miércoles, 26 de marzo de 2008

Juntos y revueltos.


Hay un interesante libro de Lévi-Strauss titulado Raza y cultura (Ed. Cátedra) que consta del texto de dos conferencias que el antropólogo dictara en cierta ocasión para la ONU, en cierto evento contra el racismo que se celebró en la organización. En buena medida es una excelente lectura para quien desee argumentar con razones basadas en la ciencia y la antropología un discurso opuesto a todo esencialismo racista. El antropólogo suizo diserta en torno a la idea de progreso y critica los prejuicios en relación con la idea de la supremacía de un pueblo o raza que ostentara una superioridad intelectual frente a otros. Analiza el tipo de progreso que se ha entendido a partir de los avances tecnológicos e intelectuales (porque tampoco está claro qué es el progreso ni a qué llamamos progreso), o sea, desde la industria del sílex en la edad de piedra, la alfarería o la agricultura. Su conclusión es que todos los pueblos, y personas, de la humanidad han manifestado y manifiestan una creatividad expansiva y un movimiento de continua búsqueda intelectual. No hay culturas que no inventen o piensen; todas son imaginativas y albergan el elemento creativo e inteligente propio del ser humano.

Constata Lévi-Strauss que, aparte de esta universalidad de la inteligencia, cuando el progreso tecnológico se ha disparado en determinadas regiones es gracias al contacto e interacción entre varios pueblos que se influyen. Emplea la metáfora del juego de los dados en que cada pueblo realizaría una tirada, para sumar el resultado obtenido al de otras tiradas de otros pueblos. Para inventar objetos complejos y sacarles buen rendimiento práctico no sólo es preciso inventar cosas, sino hacerlo en el orden requerido. Hay que adquirir destreza con el barro antes del metal, por ejemplo. Es como un camino que debe seguir sus pasos lógicos. Por eso, se puede descubrir la rueda o la pólvora y no hallarle una utilidad que genere mayor bienestar material en el pueblo inventor. Para que los inventos aparezcan en el orden que deben ir haciéndolo para determinar un progreso más o menos lineal, es precisa la coalición de “jugadores” que aportan sus inventos y recogen los de los demás. Entonces, la probabilidad de progreso aumenta, por la combinación de infinidad de jugadores que tiran sus dados.

En resumidas cuentas: el progreso lo ha dado el mestizaje, como se constata en la historia: La civilización árabe, Oriente Medio, Asia, Europa, Imperio Romano, América Latina, la Centroamérica precolombina, Estados Unidos, las civilizaciones africanas, China. A mayor contacto con los “otros”, podíamos decir, ha habido mayor posibilidad de salir de las cavernas y progresar materialmente. Y los lugares han variado según las épocas, pero en cualquier caso, ha quedado históricamente demostrado que no hay lugares privilegiados en este sentido. Todo aristocrático elitismo que ensalza la propia sangre y grandezas de los antepasados frente a la sangre y antepasados del vecino ha resultado, además de peligroso, falso. Entraría en los fenómenos de corte autoritario que tanto daño han hecho siempre a los sufrientes seres humanos.

Bien es cierto que, según el antropólogo, las culturas manifiestan una tensión entre ser ellas cerradas en sí mismas, conservando su peculiaridad, y mezclarse o comunicarse con los vecinos. En realidad, deben darse ambas tendencias, contradictorias, a la vez. Pero en cualquier caso, de su teoría se desprende que el aislamiento podría significar la muerte de una cultura, como ocurre con las personas individuales. Se puede, pues, poner límites espaciales a un estado, pero resulta un forzamiento y estrechamiento de la realidad hacerlo a una cultura. Las culturas, amigo mío, fluyen y, como Freire decía, son puentes, lugares de paso, sitios vivos donde uno se comunica y abre a los demás.

