miércoles, 17 de diciembre de 2008

La mano que mece la cuna


Cuando se leen las críticas a la democracia representativa por parte de Kropotkin, tal como las explica en Palabras de un rebelde, asombra de nuevo la frescura y actualidad de todo lo que dijo en el contexto de entresiglos. Todo se resume en la idea de que el gobierno representativo, a pesar del supuesto avance que significa frente a las dictaduras, es la mejor manera de mantener dinámicas de poder (autoritarias) en la sociedad, a favor de unos pocos contra la mayoría, porque añade el beneficio de ser un sistema político que se vende como “gobierno emanado del pueblo”, es decir, “legítimo”, éticamente irreprochable. Enumera el rebelde ruso las consabidas lacras de la corrupción, el espectáculo circense de las elecciones, las falsas promesas, la disciplina de voto en los diputados, la enorme capacidad de decidir sobre múltiples aspectos que se concentra en pocas manos (gobierno y diputados), la desactivación de la contestación social, los pactos a espaldas de los ciudadanos, etc. En suma, todo lo que sucede cuando el poder es delegado en personas que lo pueden mantener sin ser requeridos para rendir cuentas o controlados eficazmente por la mayoría (en este sentido, el voto cada cuatro años carece de eficacia). En el fondo, si aceptamos los argumentos de Kropotkin, el poder a secas, con sus parcialidades y corrupciones, continúa “haciendo de las suyas”, pero con la diferencia de una mayor legitimidad unánimemente aceptada, frente al lógico desprestigio de los absolutismos y las dictaduras.

No obstante, se puede alegar, como dijo Churchill, que las democracias representativas son “el peor de todos los sistemas políticos con la excepción de todos los demás”. Pero el caso es que no garantizan la justicia social o el poder desde la base, y ahora apelo a la mera observación de lo que hoy día ocurre en los llamados “estados de derecho”. Hay mecanismos, como señala a menudo Noam Chomsky, de férreo control de los ciudadanos que funcionan con una eficacia mayor que los burdos, aunque terroríficos, modos propios de las dictaduras. Es como si viviéramos en dictaduras sin dictador, o dictaduras anónimas, que causan la mayor indefensión en los desconcertados ciudadanos. Veamos, someramente, algunos elementos autoritarios de las democracias representativas hoy día:

1. Se cometen injusticias de las que nadie responde, porque en realidad, no hay alguien, concreto, singular, que las cometa. Esto se vive cada vez que hay que tratar con máquinas (contestadores automáticos, programas informáticos) que determinan las respuestas y los cauces de acción. En una ocasión, cierta compañía telefónica me hizo una trastada, a lo que invariablemente, respondían los operarios que era culpa del “programa”. Del mismo modo, un ciudadano puede ser requerido a pagar injustamente, con la amenaza de figurar en listas de morosos o ser denunciado (con todo el peso de la ley). Y nadie se hace eco de sus quejas.

