martes, 30 de diciembre de 2008

La limosna y la televisión


Como es habitual por estas fechas, en la televisión se puede ver el peculiar género televisivo de las galas de beneficencia. Se trata de programas en los que se recolectan donativos de distintas maneras, y en los que se nos muestran personas “necesitadas” (de comida, medicinas, educación, vivienda, etc.), con sus precariedades y carencias. En estos espectáculos navideños es frecuente el aplauso “empático” a quienes sufren, las emociones a flor de piel regadas con lágrimas, el optimismo y la esperanza fácilmente resuelta por la que una vida lúgubre se torna, ante todas las miradas y en directo, más luminosa. Todos los que miramos el espectáculo sentimos que se nos “abre el corazón”, y que el mundo es alegremente mejorable. Hay un cierto contagio, propio de todo lo que, de manera contagiosa, nos ofrece la televisión. Pero el hecho de que este fenómeno social se agudice en ciertas épocas como la navideña, es decir, su concentración en un momento tan exuberante como pasajero, da que pensar. Como la histeria del frenesí consumista, sucede la beneficencia como una borrachera, como una suerte de magnetismo que arrastra a los televidentes. Durante unos instantes, uno piensa que sí, que es mejor compartir y considerar nuestros los dolores ajenos. Aunque a veces los sentimientos son más turbios y ambiguos: omnipotencia, fantasías, infancia decoran estos momentos que en efecto parecen una explosión vital, positiva de lo que pedantemente se denomina “espíritu navideño”. La televisión muestra el mal y nosotros reaccionamos con indignación y lástima ante el que sufre.

Es evidente el corte que significan las galas de beneficencia en relación con la vida cotidiana. El espectador sale de su propia circunstancia individual en una catarsis que le hace vivir como en una burbuja la ilusión de un mundo mejor. Todo en él comprende que el mundo real es malo pero que puede superarse a fuerza de sentimientos. “Basta con querer el bien”. Pero, lógicamente, tras el espectáculo, los sentimientos desaparecen, como un fantasma, al tiempo que vuelve a la nada el rostro del hambriento. Mi hipótesis es que, así, el mal sale reforzado. Es decir, la función de la beneficencia televisiva, de las subastas eufóricas en las que famosos y anónimos donan bienes en medio de aplausos, es la perpetuación del mal. Según esto, estas galas existen para que el mal continúe existiendo y, extrañamente, niegan lo que en una primera mirada parecen afirmar como sucedáneo del bien. No forman parte de un mundo bueno, sino precisamente, son generadas por un mundo malo. Son producto de una injusticia que se perpetúa entre los impotentes seres humanos. Es verdad que pueden ser un sincero torbellino de buenos sentimientos, pero son tan intensos como efímeros. Además, a los sentimientos hay que leerlos entre líneas. Son como un leve aleteo, un fugaz claro que se abre entre las nubes o un remanso en medio de la atroz corriente sanguinaria.

Tan rápido como llega, el espectáculo cesa, dejando un poso agridulce y algún suspiro o gimoteo que es prestamente olvidado. Al día siguiente, la maquinaria infernal, la metrópoli y la factoría vuelven a tragarnos y a arrojar un velo de olvido y de “realismo” en nuestras vidas. La beneficencia, tan gozosa como inútil, habrá hecho su trabajo como el opio que adormece, habrá prestado su servicio a la diosa fortuna de que hablábamos en otro reciente post navideño, nos habrá hecho sonreír por haber compensado oníricamente lo que “el torpe e injusto azar hace a los miserables seres humanos”. Sentiremos que lo mejor del hombre habrá brillado levemente para enderezar tan prometeica como inútilmente el destino infausto y torcido. Como dioses mitológicos habremos hecho justicia, dentro de los límites de la prudencia y la moderación que no obligan más que a ese acto de la limosna, de la mascarada solidaria. Pero al final, Moloch volverá a tragarse a los ciudadanos, la cadena de montaje continuará su curso de sufrimiento y hastío y la misma corriente que nos sitúa a todos juntos frente a los televisores nos alejará cada vez más a los unos de los otros. Y el mundo volverá a experimentarse como “geometría y angustia”.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Ética de la liberación, de Enrique Dussel



