martes, 29 de enero de 2008

Como una vieja balada irlandesa


Si hay una experiencia netamente humana, universalmente compartida, es la conmoción generada por el paso del tiempo. Es esto lo que un John Huston tardío nos ofrece con la película Dublineses, basada en el cuento Los muertos, de James Joyce. Con el aire de una balada irlandesa, la modesta acción nos conduce a una cena en la que, siguiendo una tradición, se reúnen unas personas en la casa de tres hermanas que hacen de anfitrionas. Acuden algunas parejas, un borrachín con su madre, un cantante de ópera, un anciano… son seres corrientes, mostrados sin idealizaciones de ningún tipo, pero con un aire de ternura que impregna el filme. La atmósfera, y ahí voy, es decadente, pues se trata de un retrato magistral de la nostalgia, de los efectos del paso del tiempo en el alma humana. La cámara se regodea en diversos objetos y lugares de la casa, mientras una de las anfitrionas, decrépita, canta con voz desafinada por la edad. Los objetos son enseres cotidianos, cosas de una época ya inexistente, que ya no se usan y que perduran como adornos. Vemos el pasado en el pasado. Hay viejas fotografías de personas vestidas con rancios uniformes o con trajes de boda, en una juventud detenida, en un tiempo artificialmente violentado. A duras penas, arrancados de su contexto, persisten los retratos, desafinando como la voz que canta la triste balada que se oye de fondo. La película nos sitúa a principios del siglo XX, un momento que se presenta ya decadente y superado. Todo apunta a la incertidumbre de una nueva época por venir. La cena es casi una despedida. Vemos las costumbres y cotidianidades de los personajes ya heridas de muerte, en un presente que viven como recuerdo.

La película no clama ni prorrumpe en un gran lamento. El tono es resignado, estoico, melancólico. Se habla de cosas que se sabe están condenadas a morir… pero se habla. Tal vez esa charla intrascendente seamos los hombres.

Todo evoca lo fugaz, una noble tragedia anclada en lo más hondo de la vida corriente, sin necesidad de rebuscar en la épica. El relato es realista, pero muy subjetivo. Es como la conversación de una abuela.

En una escena una mujer confiesa a su marido, llorando, un doloroso recuerdo de juventud, un antiguo amor que acabó mal. En la intimidad del dormitorio, la mujer madura llora, transmutada en la quinceañera que fue. Es como si la juventud perdida irrumpiese como un relámpago destinado, también, a pasar. Se actualiza la antigua vivencia mientras se dice: “así fue”.

El marido silencioso reflexiona y contempla por la ventana caer la nieve sobre Irlanda. Su evocación es una anticipación de algo, la muerte, que antes de llegar ya está presente, la permanente sombra que roba al mundo su consistencia. En la cena se había hablado de monjes que duermen en ataúdes.

La película expresa lo que constituye el mayor asombro, el mayor desafío, la mayor pregunta. De este enigma, de esta conmoción, emergerá, ciertamente, la filosofía.

domingo, 27 de enero de 2008

Donde brillan los relámpagos


He retomado la lectura de Simone Weil, que había dejado hace algún tiempo. He ido a ella fascinado por su historia y lo poco que sé de su pensamiento. Sin lugar a dudas, debió ser una mujer extraordinaria, creo que un ejemplo a seguir por el enfoque y el compromiso hasta el límite que practicó toda su vida. Los textos que he leído manifiestan una profundísima vida interior que tuvo, como debe ser, su reflejo en una no menos profundísima “vida exterior”. Ante un juez explicó que había deseado la cárcel (luchó en la resistencia, en la Francia de Petain en los años 40) para lograr la identificación plena con los oprimidos. El magistrado la juzgó loca y fue absuelta. Pero no acabó ahí la cosa: ayunos, renuncia a un puesto de profesora universitaria para trabajar en una fábrica, rechazo a una vida dedicada exclusivamente al estudio (era mujer de gran erudición) para jugar a las cartas y charlar con la gente, penalidades varias… Todo ello nos puede hacer que la veamos como loca, en efecto, o tal vez, al contrario, como persona de inigualable lucidez. Todo ello me admira y llena de asombro.

