jueves, 26 de junio de 2008

La banalidad del mal


Cuando se trata de explicar el mal, un mal del tipo que se manifestó en Auschwitz y en otros ejemplos similares antiguos y actuales, se han pensado muchas respuestas. Quizás la más natural es la que yo me suelo encontrar en los alumnos con los que discuto este asunto en clase, la que parece que se le ocurre a cualquiera que sin haber leído sobre el tema se enfrenta a los espantosos datos y hechos de una matanza sistemática, regulada legalmente y eficientemente organizada como fue el Holocausto. Esta reacción primera es creer que quienes estuvieron involucrados eran monstruos, algún tipo de psicópatas o seres demoníacos y malignos. También se ha dicho que podían hallar placer en la tortura, y que serían en este sentido sádicos. Otra posible respuesta es que los torturadores y asesinos se degradaron a un nivel básico, haciéndose fieras con impulsos violentos primarios que manifestaron como los animales en la selva. Son distintas respuestas a la pregunta acerca de cómo pudieron hacer eso unos seres humanos a otros.

Una primera observación, como la de Hannah Arendt en el juicio al ingeniero del Holocausto, Adolf Eichmann, es que eran personas normales. Eran capaces de disfrutar con el arte, ser buenos con los compañeros, atentos y cuidadosos padres y madres, adorar a los niños. Algunos eran como Eichmann, un simple burócrata, de medianas luces, con ambiciones sociales y el mismo deseo de hacer dinero que casi todos podemos manifestar. No tenía ni él ni la inmensa mayoría de los verdugos (salvo pocas excepciones) ninguna anomalía en el sentido de las enunciadas: no eran demonios, ni monstruos salvajes y primarios, ni sádicos… Su maldad era, como certeramente la denominó Arendt, “banal”, es decir, trivial. En todo caso, señala Arendt, era incapaz de pensar con autonomía y utilizaba continuamente frases dichas y clichés.

La impresión al tratar a esas personas y conocer los detalles de sus biografías y relaciones afectivas era que en gran medida eran como cualquier otra persona normal, es decir, que potencialmente cualquier probo ciudadano de entonces y ahora podría llegar a hacer lo que ellos, los nazis, hicieron. En realidad, no tenían más cualidades que ser buenos ejecutores de órdenes, siendo cumplidores y eficientes la mayoría de ellos. Debemos eludir también la tentación de atribuir aquel desastre a un cierto carácter nacional, por la sencilla razón de que lo mismo ha sucedido y está sucediendo en muchos otros lugares. Constantemente.

Quizás sí haya que tenerse en cuenta el factor tecnológico y masificado de nuestras sociedades, donde la especialización de la vida y el trabajo en sectores concretos y compartimentos mentales puede favorecer que se cometan los mayores horrores pero con la buena conciencia de quien cuando va a su casa, es un excelente padre o madre de familia. Se trata de la persona que se especializa, propia de nuestro tiempo, y que vive entonces una suerte de esquizofrenia social por la que es capaz casi simultáneamente de adorar y querer a un niño al mismo tiempo que manda a miles de ellos a ser gaseados. Hay bastantes anécdotas al respecto que ilustran este comportamiento (vid. Todorov). Según esto, nuestro sistema económico y social (y podríamos matizar que no sólo en el caso de los regímenes totalitarios) es propenso a que surjan tales patologías como normalidades en su seno. Esto lo han señalado numerosísimos autores a lo largo del siglo XX, en la literatura y el pensamiento: Kafka, Adorno, Horkheimer, Fromm, Arendt, Jaspers, Camus, Reich, etc. Todos ellos han estudiado el funcionamiento del individuo inmerso en un universo totalitario. Yo no voy ahora a detallar sus análisis, pues desbordaría tu paciencia y tiempo, amable lector, pero sí voy a incidir en una idea en relación con ello: Nada exime de la culpa, no hay justificación posible y existe una responsabilidad moral del sujeto que “elige” colaborar. Porque, como muestran algunos ejemplos (Irena Sendler, Sophie Schöl, Schindler, las autoridades y el pueblo de Dinamarca, etc.), no todo el mundo optó por cerrar los ojos, callarse o hacer su “trabajo” al amparo de una sociedad que justificaba y promovía tales horrores.

Es cierto que hay presiones fuertes y a veces es necesaria una actitud heroica que supone pagar un precio muy alto para preservar el bien y la justicia, de acuerdo, pero otras veces no. Y eso no ocurrió. Los familiares y amigos de los verdugos podían haber hecho algo, sin necesidad de un gran sacrificio, y no lo hicieron. Las personas de a pie podían haberse informado de lo que pasaba, podía haberse dado crédito a ciertos relatos de testigos, etc. Hay circunstancias en las que es posible elegir el bien, y debe hacerse. No son excusa muchas razones que se dieron en los juicios posteriores a la guerra, como ampararse en la obediencia debida o en el irritante “todo el mundo lo hace”, “era lo normal”. La responsabilidad moral individual siempre existe, o no habría derecho ni leyes ni códigos penales. Como afirma Todorov, “negar a los hombres la capacidad de arrancarse a la influencia de su origen o medio, es privarlos de su humanidad” (P. 147). Se debe, por tanto, juzgar y acusar a individuos concretos que obraron mal a sabiendas. Las personas prefirieron no ver, negar lo evidente (cuando se ejecutaba y transportaba en convoys masivamente a los deportados a lo largo de ciudades y países enteros), y prefirieron, en suma, la comodidad a la verdad.

