lunes, 24 de noviembre de 2008

Recuerdos anarquistas

Estoy realmente impresionado por un documental de tve que he visto recientemente, y cuyo enlace ofrezco al pie de esta entrada, con mi mayor recomendación de que se vea. Ahora que tanto se habla de memoria histórica, el documental aborda la historia del rico movimiento anarquista español, del que sólo se trata en escasísimas ocasiones. El hecho de que el reportaje sea de la televisión nacional española y de 1997 (gobernaba la derecha en España) garantiza que no hay una intencionalidad política a favor de lo que se trata en él. Aun más, lo que puede esperarse cuando se aborda el anarquismo tanto por la derecha como por la izquierda, no es precisamente opiniones a favor. A veces, incluso se oculta, como es el caso de la famosa fotografía del miliciano muerto en plena batalla durante la Guerra Civil. El hombre, del que se conoce la trayectoria vital y su nombre, no era un “soldado republicano”, ni comunista, como se suele decir, sino que era un miliciano anarquista. El caso es que el documental, de una hora y media, desarrolla desde el siglo XIX hasta el final de la Guerra Civil, en 1939, todo lo relacionado con el anarcosindicalismo español (CNT, FAI) y la desbordante vertiente pedagógica y cultural del anarquismo (ateneos, Escuela Moderna, la figura de Ferrer y Guardia y un largo etcétera).

Para empezar, en el documental se resalta que el anarquismo no correspondía con la mala prensa que normalmente tiene dicho movimiento. Se reconoce que es, en efecto, un movimiento social-cultural con mala prensa, pero cualquier prejuicio de los que suelen tenerse en relación con él es desmentido al estudiar imparcialmente lo que sucedió. Por ejemplo, frente a la asociación del anarquismo con la violencia, en la hora y media de reportaje resulta conmovedor asistir a la riqueza, el optimismo y la fe pacifista en el hombre que emana de esta corriente de pensamiento. Es patente que el anarquismo, en esencia, no fue un movimiento violento, sino al contrario. Es sorprendente verlo demostrado en un documental de la televisión pública española y del año 1997. La vertiente violenta se asoció lógicamente sobre todo a la guerra y las milicias, pero resulta injusto detenerse en este aspecto, propio de una época muy violenta tal como la vivieron todos los bandos en conflicto del momento. La impresión, al contrario, es de una gente que, aun en los sectores más desfavorecidos, hizo gala de una madurez ilustrada que en muy escasos periodos de la historia ha generado un pueblo como el español. Fue pionero en la emancipación de la mujer (con la primera ministra mujer en la historia de Europa, y bastante olvidada por cierto: Federica Montseny). Se volcó con una ilusión y creatividad exuberante en la creación de grupos de cultura, de lectura, de estudio, investigación. El conocimiento se difundía gratis y sin trabas. Los obreros cenetistas se destacaban de hecho por leer constantemente, cuanto podían, en cualquier tiempo libre que tuvieran. Se editaron una cantidad desbordante de revistas que se vendían en la Rambla de Barcelona, libros, libros de texto, métodos de lectura, métodos para aprender matemáticas, divulgación científica, sanitaria (educación sexual, ya en la época). Se comprueba que el verdadero frente de aquel movimiento no fueron las armas, sino la cultura y la educación, abordadas con una ilusión ejemplar y desinteresada de la que todos deberíamos aprender.

