viernes, 29 de agosto de 2008

La memoria de las víctimas


Sigo con mis actividades en El Salvador, que ya van concluyendo. El miércoles dicté una conferencia titulada: “La memoria de las víctimas en la pedagogía”. Estábamos casi en familia, pues el público no era muy numeroso, a pesar de lo actual que el tema es en el país que visito (y en el mío, con esto de la incompleta y polémica Ley de la Memoria Histórica). Hablé sin leer, salvo una larga cita de un texto de Kafka, sobre apuntes que había hecho, los cuales en poco tiempo saldrán como artículo en alguna publicación. La idea básica era mostrar, por un lado, la necesidad de recoger el clamor de los vencidos que constituyen la historia invisibilizada que impugna la concepción triunfalista de la historia contada por los vencedores. Es un pensamiento que entronca con las Tesis sobre el Concepto de Historia de Walter Benjamín. Expuse someramente la concepción de éste sobre la memoria y el sufrimiento de quienes fueron expulsados de la historia convencional, pero que están en ella a manera de ausentes (están presentes como ausentes). Añadí algunas cuestiones específicas de Adorno y Horkheimer al respecto, para desarrollar a partir de ejemplos las ideas expuestas. La memoria del sufrimiento pasado y presente es necesaria para, por un lado, advertirnos de a dónde podemos desembocar. Aquí el paradigma de Auschwitz fue empleado para extraer algunas conclusiones, como las del libro de Todorov, Frente al límite, o las obras de Primo Levi. En El Salvador tienen su Auschwitz en la tragedia de El Mozote, una de las numerosas matanzas de inocentes civiles, mujeres y niños la mayoría, que fueron asesinados en masa durante la guerra. Es ese sufrimiento absurdo de las muertes sin sentido de inocentes, su dolor singular, el que impugna cualquier concepción triunfalista de la historia.
Además, el recuerdo de este sufrimiento produce, dialécticamente, un cierto destello utópico, un anhelo de justicia que Horkheimer relaciona con la teología. Es decir, hay un componente utópico que puede resucitar junto con el recuerdo de quienes fueron sus portadores. Es la sabiduría propia del oprimido y de las situaciones límite que en la historia se han dado. Ellos portan la luz que puede iluminar el futuro que, de otro modo, se alza tenebroso. Incluso en Kafka, tan terrible, esta luz relampaguea en breves ocasiones.
Es por todo esto necesario incorporar a la pedagogía la herencia oscura de la humanidad, la de los silenciados y oprimidos, pero para que se active el afán liberador, más allá de las ingenuidades de la Ilustración más clásica. Se tratará, también, de cultivar en las personas una sensibilidad que produzca el hondo rechazo del mal, entendido como deshumanización de los seres humanos. Es decir, una ética que surge de la experiencia del mal reaccionando ante el mismo y que se constituye como compasión fraternal y futuro. Es esto lo que desarrolla Paulo Freire, cuyo libro principal se llama, precisamente, Pedagogía del oprimido.
Entre el público hubo algunas intervenciones que trajeron a colación oscuras vivencias de la guerra y que aportaron matices a este discurso que yo realicé desde mi circunstancia extranjera, pero que pudo fundirse por ello con la realidad salvadoreña. Prevaleció la tiniebla del horror más que la luz de la utopía. Pero terminé resaltando las pedagogías de luz (utópicas) que señalé como específicamente sensibles con este horror: las de Paulo Freire e Iván Illich y que constituyen una actividad optimista que ya mira con esperanza tras recoger la macabra herencia de la humanidad.