Una de mis mayores preocupaciones filosóficas es la de fundamentar la necesidad ética de recoger la experiencia (de dolor) del oprimido y del excluido, aun más, de mostrar que escuchar dicho dolor es un requerimiento epistemológico, político y ético. Esto se viene haciendo con inteligencia a lo largo de todo el siglo XX desde que Walter Benjamin desarrollara precisamente este propósito, que fue también característico de la primera Escuela de Francfort. Además de esto, se han elaborado otros proyectos filosóficos como la estimulante filosofía de la liberación latinoamericana. Una filosofía muy seria y en absoluto trivial, por cierto. En América Latina los esfuerzos, en este sentido, han sido muchos y muy ricos. Personalmente, conozco algo la filosofía de Ignacio Ellacuría que desde una matriz zubiriana emergió como creación propia que, según me comentaba su discípulo y estudioso Héctor Samour, de la UCA de El Salvador, llegó más allá de donde el propio Zubiri había llegado. Ellacuría extrajo las consecuencias políticas de la filosofía de Zubiri y aportó la historia como elemento constituyente de la realidad. Por eso, su obra principal se llama “Filosofía de la realidad histórica”.
Pero de todo el nutrido tronco latinoamericano en estos días mi atención se dirige a Enrique Dussel. Estoy leyendo su “Ética de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión”, Madrid, Trotta, 1998. He leído la mitad, que constituye una primera parte de fundamentación de la ética. Lo que he leído me convence. Integra otras visiones que subsume en la ética de la liberación, que se presenta más completa que todas ellas en la medida que tiene en cuenta todos los aspectos recogidos independientemente por dichas visiones. Por ejemplo, integra el aspecto material propio de las éticas de los comunitaristas pero superando su relativismo posmoderno, pues echa mano de un principio racional universalizable. En este sentido, también recoge e integra el formalismo de las éticas del discurso (Apel, Habermas) e incluso de tipo liberal-kantiano (Rawls) que apuntan a la universalidad formal. De éstas, corrige la vaciedad de contenido que apenas sirve para numerosas cuestiones que requieren el aspecto material. Además, desvela la materialidad implícita e invisible que, a pesar del supuesto formalismo, ellas poseen como contexto (lo que denomina "las eticidades"). Desde esta perspectiva critica a Rawls, por ejemplo, sacando a la luz el sesgo cultural (liberalismo) que tiene su proyecto de ética formal que se nos vende libre de contenidos, en apariencia. Por todo esto, el libro de Dussel, en su primera parte, es un excelente medio de repasar las grandes corrientes de la ética, en los extremos material y formal, ambos superados por su propuesta de la ética de la liberación. Pero exactamente, ¿en qué consiste la aportación del filósofo argentino-mexicano?
Para Dussel, un acto es “bueno” si cumple las siguientes condiciones:
a) Realiza un componente material cuya necesidad, a manera de principio ético universal, ha demostrado Dussel: Bueno es lo que reproduce y desarrolla la vida del sujeto, comunitariamente. Esto es una verdad práctica que el filósofo basa en la necesidad de que exista el sujeto vivo de la ética, sin el cual, no existiría la ética. Pero aunque esto vale universalmente, se debe materializar en el contexto de una cultura dada, no como creación en el vacío. Aquí entra en juego lo que Dussel denomina “eticidad”, que son las exigencias concretas de una vida buena y los valores específicos de una cultura dada. Es decir, la manera en que una cultura canaliza la felicidad de sus miembros, su ideal de vida feliz. También se deben considerar las exigencias psicológicas del sujeto.
b) Realiza un componente formal de validez intersubjetiva. Para ello se debe cumplir lo argumentativamente acordado en simetría comunitaria, con pretensión de validez pública (Apel, Habermas). Y también lo acordado por la propia conciencia, avalado por la persona singular (Kant).
C) Realiza un componente de factibilidad (principio instrumental). Éste es el cálculo que efectúa la razón instrumental, valorando las condiciones empíricas, tecnológicas, económicas, etc., existentes. Al mismo tiempo, en el cálculo deben entrar las posibles consecuencias a posteriori de determinadas decisiones, la repercusión que tendrán en el medio natural y la vida humana-humanidad.
Estos tres principios que determinan lo bueno nos conducen normalmente a un amplio abanico de posibilidades no cerradas, por lo que entra en juego un cierto pluralismo no relativista (hay unos márgenes) que además requiere la organización democrática de la sociedad.
De manera muy apretada, ésta es la propuesta del fundamento para la ética del filósofo Enrique Dussel. Por lo que anuncia, en la segunda parte de su libro, que ahora comienzo a leer, desarrolla la necesidad de que, para que se cumplan estos principios, se dé cabida, inclusivamente, a las víctimas y a los oprimidos, a su voz y a su masivo dolor, en la discusión pública que es el ejercicio de la ética.
Todo esto me ha resultado muy provechoso y creo que es una lectura de las que voy a tener muy en cuenta para futuras reflexiones. Porque pienso que el mayor objetivo para la ética es el que mueve a Dussel, la inclusión de todos en esa cosa, un tanto virtual a veces, que llamamos humanidad; es decir, la felicidad de todos que requiere los mínimos que garantizan la vida. Si se permite suceder una moralidad determinada a pesar del hambre en el mundo, compatible con dicha hambre, no será “buena”. Que no nos engañen los moralismos de quienes se escandalizan porque se usen anticonceptivos contra el SIDA o se casen dos personas del mismo sexo que se quieren, pero no se inmutan ante las causas que matan de hambre a millones de personas a diario. Porque estos son los mayores escándalos en la actualidad: el hambre de las mayorías pobres del planeta, por un lado, y la cómoda actitud de muchos moralistas que lloran sin hacer nada, por otro. Dussel nos está planteando una ética eficaz y sin contradicciones internas, para todos.

