domingo, 24 de febrero de 2008

¿Quiénes hablan en la pedagogía?


Paulo Freire nos conduce a una visión de la pedagogía que se presta a malas interpretaciones, como aquella empeñada en ver su pedagogía como algo anacrónico, o sólo bueno para contextos de pobreza o analfabetismo. Esto es un error equivalente al de querer ver en la forma concreta que adquirió su método de alfabetización la única posible y transplantable a otros contextos bien distintos del ámbito rural del nordeste de Brasil en los años 70. Si nos empeñamos en esto, en efecto, su pedagogía sólo manifiesta efectividad en contextos muy concretos. Pero no es éste el caso. Su visión trasciende el medio en el que se desarrolló y puede inspirar praxis educativas muy efectivas y útiles en los rincones de Europa. Si concebimos lo bueno para los educandos más allá de lo meramente requerido por nuestras sociedades de mercado, la cosa puede cambiar. Más, si nos percatamos de que la opresión puede manifestarse soterrada y sutilmente, incluso en medio de la riqueza y el supuesto bienestar. Será de hecho la insatisfacción personal que uno puede identificar en uno mismo, lo que leído como síntoma nos mostrará la cara patológica de nuestras sociedades, una cara que en el Primer Mundo puede ser más difícil de ver, pero que existe.

Desde el tenerlo todo pero sentirnos mal, podemos llegar a valorar la pedagogía de Freire como alternativa terapéutica. Una terapia que no lo es en sentido exclusivamente psicológico, pues no consiste en dialogar para “sentirse bien”, sino de, además y sobre todo, dialogar para transformar aquello que hemos identificado como la causa de la insatisfacción, causa que como indica el marxismo se ha de buscar en las estructuras sociales. Freire facilita un método para percatarse de esto (concientizarse) a partir de una cultura viva, concreta y existencialmente relevante, que se desarrolla dialogando. Su empeño es el de una pedagogía que es ineludiblemente teórica y práctica a la vez, desde el convencimiento de que la escisión entre teoría y práctica en la escuela tiene su origen en la alienación de una sociedad escindida, en la que el pensamiento se desvincula de la praxis vital. Esta escisión, tan identificable en el mundo académico y el estudio, es, a juicio de Freire, patológica, causa y síntoma de una enfermedad de la sociedad.

Así pues, hablando de cosas relacionadas con su vida, los analfabetos aprenden quiénes son y qué es lo que les constituye, es decir, reflexionan sobre la cultura que se había separado de su mundo y que gracias a la alfabetización se torna propia. Pero en la medida en que esta escisión fácilmente identificable en nuestro mundo es universal, lo que Freire llama opresión y que se relaciona con esta escisión, podemos sospechar que nos incumbe también a los no-pobres. Pero no sólo por eso hay que practicar una pedagogía del oprimido, por el hecho de que somos también oprimidos los que, pudiendo creernos felices no lo somos (Freire y Fromm apelan, ya digo, a síntomas significativos de ello en la cultura y las vidas de las personas). Está la razón de que lo que se diga en contextos de la más brutal opresión, como es la situación del pobre y analfabeto, nos cuenta cómo somos y quiénes somos realmente. Un discurso teórico que no contemple el discurso del pobre siempre estará incompleto y, por tanto, ostentará cierta falsedad. La teoría que vuela por las nubes y que olvida la pobreza es, sencillamente, falsa y muy peligrosa.