martes, 26 de agosto de 2008

Los manglares de la Costa del Sol


En estos días este blog cumple un año, en el que hemos llegado a las 103 entradas. El proyecto nació sin saber muy bien a dónde iría, pero con unas líneas básicas bien definidas que se han respetado. He intentado proporcionar un instrumento para la reflexión con enlaces y utilidades pensadas para las clases, de las cuales yo he utilizado algunas para mis propias clases en la universidad, con cierto éxito. Sé que ha habido una afluencia cada vez mayor de lectores y usuarios que con sus comentarios y críticas han contribuido a elevar la calidad de algunas discusiones. Puedo considerar los objetivos cumplidos. Ahora, mi proyecto es seguir mejorando el blog, aunque deseo estudiar si es preferible inaugurar otra bitácora pensada exclusivamente para mis clases en la universidad, o continuar usando esta misma simultáneamente para clases y para un público más allá del aula en la que imparto docencia, como ha sido hasta hoy. En cualquier caso, este blog dedicado a la educación y la filosofía seguirá, si nada lo impide, en la línea iniciada y con la esperanza de mejorar su contenido y fomentar la interacción con los amables lectores.
Y cumplo este aniversario, como sabes, en El Salvador. Continúo mi estancia, impartiendo el curso que he venido a dar. El sábado pasado fui entrevistado en directo en una emisora nacional de radio, la radio de la UCA. Básicamente, hablé sobre el tema del curso que imparto, es decir, la filosofía que fundamenta a la pedagogía liberadora de Paulo Freire. Fue un programa de una hora, de plática distendida, en el que atendí a siete llamadas telefónicas desde distintos puntos del país donde estoy. Se proporcionó además información sobre la conferencia que dictaré el miércoles, titulada: “La memoria de las víctimas en la pedagogía” y sobre el presente blog cuya dirección se ha dado en la web del programa. Éste se llama “La hora de Sofía” y es un interesante espacio, los sábados de diez a once de la mañana en El Salvador, dedicado a temas filosóficos, que presentan los profesores Carlos Molina y Luis Alvarenga. Es una actividad que parte, pues, del departamento de filosofía de la UCA.
Aparte de estas actividades dentro del campo de lo académico, he visitado dos interesantes lugares. En primer lugar, fui a Lourdes una mañana, una aldea de casas muy humildes que cubre la vegetación donde una cooperativa de mujeres se benefician del sistema de microcréditos que sirve para financiar y activar sus pequeños negocios casi de subsistencia. La visita fue corta pero impactante, por la amabilidad de todas, su fortaleza y sus ganas de trabajar y hacer cosas aun en condiciones dificilísimas.
Ayer domingo visité una zona costera llamada también “Costa del Sol”, donde me bañé en el Pacífico por primera vez, caliente como una sopa y lleno de corrientes. Después del baño, hice una excursión de dos horas con otros profesores y amigos a la desembocadura del río Lempa, el más caudaloso del país, y por numerosos manglares e islas entre el río y un entrante de agua del mar. Fue un paisaje que jamás había visto, de costa tropical, lleno de garzas, pelícanos, peces de cuatro ojos que nos observaban pasar (sí, no miento), mangles de ramas y raíces en las aguas saladas... Hermosísimo. Aquí, ciertamente, la vida bulle. Y tras un día espléndido, por la noche, como de costumbre en estas fechas, tormenta tropical.
Y hoy por la mañana he visitado por tercera vez (en mi anterior estancia lo vi dos veces), pero ahora con guía, el impactante museo de los mártires de la UCA y el jardín de las Rosas. Pero de esto hablaré más adelante, de estos mártires, su significado, y de la humilde y sencilla capilla-parroquia universitaria de la UCA denominada como el libro que estoy leyendo: Jesucristo Liberador.

