viernes, 11 de julio de 2008

Las tres edades


Dicen que cuando alguien va a morir repentinamente y es consciente de ello, transcurre por la mente una especie de película hecha de momentos relevantes de su vida, extraídos del saco sin fondo de la memoria. Supongo que serán momentos de distinto género, que patalean y brincan por salir a escena: personas, sensaciones, situaciones concretas, sentimientos, recuerdos lejanos; matices de una vida que reluce en el recuerdo al mismo tiempo que se apaga como una estrella fugaz. Uno atrapa su propia vida, en un intento de evitar la muerte, recuperando los recuerdos que lo constituyen. Todo es un rescate de la tiniebla final.

Hay agonía también cuando van muriendo los seres queridos, porque al desaparecer las figuras lejanas o al tornarse borrosas en la memoria uno siente que algo de sí mismo también se torna borroso y la propia persona se difumina como en una niebla. Pero mientras hay memoria, por muy frágil que sea, seguimos siendo el yo que Hume juzgó mera ilusión formada precisamente por recuerdos. Esto es patente en la película Blade Runner, en la que los seres sin recuerdos que son los replicantes coleccionan viejas fotografías de familias ajenas, en un trágico intento de aferrarse a una existencia que sienten con la intensidad exuberante de los jóvenes, pero también vivida como algo inane y frágil. Al sentir la cercanía del límite insuperable, como quienes recurren a las dietas y la cirugía estética al dejar la juventud, los replicantes recurren a las viejas fotografías familiares de personas que no conocen.

En la medida en que nos constituyen los lugares y seres de la infancia o de la adolescencia existe una fortísima ligazón afectiva a estos recuerdos primigenios. De ahí la persistencia de la atracción por ciertos olores o sabores. Los recuerdos más antiguos a menudo son simplemente sensaciones procedentes de esa sensualidad atávica de los primeros días de playa, campo o ciudad. Sin ellos no somos nada y seguramente sean lo último en olvidarse. Son este tipo de acontecimientos, de días felices, de momentos compartidos con los otros que fueron produciendo nuestro yo (padres, hermanos, escuela, primeros amigos…), los que de algún modo nos identifican y resumen. Seguramente sean los que acudan a asistir a quienes se aferran a la vida, si tienen tiempo, durante los segundos que dure la última de sus agonías.

Todo inútil. Dice Quevedo: “Y no hallé cosa en que poner los ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte”. Nuestra civilización intenta evitar estos lúgubres pensamientos con fantasías de invencible juventud, pero la realidad es que esa juventud, con los seres que la moldearon, se va borrando y perdiendo. Lo sabemos por el proceso de envejecimiento de los seres queridos y el propio. Porque se muere muchas veces, como también dice el poeta castellano: “, y he quedado/ presentes sucesiones de difunto”. Es este extraño juego de la memoria del que agoniza un intento de recuperar lo inasible y perdido para siempre, aunque un detestable cuervo nos exclame amargamente “nevermore”. Entonces, retornamos a ver las cabelleras sin las canas, las primeras bandadas de aves migratorias, los veranos siempre nuevos, los acentos y las palabras locales que más tarde descubrimos que eran sólo locales, la promesa de felicidad de cierto libro por leer, los insectos siempre extraños y grotescos, los misteriosos animales, los inventos, la sal del mar en la boca, el crecimiento de las plantas, la ciudad de la cual la actual sólo conserva el nombre, la habilidad de los carpinteros, el asombroso griterío en el mercado de abastos, el perturbador primer contacto con el público… Estos son los dones que perduran en la memoria débil, como sombras de los seres antaño vivos que componen el hades. Podemos cerrar los ojos y recuperar por instantes cuando la vida era eléctricamente nueva. Entonces se la ama al tiempo que se la sabe efímera y fantasmal. Esos precarios recuerdos, acaso aderezados de amor y alegría, son los que acuden en la agonía a salvarnos.

2 comentarios:

Swann dijo...

Hola Marcos:

Te felicito por tu hermoso artículo. Resalto el altísimo valor literario del último párrafo.

Marcos Santos Gómez dijo...

Amigo Swann, gracias.