jueves, 10 de julio de 2008

La religión descafeinada


Quiero referirme con brevedad a ciertas corrientes de la teología actual, que se desmarcan de las visiones dualistas que tanto daño han hecho y siguen haciendo. Para estas concepciones (Teología de la Liberación, Teología Política de Metz, Hans Küng, movimientos de base, etc.) no existe una oposición tajante entre Dios y la creación, de manera que la materia-vida-cuerpo resultan revalorizados, haciendo inútil la vía de la negación del mundo o de la realidad humana para alcanzar el ámbito de lo sagrado. Como dice Torres Queiruga, no hay una separación entre lo sagrado y lo profano en la medida en que el mundo (fuera del templo) es el lugar de la realización del hombre que es, a fin de cuentas, lo que quiere la divinidad. No deben andar descaminadas estas críticas a la teología tradicional cuando resulta que el efecto del dualismo consiste en una suerte de descafeinización del cristianismo que a mi juicio lo falsea y pervierte, en la medida en que lo convierte en la ideología que nos permite no ser cristianos de facto, pero con buena conciencia y creyendo sí serlo. Paradojas de la historia y de los seres humanos. Porque creo que el seguimiento de Cristo produce paz, pero también perturba. Basta hacer una lectura de los evangelios sincera y valiente. Hay que sospechar de quien lo interpreta de manera que justifica una vida cómoda, en la medida en que se ha podido forzar la letra para que diga lo que no dice. Curiosamente, a veces ayuda a esto el literalismo fundamentalista, que nunca deja de ser un posicionamiento humano, demasiado humano, pues toca lo que se entiende una revelación intocable con los propios miedos, inquietudes e intereses. El sentido de la letra no siempre es el literalmente expresado y pretender que sí lo es resulta, paradójicamente, una traición a la propia letra. La letra siempre muestra más, va más allá de ella misma, por lo que el sentido literal significa un asfixiante constreñimiento de la palabra. Además, ¿cómo encerrar al inabarcable Dios en un discurso inamovible? ¿Qué arrogante pretensión es esta? ¡Pero si todo lo real-humano está afectado por el espacio y el tiempo! No hay discurso ni lenguaje que perdure tal cual y que resulte algo acabado, tampoco el lenguaje en que se expresa la revelación y, mucho menos, los sistemas explicativos filosóficos o teológicos.

En los post anteriores andábamos escribiendo sobre heroísmo y ética del cuidado. Creo que el difícil seguimiento coherente de Jesús de Nazaret conduce a una mezcla de ambas praxis morales. Está claro que Jesús sufrió, pero siempre desde un máximo interés por evitar el sufrimiento ajeno. Ejerció el “cuidado” como relatan los evangelios (establece relaciones personales, señala, llama a personas concretas, cura, toca a los enfermos, siente lástima, cambia su opinión al ser interpelado, se preocupa por el hambre y el cansancio de sus discípulos, etc.). Su breve predicación muestra este rasgo esencial continuamente. Para él, pues, los hombres y las mujeres concretos, de carne y hueso, importaban, y mucho. Pero es la realización de este “cuidado”, su interés por el bien de los demás, aquí y ahora, lo que lo convirtió en un modelo de heroísmo (de ética heroica). Su muerte-martirio, como recordaba Leonardo Boff en cierto escrito durante la pasada Semana Santa, no fue cualquier muerte. Fue el precio de su interés profundamente humano y su sensibilidad ante el dolor de los demás. Fue esta preocupación, llevada al límite, la que lo enemistó posiblemente con las autoridades del momento, con el culto farisaico ritualista y su rigorismo legal de preceptos (aunque hay diversas opiniones acerca del grado y rasgos de esta “enemistad”). Su parcialidad por los pobres y los excluidos, en este sentido, le supuso el fracaso brutal de la muerte. Pero, nótese bien de nuevo, que fue una muerte acarreada en su lucha contra el sufrimiento, motivada por su alto grado de compasión y empatía con el sufrimiento ajeno. Jamás quiso que un ser humano sufriera ni muriera como un perro, como ha llegado a decirse últimamente en relación con los cuidados paliativos y la muerte digna, tergiversando gravemente, por tanto, el sentido de la obra y palabra del fundador del cristianismo. Es precisamente el odio al propio ser humano y a sus placeres lo que, desde el dualismo religioso, se ha llegado a entender que aproxima a una divinidad que, curiosamente, odiaría a su propia creación y nos exigiría separarnos de ella (!?).