Creo que apunta a un camino acertado cuando afirma: “Tengo la necesidad esencial, la vocación –pues creo que puedo llamarla así- de moverme entre los hombres y vivir en diferentes medios humanos fundiéndome con ellos, adoptando su mismo color, (…) a fin de que se muestren tal como son sin que tengan que disfrazarse para mí.” Su identificación con las personas, su amor a ellas, fue tal, que llegó a renunciar al bautismo en consideración a los muchos seres humanos que han sido excluidos por la propia Iglesia. Como yo mismo escuché llamarlos a un cristiano coherente, sacerdote en El Salvador, “los mártires sin nombre, de los que nadie se acuerda, ni siquiera la propia Iglesia.” El auténtico mártir es, quizás, quien muere callada y absurdamente, sin reconocimiento de ningún tipo, y sin lugar en los altares, víctima de la injusticia y los poderes de este mundo. Simone Weil, en este sentido, trae a colación en algún párrafo la identificación de Satanás con estos poderes, en el episodio de las tentaciones narrado por Lucas. Es, precisamente, este poder el que le ofrece Satán a Jesús, y que éste rechaza.

La verdad no suele tener nombre y apenas se la recuerda. Pasa de manera desapercibida. En la filosofía lo expresó inigualablemente Walter Benjamin, y en la pedagogía Paulo Freire. Por eso, el auténtico saber que desvela y muestra, a veces incómodamente, es el que se sitúa en los márgenes de la realidad, donde ésta deja de ser la realidad normalmente asumida, y donde lo último pasa a ser lo primero. En este sentido, los bien tratados por la fortuna vivimos en un letargo del que nos pueden despertar, haciéndonos un incomparable favor, los más desafortunados. No se trata de incluirlos o estar con ellos, ni de ayudar o dar limosnas desde arriba, sino de que el propio discurso revelador acerca de la realidad, para que ésta sea algo más que un letárgico sueño, debe hacerse desde ellos. Se trata de recuperar su importancia epistemológica, axiológica y escatológica. Porque en la recuperación de esta realidad nos va, no sólo el conocimiento de cómo somos verdaderamente, sino el sentido y la orientación que tanto mendigamos en nuestra era postmoderna. A manera de relámpagos, decía Benjamin, se muestra entre las ruinas que éstas pueden alzarse y revivir. Ésta es la verdad del ángel de la historia. Nos constituye la muerte y la vida.

Yo creí sentir un relámpago de este tipo cuando en los últimos juegos paralímpicos ocurrió lo siguiente:

Competían por la medalla unos cuantos atletas con deficiencias de tipo psíquico, que tras el pistoletazo de salida, echaron a correr por la pista. Pero uno, apenas dar unos pasos, se cayó. En el suelo, su impotencia y angustia era tal que echó a llorar. De esto, poco a poco, se percataron sus rivales, que uno tras otro, se detuvieron. Todos retrocedieron para levantar a su “rival”, le dieron ánimos, y llegaron juntos a la meta agarrados de las manos.

En los márgenes se dan las mejores lecciones. El escándalo propio de una sociedad cruel e injusta es percibido con intensidad en los límites de la misma. Jaspers explicaba que las situaciones límites, en el plano existencial desde el que él hablaba, son reveladoras. Paulo Freire dotó a esta idea de un sentido político, es decir, los excluidos (él los llamaba oprimidos) expresan verdades. En este sentido, el aprendiz de sabio, sea filósofo o sea cualquier persona que se forma, debe aspirar a desarrollar esta sensibilidad para escuchar el silencioso mensaje de los oprimidos… Y en esta escucha, crecemos. De esta escucha, decía también Buber, recibimos el Yo y la faz humana. Aún más, como decía y practicaba la buena de Simone Weil, el educador debe fundirse con ellos, debe saber y tomar conciencia del grado en que uno mismo es uno de ellos. Creo que éste es el mayor logro al que puede aspirar toda pedagogía, en educadores y educandos.