Así pues, sabias son las palabras y advertencias de Lévi-Strauss frente a toda tentación etnocéntrica de esgrimir osadamente el concepto de “pureza étnica”, “limpieza de sangre” o el narcisista culto a lo propio que redunda en la exaltación de la parte más muerta de toda cultura: su folclore. Y no digamos si se continúa mezclando ese ideológico e interesado discurso con la ya rechazada ampliamente por la ciencia noción de “raza”. Toda pureza étnica no es más que un cierto fantasma y una ceguera que no quiere ver y teme esa bendición que se llama mestizaje y que tanto elogia el arte musical, tan cosmopolita, de Manu Chao.

Cuidado con las ideologías e ideologizaciones, que nos diría Ignacio Ellacuría, tan socrático y comprometido como fue. El racismo forma parte de esas cosmovisiones interesadas y elitistas que dividen y cosifican a los seres humanos, y que muchas veces han matado y matan. Porque aflora por donde menos se espera. Por contra, quien ama la libertad debe ser, necesariamente, ciudadano del mundo; si el defensor de la libertad se quiere instalar en algún sitio ha de ser entre los últimos y los excluidos, es decir, junto a las víctimas de todos los racismos habidos y por haber.

Un abrazo.

lunes, 24 de marzo de 2008

Don Quijote o la victoria en el fracaso.


La novela Don Quijote nos sitúa, en sus últimas páginas, en el lugar donde el ser humano asume la dolorosa realidad del fracaso, pero siendo capaz de orientarse en lo real a partir de una impugnación crítica de una sociedad estructurada injustamente. Don Quijote no es un héroe, verdaderamente, hasta que arrojado al suelo arenoso de la playa por su oponente, toma consciencia de su fracaso. El camino de la transformación no es el que iniciara en su inocencia, una brusca contraposición entre su mundo delirante y el mundo real. Sin apenas tocar la realidad, se separó de la misma en su sometimiento al rancio ideal caballeresco y emprendió la vivencia individual de un mundo diferente al de los seres humanos. No obstante, los seres humanos y la realidad se le cruzan, se topa con ellos, y él va modificando su visión. Resulta patético el momento que, dentro de su largo aprendizaje, se ve en medio de una batalla real, en la segunda parte de la novela, cuando el barco en el que va es atacado por unos piratas. Don Quijote siente miedo. El valeroso caballero que se imaginaba victorioso y heroico en mil batallas, cuando vive una batalla real, reacciona como un ser humano real. A partir de ahí, va entendiendo el difícil juego de mezclarse con el mundo, de ser mundo, pero manteniendo esa inocencia combativa de caballero andante. El caballero andante hace mal si se define sin contar con la realidad, y aún más, si se cree definido de una vez por todas. Por suerte, cuenta con la ayuda de alguien dolorosamente inmerso y tragado por la realidad: el campesino analfabeto Sancho Panza, que de estar tan convencido de que los valores de su mundo (los socialmente avalados) son inequívocos, se halla, irónicamente, también escindido del mundo y dominado por los ideales nacidos del hambre. Uno y otro permanecen esclavos.

Desde estas escisiones no se puede transformar el mundo que las generó. Es necesario el reencuentro dialéctico con el mundo y los hombres para que, en el caso de Don Quijote, éste asuma el necesario pesimismo. Para este reencuentro hay que abrir los ojos y también escuchar atentamente, freirianamente. El peligro está, no obstante, en que el pesimismo desilusionado ya no actúe como un resorte crítico y que el caballero se deje morir, como de hecho ocurre. Entonces, en su agonía, Sancho apelará a los viejos ideales para intentar revivirlo. Es importante hallar la dosis de realidad y de sueño requerida para la re-construcción de lo que Ellacuría llama realidad histórica. Ver el acá de posibilidades con la orientación de un más allá de realizaciones de las mismas. Es en este juego vital donde el filósofo-teólogo de la liberación ubica el pensar filosófico, un pensar que identifica ideologizaciones, para desactivarlas. Éstas pueden adquirir el modo de un idealismo distanciado del mundo real que contribuye a que nada cambie (Don Quijote). Pueden también someterse a una versión bruta de lo real, sin elaboración filosófica, ceñida a los hechos y a sus dinámicas opresoras (Sancho Panza). Ambos son víctimas y ambos, lamentablemente, se equivocan. El acierto es que sólo al final Don Quijote vuelve a ser Alonso Quijano, que tras el miedo, el choque con la realidad y el recuerdo de los ideales vencidos, sí puede llamarse, con exactitud, “caballero andante”. Al mismo tiempo él habrá vencido, entonces, las ideologizaciones para ya hallarse en el terreno de lo real, es decir, el terreno donde es posible hablar de utopía y esperanza.