lunes, 18 de agosto de 2008

El Salvador II


Prosigo con mi estancia en tierras salvadoreñas, entre actividades académicas y alguna corta excursión. En concreto, el sábado pasado estuve en el norte del país, en la región de Chalatenango, cerca de la frontera con Honduras. Es una zona muy montañosa que asciende hasta los 1200 metros sobre el nivel del mar, donde el clima es algo más fresco, pero como en todo el país, tropical y húmedo en esta época del año. Abundan los pinos más que en otras partes y creo que es uno de los lugares más bonitos que he visto en el país. Fui a un pueblo llamado La Palma y a San Isidro. En el primero se llevaron a cabo las reuniones entre las partes en conflicto para los acuerdos de paz. En tiempos de la guerra civil, hasta 1992, fue territorio de control de la guerrilla (FMLN), constituyéndose como una especie de estado aparte dentro de El Salvador, con distintas autoridades a las oficiales. En general, todo Chalatenango fue duramente castigado y se padeció mucho debido a los tiroteos y bombardeos del ejército en el intento por recuperar la región. Esto es algo que acompaña al país como una sombra siniestra que se manifiesta poco a poco, según vas conociendo a gente y sale el tema. Todos tienen recuerdos muy duros pues el conflicto fue largo y muy violento. En los últimos años, a finales de los 80, se agudizó y el Frente llegó a la propia capital, San Salvador, que en algunos barrios fue temporalmente ocupada por la guerrilla. Por entonces ocurrió la matanza de los jesuitas de la UCA, universidad en la que me encuentro, por parte de miembros del ejército nacional (estos acontecimientos están pormenorizadamente relatados en la página web de la UCA). Hoy día, tras los acuerdos de paz, las partes antes en conflicto dirimen sus diferencias en las urnas, dándose el caso, de hecho, de que en marzo hay elecciones. Actualmente gobierna la derecha (ARENA), pero parece que el FMLN tiene, por primera vez, grandes posibilidades de resultar elegido para gobernar.
En Chalatenango, además, se lleva a cabo un interesante proyecto de formación de maestros en las áreas rurales que viene de los proyectos de alfabetización de tiempos de la guerra. El talante y el método de los formadores es genuinamente freireano, pues aplican los principios de la educación popular considerando su inspirador a Paulo Freire.
Por lo que a mí respecta, el sábado hablaré en directo, en la radio de la UCA, a las 10:00 sobre el pedagogo brasileño y el curso que estoy impartiendo acerca de los principios filosóficos que sustentan su pedagogía. Además, el miércoles 27 dictaré una conferencia titulada: “La memoria de las víctimas en la pedagogía educadora”.

martes, 12 de agosto de 2008

¿Desde dónde?


Como dije hace unos días, estoy leyendo el libro Jesucristo liberador de Jon Sobrino. Se trata de una excelente visión de la cristología desde el punto de vista de la denominada teología de la liberación, que comienza precisamente señalando algunos elementos alienantes en las imágenes de Cristo que se han transmitido. Básicamente, el peligro consiste en idealizar a Jesús, que lo concibe como caridad en abstracto sin el elemento de denuncia profética que lo acompañó toda su vida. Se trata de la imagen de un Cristo de la que se ha eliminado el conflicto, la relación con la historia y centrada en sí misma, en vez de apuntar a lo que él siempre destacó como centro de su predicación: el reino de Dios. Frente a esto, la gran aportación latinoamericana es haber enfatizado el elemento de liberación de los males concretos que afectan a los seres humanos que se hallaba implícito en actividades jesuánicas como los milagros y las curaciones. Los hechos y dichos de Jesús (las parábolas) manifestaron su oposición a todo lo que material y espiritualmente esclaviza al hombre. Manifestó en todo ello además una indiscutible parcialidad, por más que a veces se quiera suavizar, a favor de los más oprimidos, es decir, los pobres en cuanto marginados sociales y carentes de los mínimos para vivir. Recuerda Sobrino la conclusión de Medellín y Puebla: “Los pobres son destinatarios privilegiados de la misión de jesús, lo cual es ya sumamente importante y novedoso; pero, además, hacen presentes al Jesús profeta y evangelizador. Son su sacramento dinámico”.
A continuación Sobrino señala la importancia del lugar desde el que se hace la teología, es decir, que el contexto histórico social en donde nos situemos nos puede abrir los ojos para captar ciertas realidades y verdades. Por eso, hay que reflexionar en el lugar adecuado como condición epistemológicamente necesaria. Dice: “El lugar no inventa el contenido, pero fuera de ese lugar difícil será encontrarlo y leer adecuadamente los textos acerca de él. Ir a ese lugar, quedarse en él y dejarse afectar por él es esencial a la cristología”. Latinoamérica, en la medida en que es lugar de vida y muerte, donde en la muerte reluce la vida, supone un privilegiado contexto para vislumbrar la presencia y sentido del Crucificado. La presencia continua de la vida amenazada pone en funcionamiento la reflexión y obliga a no ser neutral ni a divagar en problemáticas que se alejan de lo perentorio. El pueblo crucificado interpela y obliga muchas veces a agachar la cabeza e induce a la conversión (caso de Monseñor Romero). “Desde este horizonte de vida y muerte, la cristología ha recuperado lo esencial de Jesús como el anuncio de un reino de vida a los pobres en contra del antirreino de muerte. Y no es éste pequeño fruto de estar en el lugar social de la pobreza”. Así pues, no es irrelevante dónde se sitúe el teólogo (o, creo, el pensador), pues recibirá lecciones e interpelaciones que le facilitarán el acceso a ciertas verdades. Sobrino dice que los pobres son luz que ilumina para ver más y mejor que desde cualquier otra parte. Como se señala en las Escrituras, en el crucificado (o el siervo de Yahvé) hay algo que otorga una luz al pensamiento que éste no obtiene en otras partes. Es esta presencia del crucificado la que hace descubrir ideologizaciones en los discursos aparentemente neutrales y escandalosas parcialidades disfrazadas de imparcialidad.
En los próximos días espero seguir leyendo este libro que se encamina a un estudio del Jesús histórico como corrector de las ideologizaciones de la cristología más abstracta. Se tratará de, sin renunciar a la reflexión más teórica, evitar los sueños de una razón en cuanto hybris que nos dificulte conectar con la esencia de la fe. Para ello, dice Sobrino que es más operativo ver a Cristo, en un primer momento, desde Jesús, y no a la inversa. Esto lo han intentado de distinto modo algunas cristologías europeas y, por supuesto, la teología de la liberación latinoamericana.