Toda esta descafeinización dualista del cristianismo ha hecho plenamente válida la conocida crítica marxista que lo consideró “opio del pueblo”, es decir, un elemento ideológico al servicio de una estructuración social injusta. En este sentido tal vez es en el que Metz suele denominar “teología burguesa” a la teología al servicio de esta descafeinización. Como dice Torres Queiruga, puestos a escoger entre el ateísmo y ese cristianismo corrompido, más vale el ateísmo. En esta tesitura, apostar por el ser humano y afirmarlo obligaría, en efecto, a ser ateo; frente a una religión que niega al ser humano. No es extraño que espante a la gente una religión terrorífica que les obliga a odiarse a sí mismos y al mundo. Pero afortunadamente, también ha habido teólogos dispuestos a enriquecer su visión con la crítica ilustrada (en cierto modo eso fue el Concilio Vaticano II) y que han desarrollado interpretaciones inteligentes, creativas y sugerentes que superan los hoy ya ideológicos y anacrónicos dualismos platonizantes. Por ellos han pasado Feuerbach, Freud, Nietzsche, Marx, sin que esto quiera decir que se haya abandonado la creencia. Creo que son estas personas y los movimientos de base con los que se asocian, quienes están dando proféticamente el verdadero testimonio y los que, de algún modo, mantienen viva la llama.

2 comentarios:

Swann dijo...

Hola Marcos:

Históricamente no parece que las teorías teológicas sustentadas por una comunidad determinen la praxis religiosa de esa comunidad. Más bien se diría que las teologías se preparan a posteriori para justificar una praxis ya existente.

Las teologías suelen presentarse como un conjunto de afirmaciones positivas sobre lo nouménico. Y lo nouménico es algo de lo que nada se puede afirmar ni negar. Citando a un ilustre teólogo, ex falso quodlibet, de modo que muy a menudo una teología puede mantenerse más o menos intacta durante siglos por más que la praxis de la comunidad cambie sustancialmente. Basta con deducir conclusiones distintas de presupuestos iguales según convenga.
Por ejemplo: ¿es acaso la teología cuáquera tan distinta de la católica como para justificar que, mientras los obispos católicos españoles del 36 arengaban a la cruzada, los cuáqueros dedicaran sus vidas y sus medios a ayudar a los que huían del horror?
Otro ejemplo: muchos se sienten atraídos por la teología de los cátaros, porque la praxis cátara de aspecto tan agradable para el pensamiento moderno, incluía cosas como el desapego a los bienes materiales y la no violencia. Pero parecen olvidar que los cátaros eran aun más intolerantes en lo referente a la sexualidad que sus perseguidores católicos tan denostados hoy día por su puritanismo en esta materia. Y los cátaros eran radicalmente dualistas, mucho más dualistas que los teólogos oficiales, que, no sabíendo cómo resolver el peliagudo tema de la teodicea se mantenían en un ambiguo punto medio. Y sin embargo ¿podemos aplicar a los mártires de Albi el apelativo de "descafeinados"? ¿Qué decir de los maniqueos, los creyentes más brutalmente perseguidos y más pacíficos de los que se tiene noticia? ¡Su teología era la quintaesencia del dualismo!

Si la Teología de la Liberación aboga ahora por una teología menos dualista que la del Vaticano seguramente lo hace sólo para poder marcar teóricamente una distancia teológica de lo que consideran una praxis poco evangélica. Perfectamente les podría haber dado por lo contrario: por resaltar más si cabe la inicuidad del mundo y, así, contribuir a despertat las conciencias adormiladas y la praxis descafeinada de los cristianos de misa de domingo.

Personalmente, me parece respetable la opción de la TL de, en consonancia con los tiempos modernos, valorar el mundo, el cuerpo, etc. A mí me importa más su praxis que el hecho de que la teología en la que la sustentan resulte más o menos adecuada.
Pero si tuviera que ser yo el encargado de darle una justificación teológica a la acción de los cristianos comprometidos elegiría el soporte teórico dualista. Negar el mundo es la manera teóricamente más radical de hacer frente al mal. Se dice que puede generar inmovilidad. ¡Si al menos los que se llaman cristianos tuviesen la virtud de la inmovilidad, es decir, de, al menos, no hacer mal a nadie ya habríamos ganado algo! ¡Si a tantos empresrios cristianos, a tantos generales, a tantos políticos, les hubiese dado por retirarse a un monasterio! ¿Pero no genera más complaciente inmovilidad solazarse con la visión -mucho más medieval que la del valle de lágrimas- de un cosmos regido por un Dios bondadoso y providente en el que el malvado es castigado y la Iglesia y el Rey son ministros de Cristo elegidos por su magnanimidad y sabiduría?

La plena conciencia -que no se alcanza con la lectura de libros de teología, sino con la experiencia de la vida- de que el mundo es un lugar de sufrimiento absurdo y cruel, el reino de la injusticia, y de que nuestra magnífica persona no es más que polvo me parece que ayuda a despertar al único sentimiento que me parece éticamente significativo: la compasión. No la compasión del que sintiéndose feliz dice "qué pena me da este pobre hombre". Sino la del que dice "qué pena me doy yo mismo y el universo entero". Es la compasión y la solidaridad reales que supongo debe darse entre los miembros de la hilera de condenados que se dirigen al paredón silenciosamente. No me extrañaría que muchos de ellos, segundos antes de ser acribillados, con esa visión clara que proporcionan algunas situaciones límite, sintiesen compasión incluso por los que se disponen a matarlos.

Marcos Santos Gómez dijo...