Freire, por tanto, propugna una pedagogía que se hace cargo del silenciado discurso de los invisibles, discurso que está siempre ahí, pero que la teoría escindida ignora y no puede escuchar. La pedagogía, si busca educar, debe incluir la voz de los sin voz, y, también en la universidad, lugar de privilegios dentro de la sociedad, conceder voz a los sin voz, a los excluidos en la práctica y en la teoría descarnada. Mas tampoco es freiriano plantearlo como concesión. Quien se define como donador se está situando, también falsamente, en una altura inexistente. Se trata, más bien, de reconocernos en los desarrapados porque todos somos desarrapados y, en uno u otro sentido, oprimidos. Esta es la horizontalidad de unas relaciones humanas desbloqueadas y ya en el camino de la utópica salud. Porque, como dice Erich Fromm, no hay buena vida si no aprendemos a amar. En la medida en que la pedagogía procura conducir hacia vidas más felices, debe, sobre todo, enseñar a amar. Y este axioma no es sólo válido para una parte geográfica del mundo. Su universalidad confiere a Freire universalidad. Según esto, podría decirse que en la medida en que pensemos que la pedagogía de Freire no tiene sentido, nuestras vidas, creaciones e investigaciones tampoco lo tendrán.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Martin Buber y Paulo Freire


Hace unas semanas releí “Yo y Tú” de Martin Buber, y ahora tengo entre manos “El conocimiento del hombre” del mismo autor. Me está gustando mucho y encuentro una estrecha relación entre sus ideas y el pensamiento pedagógico de Paulo Freire. Creo que para entender bien a Freire puede ayudar bastante conocer el pensamiento dialógico de Buber. En concreto, el enfoque que del lenguaje y la palabra tiene el autor judío, su teoría del conocimiento y el análisis que hace de las experiencias con mescalina descritas por Aldous Huxley son temas sobre los que he leído recientemente en el libro “El conocimiento del hombre”. Interesantísima la desmitificación de la sobrevaloración que, excéntricamente, ha podido ver en la droga un viaje o conocimiento interior que enriquece la experiencia vital. A juicio de Buber, el consumidor occidental de mescalina se cierra al contacto con el otro, y sustituye la relación con la alteridad por una suerte de relación interna y cerrada consigo mismo. Esto significa un notable empobrecimiento de la experiencia vital y un alejamiento ensimismado de la auténtica esencia de lo humano, que, antes bien, se vuelca hacia fuera, la radical heteronomía de la persona señalada por Lévinas.

En general, para Buber el ser humano se desarrolla en el ámbito del entre, es decir, es, ante todo y básicamente, pura relación con lo diferente, con lo otro. Es la ubicación en el entre lo que marca la humanización. También el cosmos es, en una paráfrasis que hace el pensador de Heráclito, el mundo entrado en relación con el hombre, por la mediación del logos, o fuego en donde se da la tensión entre lo diferente. Valora, pues, a Heráclito, pero rechazan las visiones orientales (Tao, hinduismo) por anular la alteridad en la medida en que conciben la realidad como un monismo absoluto en el que “yo” soy “Tú”. El pensamiento creador surge, al contrario, de la apertura a lo extraño, a lo radicalmente diferente.

Las conexiones con la pedagogía de Freire son evidentes. Se manifiestan a cada paso que voy leyendo este libro tardío de Buber, verdaderamente excelente.

Por otra parte, ha comenzado el segundo cuatrimestre de docencia. Ahora imparto la asignatura “Teoría e instituciones contemporáneas de la educación”. Iniciamos la navegación con la presentación de la misma ayer martes. Aunque quizás es pronto para que los alumnos lo crean, pues habrá que ir mostrándolo y realizándolo, me esforcé en resaltar que la buena teoría es siempre práctica, como también diría Freire. Por eso, ni una sola línea, autor o tema están de más. No es buena teoría la que sólo sirve para ganar concursos televisivos, sino la que transforma. En este sentido, estudiando (y dando clases) re-creamos la cultura. Al menos así debería ser. Si no lo es, es porque algo falla, y en este caso, quizás sirvieran de ayuda autores dentro de la pedagogía como el denostado Iván Illich.

La asignatura combina razón e historia, por lo que yo la definiría como cultivo y desarrollo de la “peligrosa memoria” (Metz); memoria, que siempre lo es del sufrimiento y las expectativas liberadoras que portan, calladamente, los siglos. Su sentido en los planes de estudio es, creo, contribuir a ello para formar maestros con pasado y con futuro, esto es, sociedades mejores, con pasado y con futuro.

