domingo, 30 de diciembre de 2007

Lágrimas en la lluvia


Estoy terminando de leer el libro ¿Existe Dios?, de Hans Küng. En él aborda el delicado y dificilísimo asunto de la fundamentación de la fe, aun cuando reconoce la imposibilidad de demostraciones válidas de la existencia de Dios, a la vieja usanza (las que se han dado, y superado, tradicionalmente). Küng realiza una exhaustiva revisión de todas ellas, a la par que una jugosa discusión con el ateísmo, en especial, el de los grandes maestros de la sospecha: Feuerbach-Marx, Freud y Nietzsche. Excelente la confrontación con el nihilismo al abordar a Nietzsche y sus epílogos, por cierto.
Es un libro de impecable orden, muy bien estructurado, redactado con la amenidad habitual de las obras de este inteligente teólogo. Su lectura es una excusa para emprender la revisión de las ideologías de la modernidad y los grandes filósofos que han abordado la consistencia o inconsistencia de la realidad desde Descartes y Pascal. Küng relaciona lo que él denomina “confianza en la realidad” con la “confianza en Dios”, decantándose tras una larga discusión, evidentemente, por una suerte de apuesta pascaliana por la que el sí a la realidad y a Dios resultan más provechosos. Dice que el ateísmo es irrefutable, pero critica sus consecuencias. Éstas son la ausencia de consistencia para el mundo, la existencia humana, una vez carecen del fundamento trascendente, externo a ellas, por así decirlo. Por tanto, conduce al lector a la impresión de que es mejor esa confianza que, sin restar problematicidad a lo real, lo fundamenta y, por tanto, aportaría en anhelado sentido que los hombres tanto buscamos. Para mí, lo más importante es la fuerza que la creencia daría a la ética y a la lucha por la justicia, que sin Dios, se tornan luchas trágicas (Camus). Esto no quiere decir, por supuesto, que un ateo sea “malo” o egoísta, éste es un grave prejuicio que Küng se guarda bien de tener, apuntando además, con honradez encomiable, el hecho de tantos creyentes que sí son “malos”. Nótese bien.
Pero, si lo he ido siguiendo y lo he entendido correctamente, se me antoja una duda ante todo su discurso. Él mismo describe la fragilidad de una fe que tiene que ser buscada y revivida de continuo… por lo que no puede perderse de vista el discurso ateo. Pero yo echo de menos, aunque tal vez aborde el tema en las páginas que me restan por leer, la confrontación con el más serio de los “ateísmos religiosos”: el budismo. Los fieles budistas se desenvuelven bien en la praxis, obtienen paz y sosiego, una orientación ética y una explicación global que consiste, justamente, en negar la realidad que Küng tanto se esfuerza en justificar. Él dice que el nihilista no puede vivir, que no es consecuente con su nihilismo, pues vivir ya supone afirmar la realidad.
Pero intuyo que el budismo tiene mucho que responder a esto. Para un budista, según creo, el universo es irreal, el yo, la vida, el tiempo y el espacio son ilusiones, y tras ello, la única liberación del sinsentido doloroso y el sufrimiento en general, es asumir que está la no-realidad del nirvana como último fundamento. Éste es un término inefable, como Dios, pero que no es Dios. El universo no tiene fundamento, el sufrimiento no tiene fin, los deseos (y la esperanza, tal vez) son ilusiones, pero el budista vive, y vive bien. Por cierto, son muchos. Parece que en Oriente no hizo falta ese anhelado fundamento o pilar que daría sentido y realidad al universo. Por lo visto, no lo han necesitado.
En fin, seguiré leyendo teniendo en mente esta objeción, procedente de la vieja sabiduría oriental, a los impecables razonamientos de Kung, que, me temo, vienen a desembocar simplemente en la idea de que el mundo es más bonito (¿y más justo?) con Dios. Sin embargo, hay que decir que la fuerza para transformar la historia, el carácter progresista y activamente político que parece tener el cristianismo es más potente que la fe de Buda. En algún sitio Metz lo dice. Y quizás en esto sea mejor la apuesta por la fe de Cristo (o bíblica o coránica: las llamadas religiones del Libro), ya que sí parecería otorgar una consistencia y fuerza al combate contra la injusticia que el quietismo budista, al menos teóricamente, no tendría.
Desde luego, se dice a menudo que el budismo tiende al conservadurismo, al quietismo pasivo y al aislamiento ascético, que no propicia revoluciones ni un sentido a la historia como las religiones proféticas. Pero habría que estudiar también la ética que desarrolla y fundamenta el budismo, ¡una ética de tintes nihilistas! Pero en cualquier caso, yo no tengo información al respecto como para corroborarlo (es difícil tenerla en occidente). Habría, una vez más, en un ejercicio de aceptación del otro, que escuchar con la atención que se merece a la religión budista, tan seria y también, tan razonable. Un amigo, por cierto, me dijo en una ocasión que el budismo sería la única religión que un hombre carente de revelación, escrituras y tradiciones inventaría hipotéticamente, por ser más de sentido común.
En cualquier caso, si, querido lector, tienes más información sobre esto y algo que aportar a las razones para el ateísmo o para la creencia, te pido que mandes tu comentario, lo extenso que desees. Por lo demás, te deseo un pedagógico, filosófico y feliz año 2008.