Según resaltan varios entrevistados en el programa, el anarquismo es sobre todo una forma de ser y de vivir. Recuerdo una mujer que vivió la segunda oleada de la CNT en la Transición española, que me decía que en la CNT había encontrado el único grupo de los de la época donde nunca se sintió marcada como mujer, sino tratada como una persona más. De lo que puede desprenderse del documental, fue gente (millones) que supo organizarse pacífica y productivamente, con orden y racionalidad. Sí, he dicho con orden, un orden nacido de la buena voluntad, de querer hacer bien las cosas, de no querer abusar de nadie, ni competir, ni ser más. De hecho, no se le puede atribuir al anarquismo, precisamente, el interés en “mandar” que sí tienen los demás grupos y asociaciones humanas, sobre todo las políticas, claro (con la excepción actual del zapatismo en Chiapas). De hecho, con la tan discutida excepción de los cuatro ministros que llegaron al gobierno por las razones específicas y la coyuntura de la época en que salió perdedora la derecha en la II República, los anarquistas no tenían ni tienen cargos, ni nadie acumulaba poder… pero asombrosamente, duplicaron la producción de las tierras colectivizadas, erradicaron el hambre, abolieron el dinero y organizaron Barcelona y Cataluña durante más de dos meses, en un periodo en el que las fábricas cuadruplicaron la producción. Hubo, pues, prosperidad económica hasta el punto de no existir el paro ni la pobreza. Se demostró que las causas del hambre estaban en los propios hombres, ya que con el trabajo y la producción en manos de los anarquistas, hubo riqueza y orden.

Así pues, según uno ve el reportaje, van desmontándose y cayendo todos los prejuicios que se tenían acerca de un movimiento tachado de violento, anti-sistema, caótico… (¡Incluso en lo militar se sabían organizar bien y funcionar sin la tradicional cadena de mandos!… increíble). Nada de eso se sostiene cuando se estudia libre de prejuicios lo que ocurrió en ese olvidado rincón de nuestra memoria histórica. Fue algo asombroso, digno de perpetuo recuerdo y admiración, ya que, sin tener por qué repetirlo, sí pueda ofrecernos algunas claves para vivir bien, sanamente, en un tiempo ya tan distinto como es el nuestro.

Finalmente, resulta conmovedor el amor por la libertad de quienes se consideran “libertarios”. Todos los entrevistados en el programa se emocionan y casi lloran describiendo una sociedad de personas libres, que fue real en aquellos años. Vivían con fe en el ser humano, sin ánimo de hacer daño y con una gran ilusión por ayudarse mutuamente y realizar de facto un mundo mejor. En la Barcelona tomada por los anarquistas, sin autoridades civiles ni la Generalitat, ni policía ni ejército, durante dos meses, se debió vivir en un clima difícil de imaginar para nosotros. Entonces, paseando por sus calles, trabajando en las fábricas, en la escuela o en los bares, lo evidente, lo obvio, lo fácilmente constatable debió ser que “el hombre es bueno por naturaleza” y que podemos vivir bien sin necesidad de muchos elementos considerados imprescindibles pero que nos perjudican antes que ayudarnos.


jueves, 20 de noviembre de 2008

¿Quién conduce el tren?


Relacionada o no con las dinámicas que emanan del Plan de Bolonia, lo cierto es que en los últimos años ha habido una tendencia en la universidad que puede detectarse en el conjunto de la sociedad. Se trata de un fuerte y progresivo incremento de una violencia solapada debida al poder concedido al mercado para perfilar a las instituciones públicas y en general la vida de todos. Es como una amenaza constante por la que, en principio y como ocurre en El Proceso de Kafka, somos acusados y criminalizados si no nos atenemos a la lógica mercantil. En la vida cotidiana esto se traduce en que si al ciudadano se le ocurre protestar, por ejemplo, ante algún abuso relacionado con el consumo de algún producto, se encuentra a menudo con que nadie le atiende, nadie sabe nada, le aparecen contestadores automáticos cuando telefonea, le aseguran cosas que al poco alguien desmiente… El consumidor se ve abocado a mendigar ser atendido por aquél que nunca está, o que incluso tal vez ni siquiera exista. Se pierde en un laberinto de números telefónicos, de encargados, de vendedores. La sensación es de estar tratando con nadie, y de que debe comprar, consumir y callarse.

Esto es una tendencia de la que se benefician desde luego las empresas y el mercado, porque consiguen vender sin responsabilizarse y multiplicando las ganancias. Hay una competencia salvaje, una manera de vender muy agresiva, con técnicas de marketing acaso inmorales pero que, como digo, nadie puede denunciar porque nadie responde… ¿A quién denuncias? ¿A una voz? ¿A un contestador automático? ¿A alguien que no es más que un eslabón obediente de una cadena que se pierde, inaccesible como el castillo de Kafka, que aparece tan pronto como desaparece fantasmagóricamente del cargo o incluso de la empresa? Una especie de cadena de mando, pero sin mandos. Y quien intenta reclamar es criminalizado, es decir, señalado y acusado de mil maneras. Su pecado: no adaptarse a los tiempos ni a la economía. Uno siente que nada ni nadie protege, como ocurre de hecho en las salvajes economías del Tercer Mundo que llegan al Primero enarbolando palabras como “competitividad”, “flexibilidad laboral”, “crisis económica”, en una especie de asalto (En Europa se ha subido la jornada laboral hasta 64 horas semanales, si mal no recuerdo).