Un abrazo

domingo, 17 de febrero de 2008

El mal que no cesa


Un tema clásico de la teología y la filosofía ha sido la conciliación de un Dios bueno y omnipotente con la existencia del mal, dividido a veces en mal moral (a partir de las acciones humanas) y mal físico (a partir de la naturaleza, como los terremotos o las enfermedades), a lo que puede añadirse el mal metafísico (imperfección del mundo debido a su finitud). Tanto la filosofía como la teología han buscado, a menudo infructuosamente, respuestas. Pienso que es un asunto básico en la reflexión humana, más que el de por qué hay algo en vez de no haber nada, por qué el mundo está ahí. Este problema parte de la curiosidad humana. Pero antes que la curiosidad intelectual, está la existencia (vida personal), a menudo dolorosa de los seres humanos. Es por esto que la pregunta por la existencia del mal es, creo, anterior y más perentoria que aquello que no es sino curiosidad intelectual. El hecho de que la vida duela es un asunto vital, prioritario, vinculado directamente con la vivencia de estar en el mundo.

Las respuestas han sido muchas, pero deficientes. En la teología se han elaborado lo que se denomina teodiceas que consisten en justificaciones de Dios, defensa y exculpación del mismo respecto al problema y origen del mal. Pero a veces, como se ha señalado, es peor el remedio que la enfermedad, y los sistemas explicativos han mostrado caras de Dios que lo pintan casi como una sádica divinidad sedienta de sacrificio y sangre. La antigua ambigüedad del Dios tremendo ante el que el hombre tiembla reaparece en estos sistemas o teodiceas, apagando el carácter acogedor y misericordioso más propio del Dios cristiano. Una solución, que en realidad no lo es, podría ser mirar lorquianamente al mal (la muerte) cara a cara, aceptando que existe, y que es un misterio y una injusticia inexplicable el ingente montón de dolor acumulado en la historia humana, que supera con creces cualquier bondad (La visión del ángel de la historia, según Benjamin). Sería un insulto e injusticia para las abundantes víctimas de, pongamos por caso, Auschwitz, que fuera de otro modo. Su dolor permanece como un clamor al que nadie parece responder.

Pero, creo que si este clamor permanece enclaustrado en los límites del mundo, sin la memoria de una divinidad que al menos lo recuerde y lo escuche silenciosa, como se dice en la película “Delitos y faltas” de Woody Allen, el mundo es una cloaca sin remedio (la cloaca de desechos de la existencia). Un Dios, que inexplicablemente no hace nada para remediar el sufrimiento, bueno y sin embargo responsable de un mundo donde el mal asfixia a toda bondad, puede al menos dar un cierto sentido oculto, aunque no sepamos cómo, a tanto dolor, de manera que lo salve o justifique. La garantía de que el mal, así, y sin saberse los detalles de por qué existe y predomina, no tenga la última palabra, podría mejorar nuestra existencia. Sólo así quedaría justificada la historia de enorme sufrimiento acumulado por la humanidad y las víctimas hallarían un sentido ante la aparente victoria de los verdugos. Es una respuesta bastante precaria que no debería suponer infravalorar el sufrimiento y la crueldad de la existencia humana, pero que haría una misteriosa justicia a las víctimas, frente a los sistemas de las teodiceas tradicionales que sí relativizan y ocultan su dolor clamoroso.