jueves, 20 de marzo de 2008

Cuestiones teológicas


Según Leonardo Boff: “La interpretación teológica de la muerte de Jesús en la cruz, como sacrificio por nuestros pecados, nos hace olvidar demasiado apresuradamente los reales motivos históricos que lo llevaron al tribunal religioso y político y finalmente al asesinato en la cruz. Cristo no fue simplemente la dulce y mansa figura de Nazaret.” En efecto, según algunos autores, de los que yo he podido leer recientemente a José María Castillo, es preciso comprender el sufrimiento de Jesús en su contexto de combate contra el poder y la injusticia. No se debe olvidar quiénes y por qué lo mataron, los motivos que le condujeron a enemistarse con las autoridades políticas y religiosas de su país, y perfilar la esencia de su predicación (el contenido del Reino de Dios). Respecto al sufrimiento y el martirio, el único dolor que Jesús acepta y padece es, como recuerda Castillo, el acarreado en la lucha contra el sufrimiento de los demás, de todos los seres humanos. Es esta lucha comprometida la que, a juicio de este teólogo, le condujo al calvario (no una idealización del sufrimiento en sí mismo). En efecto, frente a una idealización descontextualizada de esta muerte que se rememora el viernes santo, es tarea de la actual teología, según Juan José Tamayo, historizar aquellos acontecimientos y su expresión teológica, es decir, interpretarlos y leerlos a la luz de la cambiante realidad histórica en la que se enmarca la humanidad. El rostro humano de Dios es un rostro que se inserta en el curso humano temporal y espacial, es decir, en la historia.
Una buena introducción a esta visión de la teología podría ser Juan José Tamayo, Nuevo diccionario de teología, Trotta. Se trata de un diccionario recientemente publicado que aborda los distintos temas de la religión cristiana, la teología y el diálogo interreligioso desde el punto de vista al que acabo de referirme. O si deseas leer el artículo completo de Leonardo Boff del que extraje la cita inicial de estas breves palabras, pincha:

http://servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=267

O puedes leer, si te apetece, las siguientes entradas ya publicadas en este blog:

Sobre niños y parábolas

Autoengaño y justicia


martes, 18 de marzo de 2008

El jardín de Epicuro


Continúo leyendo el libro de Martha Nussbaum sobre ética helenística que se extiende, en la primera mitad, en una exposición de la particular receta de felicidad epicúrea. Se atiene sobre todo a las fuentes romanas y comenta detalladamente el poema De rerum natura de Lucrecio. A diferencia de los estoicos, los epicúreos reconocen el valor positivo de ciertos deseos y afectos, en especial los que nos vinculan amablemente a los demás y a la ciudad. Pero como ellos, desarrollan una terapia que procura dos cosas esenciales: el conocimiento de uno mismo y de las emociones, por un lado, y, en el caso de los discípulos de Epicuro, el ajuste de los deseos a una conciencia de la propia finitud. O sea, no desear lo imposible, ni lo que se acumula y genera adicción. No se debe alimentar las vanas expectativas de inmortalidad y superación de una limitación que nos constituye, en cuanto que somos seres finitos distintos de los dioses. Para vencer los miedos generados por la muerte o la religión, se desarrollan argumentos y una dialéctica racional destinada a ello, que Nussbaum analiza pormenorizadamente y que los epicúreos estudiaban de memoria para interiorizarla (a diferencia de los estoicos, mucho más dados al razonamiento continuo y constantemente referido a circunstancias concretas que van surgiendo a lo largo de toda la vida). Temas esenciales son el miedo a la muerte, la desmesura y el temor en los deseos amorosos, la cólera (que mezcla temor por la propia vulnerabilidad y deseo de castigo a quienes juzgamos que nos han agredido), el poder y la posesión, la agresividad y la guerra. Lucrecio repasa estas emociones negativas en busca de lo que para los epicúreos es la filosofía: medicina que se ocupa de hacer felices a los seres humanos.
Además, los epicúreos partían de una asimetría básica en las relaciones humanas entre un maestro-gurú, que moldea a unos discípulos, viviendo todos en comunidad. Se cultiva la amistad, el estudio memorístico de recetarios, como las Máximas capitales de Epicuro o la síntesis terapéutica presente en la Carta a Meneceo del fundador de la escuela, las relaciones tranquilas en el matrimonio, la familia, la sociedad (Lucrecio). En muchos casos, la relación entre el maestro se asemeja a la relación entre el terapeuta y su paciente en la psicología profunda, llegándose a considerar el valor de sacar a la luz lo oculto en las profundidades del inconsciente. El discípulo aprendiz puede no ser consciente de las tensiones y emociones que operan en él, como el miedo a la muerte, que suelen estar más ocultos de lo que creemos. A juicio de Epicuro, aunque no se reconozca, toda una vida puede regirse por un inconfesado temor a la muerte o a la propia vulnerabilidad. Aceptar la finitud será la terapia que, irónicamente, aproximará al discípulo a la única forma de invulnerabilidad permitida a los seres humanos. Se intenta crear un hábito arraigado en esta asunción de la finitud, mediante un proceso formativo largo y costoso en la persona, de manera que el individuo enfoque la vida de una manera no habitual en nuestras sociedades violentas y competitivas. Para Epicuro los hombres pueden, en suma, parecerse a los dioses, salvo en el detalle de que somos mortales. Nuestra única felicidad posible es una felicidad de deseos educados, de placeres en su justa medida y de aceptación de la precariedad de nuestra circunstancia, precariedad a la que, sin embargo y a diferencia de los dioses, debemos lo mejor que tenemos como seres humanos (las virtudes, la compasión, etc.).