lunes, 11 de agosto de 2008

El Salvador, Centroamérica


Es difícil conocer la realidad de un país como El Salvador, sobre todo cuando mi vida acá se ciñe a lo meramente académico. Pero que hay grandes bolsas de pobreza y una mínima inversión en lo público es evidente. Me dicen algunos profesores de economía que también realizan su estancia hospedados donde yo estoy, que no se invierte en lo público porque no se ingresa en las cuentas del estado, es decir, apenas se pagan impuestos. Por lo visto no lo hace, por ejemplo, la prensa, al ser considerada un bien cultural, pero tampoco aportan mucho las grandes empresas y bancos, cuyo apoyo al país se considera suficiente en cuanto que “crean puestos de trabajo”. El resultado es patente, en las calles que se hallan generalmente en bastante mal estado, por decir un ejemplo. Y no hablemos de la sanidad, la seguridad, la educación, etc. En fin, que el dinero entra y sale casi exclusivamente de unos pocos bolsillos privados. El grueso de la población vive con grandes esfuerzos y el colmo es, me dicen, que la pobreza alcanza a la mitad de los seis millones de habitantes que tiene este superpoblado país cuya extensión es apenas la de una provincia española. El resto de la región tiene problemas similares y hasta peores: Guatemala, Honduras, Nicaragua... El sueldo mínimo base es de unos de 150 dólares mensuales, con precios muy similares a los de España en casi todos los sectores. Se dan fenómenos como las maquilas, donde los obreros trabajan a destajo en largas jornadas laborales por muy poco sueldo para producir productos muy baratos en la industria textil que son vendidos caros en el Primer Mundo. Otra peculiaridad es que aquí no existen las vacaciones pagadas. Hay también graves problemas de inseguridad en muchas zonas de la capital (proliferación de bandas organizadas) y un tercio de salvadoreños son emigrantes, en especial en Estados Unidos, desde donde mandan remesas a sus familiares que evitan el quiebre total de la economía nacional y permiten la supervivencia de casi toda la población residente en el país. Contrariamente a lo que algunos pudieran pensar, los salvadoreños son muy activos y trabajadores, pero muchos se encuentran con la imposibilidad de salir de la miseria por más horas que trabajen e ingenio que le echen. Según los gurús del neoliberalismo, como Hayek, por lo visto esta es la gente que sobra en el mundo, los que no valen y tienen que perecer.
Aquí uno palpa la realidad de dos tercios de la humanidad condenada al hambre sin ningún tipo de remedio o ayuda por parte de nadie. Sencillamente, muchos debemos el bienestar a haber nacido en un sitio determinado del mundo y no en otro, por mero e injusto azar. Uno no puede sino recordar dolorosamente los juicios a la ligera nacidos de un evidente desconocimiento que tiene que oír en Europa y España, cuando se pontifica acerca de América Latina desde un bienestar que ciega para comprender y ponerse en el lugar de los demás. Porque como dice Jon Sobrino, el lugar desde el que se piensa (en el caso de la teología, pero no sólo en esta disciplina) importa epistemológicamente, pues el entorno contribuye a abrirnos los ojos e interpelarnos para que comprendamos cosas sobre el hombre, sobre la historia o sobre los evangelios que en otros sitios no pueden entenderse. ¡Con cuánta peligrosa y arrogante ignorancia se juzga y se prejuzga lo que ocurre en la castigada y bendita América Latina!