No obstante, hay sistemas que desde el ateísmo han afrontado el problema. El caso más estremecedor me parece que es, como ya comenté en un post anterior, el de Albert Camus. Para él no habría respuesta en absoluto ni esperanza, pues no hay divinidad que testimonie y recuerde, al menos, que el horror ha prevalecido. Pero eso no elimina la rebelión heroica del médico Rieux que se juega absurdamente la vida y olvida a su esposa para curar a las víctimas de la atroz epidemia. Tampoco aquí hay respuesta, pero el bien, no obstante, puede brillar aunque de una manera débil y parcial. Otra respuesta más cerca del ateísmo de lo que parece es la estoica, o también, el interesante enfoque de algunos pensadores judíos del siglo XX: Benjamin y la primera Escuela de Francfort sobre todo. Aunque en realidad ninguno puede ir más allá de constatar que en el primer y quizás único asalto de la existencia, gana el mal.

En cualquier caso, el mal permanece como una pregunta sin clara respuesta. Es cuestión personal el que cada ser humano opte por una resignación que supondría la victoria definitiva del sufrimiento y el horror, o por aceptar el envite y combatir, obstinadamente, con la esperanza utópica y la promesa de que las cosas tal vez podrían ser de otra manera, al menos en el caso del mal originado por las acciones humanas.

Un abrazo.

lunes, 11 de febrero de 2008

"Más allá", vida eterna y resurrección


Con la lectura del libro ¿Vida eterna? De Hans Küng he terminado lo que él considera su trilogía sobre Dios y el cristianismo. El primer libro, titulado Ser cristiano, es una presentación del cristianismo, en confrontación con otras religiones, y en la búsqueda de su especificidad. La figura de Jesús y la reflexión cristológica ocupa numerosas páginas que se leen con agrado, en ocasiones interesantísimas, y, como los otros dos libros, pensadas para no teólogos, con cierto carácter divulgativo, que sintetiza los datos cosechados por distintos saberes que Küng conoce bien. Son bastante buenas las páginas “apologéticas” en las que defiende la razonable confianza que merece, según él, el planteamiento cristiano. De esto ya hablamos en un post anterior. Pero se me ha quedado con mayor viveza en la memoria lo que quizás parece más anecdótico: los múltiples rostros del fundador, Jesús. Escrito en los años 70, hace un repaso por las numerosísimas y variopintas versiones populares de la vida y hechos de Jesús, en una excelente presentación de las mismas, comentándolas y relacionándolas entre sí. El Jesús rebelde de los hippies o el del musical Jesucristo Superstar coexisten con la casi infinita imaginería religiosa, novelas, cuentos, que ofrecen también infinitos aspectos de la figura más comentada e interpretada, quizás, de toda la historia. Disfruté bastante leyendo este capítulo, en el que Küng plantea las preguntas que intenta ir respondiendo a lo largo de la mayor parte del libro, en el que busca, básicamente, definir lo propiamente cristiano.

El segundo libro, que acabé de leer en las navidades, se llama ¿Existe Dios? Consiste, básicamente, en una confrontación con las filosofías ateas de los últimos siglos. Presenta dichas filosofías y asume sus críticas para pulir la visión y defensa de la existencia de Dios que, con cuidado, realiza en la última parte de la obra. A pesar de la contundente crítica a que se ha visto sometida la fe en Dios, Küng defiende, en la línea del primer libro de la trilogía, que es razonable confiar en Dios, como sustento de la realidad y de la justicia. En una línea pascaliana, la existencia humana y el propio universo pueden desintegrarse en la falta de sentido a que se verían abocados sin Dios. Por eso, dialoga especialmente con Nietzsche. Aunque de todas las impugnaciones de los últimos siglos, se decanta por la de Feuerbach como la más demoledora y contundente, base, a su juicio, de casi todos los ateísmos más serios, muy convincente y llena de actualidad. La respuesta que el teólogo da es la de aceptar que hay mucho de proyección del hombre en la idea de Dios y de vida eterna, pero que hay más, una especie de plus misterioso que el creyente asume como real desde la fe, aunque, en efecto, sólo pueda hablar de él proyectándose y con lenguaje humano. Los seres humanos “humanizamos”, en este sentido, a Dios y al universo. Así, detrás del dualismo y las creencias tradicionales en torno al cielo, el más allá, etc., no está sino el mero deseo, los temores y los viejos anhelos de los seres humanos.

