
He hecho un paréntesis en la lectura del libro de Küng sobre el Islam, para leerme el excelente libro del profesor Juan Antonio Estrada titulado La imposible teodicea, Madrid, Trotta, 1997. Se trata de un amplio estudio en el que se aborda el difícil asunto de la conciliación del mal con el monoteísmo que presupone a un dios omnipotente y bueno. Estrada hace un análisis y crítica de las distintas respuestas (teodiceas) que a lo largo de la historia han intentado justificar a Dios a pesar del mal imperante en la creación. La teoría de la retribución, el pecado original, el leibniziano mejor de los mundos posibles, refutado por el terremoto de Lisboa que hizo escribir a Voltaire un intensísimo poema sobre la condición trágica del hombre… Y en efecto, esto es lo que prevalece, por encima de todo ingenuo optimismo: la condición trágica del hombre, que siempre pierde, abocado a la enfermedad, la vejez y la muerte. Es esta reflexión la que llega a la cima con Dostoievski y Albert Camus. En el primero se expresa perfectamente (en Los hermanos Karamazov) la aporía representada en que, por un lado, el mal impugna a Dios y hace dudar seriamente de su existencia (pensemos en el contundente ejemplo que el autor ruso utiliza: el sufrimiento inútil de niños torturados), pero por otro, el bien exige la existencia de Dios. Según Dostoievski, la solidaridad requiere la fundamentación de un Dios que le dé consistencia (“Si Dios no existe, todo está permitido”). Subraya que lo que salva al hombre es la relación solidaria con los demás, lo cual no elimina el mal, pero en cierto modo lo vence. La postura ante el insuperable mal existente en el mundo es el mero combate contra el mal, como se manifiesta en la mencionada novela hacia el final.
Camus representa la postura del ateo. Porque el mal tiene un efecto curiosamente contradictorio en relación con la creencia religiosa. A unos, la experiencia del mal absoluto (Auschwitz) los aproximó a Dios, mientras que a otros los condujo a un razonable y comprensible ateísmo que algunos supervivientes mantuvieron toda su vida (Primo Levi, Amery). Es decir, del horror surge la creencia, pero también, la increencia. Y resulta imposible justificar una u otra opción como más racional, pues ambas son posicionamientos existenciales, opciones que intentan abordar el problema de la naturaleza trágica de la existencia humana. Por tanto, ambas son razonables, pero no racionales. En el caso de Camus, el ateísmo se concretiza en una solidaridad como lucha contra el mal pero sin fundamentación teórica, operante sólo como praxis ética. Además, no deja de tener en cuenta que el destino del hombre es trágico, ya que finalmente prevalece siempre la muerte. El gran paradigma del solidario ateo es el médico (el doctor Rieux, de la novela La peste) que cura, aun sabiendo que se halla inmerso en una lucha inútil, porque el paciente siempre acaba muriendo.
Las de Dostoievski y Camus son dos sabias reflexiones que nos confrontan con la inevitabilidad e insuperabilidad del mal, con su imposible reconciliación con el Dios de los monoteísmos. Pero también, Camus nos enseña que, y esto vale tanto para creyentes como para ateos, la respuesta que se dé al mal es a nivel de la praxis, como un combate sin cuartel contra el mal en todos sus aspectos: físico (vejez, enfermedad, muerte) y moral (guerra, hambre, explotación laboral, injusticia, corrupción, poder abusivo, etc). Es decir, debemos acostumbrarnos a la carencia de respuestas teóricas y, para el creyente, al misterio de un Dios todopoderoso que permite el mal en su creación. En todo caso, al hombre le corresponde combatir y hallar el sentido, precisamente, en esta lucha trágica contra el horror acechante.