martes, 23 de diciembre de 2008

Cuando todo depende de la suerte


Ayer en España se celebró el gran sorteo de la lotería de Navidad, como cada año por estas fechas. En los noticieros dedicaron más de veinte minutos a presentarnos el previsible jolgorio de los ganadores, con el consabido champán, los cantos y los saltos y los abrazos. Todo como siempre. El espectador de esta felicidad a veces mira la pantalla insensible ante el circo que se muestra o manifiesta algún tipo de empatía, acaso un asomo de sonrisa, ante la contemplación de una fiesta de tal calibre. Pero yo, como me decía Jake, estoy empeñado en ver el lado tenebroso de las cosas, que suele ser, por cierto, también el más cómico. Por eso, yo califico de tragicómica la celebración de los ganadores (y el llanto de los perdedores paralizados por su dolor).

Nos recuerdan año tras año que la suerte es de todos, que a cualquiera le puede tocar el premio. Aun más, en todas las cadenas de televisión se oía el también consabido comentario que versa así: “Han sido agraciadas personas humildes que lo necesitaban, residentes en un barrio obrero”. En efecto, es para celebrar cuando la fortuna le toca a uno, en especial a quienes más lo necesitan. Aunque hay personas que trabajan de sol a sol, sin vislumbrar una salida, sin premio alguno... pero eso también, puede pensarse, es cuestión de suerte. Y no digamos quienes por la crisis (y tengo casos conocidos) se han quedado en el paro. Aquí nuevamente es la diosa fortuna la que hace de las suyas, pues toca como quiere y a quien le place. Todo tiene el encanto de la magia. De hecho, seguro que alguno de los agraciados había puesto velas a algún santo que medió para que el Todopoderoso mirara su desgracia particular, producto también de la suerte, pero esta vez de la mala suerte. Porque ya lo decían los antiguos, la fortuna es libre, imprevisible y lo único que podemos hacer es someternos a sus designios ciegos. Así que mañana, los españolitos volveremos a conformarnos con la cara lúgubre de una diosa fortuna menos generosa, que nos acompañará todo el año. Aunque siempre podremos poner velas a los santos y realizar sortilegios el fin de año para llamar su atención. Diremos, mientras nos dedicamos a los hechizos, que todo es puro azar: la riqueza y la pobreza, que siempre han existido, y que lo sabio será conformarse con ello. Después de todo, en España tenemos tanta buena suerte que somos parte de la eufórica Europa que acaba de prohibir que la jornada laboral ascienda a las inicialmente propuestas 65 horas. Qué bien, qué suerte tenemos.

