
Pero al margen de esta consabida discusión sobre materialismo e idealismo, mi intención es en estas breves líneas recordar sólo unos cuantos momentos en que los intelectuales y artistas han desarrollado una labor expresamente pedagógica. Es decir, ha habido movimientos intelectuales que han establecido conscientemente su intención pedagógica y que se han querido encargarse de transformar la sociedad educando a sus miembros. Esta educación se ha asemejado a menudo a una tarea médica o terapéutica que ha pretendido resolver las trampas de las situaciones concretas en ciertos periodos de las sociedades. Se ha buscado influir en las representaciones, sentimientos y costumbres de las personas.
En primer lugar, releyendo a los clásicos griegos y latinos paganos, se descubre que el intelectual aparece como alguien molesto, como un educador que incomoda. Resulta impresionante la admiración con que un tan acomodado Cicerón, por ejemplo, cita con sincera admiración a Sócrates o Diógenes en la faceta más extremista y contracultural de ambos. En
Si seguimos en el tiempo, también podríamos incluir las grandes figuras religiosas, como hace Jaspers, entre los maestros que fundaron magisterios: Buda, Confucio, Jesús, Mahoma. Todos ellos son excelentes educadores si uno intenta comprobar cómo actuaban y enseñaban.
Tenemos, por supuesto, el siglo XVIII que en Europa y América dio movimientos políticos y revoluciones. La labor pedagógica se ejerció en ocasiones con el candor ingenuo de los fabulistas (Iriarte y Samaniego), el impacto en los espectadores de obras de teatro (Leandro Fernández de Moratín) o el género educativo por excelencia: el ensayo (Jovellanos, Voltaire, los enciclopedistas), e incluso el relato y la novela (Emilio de Rousseau, que educa a la par que trata de educación).
También en todo el siglo XIX y XX los autores anarquistas y socialistas utópicos se han volcado a menudo en proyectos educativos, fundando escuelas, ateneos, falansterios etc. como principales instrumentos de progreso en la sociedad. En este sentido surgieron los primeros sindicatos, como cauce al mismo tiempo para la reivindicación laboral y para la mutua educación de los correligionarios. Pero la unanimidad de este empeño en el siglo XVIII creo que supera todo. Bien es cierto que tras los proyectos emancipadores ha habido muchas veces oscuros intentos de dominio y poder que han convertido la educación en más o menos sutil adoctrinamiento, y no hay que insistir en las connotaciones de palabras como “civilizar” tan usadas en esos contextos. Como señala Foucault, se educa escolarmente en masa en la época de los colonialismos y
Los años 60 y 70 del siglo XX también dieron proyectos de cambio contracultural que procuraban ofrecer una alternativa crítica, lecciones de que las cosas podían ser de otro modo, mediante una forma de vida que de hecho ya se concebía como aleccionadora “nueva vida”. Se discutió entonces y a veces se cuestionó duramente el papel de los intelectuales en estos cambios.
Podíamos citar, y soy consciente de lo breve de estas líneas de las que seguramente escapa lo más relevante, krausismo, positivismo y otros movimientos intelectuales que entendieron la labor educadora como el punto de apoyo principal para el progreso, la transformación e incluso la revolución. En todos ellos el principal objeto de la investigación científica y el arte era educar. Básicamente, el esfuerzo del intelectual debía revertir en la propia sociedad en la manera que lo hace una escuela, como si fluyera y desbordara más allá del individuo intelectual. Si no desembocaban los ríos del saber en la cultura, el saber no valía y no había ni siquiera liberación científica. La ciencia sin docencia, en este sentido, se consideraba una mutilación. El investigador era de manera natural también docente. Debía haber una clara repercusión social del conocimiento y para ello se investigaba.
En definitiva, si menciono esta antigua vocación pedagógica de los intelectuales investigadores, es porque creo que, sin darnos cuenta, es algo valioso que estamos perdiendo, en la maraña de un discurso que no deja de hablar de productividad, progreso, investigación y desarrollo, olvidando muchas veces plantearse la educación como la entendieron los movimientos emancipadores del pasado. Hay cierto norte que no deberíamos perder. Ahora es oportuno, como nunca, retornar con espíritu filosófico a ciertas preguntas que damos por respondidas con demasiada facilidad: ¿Para qué investigamos? ¿Para qué educamos? Esto es lo más práctico que podemos hacer.






