
Sigo con mis actividades en El Salvador, que ya van concluyendo. El miércoles dicté una conferencia titulada: “La memoria de las víctimas en la pedagogía”. Estábamos casi en familia, pues el público no era muy numeroso, a pesar de lo actual que el tema es en el país que visito (y en el mío, con esto de la incompleta y polémica Ley de la Memoria Histórica). Hablé sin leer, salvo una larga cita de un texto de Kafka, sobre apuntes que había hecho, los cuales en poco tiempo saldrán como artículo en alguna publicación. La idea básica era mostrar, por un lado, la necesidad de recoger el clamor de los vencidos que constituyen la historia invisibilizada que impugna la concepción triunfalista de la historia contada por los vencedores. Es un pensamiento que entronca con las Tesis sobre el Concepto de Historia de Walter Benjamín. Expuse someramente la concepción de éste sobre la memoria y el sufrimiento de quienes fueron expulsados de la historia convencional, pero que están en ella a manera de ausentes (están presentes como ausentes). Añadí algunas cuestiones específicas de Adorno y Horkheimer al respecto, para desarrollar a partir de ejemplos las ideas expuestas. La memoria del sufrimiento pasado y presente es necesaria para, por un lado, advertirnos de a dónde podemos desembocar. Aquí el paradigma de Auschwitz fue empleado para extraer algunas conclusiones, como las del libro de Todorov, Frente al límite, o las obras de Primo Levi. En El Salvador tienen su Auschwitz en la tragedia de El Mozote, una de las numerosas matanzas de inocentes civiles, mujeres y niños la mayoría, que fueron asesinados en masa durante la guerra. Es ese sufrimiento absurdo de las muertes sin sentido de inocentes, su dolor singular, el que impugna cualquier concepción triunfalista de la historia.
Además, el recuerdo de este sufrimiento produce, dialécticamente, un cierto destello utópico, un anhelo de justicia que Horkheimer relaciona con la teología. Es decir, hay un componente utópico que puede resucitar junto con el recuerdo de quienes fueron sus portadores. Es la sabiduría propia del oprimido y de las situaciones límite que en la historia se han dado. Ellos portan la luz que puede iluminar el futuro que, de otro modo, se alza tenebroso. Incluso en Kafka, tan terrible, esta luz relampaguea en breves ocasiones.
Es por todo esto necesario incorporar a la pedagogía la herencia oscura de la humanidad, la de los silenciados y oprimidos, pero para que se active el afán liberador, más allá de las ingenuidades de la Ilustración más clásica. Se tratará, también, de cultivar en las personas una sensibilidad que produzca el hondo rechazo del mal, entendido como deshumanización de los seres humanos. Es decir, una ética que surge de la experiencia del mal reaccionando ante el mismo y que se constituye como compasión fraternal y futuro. Es esto lo que desarrolla Paulo Freire, cuyo libro principal se llama, precisamente, Pedagogía del oprimido.
Entre el público hubo algunas intervenciones que trajeron a colación oscuras vivencias de la guerra y que aportaron matices a este discurso que yo realicé desde mi circunstancia extranjera, pero que pudo fundirse por ello con la realidad salvadoreña. Prevaleció la tiniebla del horror más que la luz de la utopía. Pero terminé resaltando las pedagogías de luz (utópicas) que señalé como específicamente sensibles con este horror: las de Paulo Freire e Iván Illich y que constituyen una actividad optimista que ya mira con esperanza tras recoger la macabra herencia de la humanidad.
Además, el recuerdo de este sufrimiento produce, dialécticamente, un cierto destello utópico, un anhelo de justicia que Horkheimer relaciona con la teología. Es decir, hay un componente utópico que puede resucitar junto con el recuerdo de quienes fueron sus portadores. Es la sabiduría propia del oprimido y de las situaciones límite que en la historia se han dado. Ellos portan la luz que puede iluminar el futuro que, de otro modo, se alza tenebroso. Incluso en Kafka, tan terrible, esta luz relampaguea en breves ocasiones.
Es por todo esto necesario incorporar a la pedagogía la herencia oscura de la humanidad, la de los silenciados y oprimidos, pero para que se active el afán liberador, más allá de las ingenuidades de la Ilustración más clásica. Se tratará, también, de cultivar en las personas una sensibilidad que produzca el hondo rechazo del mal, entendido como deshumanización de los seres humanos. Es decir, una ética que surge de la experiencia del mal reaccionando ante el mismo y que se constituye como compasión fraternal y futuro. Es esto lo que desarrolla Paulo Freire, cuyo libro principal se llama, precisamente, Pedagogía del oprimido.
Entre el público hubo algunas intervenciones que trajeron a colación oscuras vivencias de la guerra y que aportaron matices a este discurso que yo realicé desde mi circunstancia extranjera, pero que pudo fundirse por ello con la realidad salvadoreña. Prevaleció la tiniebla del horror más que la luz de la utopía. Pero terminé resaltando las pedagogías de luz (utópicas) que señalé como específicamente sensibles con este horror: las de Paulo Freire e Iván Illich y que constituyen una actividad optimista que ya mira con esperanza tras recoger la macabra herencia de la humanidad.