En el espectáculo televisivo de ayer había una incongruencia difícil de advertir y, por qué no decirlo, una inmoralidad.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Pobreza con papel de regalo


Es casi un tópico decir que las Navidades son un período de exaltación consumista. En efecto, si nos fijamos bien, en estos días aparece con evidencia toda la patología propia de nuestro mundo, concentrada y exaltada. Lo que eran símbolos evangélicos de pobreza, de partido por los pobres, se han dulcificado y lejos de la crudeza propia de una escena como la del pesebre y el establo, aparecen idealizados con un halo mágico, ahistórico. La pobreza es vista como un lugar positivo en sí mismo del que uno participa llevando el belén a la propia casa, en lugar de ir uno al establo y al pesebre. Los hogares se llenan de belenes domesticados. De este modo, lo tenebroso del establo en invierno queda oculto en un ambiente casi de película de Walt Disney. El mal es disfrazado y se fomenta un bien consistente en la oferta de escaparates llenos de luces. La “luz del mundo” que nació con los pobres es, diabólicamente, tergiversada y convertida en su contrario. Es una luz que oculta la pobreza, antes que manifestarla como luz a ella misma sin disimular los dolores que le son propios. La pobreza es vista como una situación ideal, lejana, fácil de superar con los medios de la sociedad de consumo que, paradójicamente, la han originado. Pero toda explicación de la misma es neutralizada y justificada con la necesidad de la alegría fácil. Porque la luz del establo es, en efecto, alegría, pero también lucha y derrota. El bien que ahora se nos vende es el del regalo, un bien inútil, basado en un olvido ciego, y en el individualismo de las relaciones con los seres queridos del ámbito más cercano. Más allá de nuestros familiares, se espiritualiza el acto de dar la limosna y se desarrolla un amor que significa una implicación cómoda y a medias. La dureza de la condición del pobre junto con sus causas resultan, por tanto, fácilmente neutralizadas, por lo que no la sentimos más allá de las lágrimas frente a un reportaje de la televisión o un programa de donaciones y beneficencia. Así pues, el mal que mata, sale una vez más victorioso, presentándonos su faz intachable, que con su mirada convierte los corazones en piedra frente a los escaparates y los televisores. Queda oculto en medio de los maniquíes que exhiben la moda de invierno, el confeti y los cotillones, en el ambiente hogareño, en la solemnidad de las misas, en la alegría facilona pero fingida. Aunque a veces sólo tenemos este fingimiento como clave del mayor y más generalizado fingimiento, como pista que se nos cuela en medio de nuestros sueños consumistas.
En la navidad, nos limpiamos de nuestra miseria moral y nos abrazamos en una estúpida catarsis de fiesta para, acto seguido, seguir robando, matando y explotando con la buena conciencia de habernos querido mucho.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La mano que mece la cuna


Cuando se leen las críticas a la democracia representativa por parte de Kropotkin, tal como las explica en Palabras de un rebelde, asombra de nuevo la frescura y actualidad de todo lo que dijo en el contexto de entresiglos. Todo se resume en la idea de que el gobierno representativo, a pesar del supuesto avance que significa frente a las dictaduras, es la mejor manera de mantener dinámicas de poder (autoritarias) en la sociedad, a favor de unos pocos contra la mayoría, porque añade el beneficio de ser un sistema político que se vende como “gobierno emanado del pueblo”, es decir, “legítimo”, éticamente irreprochable. Enumera el rebelde ruso las consabidas lacras de la corrupción, el espectáculo circense de las elecciones, las falsas promesas, la disciplina de voto en los diputados, la enorme capacidad de decidir sobre múltiples aspectos que se concentra en pocas manos (gobierno y diputados), la desactivación de la contestación social, los pactos a espaldas de los ciudadanos, etc. En suma, todo lo que sucede cuando el poder es delegado en personas que lo pueden mantener sin ser requeridos para rendir cuentas o controlados eficazmente por la mayoría (en este sentido, el voto cada cuatro años carece de eficacia). En el fondo, si aceptamos los argumentos de Kropotkin, el poder a secas, con sus parcialidades y corrupciones, continúa “haciendo de las suyas”, pero con la diferencia de una mayor legitimidad unánimemente aceptada, frente al lógico desprestigio de los absolutismos y las dictaduras.