Decía que todo esto genera violencia. Los ciudadanos, consumidores y trabajadores la sufren, acostumbrándose a ser tratados mal, debido a la progresiva indefensión ante las injusticias que padecen. Desgraciadamente, también ellos extienden y reproducen el clima de violencia soterrada en una espiral imparable que afecta en lo más íntimo a las personas, que sufren psíquicamente por ello a pesar de las apariencias de muchos “ganadores” sonrientes. Es una violencia que se palpa en rostros, detalles, costumbres, reacciones, etc. Se trata de un mundo cruel. Un mundo en el que todos aprendemos a funcionar como átomos, en una sociedad atomizada y dividida en la que nadie se fía de nadie y en la que por tanto no existe el diálogo ni la salud en las relaciones humanas.

Creo percibir, y espero equivocarme, que algo de este clima, en efecto, ha llegado a la universidad española. Es la violencia de un mercado erigido en juez absoluto, inapelable y fantasmagórico. Como siempre ocurre en los movimientos reaccionarios, la reacción adopta el papel del sentido común y el orden objetivo. Dice cosas en principio razonables. Porque desde luego, y hablo sin ironía, es bueno que exista algún control que promueva un ejercicio responsable de las labores propias de los profesores e investigadores. Sí, debe haberlo. Y también que la universidad se adecue al mercado laboral que es donde tendrán que sobrevivir, al fin y al cabo, los alumnos. De acuerdo, todo esto está bien. Pero de ahí al estresante clima que genera el tener que justificarse constantemente ante el mercado, hay un abismo. Ya expuse el peligro contra la independencia, necesaria para la libre función crítica de las universidades, que el sometimiento a los requerimientos del libre-mercado supone. La universidad puede verse reducida a una fábrica de formar buenos empleados, eficientes, para las empresas que pagan… como ya ocurre en algunos países con ciertos masters, cursos y proyectos de investigación en los que se forman a las personas según los perfiles exactos que vienen bien a la empresa que promueve dichos estudios. Y suele ocurrir que lo que se fomenta es el dominio de una razón técnica instrumental, la propia de operarios eficaces. ¿Es este el tipo de progreso que queremos?

En relación con todo esto surgen preguntas inútiles: ¿No puede acaso el mercado equivocarse? ¿Estamos entendiendo que es el mercado el criterio de la verdad? ¿Y de la justicia? ¿Por qué? El ciego e invisible mercado de la ganancia a toda costa. Ahora todo consiste en competir con los demás y recibir los premios que concede este mercado a quienes trabajan para él. Nos pide que le sirvamos sin cuestionarnos a quién servimos, porque además, dicen que la maquinaria ya es imparable. Sin embargo, uno recuerda que para Benjamin el progreso no consistía en continuar a toda velocidad dentro del tren de la modernidad instrumentalizadora, sino en tirar de los frenos de emergencia. Quizás el progreso que realmente beneficia a los seres humanos sea más bien eso, detener lo imparable, frenar lo que llegado el caso se ha demostrado que mata y puede matar (v.g. el Tercer Mundo), plantarse y decir NO, continuar obstinadamente la misión que debe tener la universidad, en cuanto lugar de cultura viva y creación de conocimiento. Pero quien hace esto, puede correr el riesgo de verse solo como Gregorio Samsa en La Metamorfosis, perdido como K. en El Castillo y acusado como Josef K. en El proceso.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Sobre la libertad