Y es precisamente de ese más allá de lo que trata el último libro que acabo de terminar, titulado ¿Vida eterna? Es de lectura más ágil, menos profuso en datos que los otros, más breve y muy ameno. Comienza refutando las creencias populares en una luz que quienes han tenido experiencias de muerte han vivido. Según él, son falsas muertes, como hoy ya demuestra la medicina, porque el que verdaderamente ha muerto, ha sufrido un proceso irreversible del que no se vuelve. Así que, lejos de proyecciones ilusionadas, tan sospechosamente parecidas a las historias que nos han contado siempre, hay que tomar otro camino al hablar del más allá. A partir de aquí, ya adopta la manera de pensar propiamente teológica. Cuestiona y niega las imágenes tradicionales de Cielo, Satanás, Infierno, alma inmortal, resurrección, juicio universal, para llegar a una definición de vida eterna como integración en Dios, fuera de tiempo y espacio, hacia dentro del propio ser, interiormente. Si lo he entendido bien, resucitar es simplemente, que Dios existe. La esperanza en la vida eterna hemos de entenderla como una promesa de que, contra todas las apariencias, ni el sufrimiento ni el mal tienen la última palabra. Es una seguridad, inexplicable racionalmente, pero en la que podemos razonablemente confiar, según dice, en una línea semejante a la trazada en los libros anteriores. En cualquier caso, se cuida bien de imaginaciones dualistas, y asume que el hombre es corporal, tal como existe, y que no cabe entenderlo de otra manera. La vida eterna sería una especie de nueva vida distinta en muchos sentidos, que no podemos anticipar, simple y llanamente. En fin, no sé si explico bien aquello que Küng evidentemente hace mucho mejor y a lo largo de bastantes páginas. Lo que me parece bueno de Küng es que su visión del cristianismo no supone una desvaloración del más acá, ni de lo corporal, como tanto, y tan dañinamente, se ha hecho con esa teología que salva al hombre pero a costa de… negarlo. No nos habla de ilusiones y fantasmagorías, argumenta con gran capacidad de convicción y cautela al mismo tiempo, y relaciona ciencias, historia y cuantos saberes parece que él maneja y conoce. Es un libro para buscadores razonables, de un buscador honesto, que nos hace pensar y que evita los malentendidos y engaños fáciles que tanto se han dado en torno a estos temas. Es una manera acaso diferente para muchos de abordar la problemática del sentido de la existencia humana y las preguntas que suscitan los dogmas cristianos.

Y finalmente deseo apuntar que en este último libro retoma al principio la exposición y su diálogo con el budismo, creo que de una manera que responde a las preguntas que me habían inquietado al leer los libros anteriores. Explica que en el desarrollo histórico del budismo, la tendencia muestra que se concibe el nirvana en términos más positivos de lo que usualmente parece y creemos, asemejándose el discurso budista, si esto es así, al de las religiones del Libro. Muchos textos budistas podrían interpretarse, según él, como teología negativa, que afirma a Dios mediante la negación de cualidades que bien pudieran ser proyecciones humanas. Quede dicho, ya que hablamos del tema en algún post anterior.

Un abrazo.


jueves, 7 de febrero de 2008

Desde el gueto

La música popular, como todo lo popular, puede ser altamente contradictoria. Benjamin o Adorno llamaron la atención sobre sus ambigüedades, sobre el patético efecto de la pérdida del aura en la obra de arte y la conversión del objeto artístico en objeto de consumo en la era de la producción masiva. La advertencia es digna de tenerse en cuenta para evitar la trampa de las apariencias, es decir, como también señalara Marcuse, el discurso transgresor que en apariencia puede tener un objeto artístico puede ser desactivado si éste es absorbido por la fagocitadora sociedad de consumo. Bajo la máscara, a veces sinceramente creída por el artista, de revolución o rebeldía, se puede estar bien dentro de los límites marcados por la censura anónima e incluso colaborar con lo que se dice criticar. La necesidad de vender, el marketing, el mercado, acaban castrando la subversión, aún en los movimientos más rebeldes. El “enemigo” puede haberse integrado, perfectamente, en nosotros, constituyéndonos a su imagen y semejanza, como señala la crítica de las ideologías y los distintos neomarxismos han estudiado al detalle.