Otro asunto relacionado: hoy que es el día internacional en que se recuerda el holocausto nazi, yo también recuerdo el énfasis con que el filósofo Adorno decía que lo más importante de la labor educativa debe ser educar para que Auschwitz no se repita. Entre otras cosas, decía, esta educación debe consistir en el desarrollo de una cierta repugnancia por hacer daño a los demás, una suerte de empatía con el que sufre de la que carecían los nazis. Muchos, además, hicieron daño por dejarse llevar, asumiendo irreflexivamente los valores que les ofrecía su sociedad. Algunos, sin llegar a matar, hicieron dinero o consiguieron cargos colaborando activa o pasivamente con el régimen. La sociedad nazi era una sociedad de ganadores y de perdedores, de triunfadores y de excluidos, y muchos la utilizaron para ganar y triunfar. De esta verdad, también, nos advierten quienes hoy viven en los márgenes de la realidad, excluidos y totalmente fuera de ella. Un nuevo ejemplo de ello: Me contaba recientemente una pareja de ancianos, analfabetos, que cuando necesitan en su casa el servicio de un reparador, obrero, empleado, empresa de cualquier tipo, algunas personas (no todas) suelen frotarse las manos pensando en el cuantioso beneficio económico que pueden ganar, que, teniendo en cuenta la edad y el analfabetismo de estos “clientes-consumidores”, se les ofrece hacer un buen negocio con ellos. Felices ganancias.

Saludos.

miércoles, 23 de enero de 2008

Tras un pálido minotauro


Moby Dick es una novela enigmática. Las interpretaciones de la misma se han multiplicado desde que se escribiera, y ninguna de ellas, como suele ocurrir, la agota. Para mí la novela posee un buen aval: recuerdo los momentos que dediqué a su lectura como momentos felices. Durante días el océano se constituyó en un desesperante laberinto, cuyo centro, ubicado en todas partes, albergaba un espantoso minotauro blanco. Acompañé a la obsesión del capitán Ahab, obsesión en la que su vida de marinero obtuvo un sentido de la muerte. Los símbolos, la novela como una gran alegoría, se burlan de una realidad que es más de lo que parece, pero que por eso, se convierte en menos. El gigante blanco arrastra al Pequod en una travesía de meses por un laberinto que, como el que forma el desierto, no tiene muros ni puertas. Ahab prefiere el fracaso antes que vivir sin sentido. El componente épico de la novela se funde con el religioso en un impulso a seguir navegando hacia un horizonte inalcanzable, pero que cuando se alcanza, suprema paradoja, resulta que mata.

Según esta novela el horror no es oscuro o tenebroso, sino de un blanco uniforme y cegador que mancha el mundo. Borges consideraba la historia de la ballena una pesadilla, tan parecida, por cierto, a su propia ceguera, que se convirtió en la visión de una atmósfera blanquecina y uniforme que lo invadía todo, según explicaba. No podía librarse de ella, ya cerrara o ya abriese los ojos.

Moby Dick enseña que la épica tiene algo de horrible, de sacrificio y de hielo. Se puede definir como esa interminable e incierta persecución de lo que acaba revolviéndose contra uno mismo. ¿Qué es, exactamente, lo que busca Ahab? El lector puede preguntárselo mientras lee (o devora, como yo hice) las numerosas páginas de esta historia convertida en clásico de la literatura anglosajona, una obra mítica que habla de un mito, y de ciertas trampas propias de los mitos. A Ahab, es su propia muerte, a la que arrastra a sus hombres, la que le otorga el anhelado sentido. Como un vampiro, extrae de ella su vitalidad. Hay en él un inquietante ascetismo, un intenso dolor y una leve esperanza.

Otro grande de la literatura, Walt Whitman, relata la llegada a puerto de un capitán al que reciben con honores que él no puede disfrutar, porque está muerto. Como le ocurre a Ahab, la consecución de su obsesión se torna final y tragedia. ¿Habría sido mejor vagar sin rumbo en la monotonía de las aguas inexplicables, profundas, inmensas? Terrible y tremenda ambigüedad la de Moby Dick.