En un comentario a la entrada anterior expresaba nuestro amigo Jake su opinión sobre el espíritu crítico en la universidad. Como el tema lo merece, prefiero dedicar una entrada expresamente al tema y continuar así el diálogo. Yo también creo, como dice él, que es fundamental la labor de instancia crítica por parte de la universidad, una de cuyas funciones principales entiendo que ha sido y debe ser la vigilancia del poder para evitar abusos en la sociedad. En este sentido, lo que hace falta es algo que decía Kant en relación con la Ilustración y con la filosofía, esto es, libertad. Si no hay libertad, todo el mundo comprende fácilmente que resulta imposible ejercer esa vigilancia crítica dentro de la sociedad. Y la libertad, como conocen organizaciones del tipo Amnistía Internacional viene dada por la independencia, que a su vez la da, en el caso de esta encomiable organización, el no depender de subvenciones públicas ni de instituciones privadas (sólo reciben el dinero de las cuotas de los socios). Así es posible, dado el caso, plantar cara a quienes abusan, sin que éstos puedan tener como baza la posibilidad de “cerrar el grifo”.

Pues bien, creo que esto ocurre en todas las instituciones, la universidad entre ellas. Es evidente que hay alguien que paga. Y es ahí donde, no entro si estos miedos son justificados o no, pueden operar ciertos temores en quienes dependemos del “grifo” que paga y contrata, de quienes lo abren o lo cierran. Es una forma de anti-ilustración, en el sentido de anti-espíritu crítico, basada en lo que ya señalara Kant como mayores enemigos del pensamiento libre y autónomo: el miedo y la comodidad. Porque ejercer de instancia crítica puede suponer a veces que hay que expresar ciertas opiniones contrarias a actitudes y dinámicas que uno encuentra en la sociedad.

Todo ello nos conduce a una problemática, y es que difícilmente la universidad se va a enfrentar a quienes pagan. Hasta ahora, en España, el dinero de las universidades públicas ha sido público, con lo cual es en el terreno de la política donde se decidían a fin de cuentas el destino de los fondos, en la política de dentro y fuera de las universidades. Esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Pero ahora, parece, que la situación cambia. Creo que la tendencia será a seguir el modelo norteamericano de financiación privada, según el cual, el mayor número de investigaciones son pagadas por empresas privadas. El peligro de esto es que, si antes era una clase política la que decidía, dentro de su relativa autonomía respecto a las fuerzas del mercado, ahora es directamente el mercado el que decide. Y esto me parece peligroso. Porque si nos fijamos, la figura del intelectual como agente crítico surgió en una época, dentro de la Modernidad, en la que ciertas personas (escritores, profesores, filósofos, científicos) tenían libertad, en el sentido de independencia. Se creó una élite que podía permitirse el peligroso lujo de pensar, y de cuestionar críticamente las cosas en la sociedad, vigilando con mayor o menor efectividad los posibles abusos del poder. En este sentido, me parece que para continuar así, la universidad debe tender a la máxima independencia, teóricamente de todos los poderes, pero en especial del poder de la economía y el mercado. Si éste último se erige en guía nuestro, y nos determina qué debemos investigar (e incluso qué conclusiones debemos extraer de nuestras investigaciones), el fin del espíritu crítico está garantizado.

Esta es, expresada muy concisamente, mi modesta opinión, acaso más un presentimiento acerca de lo que puede suceder que otra cosa. Porque está bien que la universidad se relacione con la sociedad y los futuros puestos de trabajo de sus alumnos, pero si se pierde autonomía, y por tanto libertad, su vieja y noble función crítica se reducirá a mera retórica.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Vida y Muerte en Bolonia


Hoy hay programadas manifestaciones y paros de estudiantes contra “El plan Bolonia”. He visto a mis alumnos preocupados con el tema y a la mayoría sin tener una idea clara de qué es Bolonia. En este sentido me parece que discutir sobre ello puede dar una refrescante y necesaria dosis de realidad a algo a menudo tan abstracto como es la filosofía (de la educación) y en alguna clase sobre todo he querido escucharles y, tras mucha insistencia y con alguna reticencia, dar mi modesta opinión siempre parcial y sujeta a críticas. He quedado con ellos, también, en ofrecer una serie de entradas dedicadas al tema en el blog, invitando a todos los lectores del mismo a que intervengan con comentarios, alumnos y no alumnos de mis asignaturas. Cumplo con ello un estimable principio filosófico y educativo: que haya voces distintas en un debate rico y productivo, en el que salgan todos los aspectos y matices posibles en torno a algo que va a influir tanto en nuestras vidas académicas y extraacadémicas como es Bolonia.