2. La ley, que supuestamente nos protege, no resulta eficaz para evitar abusos, pero sin embargo, es aceptada irónicamente como elemento de defensa para los ciudadanos. Además de la abundancia de ladrones de guante blanco que llevan décadas actuando con total impunidad, tenemos que, si alguien pretende reclamar contra los abusos laborales o de consumo cometidos por una empresa, se interna en un largo y complejo laberinto burocrático que hace desistir a cualquiera. De hecho, uno constata que la ley protege, de múltiples maneras laberínticas, a los más fuertes. Pero la legitimidad de la misma ley que favorece abusos no queda en entredicho, pues, kafkianamente, es aceptada como moral positiva y fuente de definición del bien y del mal. Es el imperio del derecho que se confunde con la ética. A la hora de estudiar una sociedad, se estudian sus leyes, pero se elude la reflexión moral, por ejemplo. El efecto final es que uno “es ejecutado” sintiéndose, encima, culpable y merecedor de la ejecución. Es un triste sarcasmo que adopta diversas formas y que se extiende al mundo psicológico y las vivencias padecidas en la empresa, la universidad, el comercio, etc. En el caso de la universidad, que me pilla bien cercano, se trata de la emergencia reciente, en España, de una maquinaria burocrática descomunal que, con la excusa de la mejora de la docencia y la investigación, se ha erigido en una suerte de poder anónimo que “mata” haciéndote sentir, encima, culpable. Se genera un enorme stress y miedo a no llegar a los requisitos por parte de profesores, titulaciones, universidades… en las muchísimas evaluaciones que impiden que el profesor (gremio que se ha atomizado hasta la exageración) se centre en investigar y enseñar, llenándolo de ansiedad y sin tiempo para analizar críticamente todo este entramado alienante. En general, y hablo ahora de la sociedad en su conjunto, hay un ataque cada vez mayor a la dignidad personal, de manera que el poder trata paternalmente a los ciudadanos, alardeando de eficacia y de buenas intenciones. Quizás sea un buen ejemplo de esto las reiterativas campañas de la dirección general de tráfico. El poder se nos vende como benefactor y protector de nuestros intereses, pero a costa de la libertad (caso de las leyes norteamericanas para leer la correspondencia sin autorización judicial) y de la dignidad, porque los ciudadanos son infantilizados y engañados. El poderoso gusta de fotografiarse con un niño en brazos y sabe que una declaración en la tele con gesto serio y traje formal hace milagros a la hora de crear la realidad. Y si no, se repite la misma falsa verdad hasta que el ciudadano se duerme arrullado por el eco de la cansina canción.

3. Aunque suene a tópico: la gran eficacia de la publicidad para crear gustos y opiniones. Se dice no obstante, con cinismo, que el mercado obedece neutralmente a las demandas, y que consiste en la oferta de bienes apreciados por los ciudadanos. Se oculta que esta demanda es provocada con poderosos medios que juegan con el miedo o la sexualidad, entre otras cosas. Además existe una poderosa censura anónima, estudiada por Bourdieu, que tiende a desechar lo que no se acopla a los gustos del mercado, gustos que a su vez son conformados por la propia información censurada, en una especie de círculo. Un periódico que explique la verdad de las revueltas en Grecia que están ocurriendo actualmente, en un análisis neutral y objetivo, no vende, pero porque hay una audiencia que no quiere ese análisis, configurada para no demandarlo ni creérselo. De este modo, vende más que se diga que son grupos afines al terrorismo de Al Qaeda, en una evidente exageración fuera de lugar y tendenciosa. Y esto es así porque es lo que “gusta” y “atrae” la atención de la gente asustada por las imágenes de caos en las ciudades. Así también, puede meterse en el ominoso saco del terrorismo diversos grupos anarquistas no violentos, feministas, de liberación del Tercer Mundo, de obreros y parados, de estudiantes ninguneados, etc.

4. El imperio de un mercado, con su ley de la oferta y la demanda, que se erige en la norma suprema, pero olvidando que no se dan las mismas condiciones de partida para todos y que la satisfacción de la demanda se hace a costa de la carencia de lo mínimo sufrida por dos tercios de la humanidad. La oferta, que requiere una forma injusta de producción, no es inocente. Nace con las manos ensangrentadas.

En Estados Unidos, siendo el país más rico de la Tierra, 40 millones de ciudadanos carecen de cobertura sanitaria. Cuando el mercado regula desde el egoísmo, en lugar de generar riqueza y felicidad para todos, produce concentración y acaparación de la riqueza por unos pocos, junto con enormes bolsas de pobreza. En el caso de la sanidad en EEUU, el dato que acabo de proporcionar (extraído de Le Monde Diplomatique, edición de diciembre de 2008, pag. 1) es suficientemente elocuente. El mercado de la ley de la oferta y la demanda no da abasto para todos. No todos cabemos en él.

5. Aunque parezca oportunista, y ya lo dijeron Kropotkin o Marx: las crisis cíclicas producidas por la especulación y la economía fantasmagórica son propias del capitalismo. De esto, en la actualidad, sí se habla.