No obstante, se puede alegar, como dijo Churchill, que las democracias representativas son “el peor de todos los sistemas políticos con la excepción de todos los demás”. Pero el caso es que no garantizan la justicia social o el poder desde la base, y ahora apelo a la mera observación de lo que hoy día ocurre en los llamados “estados de derecho”. Hay mecanismos, como señala a menudo Noam Chomsky, de férreo control de los ciudadanos que funcionan con una eficacia mayor que los burdos, aunque terroríficos, modos propios de las dictaduras. Es como si viviéramos en dictaduras sin dictador, o dictaduras anónimas, que causan la mayor indefensión en los desconcertados ciudadanos. Veamos, someramente, algunos elementos autoritarios de las democracias representativas hoy día:

1. Se cometen injusticias de las que nadie responde, porque en realidad, no hay alguien, concreto, singular, que las cometa. Esto se vive cada vez que hay que tratar con máquinas (contestadores automáticos, programas informáticos) que determinan las respuestas y los cauces de acción. En una ocasión, cierta compañía telefónica me hizo una trastada, a lo que invariablemente, respondían los operarios que era culpa del “programa”. Del mismo modo, un ciudadano puede ser requerido a pagar injustamente, con la amenaza de figurar en listas de morosos o ser denunciado (con todo el peso de la ley). Y nadie se hace eco de sus quejas.

2. La ley, que supuestamente nos protege, no resulta eficaz para evitar abusos, pero sin embargo, es aceptada irónicamente como elemento de defensa para los ciudadanos. Además de la abundancia de ladrones de guante blanco que llevan décadas actuando con total impunidad, tenemos que, si alguien pretende reclamar contra los abusos laborales o de consumo cometidos por una empresa, se interna en un largo y complejo laberinto burocrático que hace desistir a cualquiera. De hecho, uno constata que la ley protege, de múltiples maneras laberínticas, a los más fuertes. Pero la legitimidad de la misma ley que favorece abusos no queda en entredicho, pues, kafkianamente, es aceptada como moral positiva y fuente de definición del bien y del mal. Es el imperio del derecho que se confunde con la ética. A la hora de estudiar una sociedad, se estudian sus leyes, pero se elude la reflexión moral, por ejemplo. El efecto final es que uno “es ejecutado” sintiéndose, encima, culpable y merecedor de la ejecución. Es un triste sarcasmo que adopta diversas formas y que se extiende al mundo psicológico y las vivencias padecidas en la empresa, la universidad, el comercio, etc. En el caso de la universidad, que me pilla bien cercano, se trata de la emergencia reciente, en España, de una maquinaria burocrática descomunal que, con la excusa de la mejora de la docencia y la investigación, se ha erigido en una suerte de poder anónimo que “mata” haciéndote sentir, encima, culpable. Se genera un enorme stress y miedo a no llegar a los requisitos por parte de profesores, titulaciones, universidades… en las muchísimas evaluaciones que impiden que el profesor (gremio que se ha atomizado hasta la exageración) se centre en investigar y enseñar, llenándolo de ansiedad y sin tiempo para analizar críticamente todo este entramado alienante. En general, y hablo ahora de la sociedad en su conjunto, hay un ataque cada vez mayor a la dignidad personal, de manera que el poder trata paternalmente a los ciudadanos, alardeando de eficacia y de buenas intenciones. Quizás sea un buen ejemplo de esto las reiterativas campañas de la dirección general de tráfico. El poder se nos vende como benefactor y protector de nuestros intereses, pero a costa de la libertad (caso de las leyes norteamericanas para leer la correspondencia sin autorización judicial) y de la dignidad, porque los ciudadanos son infantilizados y engañados. El poderoso gusta de fotografiarse con un niño en brazos y sabe que una declaración en la tele con gesto serio y traje formal hace milagros a la hora de crear la realidad. Y si no, se repite la misma falsa verdad hasta que el ciudadano se duerme arrullado por el eco de la cansina canción.