Como primer paso, me limitaré a manifestar una observación a partir de la cual pueda continuar la reflexión compartida sobre el Plan Bolonia. Es algo que he podido constatar durante algunos años. Se trata de la ausencia, o al menos yo así lo he percibido, de voces y argumentos discrepantes que cuestiones algo que se ha dado ya por hecho que es bueno. Sí, sabemos por qué es bueno, pero no sabemos por qué pudiera ser, acaso, malo. No he oído ni leído apenas exposiciones de puntos de vista contrarios a Bolonia hasta muy recientemente, y eso me asusta. Desde luego tengo al respecto varias hipótesis que expliquen este raro fenómeno por el que por primera vez en la historia humana todos pensamos igual. No voy a detallarlas en esta primera entrada, auque acaso sea más preciso en próximas entradas y en el debate que espero se produzca en este blog. Desde luego resultan asombrosos la parsimonia y el mudo asentimiento con el que todos venimos aceptando desde hace unos años una serie de dinámicas que creo que afectan seriamente al tan cacareado fomento del espíritu crítico en las universidades. Tendré que argumentar esto, desde luego. Hoy, sobre todo, me limito a dar fe de este prolongado asombro de unos años acá que he padecido.

Felizmente, y para ser justo, ya he oído alguna voz recientemente, en una reunión de trabajo, que dio nombre a mucho de lo que está pasado. Expresó, si recuerdo bien, que padecemos un absoluto imperio de lo que hace muchos años otra voz denominó racionalidad instrumental. Una razón de la que escapa todo elemento utópico, sobre los fines y valores últimos que nos mueven. Pero aquellos eran tiempos extraños a nosotros, tiempos en que los intelectuales denunciaban y a veces tenían incluso que exiliarse. Hoy ya no hacen falta esas cosas… Porque aunque existe el exilio, ya no hay quien le exilie a uno. Esto es, sencillamente, espantosamente kafkiano.

Así pues, mi primer paso para iniciar esta discusión pública ha sido constatar un raro pensamiento único que parece haberse impuesto en todos nosotros en la enseñanza, por un lado, y por otro, en relación con ello, un kafkiano imperio de la racionalidad instrumental que acaso nos haga acabar como Gregorio Samsa en La Metamorfosis.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Sí hay futuro


Después de un tiempo dedicado en gran parte a la confección de un artículo y a la docencia, vuelvo a este querido blog, en cierto modo prolongación de ambos intereses profesionales (investigación y docencia). Han sido tardes enteras de biblioteca y hemeroteca en distintas facultades, hasta la noche. Además he leído algunas cosas interesantes de Benjamin, Kafka y otro libro de Torres Queiruga titulado “Repensar la resurrección”. Y las clases van bien. En estos días la reflexión aborda el carácter postmoderno de nuestras sociedades, de la mano de textos, películas comentadas en clase y algo de literatura. El laborioso y lento proceso del diálogo en que todos nos educamos va surtiendo su efecto en todos los que nos vemos periódicamente en clase. Un diálogo freiriano que encuentro realizado en un descubrimiento musical que hice hace algunos años. Se trata de Manu Chao, con su curioso collage de lenguas y músicas. Su música tiene un efecto similar al de un abrazo, por el que se hace evidente que en el mestizaje crecemos. Escuchándola uno siente cerca lugares lejanos y utopías acaso olvidadas que renacen en un disco que es una única, prolongada y frecuentemente alegre canción. Con los sonidos fabrica un puente que manifiesta la inutilidad de guerras por muy preventivas que sean. Porque Manu Chao se moja y hace lo que todos tendríamos que hacer… aunque Goliat se pierda entre las nubes y su voz rugiente derribe a las personas como muñequillos, aunque la victoria parezca clara y previsible para los mismos de siempre, y aunque los lobos y los carros de Babilón acechen.