6. El fin del pensamiento utópico, de las visiones críticas y alternativas, de la reflexión filosófica, que son tachadas de no científicas o acordes con los tiempos. O, como dijimos en entradas anteriores, mercantilizadas, convertidas en modas u objetos de consumo. De esta tendencia fatal del capitalismo de consumo se viene escribiendo décadas. Y respecto a la utopía que se nos vende (en España es la utopía comercializada del antifranquismo), incluso cuando se habla de “memoria histórica”, la memoria es selectiva y olvida ciertos momentos como el verano libertario en la Barcelona de 1936. Porque lo que vence, en definitiva, es el sentido común y el pragmatismo. Se llama moderación y prudencia a lo que no es sino aceptación sumisa del statu quo, es decir, una simple adaptación irreflexiva a lo que hay.

7. Diversos mecanismos burocráticos por los que se ha impuesto un control del conocimiento y la producción científica desde la sacralización del mercado y la estadística. La estadística es un excelente y útil instrumento, pero no un rasero para medir incontestablemente la realidad. Se olvida el carácter provisional del mismo, de las hipótesis científicas, el necesario tanteo lento y gradual que supone el verdadero conocimiento. Se fuerza constantemente a la realidad. El resultado es una ciencia inútil o con una utilidad ya determinada de antemano, es decir, una ciencia sesgada y canalizada a favor de ciertos fines invisibles que no se discuten. Así, la crítica ejercida tradicionalmente por los intelectuales es sabiamente neutralizada hoy día. Lo valioso es las veces que lo citan a uno, por ejemplo, o la velocidad de producción, todo lo cual fomenta una producción raramente útil. Pero lo inútil, una vez más, es presentado como “útil”. Porque, finalmente, el gran mérito del poder es trastocar el sentido de las cosas, dominar el lenguaje y hacer ver como blanco lo que es negro (recuerden la novela 1984 de Orwell).

8. E insisto en que lo peor, lo espantoso, es que no hay un culpable de toda esta pesadilla. Todo lo que he enumerado son dinámicas anónimas, producto de una compleja mezcla de factores y elementos que se escudan mutuamente, que funcionan maquinalmente, que pactan sin mediar palabra, y a los cuales difícilmente se puede plantar cara. Y esos mismos factores nos han hecho olvidar la crítica de las ideologías que podía neutralizarlos o, por lo menos, ponerlos en evidencia. Si esta crítica persiste, lo hace de manera aislada y sin apenas hallar eco en la sociedad.

Después de todo esto, ¿podemos seguir llamando democracia a nuestras democracias?

4 comentarios:

Dizdira Zalakain dijo...

La verdad es que tu análisis es tan completo y riguroso que tengo poco que aportar, pero siento la necesidad de un desahogo personal. Espero que me disculpes.
Hace unos años, trabajé en un equipo de Educación especial. Nos pedían reflejar en una tabla el tiempo exacto que debíamos dedicar a cada actividad. Los resultados de esta "inteligente" autoevaluación fueron :
1- Dedicábamos el 50% de nuestra jornada laboral a rellenar las p**** fichas de control.
2- Acabamos por inventarnos los datos, porque era imposible recordar lo que habíamos hecho cada ¡cuarto de hora!
Además, es que estoy convencida de que esas fichas no las leía nadie. Eran "archivadas" sin más...

Respecto a lo que has comentado de la manipulación propagandística, la falsa democracia, etc., a veces tengo la sensación de estar viviendo una pesadilla. ¿Cómo ha conseguido el poder convertirnos en imbéciles sobrealimentados, enchufados a la TV, autistas éticos...?
Es un consuelo que exista internet y que escriba en ella gente como tú. Que Alá te bendiga, Marcos.

Zeyrus Kuilg dijo...

¡Con cuanta velocidad has tratado temas tan fundamentales y difíciles de presentar, le celebro, maestro!

Un cosa rápida... ya conoce las urgencias que no dejan tiempo para lo importante.

Al parecer mientras más transformamos el mundo, menos suficiente es la ética (la cual supone en sí misma a la responsabilidad), dado que hay más efectos de nuestras acciones en el mundo. Estas consecuencias derivan en distancias y mediaciones debidas a la dilatación histórica y/o tecnológica. (La imagen del robot con el instrumento musical es muy elocuente.)

