamente por su lejanía puede aproximarnos a una mejor realización de lo propio. El otro nos rompe los esquemas y hace, también, que se tambalee nuestra seguridad. Por eso se le teme. Más allá de simple mano de obra barata o inmigrante, por ejemplo, el otro es persona que ejerce su magisterio en nosotros, aunque esto, como digo, es difícil de asumir por algunos. En este sentido, se puede interpretar el racismo y la xenofobia como una proyección de cierto odio a sí mismo o por la vida, en cuanto cambio y movimiento, según dicen algunos psicólogos. Y es cierto. Nos morimos en un estulto suicidio si nos falta la bocanada y el aliento del otro, su clamor, su dolor. El otro nos descoloca, nos inquieta, nos asusta, pero gracias a su continuo desafío nos mueve. Sitúa nuestras menudencias como lo que son, es decir, como menudencias, nos recuerda que no regimos nosotros el mundo y que tenemos mucho que aprender, como personas, como pueblos o como civilización. El dominio, en cambio, es ciego, ignorante, monótono, aburrido. Como recuerda también Metz, esto último es lo propio de las visiones fundamentalistas, de cualquier color, que se resisten a abrir las puertas a lo diferente. Falta en ellas el viento que oxigena y la necesaria interpelación cuestionadora. Así pues, no se trata de integrar al otro en cuanto extensión de uno mismo, que es lo propio de la lógica del poder, sino de amar al otro en cuanto extraño. Su rostro es otro rostro, su clamor y sus dolores son otros, pero nos desafían y se dirigen, exactamente, a nosotros. Gracias a estos dolores ajenos que hacemos dolorosamente también nuestros, por ejemplo, se descorren los velos que nos impiden ver, se nos abren los ojos, se derrumban las falsas seguridades y felicidades, a veces tan contradictorias y peligrosas, y el mundo se nos manifiesta un poco más como verdaderamente es.

martes, 6 de noviembre de 2007

Sobre los desastres


¿Puede tener el hombre algo que ver con los desastres originados por un huracán? ¿Es algo fortuito, imprevisible, irremediable? Acerca de la formación de huracanes, resulta de actualidad la posible relación con el efecto invernadero, con lo que el origen humano es evidente. Pero a la hora de analizar las muertes, quiénes mueren, hay otra espantosa evidencia de la culpabilidad humana en ese asunto y que suele pasar más desapercibida. En relación con esto, cito tres noticias recientes aparecidas en el diario El País, el de mayor divulgación en España.

“Por su parte, el ex - candidato presidencial [en México] Andrés Manuel López Obrador indicó que la catástrofe de Tabasco se ha debido también a la corrupción de los últimos gobernadores del Estado. López Obrador rehusó mencionar los nombres de los últimos gobernadores, los priístas Roberto Madrazo y Manuel Andrade, pero indicó que la corrupción ha sido ‘devastadora’. ‘Esa entidad [el estado de Tabasco] cuenta con la renta per cápita más importante del país. Y éste no se ve reflejado en ninguna obra hidráulica para evitar las inundaciones. ¿Dónde fue a parar todo ese dinero? ¿Se han enriquecido a costa del sufrimiento de la gente de este Estado?’, indicó. El líder de la oposición afirmó que en los últimos 25 años no se construyó una sola presa en Tabasco.

Los ecologistas de Greenpeace también consideran que la tragedia se pudo haber evitado. ‘El gobierno no ha aplicado políticas preventivas. No ha habido fortalecimiento de infraestructuras en una zona susceptible a las incidencias de los huracanes’ señaló Jorge Escandón, coordinador de Clima y Energía en Greenpeace de México.”
EL PAÍS, 3-11-07

“Las inundaciones que ha sufrido el estado mexicano de Tabasco esta semana y que han afectado a un millón de personas se pudieron haber evitado, según indicó ayer Sálvano Briceño, director de la Estrategia Internacional de Reducción de Desastres de la ONU. Briceño explicó en un comunicado que las tormentas ‘son uno de los fenómenos más fáciles de predecir’. Y para prevenir el desastre bastaba, según el funcionario de la ONU con aplicar medidas sencillas y baratas como los sistemas de alerta temprana, la evaluación de riesgos, los planes de desalojo, educación a la población vulnerable y la planificación del uso de tierra.
También el gobernador del Estado de Tabasco, Andrés Granier, subrayó que podrían haberse evitado muchos daños si se hubiera afrontado diversas obras hidráulicas. El presidente del Gobierno, Felipe Calderón, indicó que los sistemas hidráulicos que solicita el gobernador tendrán prioridad en los presupuestos del gobierno.”
EL PAÍS, 4-11-07

El domingo día 4 permanecían refugiados en los tejados y aislados unas 100.000 personas. Se calcula que unos 30-40.000 han perdido sus hogares. Al espanto y la impotencia de ver cómo el cielo, literalmente, se desploma sobre casas y personas, los terribles corrimientos de tierra que en segundos se tragan todo, se suma otra evidencia: los más perjudicados, con diferencia, son las clases más humildes, las chabolas, y los barrios pobres, situados en las zonas peligrosas, en ciudades y campo. ¿Por qué siempre pagan los mismos? ¿Por qué sufren los que menos culpa tienen? Lo peor del horror es que, generalmente, es un precio de culpas ajenas, pagado por los inocentes. ¿Por qué? ¿Hasta cuándo?