Desde una visión semejante, pero con distinta resolución, tenemos al protagonista de otra intrigante novela de Melville: Bartleby el escribiente. Esta anticipación de Kafka consiste en un hombre cuya acción es no hacer nada. Repite constantemente la frase “preferiría no hacerlo” y se sume en una tarea inútil y tediosa: dejarse estar. También él obtiene el sentido mediante una cierta obsesión, absurda y trágica. Con razón, se ha dicho que anticipa el existencialismo. Su sentido, como para Ahab, se cifra en un empeño absurdo, en una tenacidad sin más. Encontré también, por tanto, la vastedad del mar en el rincón donde, agazapado, Bartleby se deja estar. El mismo laberinto cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia está en ninguna, reducido esta vez a un punto, como el borgesiano aleph, tan excitantemente tedioso.

Un abrazo.

viernes, 18 de enero de 2008

El milagro de Candeal

Recomiendo, especialmente a los educadores, que vean la película El milagro de Candeal, dirigida por Fernando Trueba y premiada con un Goya. A mí me causó un enorme impacto cuando lo hice, de manera que desde entonces la incluyo o hago referencia a ella en mis clases. Con el tono de un documental, relata la llegada del músico Bebo Valdés, octogenario pianista cubano, a la ciudad Salvador de Bahía en Brasil, antigua capital colonial del imperio portugués. Se trata de una ciudad con una gran tradición y presencia de la cultura afroamericana, de los descendientes de los antiguos esclavos arrancados de África para ser llevados a América. En Salvador, Bebo desea reencontrarse con sus raíces africanas. Conoce a Matheus Aleluia y a Carlinhos Brown que lo llevan a conocer el barrio del Candeal. El Candeal es una favela reconvertida en un pintoresco y adecentado barrio humilde, en medio de barrios ricos, de finanzas y negocios, que con el esfuerzo de sus habitantes superó el horror propio de lo que era en los años 90: chabolas, aguas sucias, droga, miseria, etc. Ahora, además de disponer de cloacas y casas de ladrillo con sus calles nuevas, se desarrollan proyectos educativos a partir de una primera escuela de música. En ellos, niños y adultos aprenden a tocar instrumentos, baile, percusión, y cada vez más disciplinas de tipo “académico”. Todos los niños están escolarizados en escuelas del estado, y además, aprenden en las escuelas del Candeal. De manera paralela, la vida del barrio se ha disparado y proliferan grupos de debate, obras (como la construcción de una plaza que se ha convertido hoy en el centro cultural del barrio donde confluyen todos y se manifiesta una rica y diversa vida cultural popular), comercio artesanal, etc.

Carlinhos era un niño de la calle al que salvó la música y que actúa de agente movilizador de sueños que se hacen realidad. No es el protagonista, ni tampoco Bebo, de la película. El verdadero protagonista es El Candeal, su gente, algunos venidos de fuera enamorados de tanta luz y buenos sentimientos como se respiran en su atmósfera.

La película puede interpretarse como una aplicación de la pedagogía de Paulo Freire, autor cuyo nombre no aparece en todo el filme, pero que se puede relacionar fácilmente con la manera de comunicarse y educarse los seres humanos que se ve en él. Todos se escuchan, hablan sin miedo y se respetan profunda y sinceramente. Nadie renuncia a ser él mismo, es decir, un anciano no necesita dejar de ser un anciano para vivir amorosamente con gente joven. Del mismo modo, ni las mujeres, ni los niños, ni negros o blancos, deben renunciar a ser lo que son. No existe la violencia, la exclusión de nadie, el odio o la envidia. En un lugar donde por sus condiciones sociales y económicas debería abundar, como suele ocurrir, la violencia y el malestar, existe, al contrario, una gran paz y se generan sentimientos positivos de solidaridad. Nadie compite, nadie está solo, todos aprenden con ganas; es un lugar, sin duda, tocado por la luz. Pero una luz que se manifiesta en el esfuerzo de los seres humanos por transformar la realidad.