sábado, 15 de marzo de 2008

Medicina y filosofía II

El buen cine es un medio expresivo donde la capacidad de sugerir mucho con los mínimos recursos es elevada a la máxima potencia. Siempre se trabaja con estereotipos que, si la obra es buena, fingen no serlo y se logran asemejar en la percepción “amaestrada” del espectador a la vida real. Por eso el cine es magia, engaño y ficción aun cuando trata de historias realmente ocurridas. Yo he tenido el empeño en alguna ocasión de componer un guión cinematográfico, que quedó en mero aborto de unos días, pero que me sirvió para comprobar la enorme tensión y el minimalismo de la expresión cinematográfica. El cine es narración que muestra y persuade, más por impacto que por reflexión, ya que la palabra es importante pero la imagen y la estructura de las escenas aún más. La fuerza expresiva de una frase, aun trivial, queda reforzada por los preliminares, que contribuyen a realzarla. Todo esto se materializa con el trabajo de actores y directores, pero es en el guión donde se concibe realmente. Me decía un amigo cineasta que el guionista es responsable de la película al menos en igual proporción que el director, lo cual no siempre se reconoce. Hacer un buen guión es en extremo difícil.
Un buen ejemplo de tópicos uno detrás de otro que, sin embargo, por el buen arte, cosiguen ser vistos como acontecimientos y personajes verosímiles, es la película Casablanca, por decir una muy conocida. Pero hoy día el cine también nos llega por la televisión, en forma de series televisivas. Yo me he enganchado irremediablemente a House, que gira en torno a un personaje que es un médico excéntrico con poco apego a la vida y a los demás, de enorme pesimismo que parece refugiarse en una cosmovisión mecanicista y biologicista del ser humano. Es bueno diagnosticando, muy bueno, pero se lo toma como una tarea mental, lógica, en la que emplea su inteligencia con un cierto desprecio de los elementos psicológicos y afectivos en la relación médico-paciente.
House representa esa visión. Es un personaje bien construido que logra seducir y hacerse muy atractivo por estas peculiaridades, precisamente. Pero estos rasgos de persona excéntrica y amargada para el que vivir es diagnosticar con fatalismo y toparse cansinamente con la muerte, los seres humanos y los incómodos afectos, tiene sus contradicciones.
En la serie abundan temas y circunstancias que dan que pensar. Hay dilemas éticos que el paciente y los distintos médicos del hospital se esfuerzan en resolver, desde sus personalidades y creencias. Algunos tipos contrastan con House e interaccionan con él. En los capítulos de esta temporada, la cuarta temporada creo, juega con unos aspirantes a sustituir a su antiguo equipo. Las personas esconden miserias en el alma y él, despiadadamente, las saca a relucir, denunciando las incoherencias de unos y otros. Tiene que escoger ayudante y se dedica a denunciar las verdaderas intenciones con las que los aspirantes acuden a trabajar en el hospital: la persona seductora que esconde su mediocridad, el religioso con doble moral, la competitiva que queriendo ser despiadada como House es en realidad, pura y simplemente, malvada y envidiosa, cosa que no es House. Las situaciones se suceden y House se limita a jugar ese juego lleno de mala leche que él entiende que es la vida, y desde luego, cuesta quitarle la razón. Un ejemplo de este juego que jugándolo es en realidad crudamente denunciado por House: en cierta ocasión salva profesionalmente la vida a un preso del corredor de la muerte, no sin antes preguntarle por qué había intentado suicidarse antes de la ejecución. Porque en el fondo a House le interesan las personas y sus motivaciones, y mucho. En ocasiones llega incluso a un diálogo profundo con ellas, como en el capítulo de la chica embarazada por una violación. Y le llega a preocupar tanto la muerte, contra lo que aparenta, que se la produce unos instantes para comprobar, antes de ser reanimado, si hay “más allá”. Eso no es, precisamente, asumir las cosas sin más, sino que pretende ir más lejos, pero a sabiendas de que no se puede. Su praxis médica es, en este sentido, trágica. El médico parece un luchador que ha dejado de luchar, o, mejor, que lucha por inercia como un animal, porque tal vez sean los animales lo único sensato en el mundo. Todo ha caído para él y lo único que permanece en pie es la tragicomedia de una humanidad enferma e impotente que acude día tras día a los hospitales para que la curen.

Aquí va un pequeño ejemplo:

lunes, 10 de marzo de 2008

Cuando Hipócrates hace filosofía


He ido a dar con una joya de libro escrito por la norteamericana Martha C. Nussbaum. Se trata de “La terapia del deseo. Teoría y práctica en la ética helenística”, cuyas páginas dedicadas a los estoicos ya las había leído anteriormente. Con un estilo claro, limpio y de exposición bien ordenada y rigurosa, aborda esta obra una interpretación de ciertos aspectos de las filosofías helenísticas, especialmente epicureísmo, estoicismo y escepticismo, que compara con la ética de Aristóteles. Se trata de las distintas éticas materiales que desarrollan, con mucho en común y con algunas cuestiones específicas según de cuál de ellas se trate. Por lo que he podido leer, su punto de partida es la analogía de la medicina con la manera de abordar la ética de estas escuelas vigentes hasta la antigüedad tardía romana. Coinciden en un planteamiento médico, en este sentido, diferente al platonismo. El platonismo descubre el bien o lo bueno y mediante razonamientos procura convencer de ello de una manera lógica, argumentando con propiedad con el fin de que cualquier “mente pensante” pudiera asentir. Es algo equivalente a la ciencia que pretende descubrir verdades inmutables que después se aplican rigurosamente al mundo, pero en el plano ético. La ventaja de esto es que se maneja una noción de verdad (la salud, lo bueno para el hombre) que puede orientar en la confusión del mundo, pero que puede también forzar a los seres humanos a un asentimiento racional como si fueran seres estratosféricos. Es cierto que esta verdad aséptica que descubre la razón (Platón) ejerce una función de limpieza crítica en la medida en que puede hacernos percatar de las falsedades que los hábitos y las costumbres nos hacen creer verdades. Pero resulta peligroso que conceda primacía a la verdad antes que a los hombres, de ahí el proyecto educativo de La República platónica, que se interesa antes por un buen orden que no todos tienen que comprender y basado en verdades que no todos tienen que descubrir ni a las que deben asentir unánimemente (para ello estarían los gobernantes filósofos). Un educador platónico, según Nussbaum, no convence a todos, ni quiere hacerlo.