3. Aunque suene a tópico: la gran eficacia de la publicidad para crear gustos y opiniones. Se dice no obstante, con cinismo, que el mercado obedece neutralmente a las demandas, y que consiste en la oferta de bienes apreciados por los ciudadanos. Se oculta que esta demanda es provocada con poderosos medios que juegan con el miedo o la sexualidad, entre otras cosas. Además existe una poderosa censura anónima, estudiada por Bourdieu, que tiende a desechar lo que no se acopla a los gustos del mercado, gustos que a su vez son conformados por la propia información censurada, en una especie de círculo. Un periódico que explique la verdad de las revueltas en Grecia que están ocurriendo actualmente, en un análisis neutral y objetivo, no vende, pero porque hay una audiencia que no quiere ese análisis, configurada para no demandarlo ni creérselo. De este modo, vende más que se diga que son grupos afines al terrorismo de Al Qaeda, en una evidente exageración fuera de lugar y tendenciosa. Y esto es así porque es lo que “gusta” y “atrae” la atención de la gente asustada por las imágenes de caos en las ciudades. Así también, puede meterse en el ominoso saco del terrorismo diversos grupos anarquistas no violentos, feministas, de liberación del Tercer Mundo, de obreros y parados, de estudiantes ninguneados, etc.

4. El imperio de un mercado, con su ley de la oferta y la demanda, que se erige en la norma suprema, pero olvidando que no se dan las mismas condiciones de partida para todos y que la satisfacción de la demanda se hace a costa de la carencia de lo mínimo sufrida por dos tercios de la humanidad. La oferta, que requiere una forma injusta de producción, no es inocente. Nace con las manos ensangrentadas.

En Estados Unidos, siendo el país más rico de la Tierra, 40 millones de ciudadanos carecen de cobertura sanitaria. Cuando el mercado regula desde el egoísmo, en lugar de generar riqueza y felicidad para todos, produce concentración y acaparación de la riqueza por unos pocos, junto con enormes bolsas de pobreza. En el caso de la sanidad en EEUU, el dato que acabo de proporcionar (extraído de Le Monde Diplomatique, edición de diciembre de 2008, pag. 1) es suficientemente elocuente. El mercado de la ley de la oferta y la demanda no da abasto para todos. No todos cabemos en él.

5. Aunque parezca oportunista, y ya lo dijeron Kropotkin o Marx: las crisis cíclicas producidas por la especulación y la economía fantasmagórica son propias del capitalismo. De esto, en la actualidad, sí se habla.

6. El fin del pensamiento utópico, de las visiones críticas y alternativas, de la reflexión filosófica, que son tachadas de no científicas o acordes con los tiempos. O, como dijimos en entradas anteriores, mercantilizadas, convertidas en modas u objetos de consumo. De esta tendencia fatal del capitalismo de consumo se viene escribiendo décadas. Y respecto a la utopía que se nos vende (en España es la utopía comercializada del antifranquismo), incluso cuando se habla de “memoria histórica”, la memoria es selectiva y olvida ciertos momentos como el verano libertario en la Barcelona de 1936. Porque lo que vence, en definitiva, es el sentido común y el pragmatismo. Se llama moderación y prudencia a lo que no es sino aceptación sumisa del statu quo, es decir, una simple adaptación irreflexiva a lo que hay.

7. Diversos mecanismos burocráticos por los que se ha impuesto un control del conocimiento y la producción científica desde la sacralización del mercado y la estadística. La estadística es un excelente y útil instrumento, pero no un rasero para medir incontestablemente la realidad. Se olvida el carácter provisional del mismo, de las hipótesis científicas, el necesario tanteo lento y gradual que supone el verdadero conocimiento. Se fuerza constantemente a la realidad. El resultado es una ciencia inútil o con una utilidad ya determinada de antemano, es decir, una ciencia sesgada y canalizada a favor de ciertos fines invisibles que no se discuten. Así, la crítica ejercida tradicionalmente por los intelectuales es sabiamente neutralizada hoy día. Lo valioso es las veces que lo citan a uno, por ejemplo, o la velocidad de producción, todo lo cual fomenta una producción raramente útil. Pero lo inútil, una vez más, es presentado como “útil”. Porque, finalmente, el gran mérito del poder es trastocar el sentido de las cosas, dominar el lenguaje y hacer ver como blanco lo que es negro (recuerden la novela 1984 de Orwell).