El discurso fatalista que renuncia a creer en los seres humanos y que considera al hombre como un animal violento, un lobo para el propio hombre (homo homini lupus) resulta impugnado por lo que el ojo asombrado puede contemplar en la película. Tiene tal gancho y fuerza de convicción que, literalmente, hace que el espectador se levante del asiento y casi llegue a bailar en la sala de proyección del cine. El poderoso lenguaje de un pueblo ancestralmente oprimido (Matheus, un estupendo músico, comenta a Bebo en una iglesia colonial que considera esa iglesia un poco suya, ya que fue construida con la sangre de los africanos que perdura en ella) en la forma de capoeira, percusiones, colores, ritos, atrae y moviliza el amor y la vida, no el odio precisamente. El gran lenguaje del Candeal es la música. Los ritmos hablan y los diálogos se hacen cantando o tocando instrumentos… Los antiguos amos que prohibieron so pena de muerte que los esclavos aprendieran a leer y escribir, no pudieron con la música. Pero no hay ni siquiera presencia del revanchismo ni resentimientos en ellos. Esta aceptación incondicional del otro se refleja también, abundantemente, en los cuerpos y rostros, sin necesidad de lenguaje conceptual. Existe una abierta receptividad a los demás que hace de la vida un diálogo, muchas veces sin palabras.

Hay varias escenas proverbiales. En una, Carlinhos dice a unos niños que ellos conocen los secretos de los ritmos sin haberlos estudiado, porque ya los escucharon en el vientre de la madre: con los latidos de su corazón. Mayéuticamente, extrae esta suerte de sabiduría innata de ellos, y, lo que es mejor, los sentimientos bondadosos que esconde el corazón humano en lo más hondo. Hay, también, una escena de santería en la que un dios bondadoso, africano, se manifiesta a los sobrecogidos Bebo y Carlinhos transmitiendo un mensaje de paz y amor.

La mujer es respetada de verdad, como origen y núcleo de la civilización, los niños cuidados y educados por todos y la política es una actividad limpia, comunal, de base. Se participa de abajo a arriba, en una línea de democracia radical, en la que todo poder autoritario, descendente, está de más y sobra. De manera natural, se muestran evidencias que en nuestro sucio y rico mundo no podemos ver. La ideología brutal que nos constituye a los de fuera del Candeal resulta evidenciada y desactivada. Allí, los seres humanos no se comparan, no dominan, no se jerarquizan, no se excluyen, no se someten.

Resulta una ironía que en los lugares y personas marcados por el horror y la injusticia, donde de hecho suele proliferar y multiplicarse dicho horror, pueda darse lo contrario. El Candeal es una lección. Tal vez debamos todos, como educadores, aprender de ella.

Un abrazo.

http://www.elmilagrodecandeal.com


domingo, 13 de enero de 2008

Utopía y sentido.


Respecto a lo que hablábamos en el post del 14 de diciembre de 2007 a partir del libro de J. M. Castillo (el post que dediqué a exponer cómo existe una suerte de autoengaño que ayuda a colaborar con la injusticia, pero con la conciencia limpia y autocomplacientemente), he hallado la siguiente cita de Bonhoeffer:

“Con la huida de la discusión pública, este o aquel alcanzan el refugio de la práctica privada de la virtud. No roba, no mata, no adultera, hace el bien según sus fuerzas. Pero en su libre renuncia a la publicidad sabe guardar exactamente los límites permitidos que le preservan del conflicto. Así tiene que cerrar sus ojos y oídos ante la injusticia que existe a su alrededor. Sólo a costa de engañarse a sí mismo puede conservar su intachabilidad privada de la contaminación que produce una conducta responsable en el mundo. Todo lo que hace, jamás le compensará de lo que omite. O bien perecerá en esta intranquilidad o llegará a la hipocresía de todo fariseo.” (Bonhoeffer, D., Ética, Madrid, 2000, p. 66)