Ojalá no cambiemos hacia caminos que llevan al mal. A mi modo de ver, necesitamos de la divinidad en nuestros distintos esquemas del mundo, pero los esquemas capitalistas se basan en buena medida en negar lo sacro, dado que todo puede ser una mercancía más. En este mundo propuesto tanto las personas como los valores tienen un precio y pueden encontrar condiciones desde las cuales son anuladas, luego, son de segundo orden o prioridad.

Si me permite la informalidad: :(

Algo tenemos que hacer.

Jake dijo...

Interesante, y muy verdaderas, las reflexiones que nos presentas, Marcos. El mundo es Kafkiano, como tú muchas veces nos señalas. Últimamente he tenido tres problemas similares a los que relatas. Uno de ellos referido a la compañía de gas, otro a las tarifas de Internet y el tercero con el cobro de tarifas de basura. En este último yo como sujeto activo, que viene a ser como si fuera pasivo. Lo mismo da. La compañía de gas trata de cobrarme un recibo, en base a no se que gastos que yo no realicé antes de mudarme a mi vivienda. Resulta que se confundieron al leer los contadores con el vecino. Pues bien: llevo dos años enzarzados con ellos, en un tira y afloja. Cada vez que llamo por teléfono me contesta un contestador. Cuando por fin quiero hablar con alguien no me soluciona el problema. Así que me comunico con ellos vía fax y ellos conmigo por correo certificado. De mi cuenta bancaria me desaparece el dinero, que, indefectiblemente, se cobran, y que yo anulo pesadillescamente en una rutina circular que se repite trimestralmente. El otro caso tiene relación con la conexión de Internet en una situación más o menos parecida a la anterior. En el tercer caso yo soy el sujeto activo y pasivo. A la vez. No solo soy agricultor: más quisiera yo. También trabajo en una administración en la que soy el último mono. Al cobro del recibo de las basuras por tal administración, que ha sido delegada por otra, me llega un aluvión de llamadas de teléfono quejándose de las dichas facturas. ¿Qué por qué me llegan a mí? Pregúnteselo ud. a otro, porque yo no tengo ni idea. Solo me limito a dar excusas y les digo que la cosa es de un ente abstracto llamado “Diputación”: ¡Vaya un coño de trabajo más tonto!. Y lo peor es la cara de estúpido que se me queda cada vez que cuelgo el teléfono. Lo más seguro es que los que llaman a “Diputación” les den mi número. Eso será. Así es que llamo a “Diputación” dispuesto a comprobarlo. Oiga, “Diputación”, ¿Qué ocurre con los recibos de basura?- les pregunto. Espere un momento - me contestan. Pi-Pi-Pi-Pi. Al cabo de un rato me suena la otra línea de teléfono que hay en la pecera donde me ubican, y descuelgo el teléfono. Buenos días: aquí la oficina de servicios al ciudadano de la Mancomunidad de (…). Yo, con los dos teléfonos agarrados, y la cabeza ligeramente agachada, me contesto a mi mismo: -Mire ud. tiene que llamar a “Diputación”. Así me tiré toda la mañana. ¡Normal que el teléfono les comunicara a otros usuarios!. La verdad es que llegué a casa desolado. Abro el buzón, después de una mañana de perros llamándome a mi mismo, y me encuentro con una carta del servicio de basuras donde me reclaman un dinero de una casa que no es la mía. Me metí en la cama directamente.

Marcos Santos Gómez dijo...

Esa alienación que sentisteis, Dizdira y Jake, es justo la que ahora padecemos en la universidad de una manera descomunal. Creo que estas dinámicas de control que se han desatado son dinámicas de poder que sirven al poder, pues neutralizan toda crítica y capacidad de libre decisión. Mi análisis de todo ello va por ahí. Ciertamente, es como una pesadilla, una esclavitud maquillada de progreso. Increíble. Y lo peor es el silencio de tantos que estamos sufriéndolo, la muda aceptación del sino de los nuevos tiempos, la sensación asfixiante de falta de diálogo en un mundo que se dice dialogante y democrático.
Comparto plenamente contigo, Zeyrus, tu visión del peligro de nuestro mundo que mercantiliza al tiempo que anula y mata lo sagrado, capaz de fagocitar sus propias contradicciones.
Saludos.