Quizás a nivel psicológico ocurrió que todo el mundo interiorizó al opresor, convirtiéndose cualquier ciudadano en víctima y verdugo al mismo tiempo. O el famoso miedo a la libertad del que habla Erich Fromm. En cualquier caso, lo terrible es que sea lo que sea aquello que facilite psicológica y socialmente el horror, puede darse en cualquier momento, en cualquiera de nosotros. Esto debe hacer saltar una alarma. Por ello es importante estudiar a fondo qué ha sucedido, cómo lo vivieron las personas concretas, hombres y mujeres, dentro y fuera de los campos de exterminio, cómo se auto engañaban, cómo cerraban los ojos y de qué maneras, más o menos directas, contribuyeron a la matanza industrial de cerca de 6-8 millones de personas. Y sobre todo, nunca verlo como si fuera algo ajeno, hecho por seres despiadados y muy diferentes de nosotros, en otro lugar y en otra época hace ya muchos años, sino percatarse de su terrible y espantosa actualidad y cercanía.

9 comentarios:

Maximiliano dijo...

Hola Marcos:

El mal banal es uno de los peores males, pues habla de una desidentificación con el medio. Habla por sobretodo, de falta de amor y muerte. También creo que es el principal obstáculo que enfrentan las sociedades para solucionar sus problemas, pues es esa falta de interés lo que termina destruyendo la "vida" en nuestras vidas, maquinizándonos, esclavizándonos bajo estructuras mentales plásticas e inhumanas.

Las personas no quieren ver lo que sucede por el sufrimiento que implica este acto de consciencia. Sin el desarrollo espiritual que sustente actitudes corajudas y valientes; que permita valorar adecuadamente los sentimientos de relacionados al dolor; y que otorge sentido estético (sensibilidad), estamos irremediablemente perdidos.

Es algo que se ve a diario, en todas partes. Eso duele mucho, pero me da fuerzas para no caer en la trágedia que significa vivir en el sin sentido, el sin contexto.

¿Hay esperanza ante tan magnánima desolación?

Saludos desde Chile,
Maximiliano.

Carme Barba dijo...

Interesantísimo, felicidades y muchas gracias me ha dado más argumentos para un trabajo que debo realizar sobre un tema relacionado.
Saludos
Carme Barba

Swann dijo...

El sentido del término "banality" -en el inglés del artículo original de H. Arendt- es un poco distinto al que tiene en castellano. El Diccionario de la RAE nos dice que "banal" significa "Trivial, común, insustancial." Sin embargo, en inglés, solamente la segunda de estas acepciones -"común"- encaja con su significado preciso, algo más restringido que el nuestro. Así pues, la pregunta de H. Arendt no es sobre lo "poco importante" que es el mal, sino sencillamente por su omnipresencia y cotidianeidad. En mi opinión la traducción literal al castellano induce a una intepretación errónea.

Así pues, tenemos que el auténtico misterio es éste: ¿por qué el mal es tan apabullantemente superior siempre y en todo tiempo? ¿por qué crece con esa feracidad imparable en las inmensas mayorías cada vez que una desgracia histórica -como el III Reich- lo permite?

Creo que Schopenhauer ofrece una respuesta interesante al problema del mal -para mí la más interesante desde el maniqueísmo. Se trata de un giro copernicano en las investigaciones éticas. La cuestión está mal planteada. Pues, en efecto, el mal es lo banal. Eso no tiene más explicación que la de "es así porque es así". Lo misterioso, lo revelador del funcionamiento del mundo es lo anómalo, como la enfermedad es lo que nos permite conocer cómo funciona el cuerpo humano. Y lo anómalo, lo extraordinario es precisamente que en un mundo esencialmente malo a veces surja el bien. Si podemos explicar cómo es posible que surja esa anomalía milagrosa, seguramente estaremos más cerca de comprender la rutina de la maldad. Las excepciones nos hacen caer en la cuenta de la naturaleza de la regla.
En el esquema de Schopenhauer, por el que tengo especial simpatía, el mal es exactamente como una ley física. Y el bien -lo que él llama, "la santidad"- es estrictamente hablando un fenómeno paranormal, sobrenatural. Existe indudablemente, pero desafía el orden de lo fenoménico. Así que, a la vez que un misterio es algo así como una puerta a lo nouménico.
Hace unos días hablaste de las puertas a lo nouménico que se abren en nuestro mundo. Para mí todas ellas tienen el defecto de que uno siempre puede pensar que esas puertas solo se abren en el mundo privado de su mente, que se trata de micro-cortocircuitos cerebrales
(ver "Éxtasis sin fe", Javier Álvarez; Ed. Trotta)o dar cualquier otra explicación que las reduzca a mera ilusión.
Pero ¿quién puede dudar de que han existido jesucristos aquí y allá, cuyo carácter sobrenatural no estriba en andar sobre las aguas, curar enfermedades o niñerías semejantes, sino en contradecir la ley natural y esencial que rige el Universo fenoménico? Para schopenhauer esa ley es que el nuiverso es Voluntad. Y esa Voluntad es autoafirmación ciega y egoísta y en eso, exactamente consiste el mal banal y sempiterno. Y en su negación, siquiera sea momentánea y mínima, el mayor misterio, el mayor milagro

Marcos Santos Gómez dijo...