Bonhoeffer fue un teólogo protestante alemán que combatió contudentemente, de distintas maneras, contra el nazismo. Por esto, acabó siendo ejecutado en un campo de exterminio. No sé mucho de él. En las pocas páginas suyas que he leído comenta el silencio e hipocresía de muchos cristianos que acabaron colaborando con el nazismo, al negarse a denunciarlo. Como expusimos en el post mencionado, es fácil justificar la propia “parsimonia” con distintos argumentos que siempre vienen muy bien para no tener problemas. Hoy día ya no hay nazismo, pero sí hay, pongamos por caso, Tercer Mundo. Lo que allí ocurre es comparado por autores actuales como José María Castillo o Jon Sobrino con un auténtico holocausto, sin exageración ninguna. Recientemente he leídos datos espeluznantes que hablan de un mundo manifiestamente injusto, inhumano e irracional. Algún día los citaré, pero hoy no deseo abundar en esto, sino tan sólo dar protagonismo a Bonhoeffer, cuya vida y pensamiento, en muchos aspectos, nos aleccionan. Un ejemplo de coherencia, sin duda, que no renunció a luchar por lo que creía, aun a costa de su vida. Es necesario que existan estos contrapesos en la realidad, que, de algún modo y sin superar nunca el permanente mal, sí la salvan justificándola y haciendo que merezca la pena. Quizás también la pedagogía y la educación que se pretendan transformadoras y que busquen el progreso y el bien de las sociedades humanas, deban tener sus miras en ellos.

Ante la tan cacareada falta de sentido, autores como Bonhoeffer nos proponen luchar con todas nuestras fuerzas por la justicia. ¿Por qué no vencer al tedio de la existencia “individualista” implicándose a fondo por un mundo mejor? Y en esto, América Latina debe aleccionar a la desorientada Europa de la crisis de valores.

Un abrazo.

sábado, 5 de enero de 2008

Lo que expresa Dostoyevski




He terminado el voluminoso libro de Küng al que me he referido en el post anterior. En efecto, me he encontrado con que el teólogo lleva a cabo una breve confrontación con el budismo, pero a mi juicio ésta resulta demasiado escasa. Su esfuerzo estriba en demostrar que el concepto negativo de nirvana no lo es tanto, y que, aunque los budistas no lo suscriban, aluden con él a una realidad positiva que lo asemeja a la idea de Dios de los monoteísmos clásicos. Me ha parecido, por lo poco que he leído sobre budismo que cualquier budista serio discreparía hondamente de esto, y que explicaría, en la medida de lo posible, que el nirvana no es equiparable en absoluto con el ser (ni con la nada). El océano en que se disuelve la gota, libre del samsara (rueda de reencarnaciones, el universo y la vida tal como lo conocemos… ilusoriamente) no es Dios. Habría que buscar en los textos budistas y escuchar las interpretaciones de los eruditos de esa religión sin Dios.
Küng, en el libro ¿Existe Dios?, expone su conclusión, tras haber estudiado el budismo, se entiende, pero yo, como desconocedor del mismo, echo en falta más; sospecho que no está todo dicho en esas pocas páginas que dedica al tema el teólogo cristiano. La definición del nirvana es compleja, por ser algo inefable y exterior al mundo, pero la negatividad de los intentos descriptivos del nirvana no son, intuyo, equiparables sin más a la teología negativa que habla negando acerca de una realidad que se afirma. El budismo no creo que haga teología negativa y los textos abundan en su intento de evitar toda confusión con la divinidad. Por lo que entiendo, el nirvana es la cesación del mundo, sin más, y la liberación del fiel es, precisamente, esa muerte que tanto horroriza al cristiano, pero que se sitúa también más allá de las visiones cientificistas y positivistas que continúan la “trampa”.

El budista parte de lo más evidente y apremiante para los seres humanos: el sufrimiento. Y desde ahí ejecuta su reflexión, con un razonable interés práctico y un también razonable agnosticismo respecto a las atrevidas especulaciones teológicas.

Todo esto ha despertado de nuevo en mí la curiosidad y las ganas de continuar explorando el budismo, así como la teología cristiana, ahondando en la confrontación de uno con otro. Verdaderamente, y esto sí lo dice Küng (también Metz) budismo y cristianismo son religiones antitéticas, en las antípodas una de otra.