Amigo Swann:

Estupendo y largo comentario el tuyo, que como siempre, enriquece el blog. Es cierto que hay que analizar cómo aparecen las ideologías y en qué medida éstas refuerzan una estructura social determinada. Personalmente, cuando me asombro ante la distancia que encuentro en ciertas visiones del cristianismo y lo que me parece evidente tras la lectura y reflexión sobre el sentido de lo que van contando los evangelios y otros textos del Nuevo Testamente (y el Antiguo), recurro a la concepción y análisis de las ideologías a la que apuntan los marxistas. Grosso modo, como es bien conocido, la ideología surge en un segundo momento de lo social, en el ámbito de la cultura y los valores, para justificar y encubrir una determinada realidad social. Con claridad se ve en la comparación de la religión con el opio, que nos recuerda la función aletargante con la que la religión tradicional puede contribuir a que las cosas no cambien en el mundo. Desde esta perspectiva, el cristianismo enarbolado por muchos puede favorecer su cómoda instalación en un mundo injusto y lleno de lo que Ellacuría llamaba “pecado estructural” (un mundo alejado de Dios debido a sus dinámicas sociales y económicas, que originan sufrimiento). La omisión de ayuda, el silencio cómplice, el desvío de la mirada hacia cuestiones banales como el uso de contraceptivos, la obediencia y la humildad mal entendidas que llevan a la sumisión respecto a los poderes y jerarquías de este mundo, son un ejemplo de cómo ha ocurrido una escandalosa tergiversación de lo que fue una religión de esclavos y marginados sociales. Esta tergiversación es denunciada, precisamente, por los mártires no reconocidos oficialmente de la UCA en El Salvador o Monseñor Romero, y tantos otros anónimos. No es que se metieran en política, como dicen, porque ya estamos todos metidos en política (también el monje de clausura o el anacoreta retirado en las montañas); su martirio habría que compararlo al de los primeros cristianos que entonces se enfrentaban al paganismo. Hoy la denuncia va por otros derroteros, es decir, consiste en poner en entredicho esa religión burguesa cómplice de un mundo de pecado y por tanto opuesto a la voluntad de Dios. Ésta es la auténtica defensa de la fe (Metz). Por eso, América Latina ha sido continente de martirio en el sentido más ortodoxo y cristiano del término. Pero sobre todo, entre esta suerte de mártires que no gustan a la teología tradicional y oficial, lo que se ha dado es una respuesta empática a una interpelación, la de la víctima, la de quien además de mártir, es pobre, sin nombre y olvidado en su dolor. El buen cristiano, o simplemente la persona de bien, profese la religión o no religión que profese, se caracteriza por escuchar valiente y receptivamente este clamor olvidado.
Es la compasión y el amor, tan cristianos, lo que pienso que más allá de elucubraciones intelectuales, ha conducido a la teología de la liberación al intento de superar las visiones dualistas y gnósticas de la teología más escolástica. Desde una praxis de amor y aceptación de la creación, se elabora, como dices, la teología que la apoya. Quizás sea este el orden. A diferencia de la otra teología ideológica, que paraliza toda transformación caritativa del mundo movida por la compasión, tenemos una teología que libera, en un estricto y coherente seguimiento de Jesús.
El dualismo no puede proporcionar fuerza para una liberación auténtica. Inspira a héroes, es cierto, y mueve a acciones piadosas, pero esconde la contradicción interna de un profundo odio al mundo, a la vida y a los hombres. Para obtener la salvación, hay que negar todo ello. Por eso, las “liberaciones” gnósticas entran más de lleno en dinámicas verticalistas, en sentimientos de poder y delirios de grandeza soterrados, de quienes buscan sobre todo ser dioses o santos perfectos. No creo que tenga que extenderme para advertir del peligro que conlleva esto. Un ejemplo: para solidarizarse con los pobres (o el planeta) se puede renunciar a una vida consumista y a ciertas comodidades, pero esto no es lo mismo que la abstinencia y la mortificación de quien cree convertirse en un ser puro y virtuoso (y por encima de los demás, claro) de esta manera. Son dos posicionamientos distintos, dos maneras diametralmente opuestas de estar en el mundo. Y si buscamos una función ideológica en la segunda, se puede relacionar con sociedades jerárquicas y desiguales, ya que establece, como digo, diferencias “metafísicas” entre los hombres. Además, el dualismo, en su desvaloración del mundo, acepta resignadamente la universalidad del mal y el pecado en nuestro “inframundo”, con lo que no se mueve un dedo para remediarlo. Esto, amigo, viene muy bien a ciertas clases y dinámicas sociales.
En síntesis, el dualismo manifiesta una ambigüedad que aunque lo hace apto para heroísmos y santidades extraordinarias, lo hace también cómplice, más o menos consciente, del mal en el mundo.
Por último, tu descripción de la marcha de la compasión, desde el shock por el sufrimiento de los otros comprendido como propio, es, me parece, acertadísima. Pero piensa que esta compasión es ya política, como diría el pedagogo Paulo Freire, y puede incitar a una praxis de liberación.

Un saludo.