Una vez prevenidos por la filosofía de esta forma podemos aproximarnos a algo tan subversivo como ya devenido en bien de consumo masivo o comercial. Sin hacernos ilusiones sobre grandes críticas revolucionarias, bien es cierto que, con mayor o menor efectividad, la protesta puede hacerse presente. Tal vez oblicua y sutilmente. Por eso tanto Benjamin como Adorno dedicaron cientos de páginas a la “crítica de arte”. La verdad, los oprimidos, nos hablan como los sueños, oblicuamente. En nuestros confortables hogares pueden residir, también, las chabolas y la culpa.

La utopía hippie, por ejemplo, nunca llegó, pero los contraculturales melenudos sí acarrearon cambios sociales que mejoraron la vida y transformaron nuestras sociedades. Adorno también decía que ver las cosas es ya estar en el camino de la imposible liberación. Pues bien, hoy día podemos centrarnos en el rap y el hip-hop. Es cierto que en gran medida la denominada “cultura urbana” es comercial, superficial, puro escaparate y consumo, y que con formas rebeldes se colabora de hecho, activamente, con lo que se aparenta criticar; pero también se cantan verdades a ritmo de rap. Este estilo musical nació en guetos norteamericanos a principios de los ochenta. Yo recuerdo la época, de macarras con ropa barata de deporte y chamarretas gastadas que bailaban break-dance. La impresión que siempre me produjo el rap es la de un “decir verdades sin pelos en la lengua”, lo cual no es muy diplomático a veces, pero sí que resulta sumamente necesario y sano. Los urbanos hacen una música, un baile y un arte grafitero como a retazos, y en medio de versos y rimas comerciales, se cuelan algunas verdades. Yo he puesto, más de una vez, atención a su discurso. En su origen, y creo que de algún modo hoy, aunque todo lo comercializado que se quiera, perdura un discurso desesperado, iracundo, con algunas ideas claras y muchas oscuras. Su aval sigue siendo el gueto.

Cuando elaboramos discursos buscamos el apoyo de autoridades: científicos, filósofos, investigaciones. ¿Cuál es el aval del gueto? Pues ése: el propio gueto. Esto me ha parecido escuchando un grupo como La Excepción, entre muchos del mismo estilo que me han gustado, de tono algo más alegre que suele ser lo habitual en el eternamente enfadado mundo de rap. Ellos en cierto tema musical apelan a la autoridad de “un gitano y un lisiado”. Creo recordar que el verso afirma: “te lo dicen un gitano y un lisiado”, rubricando algún discurso que se ha desarrollado previamente. ¿Por qué será que en medio de tanta moda y música de consumo, me haya quedado dando vueltas esta categórica apelación?

Por supuesto para decir lo que ellos dicen hay que ser, en efecto, “un gitano y un lisiado”, o sea, un personaje marginal, del extrarradio. Eso es verdad. Esta esencia perdura, aunque muy asfixiada, en el rap. Ésa es su arisca belleza. Gracias a ello hay algo de luz en el infierno de la sociedad de consumo… Debemos agradecérselo. El rap seguirá siendo rap mientras oigamos en él la voz sincera de “un gitano y un lisiado”.