Aunque, como dije, Küng admite la irrefutabilidad del ateísmo y reconoce el profundo altruismo y solidaridad de muchos ateos (Camus, la ética de la compasión de Schopenhauer, Marx, en España yo añadiría Tierno Galván, y muchísimos otros personajes célebres de la historia y el pensamiento, algunos de los cuales han demostrado ser luchadores infatigables por la justicia, aun a costa de su vida y de sus intereses personales), sí pienso que respecto a la creencia son pocas todas las veces que haya que resaltar una cuestión sencilla: Por muy convencido que se esté de la propia fe, hay que admitir y asumir que existen cientos, miles, de seres humanos que son ateos y que viven bien. Ni son malos, ni irresponsables, ni inmaduros, ni egoístas. El creyente debe entender que un ser humano puede ser ateo (es una posibilidad tan humana como otras) y que se realiza plenamente como ser humano siendo ateo. Ésta es una evidencia que no lo es tanto si nos ciegan los prejuicios.

Por supuesto, el ateo debe asumir esta forma de tolerancia también y está moralmente obligado a ello si ama a la humanidad y respeta a los seres humanos. Es decir, lo religioso forma parte, también, de la experiencia humana. Pero todo ello no quita que, como hicieron algunos filósofos, puedan y deban ser identificadas criticables dinámicas de poder en las instituciones y graves perversiones del mensaje original de, pongamos por caso, Jesús. Asimismo, las contradicciones dentro de las instituciones que se arrogan la herencia de los fundadores, y que, como dentro de la propia Iglesia se destaca, son clamorosas. Por ejemplo: ¿Por qué llorar por el silencio de Dios en Auschwitz? ¿Dónde estaba la Iglesia entonces? ¿Luchó toda su jerarquía con todas sus fuerzas, jugándose los fieles la vida con el ejemplo de Jesús y los mártires, contra el nazismo? ¿O pesó más la “prudencia”, lo políticamente correcto, la “moderación”, el “sentido común” y la supervivencia de la institución como tal? ¿Se lucha sólo cuando la supervivencia de la institución y su poder en la sociedad están en juego? ¿Es eso cristiano? ¿No será que la radicalidad del mensaje cristiano es imposible de asumir desde el poder, si tememos perderlo junto con sus beneficios? ¿No estaremos demasiado apegados a lo “humano”?

Por suerte, la Iglesia cuenta con ejemplos de coherencia que la salvan, como el obispo Casaldáliga en Brasil, y la sugerente, creativa y libre teología de teólogos que no se han resignado a una ortodoxia sin ortopraxis, como Jon Sobrino, Ellacuría y la Teología de la Liberación. En Europa, desde mi desconocimiento del tema, he leído en esta línea a J. B. Metz, un excelente autor que además medita el papel de la “peligrosa memoria” del sufrimiento de las generaciones pasadas. En todo este enfoque, el dolor del crucificado en la historia (pueblos, personas) es el centro de la teología cristiana, tal como lo indica la vida y mensaje (ambos inseparables) de Cristo.

En cualquier caso, encuentro que como filósofo es productivo el diálogo con la teología, disciplina que responde a las preguntas que la filosofía “abre”, pero a las que, si es buena teología, responde con nuevas preguntas o reformulando las preguntas. Son dos campos intelectuales distintos, pero que pueden nutrirse mutuamente, como de hecho ha ocurrido en la historia del desarrollo de cada uno. Lo bíblico judío supone un enriquecimiento, creo, de lo griego, que tal vez deba ser revisado a la luz de las categorías y el pensar propios de la Biblia. Concretamente, tengo en mente a Martin Buber, que lleva esto a cabo en la filosofía. Quizás la reflexión filosófica en torno al mal, la memoria, la relacionalidad humana, deba tener en cuenta lo intuido y expresado “artísticamente” en los textos bíblicos. Tal vez haya momentos en que lo narrativo resulte imprescindible a la hora de considerar determinados asuntos.

… Lo que expresa Dostoyevski ¿puede ser expresado de otra forma?

Un abrazo.