
Si, como dijimos en el post anterior, el mal manifestado en un campo de exterminio es común hasta el punto de que cualquier persona normal podría tener la potencialidad para convertirse en un monstruo en determinadas circunstancias, hemos de indagar justamente cuáles son los elementos “triviales” de nuestra vida cotidiana que lo propiciarían. Se trata de identificar qué rasgos habituales del comportamiento individual y social son iguales a los que en
Esta fragmentación de la conducta podría ser propiciada por nuestra civilización contemporánea. La especialización a que nos obliga el mundo de la economía y el trabajo, como señalara Marx, nos deshumaniza. Esto se relaciona además con la escisión entre los medios y los fines (el triunfo de la racionalidad técnico-instrumental tan señalado por numerosos filósofos y sociólogos a lo largo de todo el siglo XX). En
Todas estas consideraciones nos sirven hoy para analizar si en nuestras sociedades democráticas puede estar ocurriendo algo parecido a esta peligrosa fragmentación de la moral y del comportamiento. Todorov defiende que sí: “El físico que contribuye a la producción de armas nucleares se convence de que no hace ningún mal porque, al mismo tiempo, es un buen ciudadano y un marido modelo; (…) todos, o casi todos, preferimos la comodidad a la verdad” (P. 184). Creo que, en efecto, este fenómeno está extendidísimo y es muy habitual. Se trata de quien en el trabajo es de una manera y en su casa, de otra. O de quien obtiene buena conciencia, en lo religioso, con una piedad interior y privada que no lleva a cabo en el ámbito público de las relaciones con el género humano de carne y hueso que se tropieza en el trabajo, por las calles, en la política, etc. Por eso, se dicen unas cosas y se hacen otras. No se predica con el ejemplo y la esfera privada acaba cegándonos para lo que ocurre en la pública. Mientras uno “ponga en orden”, desde un ideal íntimo de pureza y virtud privada, su sexualidad, puede olvidar el hambre, la injusticia, las guerras, la compasión con el que sufre, etc. La virtud se persigue sólo en lo “espiritual”, en lo interior e íntimo, pero al mismo tiempo ocurren sangrantes incoherencias y olvidos que colaboran activamente con el mal y la injusticia. Se trata de la doble moral, siempre tan ventajosa para no cambiar en lo que verdaderamente hace falta cambiar en orden de realizar un mundo mejor. Como dice Todorov, se prefiere la comodidad a la verdad.
En los campos, los prisioneros eran testigos de los nefastos efectos de esta doble moral uno de cuyos ejemplos más extremos es cierto mes de diciembre que los “trabajadores”, “profesionales” y técnicos de un campo de exterminio trabajaron a destajo para exterminar la cifra fijada de personas-cosas y poder celebrar la navidad con una cena y cánticos. Por eso, en los testimonios que existen, los supervivientes insisten en el valor de la coherencia y se prometieron a sí mismos jamás desdoblarse moralmente como lo habían visto en sus verdugos. Bien es cierto que esta coherencia por sí misma no garantiza tampoco el bien, ya que depende del amor al otro y la compasión como motores de la moral para evitar otros trucos peligrosos, como la “despersonalización” del otro. Es necesaria una moral en la que las personas no sean vistas en última instancia como meros instrumentos, aunque esto sea inevitable parcialmente en las relaciones cotidianas. Es preciso no olvidar la humanidad del otro que tenemos delante. De hecho, en los lager y en la sociedad nazi se dieron estrategias para dejar de ver personas en los prisioneros: Las grandes cifras en los traslados y matanzas, el olvido del nombre y la conversión de los individuos en números, la desnudez de los cuerpos, la confusión lingüística… había que evitar a toda costa que surgiera la piedad, ese sentimiento denunciado como decadente por el propio Hitler y la moral nazi. Por eso se evita la mirada directa de la víctima y la relación personal, capaz de deshacer las justificaciones mentales y la dureza del verdugo.
Otro factor que propicia la conversión en monstruos banales de cualquiera de nosotros es el culto a la sumisión o el considerarse parte de un engranaje o simple rueda de una máquina. Afirma Todorov: “un ser que no hace más que obedecer órdenes no es ya una persona” (P. 192). Paralelo a esto está la creencia de realidades supremas superiores como objetos de la moral, como el estado, la etnia, la propia religión, etc. Como dice Todorov, “Si el interés nacional se coloca por encima del de la humanidad Auschwitz resultó posible (P. 196)”. Todos los casos de verdugos comentados por Todorov, muestran que dejaron de pensar en sí mismos como sujetos de sus acciones ni en las otras personas como fines. Para cumplir los objetivos técnicos requeridos por la ley y el estado aceptaron ver reducidas a esclavos o cadáveres a los demás. “Practican un “idealismo” directamente opuesto al cuidado hacia los demás: las ideas les empujan contra los seres”. Y nos advierte: “el pensamiento instrumental olvidado de los fines y la despersonalización de los seres no reinan solamente en los campos de concentración. (P. 206)”.