8. E insisto en que lo peor, lo espantoso, es que no hay un culpable de toda esta pesadilla. Todo lo que he enumerado son dinámicas anónimas, producto de una compleja mezcla de factores y elementos que se escudan mutuamente, que funcionan maquinalmente, que pactan sin mediar palabra, y a los cuales difícilmente se puede plantar cara. Y esos mismos factores nos han hecho olvidar la crítica de las ideologías que podía neutralizarlos o, por lo menos, ponerlos en evidencia. Si esta crítica persiste, lo hace de manera aislada y sin apenas hallar eco en la sociedad.

Después de todo esto, ¿podemos seguir llamando democracia a nuestras democracias?

domingo, 14 de diciembre de 2008

La parábola de los ciegos


Al hilo de las manifestaciones de estudiantes contra el llamado Plan Bolonia, cabe preguntarse qué está pasando con la universidad. Porque en los últimos años se han desatado una serie de dinámicas, paralelamente con los cambios en la legislación, que creo que deben pensarse muy a fondo, tengan o no que ver con Bolonia. Así pues, bienvenidas sean las críticas de los estudiantes que, como es sabido, nos ayudan a pensar y a progresar. Yo no voy en estas pocas líneas a elaborar un análisis pormenorizado que abarque toda la problemática actual, y mi breve aportación se va a limitar a constatar algunas situaciones que se han instalado entre nosotros, como parte del entorno en el que nos dedicamos los docentes e investigadores a nuestra tarea. Es evidente que la situación de constante amenaza de tener que demostrar que valemos para nuestro trabajo (las constantes “evaluaciones”) es muy peligrosa y, en una línea contraria, perjudica a nuestro trabajo. Como dice un amigo mío, en la granja no se puede estar pesando a los animales todo el día, sino que también hay que nutrirlos y procurarles un entorno sano. Y ahí es donde fallamos. No es un entorno bueno para el libre pensamiento y la investigación aquel que te culpabiliza de no adaptarte a los nuevos tiempos hasta que tú demuestres lo contrario. Porque, como nos enseñan los saberes teóricos, podemos preguntar muchas cosas, como por ejemplo a qué nuevos tiempos hay que adaptarse. Como es vivido por todos, el agobio de estar siempre pendientes de si lo hacemos bien o mal puede paralizar la enseñanza, que es un proceso que requiere paz y tranquilidad (y colaboración entre los profesores). Está bien que se nos pida que rindamos cuentas y que exista un cierto control de lo que hacemos, pero lo que está sucediendo, aunque se disfrace de esto, llega mucho más lejos. Porque ¿quién dice lo que la sociedad necesita? ¿Quién lo está pensando por nosotros? ¿Desde qué modelo de sociedad y para cuál somos evaluados? ¿Se ha cuestionado alguna vez el modelo mercantil de la enseñanza al que parece tenderse? ¿Dónde ha estado el debate?

Todo, digan lo que digan, parece tender a la mercantilización de la enseñanza que denuncian nuestros estudiantes. Un modelo en el que lo estudiado ha de ser lo que sirve para el mercado. Se forman técnicos para que apliquen saberes prácticos, pero ¿es posible una práctica sin teoría? La práctica es la realización efectiva de elementos teóricos, como valores, prejuicios, etc. ¿Vamos a reducirnos a enseñar y saber de leyes, economía (neoliberal), tecnologías, dejando aparte toda reflexión que desenmascare lo teórico que inevitablemente opera en toda práctica? ¿Dónde dejamos la vigilancia de las ideologizaciones que nos manipulan en la sociedad? ¿Y la reflexión sobre el poder? En el caso de la pedagogía está muy claro. La renuncia a los llamados saberes teóricos es muy peligrosa. Como tantos han señalado, es tan pernicioso andar escindido por las nubes de la teoría, como ceñirse a dar vueltas y vueltas en la noria sin saberlo. Lo efectivo, si verdaderamente deseamos una sociedad mejor, es combinar las disciplinas teóricas con las prácticas. Porque toda práctica sin teoría se reduce a asumir lo existente sin el necesario espíritu crítico que produce el movimiento liberador. Por ejemplo, si descartamos la filosofía de la educación, la teoría de la educación, la reflexión axiológica, la educación moral (no olvidemos que siempre hay una moral operante, por tanto lo que debemos hacer es sacarla a la luz y discutirla) y otras afines, estamos condenándonos sin lugar a dudas a aceptar el statu quo que se nos ofrece como algo ya dado e incuestionable. Los saberes tecnológicos son los cimientos y máquinas para construir el edificio, pero además, hace falta el conocimiento teórico de la arquitectura y la albañilería, una idea de qué queremos exactamente hacer, sopesando proyectos y materiales. No podemos limitarnos a seguir siempre copiando el modelo establecido. Para que no nos acabe rigiendo el mercado y su ley de la oferta y la demanda, la reflexión debe abarcar un campo adonde la tecnología a secas no llega: la moral y la ética. Son los valores, como decía Nietzsche, o las valoraciones que hacemos, los que determinan todo, incluso la ciencia. Podemos ser víctimas de prejuicios y valoraciones que no sabemos ni siquiera dilucidar.