Lo contrario de la vía platónica es el utilitarismo y los relativismos que no curan, porque ignoran que haya verdades. No hay más verdad que descubrir que aquella a la que asienten las personas… con el peligro de que se puede institucionalizar como verdades las creencias que están en el origen del mal funcionamiento de las sociedades. Aquí no hay manera de distinguir sano de enfermo, entendiendo por sano lo que resulta bueno para el hombre, o sea, lo que produce un mayor florecimiento humano y felicidad. Uno puede incluso creerse feliz sin serlo, confusión que jamás podrá superar sin una noción clara de salud y felicidad con validez universal. Este es el peligro que conllevan muchas posturas de corte relativista o utilitaristas. Si yo decido lo que es sano según lo que me ha enseñado la tradición y que yo asumo de manera acrítica, ¿cómo puedo saber que no lo hago basándome en creencias falsas o raseros equivocados que conducen al malestar?

En medio de estos extremos sitúa Nussbaum a las escuelas helenísticas. Como la medicina, conocen hacia dónde deben conducir al paciente enfermo, pero son conscientes de que el paciente no siempre se halla en condiciones de aceptar el tratamiento. El juicio y las creencias pueden estar perturbados y equivocados. Esto ocurre con la medicina, que se puede encontrar con enfermos que, por razones sociales, niegan serlo. Cuenta Nussbaum las creencias que hacían comprenderse como personas sanas a ciertas ancianas de la India que objetivamente manifestaban diversas patologías y achaques. Para la aceptación de su enfermedad, las ancianas debían cambiar su percepción de la realidad y de sí mismas. Esto es lo que la medicina, en su aspecto más humanista, logra mediante una equilibrada interacción con el paciente, escuchándolo, empatizando con él, conociendo sus inquietudes, opiniones, creencias. Pero para conducirlo hacia una salud a la que el propio paciente debe aspirar una vez esté en condiciones de ello, identificando su malestar. Por eso, hay un rasero objetivo que señala una curación que sólo se logra contando con el paciente, con el cuerpo-persona paciente.

El filósofo helenístico no se contenta, pues, con el conocimiento, sino que entiende la filosofía como transformación del mundo para aproximarlo a lo mejor. Por eso son todos muy buenos educadores. En ellos la filosofía es una tarea en gran medida pedagógica que busca transformar al educando colaborando con él. Creo que en esto Nussbaum tiene muy en cuenta a Séneca, sin duda.

Pero queda la cuestión de si el mundo puede transformarse, también en la praxis política, transformando solamente las creencias y opiniones de los seres humanos, sus cosmovisiones, valores, etc. ¿Curar es tratar los valores? ¿Es necesario algo más? Aquí la filosofía tiene mucho que decir: Nietzsche, Marx, Freud. Creo que la opción de Nussbaum será en gran medida a favor del enfoque helenístico, aun asumiendo los planteamientos de filosofías posteriores a veces muy críticas con dicho enfoque. Muy nietzscheanamente, parece aceptar que no puede haber cambios en las estructuras humanas si no se dan en las valoraciones. En cualquier caso, leeré con atención y atenderé a las razones que esta excelente autora explica con impecable prosa y elegante claridad. Ya iré informando de ello si persisto.

domingo, 9 de marzo de 2008

Próximos congresos de educación y pedagogía


Información útil sobre tres congresos relacionados con la pedagogía que se van a celebrar en los próximos meses:


CITE 2008

CITE 2008, Congreso Interuniversitario de Teoría de la Educación, sobre "Educación, Género y Políticas de Igualdad".