Un abrazo.

jueves, 27 de diciembre de 2007

La amarga ironía de un irlandés


Borges decía que el destino de los hombres es incierto y que manifiesta, a menudo, una gran ironía. Solía poner de ejemplo de esto el destino del escritor Jonathan Swift. Habiéndose convertido hoy en autor de historias para niños, como las de Gulliver, su literatura supone una contundente y amarga reflexión sobre el género humano. Como lector, personalmente, no recuerdo haber leído páginas más lúgubres que expresen mayor amargura sobre nuestra especie. No ya los primeros viajes de Gulliver, tan conocidos, a Liliput y al país de los gigantes, sino los que vienen después en su libro “Los viajes de Gulliver”. Al optimismo de la modernidad opone una humanidad de locos que confían, por ejemplo, en las máquinas más inverosímiles y en su capacidad para producir alimentos a partir de… excrementos, revirtiendo el proceso de la digestión. Además de los detalles escatológicos, que los hay, y muchos, en los viajes se van desmontando todas las ilusiones optimistas y la fe en la incipiente ciencia, la tecnología, la capacidad de los hombres para autogobernarse, los distintos regímenes políticos y muchas otras religiones de la modernidad.
Desde luego, tampoco se salva la fe cristiana en una humanidad a imagen y semejanza del Creador. De hecho, el último relato, el más duro de todos, presenta a los hombres como monos (los yahoos) que avergüenzan a Gulliver ante unos refinados y bondadosos huéspedes de nombre impronunciable que son, realmente, caballos. El caso es que los caballos que nos presenta contrastan vivamente con el género humano, al que superan en todo. Son altruistas, cultos, respetuosos, pacíficos, muy inteligentes y, con todo esto, dan una seria lección a la arrogancia de quienes, según Swift, no somos más que monos peleones y ruidosos. Según esto, la fe en estos “monos” es insostenible. Swift viene a decir que no tenemos remedio. No hay utopías, progreso ni evolución que nos salve, y toda confianza rousseauniana en la bondad innata de los hombres estaría equivocada. La humanidad merece el exilio de uno mismo, exilio que en sus últimos días vivió literalmente Swift, arcipreste de Dublín, inmerso en la demencia. En la cama, agonizante, no hacía más que repetir, por lo visto, “yo soy el que soy”, la afirmación bíblica que Yaveh le dice a Moisés y que puede interpretarse como una afirmación de la realidad del mundo sustentada por lo único verdaderamente real: Dios.
En el otro lado de esta desconfianza radical, por supuesto, está la confianza en la realidad, el sí a la realidad (tal vez extensible al hombre y a Dios) que intenta fundamentar y defender (creo que a duras penas) Hans Küng en su libro “¿Existe Dios?”. Este sí implica una visión radicalmente distinta, por la que sería posible la esperanza para los yahoos. Rousseau, en el extremo del sí a la humanidad, revierte los papeles e interpretaría a los bondadosos caballos de Swift como los auténticos seres humanos, ya no condenados a la miseria moral y de todo tipo de los impresentables yahoos. De este modo, los regímenes políticos pueden aproximarse a las formas democráticas y es posible la utopía como desenvolvimiento de esta potencialidad para el bien y el altruismo de los seres humanos.
Puede pensarse, sin embargo, que somos un poco yahoos y caballos bondadosos a la vez. Los descubrimientos científicos apuntarían a ello, y psicólogos como Jung que hablan de la sombra que nos constituye junto a lo más luminoso lo suscribirían. El ser humano sería gris, una mezcolanza en la que, según esto, predominaría una faceta u otra de la realidad humana.
En cualquier caso, la ácida crítica del irlandés Swift nos previene contra las visiones ingenuas que se empeñan en seguir leyendo la historia humana como un progreso lineal y ascendente. Para él, bajo el ropaje de la civilización, encontramos siempre a los escandalosos y harapientos yahoos. Y quizás no ande descaminado. Desde una lógica acorde con las tendencias sociales y económicas de nuestra civilización y el colonialismo, llega a defender en cierto ensayo con rigor y lenguaje científico que los niños en los orfanatos se críen para ser sacrificados y vendidos como carne. Así se sacaría rendimiento a su mantenimiento. Emplea numerosos argumentos y estadísticas para apoyar sus conclusiones caníbales, que expresa con una jerga aséptica, de asesor financiero, en la que creo que es la ironía con más mala leche que he leído nunca.

