domingo, 24 de febrero de 2008

¿Quiénes hablan en la pedagogía?


Paulo Freire nos conduce a una visión de la pedagogía que se presta a malas interpretaciones, como aquella empeñada en ver su pedagogía como algo anacrónico, o sólo bueno para contextos de pobreza o analfabetismo. Esto es un error equivalente al de querer ver en la forma concreta que adquirió su método de alfabetización la única posible y transplantable a otros contextos bien distintos del ámbito rural del nordeste de Brasil en los años 70. Si nos empeñamos en esto, en efecto, su pedagogía sólo manifiesta efectividad en contextos muy concretos. Pero no es éste el caso. Su visión trasciende el medio en el que se desarrolló y puede inspirar praxis educativas muy efectivas y útiles en los rincones de Europa. Si concebimos lo bueno para los educandos más allá de lo meramente requerido por nuestras sociedades de mercado, la cosa puede cambiar. Más, si nos percatamos de que la opresión puede manifestarse soterrada y sutilmente, incluso en medio de la riqueza y el supuesto bienestar. Será de hecho la insatisfacción personal que uno puede identificar en uno mismo, lo que leído como síntoma nos mostrará la cara patológica de nuestras sociedades, una cara que en el Primer Mundo puede ser más difícil de ver, pero que existe.

Desde el tenerlo todo pero sentirnos mal, podemos llegar a valorar la pedagogía de Freire como alternativa terapéutica. Una terapia que no lo es en sentido exclusivamente psicológico, pues no consiste en dialogar para “sentirse bien”, sino de, además y sobre todo, dialogar para transformar aquello que hemos identificado como la causa de la insatisfacción, causa que como indica el marxismo se ha de buscar en las estructuras sociales. Freire facilita un método para percatarse de esto (concientizarse) a partir de una cultura viva, concreta y existencialmente relevante, que se desarrolla dialogando. Su empeño es el de una pedagogía que es ineludiblemente teórica y práctica a la vez, desde el convencimiento de que la escisión entre teoría y práctica en la escuela tiene su origen en la alienación de una sociedad escindida, en la que el pensamiento se desvincula de la praxis vital. Esta escisión, tan identificable en el mundo académico y el estudio, es, a juicio de Freire, patológica, causa y síntoma de una enfermedad de la sociedad.

Así pues, hablando de cosas relacionadas con su vida, los analfabetos aprenden quiénes son y qué es lo que les constituye, es decir, reflexionan sobre la cultura que se había separado de su mundo y que gracias a la alfabetización se torna propia. Pero en la medida en que esta escisión fácilmente identificable en nuestro mundo es universal, lo que Freire llama opresión y que se relaciona con esta escisión, podemos sospechar que nos incumbe también a los no-pobres. Pero no sólo por eso hay que practicar una pedagogía del oprimido, por el hecho de que somos también oprimidos los que, pudiendo creernos felices no lo somos (Freire y Fromm apelan, ya digo, a síntomas significativos de ello en la cultura y las vidas de las personas). Está la razón de que lo que se diga en contextos de la más brutal opresión, como es la situación del pobre y analfabeto, nos cuenta cómo somos y quiénes somos realmente. Un discurso teórico que no contemple el discurso del pobre siempre estará incompleto y, por tanto, ostentará cierta falsedad. La teoría que vuela por las nubes y que olvida la pobreza es, sencillamente, falsa y muy peligrosa.

Freire, por tanto, propugna una pedagogía que se hace cargo del silenciado discurso de los invisibles, discurso que está siempre ahí, pero que la teoría escindida ignora y no puede escuchar. La pedagogía, si busca educar, debe incluir la voz de los sin voz, y, también en la universidad, lugar de privilegios dentro de la sociedad, conceder voz a los sin voz, a los excluidos en la práctica y en la teoría descarnada. Mas tampoco es freiriano plantearlo como concesión. Quien se define como donador se está situando, también falsamente, en una altura inexistente. Se trata, más bien, de reconocernos en los desarrapados porque todos somos desarrapados y, en uno u otro sentido, oprimidos. Esta es la horizontalidad de unas relaciones humanas desbloqueadas y ya en el camino de la utópica salud. Porque, como dice Erich Fromm, no hay buena vida si no aprendemos a amar. En la medida en que la pedagogía procura conducir hacia vidas más felices, debe, sobre todo, enseñar a amar. Y este axioma no es sólo válido para una parte geográfica del mundo. Su universalidad confiere a Freire universalidad. Según esto, podría decirse que en la medida en que pensemos que la pedagogía de Freire no tiene sentido, nuestras vidas, creaciones e investigaciones tampoco lo tendrán.