Reflexionando estas ideas a partir del libro de Estrada he recordado la decoración de la capilla Jesucristo Liberador de la UCA en El Salvador. Al fondo, en la entrada, hay unas terribles pinturas de torturas reflejadas con toda crudeza. ¿Qué significa esa perturbación en la paz y la armonía de una capilla? Son el mal. El mal que debe mirarse de frente y tenerse presente en la devoción religiosa, sin engaños. No, cualquier milagro, si los hubiera, no resiste la abrumadora prevalencia del mal en la creación. Que se lo pregunten a las víctimas de El Mozote en El Salvador. Mujeres, niños, ancianos que, absurdamente, sin merecerlo, fueron víctimas de una masacre gratuita que seguía la lógica del horror y la guerra. Quien se quiera hacer una idea puede ver la película Voces inocentes, que refleja cómo la población civil sufrió en medio del fuego cruzado, los secuestros, la tortura, los reclutamientos forzosos de niños, etc. Y en medio de ese enorme sacrificio sin sentido de inocentes, en esa situación límite en la que ningún milagroso Dios acudió a impedir la masacre, es donde surge la pregunta que también formulara Jesús en la cruz, antes de morir, como las víctimas de Auschwitz o El Mozote, torturado injustamente: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Este clamor, también el de la figura simbólica Job, en el Antiguo Testamento, expresa una experiencia profundamente humana, la del abandono del justo en medio del predominio y la victoria del horror y el mal. Paradójicamente ahí, en ese silencio de Dios, es donde el profesor Estrada explica, al final de su libro, que puede hallarse la relación madura y auténticamente cristiana con el Dios de Jesús. No en una religiosidad de tipo mágico, que busca el milagro y la compra de favores a una divinidad que salvaría la vida a unos y mataría a otros. Esta última incongruencia nos llevaría a una imagen terrible de Dios como justiciero y fuente del mal, en la que el viejo miedo al numen terrible y el deseo producido por la contingencia humana prevalecerían en vez de asumir que el mal existe inexplicable y absurdamente.
Ante el mal, sólo cabe hacer lo de Jesús, jugársela hasta la muerte. La salvación que ofrece el nazareno, si nos ceñimos a una lectura histórica de los evangelios, es la de un seguimiento por parte del fiel que le lleva a tomar partido incondicional siempre por el débil, exponiéndolo todo obstinadamente, en un combate a vida o muerte contra el mal; combate que, de algún modo inexplicable y misterioso, y a pesar de que el mal gana siempre la partida, salvaría a los hombres. En cierto modo, la solidaridad trágica de Camus, pero esta vez con el enigmático aval de la divinidad.
En toda esta reflexión dignos son de mencionar, además, los filósofos Walter Benjamin y Max Horkheimer. El primero trae a colación la necesidad de una redención de las víctimas de las injusticias del pasado, injusticias que han conformado la historia y la civilización tal como la conocemos. Esta posibilidad de sentido para el horror, es rechazada por Horkheimer, que, sin embargo, admite la teología como expresión del deseo o anhelo de que la víctima tenga la última palabra, de que el verdugo no triunfe finalmente. Desde luego, nada de esto demuestra la existencia de Dios. Pero aquí estaría la aportación de una concepción más teológica que filosófica, que sería pesimista respecto al hombre pero optimista respecto a su destino (escatología, mesianismo). Lo contrario del ateísmo de Camus que, optimista con el hombre, es pesimista en relación con su destino trágico y absurdo en el que lo último es, se mire como se mire, la muerte.
4 comentarios:
Tal vez y solo tal vez, si la visión de Camus se modificara un poco para decir, como Séneca sobre la muerte: "deberíamos temerla si pudiese permanecer con nosotros, pero, por necesidad, o no llega, o pasa."
Decir tal vez, el hombre no pierde, simplemente deja de jugar. Y para dejar de jugar no se necesita un aval.
Sospecho que eso no iría con la idiosincrasia de Camus, a quien en realidad no conozco...
Saludos.
Amigo Alejandro:
En realidad, en Camus se dan las dos posturas. En un primer momento (El mito de Sísifo, El extranjero) apuesta por un individualismo lúdico de corte nietzscheano, como el que me parece que describes. Pero el segundo Camus (El hombre rebelde, La peste) es el que recoge el elemento solidario y lo integra en la visión atea y existencialista del primero.
Saludos.
Hola Marcos:
Es un tema éste que me fascina, así que perdonarás que me extienda más de la cuenta.
El libro de Estrada lo lei el año pasado junto con otro de similares temática y enfoque, creo que de Tamayo. Debo decir que me decepcionaron ambos. En nuestro tiempo ni los teólogos ni los filósofos se atreven ya a crear nada. Ambos libros son dos buenas exposiciones del problema de la teodicea: se trata la historia de la cuestión y se analizan los problemas. Pero yo echo de menos un modesto intento de solución. Hay quienes, como yo, se aproximan a estos libros buscando respuestas, y no por el mero placer de adquisición de conocimientos. ¡Qué lejos quedan aquellos tiempos anteriores al XIX en que los teólogos y filósofos se atrevían a dar una solución a los problemas en vez de una exposición de su historia! La teodicea, ante el encogimiento de hombros de los que escriben sobre el tema, parece ya un problema filosófico de museo, como la cuadratura del círculo o la piedra filosofal.