Felices fiestas.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Autoengaño y justicia.


He terminado de leer el libro de José M. Castillo al que me referí en el post anterior. Ha resultado una excelente lectura en la que, entre muchos otros aspectos, se muestra que con escisiones entre teoría y praxis o dualismos a la griega entre lo terreno y lo celestial, el alma y el cuerpo, resulta una distorsión del cristianismo y la ética. Según el teólogo, los modelos éticos de inspiración estoica que enfatizan una ética de la virtud, o del perfeccionamiento del individuo, una suerte de pureza moral que no sale del propio sujeto, interiorista y espiritualista, estos modelos, digo, propenden al autoengaño y al colaboracionismo con el mal. Cultivando la virtud en un sentido platónico, el bien no sale de uno mismo, en una suerte de elitismo más o menos soterrado que no sólo no incide en la mejora del mundo, sino que contribuye a la perpetuación de las injusticias, eso sí, con la mejor conciencia. Es la paradoja de quien actúa de buena fe, de la persona muy “espiritual” que a la hora de combatir el mal, decide “ser prudente”, “moderada”, “atender a todas las partes”, etc. Castillo resalta la incongruencia de esta actitud, tan extendida, con el mensaje de los evangelios sinópticos, en cuanto escritos del Nuevo Testamento que no están contaminados de helenismo en exceso.

Hay que darle la razón a este coherente y comprometido teólogo respecto a, como he expresado en post anteriores, la enorme capacidad de autoengaño que llegamos a tener los seres humanos. Desde la virtud personal y la moderación se legitiman, de hecho, graves injusticias que en términos teológicos son el más puro mal, el pecado que mata. Las visiones dualistas promueven, en este sentido, sangrantes incoherencias que llegan a justificar los tan antievangélicos ejercicio del poder y el dinero. Sin necesidad de participar de la fe cristiana, cualquier persona que desee combatir la injusticia ha de percatarse de que no hay excusa en cuanto a la riqueza o el poder. De éste hablé someramente en el post anterior… y del dinero, ¿qué decir? Según Castillo, está probado que la riqueza, tal como está estructurada la economía, se hace a costa de la pobreza de otros. Ése es el mal asociado al dinero. Sorprendentemente, una persona puede ir a misa, asistir a ejercicios espirituales y retiros, así como manifestar una conducta dulce y exquisita, teorizando sobre el amor y creyendo que vive la caridad como el valor más elevado. Pero al mismo tiempo, en esta suerte de patología de la moral, aun con la mejor conciencia y bondad, está contribuyendo a que reine la injusticia, por lo tanto, está colaborando directa y eficazmente con el mal. La moral de la “virtud” puede poner el acento en lo sexual (causando graves patologías psíquicas en los desorientados creyentes), pero increíblemente, se olvida del grave pecado que supone no protestar airada y enérgicamente contra una guerra. Se dice “hay guerras justas”, “es cosa de políticos”, “hay que estar con todos y ser imparcial”, todo lo cual se traduce en la permisividad más escandalosa con aquello que manifiestamente combatió Jesús, desde la parcialidad en la que se situó siempre, es decir, la centralidad de los pobres, los últimos y la “escoria social” en el reino de Dios.

La visión escindida, por tanto, resulta miope y ocasiona graves e incoherentes colaboraciones con el mal y la injusticia. Y lo peor es que la mala conciencia que ésta causa, se cura con oraciones y retiros que hacen al ingenuo y virtuoso fiel creerse en el buen camino. Pero no hablaría de esto en el blog, si no fuera porque es aplicable a cualquier persona, creyente o no creyente. La paradoja es que se puede afirmar haber escapado de esta trampa abandonando la fe, pero continuar comportándose de la misma manera. Esto se constata ante la ceguera crónica que manifiestan muchas personas a la hora de percatarse del mal y el daño que hacen a otros, así como de la injusticia cuyo reino contribuyen a perpetuar. Se trata muchas veces de la cómoda y conformista resignación que se justifica de mil maneras, apelando a la "prudencia" y que evita las inseguridades y peligros de la coherencia en la lucha por la justicia.