Departamento de Teoría de la Educación de la Universidad de Valencia.

España. Valencia. Paraninfo de la Universidad de Valencia. Edificio Histórico. Palau de la Música de València Paseo de la Alameda,30-46023 Valencia.

El XI Congreso Nacional de Teoría de la Educación (CITE 08), a celebrar en Valencia en julio de 2008 tiene como Tema central a debatir: Educación, Género y Políticas de igualdad; queremos dar respuestas al reto formulado por la UNESCO en los "Objetivos de desarrollo del milenio", uno de los cuales -el tercero- va dirigido a promover la igualdad de derechos y oportunidades entre los géneros y la autonomía de la mujer; objetivos, por otra parte, que se contemplan en la temática educativa propuesta en la Década de la Educación para el desarrollo sostenible 2005-2015, en la que la igualdad entre géneros esta considerada como una de las condiciones fundamentales para el desarrollo humano y referida a la eliminación de discriminaciones que están requiriendo una mayor atención por parte de la ciencia, la política, las instituciones sociales y la educación.

http://www.uv.es/=cite/Inicio.html

* PLAZO DE COMUNICACIONES, POSTERS Y EXPERIENCIAS: Hasta el 19 de abril de 2008.

* SECRETARÍA TÉCNICA: paz.canovas@uv.es

* RECEPCIÓN DE TRABAJOS:cite08@uv.es

* SECRETARÍA ADVA. :rlozano@uv.es

INSCRIPCIÓN: Abierta hasta el 30 de mayo de 2008. Puede realizarse a) Por correo postal a la dirección: Secretaría CITE 08. Universidad de Valencia. Dpto. Teoría de la Educación. Blasco Ibáñez 30. 46010 Valencia; b) por correo electrónico a través de la web www.uv.es/=cite


VI CONGRESO INTERNACIONAL DE FILOSOFÍA DE LA EDUCACIÓN

"Educación, conocimiento y justicia"

http://www.ucm.es/info/confiled/presentacion.htm


XIV CONGRESO NACIONAL Y III IBEROAMERICANO DE PEDAGOGÍA

http://www.congresopedagogia2008.com/comites_honor.html





jueves, 6 de marzo de 2008

Filosofía como forma de vida


Según Ellacuría el filósofo Sócrates representa el auténtico filósofo político que ejercita un pensamiento inextricablemente ligado a la praxis, es decir, no realiza un saber político teórico, sino que al pensar da un paso para una acción política justa. Desde su perspectiva se busca el saber para hacerse a uno mismo y a la ciudad. No se trata tanto de saber cómo son las cosas sino de que las cosas lleguen a ser según una recta humanización. Tanto es así que Sócrates no quiso cargos políticos ni dinero en ningún momento, ya que lo que le movía era sólo el estricto afán de justicia y verdad. Del poder sólo le interesaba que se ejercitara bien. Pero esta actitud socrática es, evidentemente, política, en el buen sentido de la palabra. La teoría, en él, se convierte en fuerza política ya que contribuye a despertar conciencias de manera tan peligrosa que como es sabido acabó costándole la vida. Ellacuría, que en este sentido fue como Sócrates, vio en él el modelo de una filosofía que llega a constituirse como vida filosófica. La filosofía, vista de este modo, es una forma de vida entregada a la re-creación y transformación de la realidad. La radicalidad del ateniense fue tal que se olvidó de sí mismo y de los suyos para dedicarse a perseguir el bien de los demás, cosa que testimonia, además de su muerte, su pobreza, según afirma Ellacuría.