jueves, 7 de agosto de 2008

Al otro lado


Me encuentro de nuevo, tras algunos años desde la última vez, en El Salvador. Voy a impartir un curso de doctorado sobre las relaciones entre Paulo Freire y algunos pensadores y corrientes filosóficas, aparte de otras actividades académicas. El recuerdo de la anterior estancia en el país me ha estado acompañando todo el tiempo, del modo en que suelen hacerlo los recuerdos: moldeado por acontecimientos posteriores, incluso rehecho en gran medida, idealizado, pulido, entremezclado con otros “pasados” y otros “presentes” una vez convertido en pasaje de la memoria. Un recuerdo vivo que, también, me hizo ver otro futuro.
En efecto, otra vez estoy junto al centro Monseñor Romero, el jardín de las Rosas, la UCA, la casita de huéspedes. De todo ello hablaré en los próximos post, supongo. El Salvador ha pasado a ser ahora dueño de mis instantes, El Salvador, tan cercano y tan lejano para mí. Un rincón de la inmensa y perturbadora América Latina.
Esta vez todo me sonaba familiar al llegar, al contrario que en la primera estancia. Parecía como si no hubiese transcurrido tiempo. Pero lo cierto es que en medio de estos dos momentos ha habido más cosas, más noches, más lecturas. La llegada ha sido tranquila, dejando atrás la asfixiante ola de calor en España y topándome con el griterío de pericos y una vegetación exuberante. Porque aquí la naturaleza es tremenda y fuerte, llena de exaltación vital, pero a veces delicada cuando toma la forma de un diminuto colibrí que aletea inocentemente entre flores.
Aquí he terminado de leer el libro de Hans Küng titulado Credo. Se trata de una interpretación de la oración del credo que el teólogo desarrolla con su habitual amenidad, desembocando en su inteligente visión del cristianismo, un cristianismo que ha escuchado receptivamente a la Ilustración, los maestros de la sospecha, la ciencia, la historia, la crítica textual y las demás religiones. Confirmo mi opinión de que es un autor muy aconsejable para quienes no se convenzan con las posturas más fundamentalistas. Como él dice, la fe es una creencia razonable (no racional meramente) que se sitúa entre las lecturas más literales y puristas, que obligan al sacrificio de la razón y el sentido común, y el ateísmo que, como lógica respuesta al oscurantismo, se plantea como alternativa. Küng justifica el cristianismo en cuanto que la existencia humana gana con él, frente a las dos mencionadas posturas más extremas a las que él va replicando. Según él, se puede creer sin tener que sacrificar todos los logros obtenidos por el saber humano y la historia. Su postura se asemeja en algunos aspectos a la teología de la liberación, corriente a la que pertenece el nuevo libro que he comenzado, aprovechando en lugar en que me hallo: Jesucristo liberador, de Jon Sobrino. Intento, con todas estas lecturas de teología, aclarar entre otras cosas si se puede, como defiende Küng, creer razonablemente y de manera que no implique alienaciones ni peligrosos sacrificios del intelecto. Todos ellos presentan una religión que libera, es decir, que no niega lo humano, sino que, al contrario, lo potencia.