¿No cabe abandonar la pedante neutralidad académica y dejar la doxología para pasar a hacer verdaderas teología y filosofía? ¿O se prestaría tal atrevimiento a la mofa y al descrédito de la comunidad académica?
No creo que fuese mucho pedir que estos teólogos en sus libros argumentaran un poco a favor de alguna posible solución al problema. No estoy pidiendo dogmatismos. No se trata de pretender que lo que uno diga sea irremediablemente cierto. Pero se agradecería un posicionamiento argumentado. Al menos se generarían respuestas.
Ya hemos hablado en otros posts del tema del dualismo y de nuevo me parece insoslayable al tratar de la teodicea. Seguramente el dualismo no es sino un intento de solución a la aporía del mal en un mundo creado por un Dios bueno.
Para explicar el mal me parece que se deben separar claramente dos tipos de explicaciones.
1- Una es la explicación "natural", circunscrita al mundo fenoménico, en la que no caben sino cadenas de hechos conectadas por la ley de la causalidad. Se trataría de encontrar una explicación científica al mal. Esto es, una explicación biológica, pues los cuerpos inanimados no sufren el mal. En este sentido, la vieja explicación que ofrece pormenorizadamente Schopenhauer me parece insuperable en su planteamiento: solo precisa de las aportaciones concretas que la ciencia vaya ofreciendo en su avance.
La pregunta de "para qué" existe el mal no tiene sentido en el ámbito científico: en el ámbito fenoménico no hay teleología. Aquí tiene sentido sólo el "por qué" y, en general, la respuesta -desvelada poco a poco a partir del XIX con Schopenhauer, Darwin, Marx y Freud- nos habla de una tendencia esencial del ser vivo a sobrevivir individualmente y a perpetuarse como especie. La herramienta para esa perpetuación es el deseo: deseo de vivir, de sobrevivir, de reproducirse. Pero ni en el más afortunado de los casos el deseo puede ser siempre satisfecho y cuando lo es, aun así nos encontramos: con que:
-muy frecuentemente lo es a costa del dolor de otro ser vivo
-su consecución genera otro deseo o, lo que es peor, el aburrimiento
-termina de todos modos con la muerte -¡la individual e incluso la de la especie!
Como el hombre es un ser vivo y natural como otros, debería estar sometido necesariamente a la ley del deseo, a la ley de la lucha sin sentido y condenada al fracaso por sobrevivir. Sin embargo yo veo aquí -y es el único indicio de trascendencia que encuentro en el mundo, el único brillo de esperanza y, por tanto, el único agarradero de la fe, veo una anomalía: la santidad. Llamo santidad, siguiendo a Schopenhauer, a la capacidad demostrada de algunos humanos excepcionales de sustraerse a las leyes que deberían constituírlos como seres vivos, al egoísmo biológico esencial. Es sumamente raro que esa anomalía siempre esté ahí, no más abundante ahora que hace cinco mil años o que hace cien. Estos pocos seres anómalos son crucificados, exterminados y arrancados de cuajo allá donde aparecen, como la mostaza en los huertos de Judea, no suelen ni tan siquiera reproducirse y, por tanto, parece increíble que no se hayan extinguido ya, según el patrón de la selección natural: lo mismo que ya no quedan elefantes lanudos o corderos salvajes, no deberían quedar santos en el mundo.
2- Y aquí es donde sería razonable -aunque no racional- buscar explicaciones fuera de lo fenoménico. Pero el monoteísmo abrahámico no pone las cosas nada fáciles. La teodicea abrahámica es ciertamente imposible. Las soluciones no pueden evitar caer o en la falta de lógica o en la cínica negación o justificación del mal. El libro de Job no puede ser más nítido.