Un abrazo.

domingo, 3 de febrero de 2008

Un espejo turbulento


Recuerdo que tras acabar la lectura de Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, la conmoción me duró dos meses. El impacto que la novela causa en el alma, su fuerza, es tal que resulta difícil eludir la resaca que deja, como un eco que resuena hasta mucho después de acabarla. La sensación es de haber culminado una desgarradora reflexión sobre los seres humanos, de haber sido arrastrado por una acción y unos personajes de intenso magnetismo. Dostoyevski siempre produce este efecto, pero en Los hermanos Karamazov se multiplica. Fue su última novela, en la que condensa toda una vida extraña y profunda. Es conocido cómo se libró de un fusilamiento con los ojos vendados y esperando la orden de fuego, en el último momento. Es una anécdota que refleja bien lo que constituyó su vida y su obra. La novela que en estos momentos centra nuestra atención, querido lector, sintetiza su pensamiento, labrado a lo largo de su agitada existencia. Sus protagonistas son tres hermanos que expresan tres estados existenciales, tres actitudes ante el sinsentido de la vida humana.


El mayor, Piotr, es un ser corporal, glotón e impulsivo, de gran fuerza física y apasionado. Se enfrenta a su padre, pero es el que más se le parece. Su existencia es un apurar hasta el límite las sensaciones, en un hedonismo brutal que llena toda ella. Es de noble corazón, pero no piensa demasiado.

Iván es un intelectual. Su racionalismo descarnado le ha convertido en un ser sarcástico, amargado, carente de fe y de esperanza. Su reflexión le conduce, con crudeza, al problema del mal y la existencia de Dios. En la famosa historia que cuenta a su hermano pequeño, El gran inquisidor, resume su visión. Es un héroe prometeico que se rebela una y mil veces contra la evidencia de un Dios que soporta el mal y una teodicea que justifica el sufrimiento de los niños y los inocentes. No hay excusa. La razón no tiene respuesta para ello y tampoco puede aceptar las divagaciones balbucientes de la religión. Su desconsuelo y su compasión le obligan, contra su deseo profundo, a ser ateo. Pero acaba, también, renunciando a la moral (Si Dios no existe, todo está permitido) y colaborando, por omisión, con el mal. Este conflicto le vuelve, literalmente, loco. En una alucinación habla con el demonio, que se le presenta como un irónico dandi conversador lleno de agudeza e ingenio. Así pues, Iván es de noble corazón, pero piensa demasiado.

Alexei es un joven que, también con un gran corazón, se deja arrastrar por éste. Comprende que el mundo no tiene sentido y le duele el mal y el sufrimiento de los inocentes. Pero Alexei encuentra claves para un cierto sentido de la existencia en la religión. Descubre que nos salva el recuerdo (el buen recuerdo) y el amor. Queda así, acaso precariamente, justificada la triste vida de los hombres. Su existencia es una búsqueda que no cede, obstinadamente, a la desazón, como le ocurre a su hermano Iván o a la fogosidad del presente, como Piotr. Sencillamente no se conforma con que el sufrimiento tenga la última palabra y con que sea el verdugo quien triunfe sobre la víctima. Comprende que de otro modo, el camino es, como le ocurre a Iván, el del crimen y la locura. Su fe es una fe contra corriente en que, a pesar de todo, y contra todas las apariencias, el mundo es bueno… dolorosamente bueno.

La compleja narración de Dostoyevski, que fue al mismo tiempo los tres hermanos, discurre, trazando argumentos, sugiriendo respuestas y preguntas, dibujando un retrato de eso que se ha dado en llamar humanidad. Los problemas, tal como los he formulado, son ahondados de una manera inigualable, conmovedora. En efecto, lo que expresa la novela sólo puede ser expresado narrativamente. La filosofía, en esta ocasión, se funde con la literatura.

Espero no haberte cerrado la interpretación, querido lector. Recuerda siempre que, de hecho, las interpretaciones de una obra maestra, como es la que nos ocupa, se suceden y se multiplican, naciendo y desarrollándose con cada lectura… cada lectura encuentra un matiz, y todos ellos, inagotables, son la obra.
Un abrazo.