Un abrazo.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Sobre niños y parábolas


Me encuentro muy gratamente sorprendido por la lectura del libro del teólogo José María Castillo “El reino de Dios. Por la vida y la dignidad de los seres humanos”, publicado en su primera edición (lleva cinco) en 1999, Bilbao. Desarrolla con el lenguaje preciso, claro y sencillo al mismo tiempo, que le caracteriza, una visión del mensaje de Jesús, o sea, del núcleo del cristianismo que, además de suponer una excelente presentación del mismo, puede relacionarse en algunos aspectos con la vida social del hombre, más allá de la vivencia religiosa. Como hasta ahora he visto en pocos sitios, en lo que llevo leído, con contundencia desarrolla la problemática asociada al poder, cuando éste preside las relaciones humanas. Realiza una crítica de las relaciones de poder que cualquiera, creyente o no creyente, puede y debería meditar seriamente. En realidad, que el poder corrompe profundamente al ser humano que lo ejerce o que lo sufre, y que actúa enturbiando las relaciones sociales y, prácticamente, todo lo que toca, ha sido resaltado por numerosos pensadores a lo largo de la historia. La conocida crítica de Bakunin, independientemente de lo que se opine del movimiento anarquista, es razonablemente digna de ser suscrita, a la vista de lo que ha ocurrido en la historia humana: “Nada es tan peligroso para la moral privada del hombre como el hábito del mando. El hombre mejor, el más inteligente, el más desinteresado, el más generoso, el más puro, se echa a perder infaliblemente y siempre en ese oficio. Dos sentimientos inherentes al poder producen siempre esa desmoralización: el desprecio de las masas populares y la exageración del propio mérito.” En el plano religioso, afirma Castillo: “Lo que Jesús ponía en cuestión era la religión como poder.”, más precisamente, como poder que anula, poder que, aun con buenas intenciones, necesariamente rebaja a los demás, impidiendo su crecimiento, negando su alteridad. En términos teológicos lo expresa así, sintetizando su exposición anterior: “toda pretensión de situarse sobre los demás (o sobre cualquier persona) incapacita radicalmente para entender y vivir el reino de Dios. Y esto quiere decir que tal pretensión hace imposible encontrar al Dios de la vida y relacionarse con él.” (p. 124) El poder ciega para mirar al otro, y, por tanto, es tiránico por naturaleza. Según Castillo, es enemigo de la vida: “todas las agresiones contra la vida provienen de la pretensión de situarse unos por encima de otros.” (p. 133) Esta pretensión convierte al poderoso en sujeto de todos los derechos, exigiendo sometimiento en las relaciones con las demás personas, lo que, como dijo Fromm, puede trasladarse a cualquier ámbito de las relaciones humanas y los afectos. “Lo importante –dice Castillo- es que en cuanto uno quiere ‘hacerse el más grande’ o ‘ser el primero’, como dice el Evangelio, inevitablemente se produce la consiguiente agresión a la vida del otro o de los demás en general. Por eso, la condición primera y las más indispensable para tener acceso al Reino de Dios es hacerse como un niño.” (p. 133) Pero teniendo en cuenta que esto implica también a las estructuras de poder, no a la mera interioridad del sujeto. Por eso, “la estructura fundamental del Reino es precisamente la anulación de toda estructura que, de hecho, se convierta en agresión a la vida.”, o sea, toda estructura que ordene a los seres humanos en unos primeros, otros segundos, y otros últimos. ¡Qué lejos estamos de esto cuando echamos mano de nuestros tan amados rankings! Yo he, modestamente, estudiado el asunto, no desde el punto de vista teológico, pues no soy teólogo ni es ése mi propósito, en la exposición de la pedagogía de Paulo Freire y de Erich Fromm que he llevado a cabo en algunas publicaciones. Pueden encontrarse enlazadas en la barra vertical de la derecha del presente blog, en los enlaces titulados “artículos del autor”. Sé que no se debe simplificar y que conviene registrar bien los matices y razones específicas de cada pensador, pero, grosso modo, Castillo, Fromm y Freire dicen lo mismo acerca del poder. Para todos, en definitiva, el poder se relaciona con la muerte. Y no es cuestión de moralizar pensando que el poderoso es malo. No. Puede ser bueno y estar lleno de loables intenciones, pero el caso es que integrarse en la estructura basada en el ejercicio del poder ya mancha. Porque el poderoso puede autoengañarse, como enseña la psicología, creerse sus mentiras y justificaciones, para, en el fondo, alejarse de los demás, desde su incapacidad para verlos como personas.