Amigo Maximiliano:

En efecto, topamos con uno de los peores males, porque precisamente, su carácter banal, implica que cualquier persona corriente, cualquiera de nosotros, podría cometer las mayores atrocidades. Esto no solo no resta importancia al mal, sino que lo multiplica. Es un mal que se comete en frío, desde la distancia del número que despersonaliza, pero mucho más peligroso que el cometido en el calor de un rapto de ira, por ejemplo. Ni la ira o locura más vehemente puede llegar a la cifra de 2000 ejecuciones diarias que llegó a tener Auschwitz (dicen que en alguna semana al final, se llegó a los 5000 asesinatos diarios). Se trata de un mal que se apoya en cierta lógica (la que caracteriza al totalitarismo, pero que se haya a menudo presente en muchas ocasiones y contextos de nuestras vidas en sociedades "democráticas" actuales). También operan algunos mecanismos de defensa psicológicos, como trucos mentales que contribuyen a que los verdugos eludan la culpa o la responsabilidad individual, que en los próximos posts, siguiendo el hilo del libro de Todorov, intentaré citar. Resulta espantoso reconocer hasta qué punto dichos mecanismos se hallan presentes en nuestra vida cotidiana.
Tienes mucha razón en señalar que una de las "curas" para este mal banal estribaría en promover el sentimiento de piedad y la compasión que nos conducen a ver al otro como una persona y un fin en sí mismo, más allá de toda cosificación. Se trata de desarrollar esta sensibilidad y estar dispuestos a sufrir ante el dolor de los demás.
Saludos

Marcos Santos Gómez dijo...

Amiga Carme:

Estoy encantado de que te sea útil este blog, porque de eso se trata. Si más adelante quieres, puedes compartir las conclusiones a las que llegues en tu trabajo. Pensar y discutir cómo se pueden llegar a cometer las atrocidades que señalo podría, espero, contribuir a que no se cometan de nuevo. En este asunto nos lo jugamos todo.
Saludos.

Marcos Santos Gómez dijo...

Amigo Swann:

Hay que tener muy en cuenta lo que adviertes acerca del término "banal" en castellano. Es exactamente eso que puntualizas lo que se quiere destacar con el adjetivo, el carácter común, en cuanto extendido y corriente del mal.
Resulta perturbador el hecho que, con toda elocuencia, señalas acerca del gran predominio del mal frente a lo escaso del bien. Sabias reflexiones. Yo también a veces veo que obrar bien es como abrir una grieta en la oscuridad, por la que se cuela algo sobrenatural. Este algo es el único milagro que cabe esperar, el único milagro que, ciertamente, nos salva.
Saludos.

Antonio Aguilera dijo...

Estimado Marcos Santos, ayer de rebote, buscando algo de Dostoyeski entré en tu blog. Pero entré donde publicas " Los Demonios de Dostoyeski ". Ignoraba que no era la página principal donde ahora me hayo.
Así pués, te dejé allí un comentario que puedes ver ahora. Como tienes habilitada el "tragapanes" de la moderación pensé en un principio que todo lo te escribí se perdió por un pozo sin fondo.

Volveré a "tomar prestado" más textos de los que tienes publicados ( no puedo leer mucho en el monitor ).
¡ESTOY ENCANTADO DE HABERTE ENCONTRADO!! ( entre otras razones porque no pude realizar estudios superiores, y me serirá este blog de UNED)

Gracias

Marcos Santos Gómez dijo...

Amigo Antonio:

Encantado de habernos encontrado en este espacio virtual. Me alegra de que te sea útil la información, que para eso está.

Un saludo.

Constanza dijo...

Hola, Marcos. Estoy realizando una tesis sobre Doctrina de Seguridad Nacional en América latina y siempre que uno entra en los argumentos de la bipolaridad y la guerra total termina enredándose en el nazismo. Así terminé en tu página. Quería comentar contigo que tanto el mal como el bien, desde mi punto de vista, están en la naturaleza humana, tienen incluso raíces biológicas en la especie. Sin embargo, el juego de la construcción del yo en la conciencia, acentuado por las necesidades de insatisfacción de nuestra sociedad de consumo, generan comportamientos egoístas y apáticos ante el otro. El punto es que la compasión de verdad no surge con la fluidez que debiera: pero existen tradiciones que conocen técnicas que permiten apoyar ese proceso de encontrarse con esa naturaleza "milagrosa", como tú dices, que también somos. Te recomiendo una obrita pequeña del filósofo y neurobiólogo chileno Francisco Varela: "Ética y Acción". Allí se refiere a este tema.
Cariños,
Constanza