viernes, 2 de noviembre de 2007

Blade Runner. Un pasado preñado de futuro

Gustosamente iré a ver la película Blade Runner, que va a ser reestrenada en los cines. Es una joya de las que cuanto más se miran, más dicen. Se trata de un filme futurista, una tenebrosa antiutopía de extraordinaria riqueza que se presta a interminables glosas y comentarios. De hecho, en Internet circula abundante información sobre ella y existen numerosas webs dedicadas a la misma. Durante varias décadas ha suscitado la admiración incondicional, y yo me cuento, desde luego, entre quienes no cesan en su fascinación por esta maravilla cinematográfica. En efecto, de ella se puede decir muchas cosas. Utilizada, con motivo, en clases de filosofía es, como digo, una suerte de antiutopía que advierte y previene sobre ciertos peligros asociados a nuestras sociedades. Presenta un apocalíptico futuro en el que Los Ángeles es una urbe de eterna oscuridad y lluvia, por cuyas ajetreadas calles circulan las más variopintas razas, lenguas, religiones, etc., en un caos de escaparates y luces de neón, bajo la vigilancia de patrullas aéreas de policía. Precisamente, el protagonista (Harrison Ford) es un Blade runner, policía encargado de perseguir y aniquilar “replicantes”, que son personas de gran vigor e inteligencia fabricadas por ingeniería genética para realizar trabajos duros. Los replicantes son seres sin recuerdos y con una breve vida de cuatro años. Tienen prohibido acceder a la Tierra, pero el argumento comienza con la irrupción de un pequeño grupo en el planeta prohibido, el lugar donde fueron creados. Tanto el mundo (¿paraíso?) terrenal que se nos presenta, como los propios replicantes, constituyen una humanidad de escaparates, ruinas y olvido. Los replicantes están obsesionados por las fotos familiares donde los seres humanos guardan su infancia, teñidas de viejos anhelos y esperanzas. El tiempo y la proyección humana en un futuro que, no obstante también es empañado por la muerte, obsesionan a los replicantes, deseosos de tiempo y recuerdo. Al no poseer ni uno ni otro, mueren estrellados contra un presente sin trascendencia (literalmente, en el caso de una de ellos que es abatida y cae estrellándose en una galería interminable de escaparates, en una de las escenas más impactantes de la película).
Su breve e intensa vida conduce a la peculiar sabiduría reflejada por el famosísimo monólogo (¡improvisado por el actor!) de uno de ellos, antes de morir:


"Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?.
Eso es lo que significa ser esclavo.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais.
Atacar naves en llamas en el cielo de Orión.Brillar Rayos C en la oscuridad,cerca de la Puerta de Tanhauser.
Todos esos instantes se perderán en el tiempo,como lágrimas en la lluvia.
Es hora de morir"


La obsesión por detener el reloj, en una lucha trágica, les lleva a buscar a su creador, un ingeniero genético, presidente de una corporación-empresa, que tiene visos de divinidad. En momentos clave del “ascenso” en pos de conocimiento, del viaje iniciático emprendido por los replicantes al regresar a la Tierra, a veces, se muestra la breve imagen de un búho (artificial) que el ingeniero guarda como mascota y que aparece parpadeando. En general, el sentido de la vista protagoniza numerosas escenas, en una evidente alegoría de la búsqueda filosófico-teológica.
Se podría hablar de las influencias y guiños del filme, de sus muchas y ricas interpretaciones, pero en atención a tu paciencia, querido lector, seré breve. Tan sólo quisiera destacar un elemento: esta mencionada obsesión por el tiempo. Hay una relación elaborada en toda la película, entre el pasado (la memoria del pasado) y la proyección en el futuro, eso de que sobre todo carecen los replicantes, que son una especie de jóvenes eternos. Los seres sin recuerdos son seres sin identidad ni sentido. Han perdido las respuestas, se hunden en un agobiante presente en el que la profundidad, lo subterráneo, es olvidado (aunque sí palpado, olido, intuido). El presente es abrumado por las publicitarias imágenes vertiginosas, intrascendentes, de escaparates y anuncios. Los seres humanos construimos el sentido temporalmente, de manera que el recuerdo es la clave para encontrarlo más o menos. Pero si terrible es perder el pasado, que conlleva esa ausencia de identidad y la confusión de los replicantes, su incapacidad para amar o vivir psicológicamente sanos, aún más lo es perder el futuro. No en vano, la estética de la película tiene elementos punkies (ciberpunk), el movimiento contracultural que hizo suyo el lema, cantado por los Sex Pistols, “no hay futuro”. Sin futuro, anclados en un presente de enormes dimensiones, que pesa y abarca todo el universo, sólo queda temer a la muerte, que aumenta con ello su peligro. No hay futuro, por tanto, el imperio del efímero presente, un presente que parece perderse y borrarse a sí mismo en las apariencias. Al arruinarse el futuro, no existe un sentido ni un motivo claro para la existencia, y sólo queda hacer lo que hacen los replicantes, o sea, sobrevivir en una duración cronológica que no es sino una carrera hacia la nada. Esto, según Walter Benjamin, lo supieron también los revolucionarios de las viejas revoluciones europeas del pasado, que en alguna de ellas, disparaban contra los grandes relojes de las torres y edificios públicos, como si quisieran detener esa marcha descontrolada. Intuían, tal vez, que la revolución debía ser precisamente un tirón del freno de emergencia que parara el tren que circula frenético, llevado por nadie. Buscaban, según Benjamin, un comienzo, un verdadero comienzo en el que el tiempo transcurriera ya como un tiempo humano... El tiempo humano en el que el pasado recupera su memoria, y en el que, al mismo tiempo, aparece, en la bruma, el futuro, el futuro que antaño se había soñado y que yacía olvidado en las cunetas de las carreteras, mezclado con los huesos de los muertos.
Un abrazo.