Un abrazo.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Nevermore


Me parece muy digna de resaltar la ambigüedad que manifiesta toda buena novela, o relato, de misterio. El juego entre una realidad que salta de lo mágico a lo previsible- racional, y viceversa. Así, en los relatos de Edgar Allan Poe la pesadilla puede surgir y entrometerse en lo cotidiano, sugiriendo abismos en lo real que, en ocasiones, vuelven a ser previsible cotidianidad. Es el caso de “Los crímenes de la Calle Morgue”, en los que la mente del detective Dupin disecciona unos hechos que apuntan a algo horrible, pero en cuyo desenlace, se puede decir que el río desbordado retorna a su cauce. Algo así ocurre en el extraordinario cuento “El pozo y el péndulo”. Otras veces, la realidad se va resquebrajando progresivamente hasta un desenlace que, en historias como la de Arthur Gordon Pim llegan a un cenit que implica la ruptura total con la realidad y hasta con la propia línea del relato (tanto que se ha llegado a cuestionar si verdaderamente está bien escrito o si es una obra acabada). Hay de todo, pero en cualquier caso, el triunfo final, en el caso de Poe es para la pesadilla. Acaba predominando. Como afirma Borges, Poe, kafka, incluso Chesterton tienen mucho de subterránea impugnación del orden de la realidad, a la que, en principio, fingen presentar ordenadamente. El mundo tiene dobleces y ángulos, espejos que multiplican espejos y una geometría en definitiva que, no obstante, insinúa el vértigo del caos. Según Poe, una persona puede ordenar su vida y su caos siguiendo a… nadie, en un nihilismo a duras penas disimulado, nihilismo de multitudes que siguen a multitudes, de autómatas que caminan perfectamente hacia ningún sitio (“El hombre de la multitud”). Respecto a lo misterioso, esto se halla en la propia realidad que encierra la solución, fusionado, de manera que basta con cambiar el ángulo de la mirada para viajar de un simulacro a otro simulacro (“La carta robada”). Muy destacable es, además, cómo la previsión y el análisis científico contienen a duras penas el horror, antes bien, operan favoreciéndolo (“La verdad sobre el caso del señor Valdemar”). Las expediciones científicas o de exploración pueden producir un encuentro con el abismo, que como un agujero negro situado en la vastedad del mar atrae irremisiblemente (“Un descenso al Maelström”). El surgimiento de lo sobrenatural a menudo adquiere tintes demoníacos. Poor eso, no conviene, a juicio de Poe, rebuscar en lo “más allá” porque eso “más allá” mata, anula, paraliza incluso el propio proceso natural de la muerte y la corrupción. En este sentido, el sueño de inmortalidad se torna pesadilla para Valdemar, la imposibilidad de vencer a la muerte con una ciencia que parece nigromancia (la hipnosis en el relato de Valdemar). De hecho, la ciencia, lejos de disminuir el terreno de lo sobrenatural, lo amplía. Esta ambigüedad del conocimiento científico es muy notable, también, en los cuentos de E. T. A. Hoffmann, autor que descubrí, por cierto, el verano pasado. Fue un descubrimiento que no me defraudó, sin duda. En una línea semejante a Poe (aunque Hoffman es anterior en el tiempo), se desarrolla esto que podríamos denominar tradición del gato de los tres pies, que aúna lo maravilloso con lo cotidiano y, sobre todo, lo horrible, en la misma figura del popular gato del dicho que estos autores se empeñan en buscar.

Pero la paradójica ambigüedad de estos autores no termina con su obra. Resulta estremecedor que Poe dedicara un ensayo a mostrar que la escritura de poesía es una operación de la inteligencia y que para introducir el personaje de un cuervo que grita “nevermore” en un famoso poema, aludiera motivos fonéticos. Fue huérfano, tahúr, alcohólico, adicto al opio, viudo de tuberculosa y pobre. Recalquemos la paradoja; dice Borges: “La neurosis y la pobreza de Poe fueron, a no dudarlo, desdichas, pero la vida le deparó una incesante felicidad: la invención y la ejecución de una obra espléndida. También podría decirse que la desdicha fue su instrumento necesario.” El frío y el alcohol de una noche de Boston o Nueva York acabaron matándolo en la calle. Dicen que, al recogerlo, lo confundieron con un indigente. La pesadilla y el cuervo habían irrumpido de nuevo para ya no abandonarle nunca más, nevermore.

Un abrazo.