Pero es que seguramente el libro de Job -esto parecen decir al menos algunos expertos biblistas- lo escribió alguien que ya conocía el dualismo religioso de los iranios. Si no es posible negar el mal y queremos agarrarnos a que también existe el bien ¿no parece, independientemente de la fe de nuestros antepasados, que el hombre religioso e intelectualmente honesto se debe ver abocado a aceptar dos principios en este mundo y no solo uno? Me sorprende que apenas se someta a discusión una solución tan evidente y sencilla en el libro de Estrada. Y solo se me ocurre que sea porque es una solución que parece alejarse demasiado del cristianismo. Pero ¿de qué cristianismo hablamos? ¡En el siglo II había decenas de cristianismos! (Cf: "Cristianismos derrotados" de A. Piñero) ¿Seremos tan leibnizianos, tan hegelianos como para decir que el que se hizo con el poder fue, precisamente ése, el mejor? Las tesis de Marción, notablemente dualista, estuvieron en un tris de llegar a ser las oficiales de la Gran Iglesia. Y Marción defendía un claro dualismo: había un Dios "malo", cruel, justiciero y creador de este mundo -el Yahvéh del Génesis- y un Dios "bueno", el Padre del que nos habla el Salvador del NT cuyo reino "no es de este mundo". De haber triunfado esta visión del cristianismo -como mínimo igual de sustentable en los Evangelios que la vencedora- ahora ya no tendríamos problemas con la Teodicea.
Este problema esencial, la explicación del mal, un problema mucho más acuciante para el oprimido que para el opresor, siguió incitando a los cristianos durante el milenio siguiente. Y siempre aparecía como respuesta la que lógicamente estaba más a mano: el dualismo. Eran los teólogos que trabajaban para los opresores los que debían justificar ese mal con mil artificios teológicos o incluso negarlo con infinita crueldad y cinismo. Y silenciar, masacrar y reprimir a los que aportaban la solución marcionita: patarinos, bogomilos, cátaros... Te recomiendo encarecidamente la lectura del Liber de Duobus Principiis, un tratado dualista del siglo XIII que me parece que todavía hoy consituye un reto para los teólogos que tratan el tema de la teodicea. Está editado en "El legado secreto de los cátaros", en Siruela. Tras la llegada del renacimiento, quien honestamente pretendía buscar explicaciones -y no justificaciones- al problema del mal dejó de lado la vía teológica y se embarcó en la búsqueda científica o filosófica. Lógico: era preferible dejar a un lado lo trascendente que someterse a la hoguera. Desde que la hoguera no persigue ya al teólogo abiertamente independiente, han surgido figuras que abogan por una suerte de teología dualista. Quizá el último Horkheimer podría entrar en esta nómina. También Simone Weil.
Independientemente de la adhesión que el dualismo pueda suscitar en los teólogos cristianos -y se puede ser cristiano y dualista, como lo demostró ya Marción- habría que pedir que prestaran un poco más atención siquiera sea doxológica a esta corriente, subterránea y reprimida, pero muy razonable que contribuiría a traer un poco de esperanza al encogimiento de hombros de los que piensan la teodicea como una aporía irresoluble.
Amigo Swann:
Me alegra "verte" por aquí de nuevo. Sé que éste es de los temas de que hemos hablado en otras ocasiones, y que, como dices, te apasiona. A mí desde luego, también. En realidad, creo que la pregunta por Dios y la teodicea vienen tras la experiencia del mal (como señala Estrada, tienen un origen existencial, y no teórico). Esto se observa fácilmente en el Antiguo Testamento (Job, profetas judíos, Éxodo, ciertos capítulos del Génesis, Salmos, etc.) y en el Dios crucificado del Nuevo Testamento. Es el mal lo que arranca de uno la pregunta por el sentido, la cual subyace a toda teología.
El libro de Juan Antonio Estrada hace un detallado repaso por las distintas explicaciones del mal, a mi juicio excelente, para concluir con la imposibilidad de toda teodicea, desde el momento en que la experiencia concreta del mal impugna cualquier construcción filosófica o teológica en orden a disimular el escándalo de un mundo en el que predomina lo horrible. Porque el mal es injustificable. Claro, como dices, todo esto parte, y Estrada lo dice en su libro, de la "hipótesis" monoteísta. Descarta el dualismo maniqueo porque se mueve en la tradición triunfante en occidente, lo que no quita que pudiera hacerse otro libro que estudiara dicha perspectiva que tú defiendes. Desde luego, la idea de dos principios, bueno y malo, resolvería en gran parte el dilema que plantea la coexistencia de un Dios único, bueno y omnipotente con la evidencia de una creación en la que impera el mal y el sufrimiento.
Sí creo que Estrada, en especial en el final de su libro, aporta, y no se limita a exponer el pensamiento de otros. En el libro hay un notorio esfuerzo filosófico por parte del autor. Acomete el intento de pronunciarse ante un problema irresoluble al que él, admitiendo dicha irresolubilidad teórica, sí trata de dar una paradójica (y muy camusiana)solución que mira en especial al ámbito de la praxis.
En fin, supongo que seguiremos hablando de este tema que a ambos nos preocupa.
Un saludo.
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