Desde luego Sócrates es una figura controvertida, comentada e interpretada de diversas maneras. Como otras figuras semejantes en la humanidad ha despertado recelos o adhesiones entusiásticas. Se puede decir y se ha dicho mucho de él. Pero independientemente de ciertas consecuencias de su concepto de virtud, el dualismo griego y cierto elitismo presente sobre todo en Platón, Sócrates es un buen ejemplo de cómo la filosofía no es necesariamente una contemplación cerrada en sí misma, sino que deviene en una acción política. El teorizar siempre tiene consecuencias prácticas. Sócrates lo sabía, y se propuso que la búsqueda de la verdad y el conocimiento propio de la filosofía tal como él la concebía, no degeneraran en la inacción, el conformismo de algunos sofistas o la incoherencia entre teoría y práctica. Conectó conscientemente ambos ámbitos y desarrolló un pensamiento capaz de transformar la realidad haciéndola más humana y justa, porque era un pensamiento hecho para ella y desde ella.

Sobre el pensamiento filosófico de Ignacio Ellacuría, se puede consultar el libro de Héctor Samour, Voluntad de liberación. La filosofía de Ignacio Ellacuría, Granada, Comares, 2003.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Teoría y práctica en la educación


Respecto al lugar específico de la filosofía de la educación, creo que puede orientar lo que para la filosofía en general concibiera el filósofo y teólogo Ignacio Ellacuría. Para él, es necesario superar el idealismo que deviene en un discurso ahistórico e intemporal, ajeno a la praxis y que suele encerrar un fuerte componente ideológico (legitimador, encubridor). Esto quiere decir que la filosofía, para que no deje de serlo en su especificidad, no debe convertirse en un saber meramente teórico, que se desarrolle desde una aséptica reflexión. Pero es preciso también prevenirse del peligro de un discurso fundido con la práctica de tal manera que sin tomar distancia de ella acabe sirviendo a intereses políticos concretos, de manera a-crítica. En este sentido, es necesario cierto grado de objetividad y distancia respecto al quehacer práctico, sin acabar desvinculándose del todo de lo que ocurre históricamente. Es imposible eludir una historia que más allá de condicionarnos, nos constituye, pero hay que ser consciente de este componente histórico y de las posibilidades concretas que va presentando. Así pues, Ellacuría entiende la filosofía como saber crítico que toma consciencia de las tendencias reales (históricas) a las que identifica objetivamente.

Esta reflexión puede aportar bastante al saber pedagógico sobre la educación. La buena teoría no es teoría en las nubes, una teoría que pudiera imaginar un ángel, sino un saber entremezclado con la realidad y que cobra su sentido de ella. No pierde el contacto con el hacer práctico en las escuelas, ámbitos informales, etc., de la educación, pero no se reduce a comentar las tendencias existentes, so pena de colaborar irreflexiva e ideológicamente con los juegos de poder y fuerzas políticas. Para ello, es necesaria la filosofía como un tomar distancia objetivamente, según la aspiración de las ciencias pero sin reducirse a ellas. El problema es que tanto una filosofía idealista como una filosofía sirvienta de la práctica jamás verán que podemos estar dando vueltas a la noria sin saberlo. El lugar de la filosofía en relación con los saberes educativos es comprobar si al actuar damos vueltas sin ser conscientes de ello y nos hallamos atrapados en dinámicas políticas que no conocemos, lo cual se agrava si resulta que son las dinámicas que contribuyen a la perpetuación de las injusticias.

La filosofía de la educación, pues, es saber crítico, terapia contra el fanatismo, liberación, transformación, superación. Es realista y, contra los prejuicios existentes, bien asentado en el suelo. Porque a veces se puede estar volando entre las nubes atrapados en un ideológico discurso que afirma tratar con hechos empíricos, datos objetivos y revestido de supuesta neutralidad. Es el discurso incapaz de salir de sí mismo y de ver las cosas como son en su devenir histórico, perdido en los prejuicios de una supuesta neutralidad y que en definitiva acaba haciendo lo que le dicen.