No podemos sustituir los saberes reflexivos, que se ocupan de sacar a la luz y analizar, de pensar los modelos sociales que se nos ofrecen, por tecnología y saberes descriptivos que no incluyen el elemento reflexivo-crítico. Así, todo lo que nos ofrezcan parecerá bien y no se cuestionará nada. Por eso, hay que pensar a fondo, como educadores (maestros, pedagogos, psicopedagogos, educadores sociales) lo que se nos ofrece. Hay que “verlas venir”, hay que aprender a sospechar y, como decía el tan olvidado en todas estas reformas Paulo Freire, aprender a leer la realidad. Si se niega el pensamiento crítico limitándonos a describir y aplicar lo que emana de una teoría que no cuestionamos (a veces incluso es una teoría inconsciente), estamos condenados a ser tiranizados. Esto lo ha enseñado a menudo la historia. No basta con aprobarlo todo y asentir, buscando aplicaciones eficientes y eficaces, sino que hay que buscar el momento para detenerse a pensar… y no nos están dejando hacerlo.

A mí lo que me preocupa, sobre todo, es que mis alumnos y alumnas no sean manipulables y no confundan su profesión con la perpetuación de lo existente, la mera reproducción de modelos sacralizados de sociedad. Pueden convertirse en víctimas de sacralizaciones y fetiches, en efecto, y ser racionalmente irracionales. Y si al imperio de la racionalidad instrumental añadimos el clima de miedo, conspiración, competitividad y criminalización del docente al que me refería en las primeras líneas, tenemos el tipo de universidad más eficaz para el poder. En efecto, esta es su universidad. A menudo, en mi rutina universitaria y constatando estas dinámicas, recuerdo a Kafka. Cada vez más, los docentes e investigadores somos como sus personajes, es decir, monigotes, marionetas perdidas en un complejo laberinto legal que dice estar hecho para nosotros pero que funciona anulándonos, abrumándonos y ninguneándonos. No han dejado tiempo ni espacio para la utopía, para el verdadero ejercicio de la ciencia y la reflexión, que requiere paz. Además, cada vez nos dividen en más tipos y rangos que nos ocupan en competir antes que en unirnos para aplicar las bondades que la teoría reconoce al trabajo cooperativo. En definitiva, de una manera eficaz, anónima y silenciosa, se está destruyendo la universidad.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Precisiones sobre anarquismo


El objetivo de esta entrada es matizar algunas cuestiones que nos aclaren qué estamos entendiendo por “anarquismo”. Desconozco detalles de la historia del término, con lo que agradecería aportaciones al respecto, pero sí tengo algunos datos. En primer lugar, es preciso no confundir el anarquismo con la ausencia de orden. Recuerdo que en una intervención televisiva, José Luis García Rúa se refirió a esto. Según dijo, citando creo que a Rudolf Rocker o Bakunin, cuando sentenció que “el anarquismo es la máxima expresión del orden”, el anarquismo no reivindica, en absoluto, el caos y el desorden en la sociedad, sino todo lo contrario. Para los anarquistas, el orden en las sociedades actuales funciona a partir de una disciplina de tipo externo, es decir, una disciplina que a su vez es fruto de una coacción. Es por obligación impuesta “desde fuera” al sujeto, que éste actúa o deja de actuar. Entonces, se acostumbra a que todo orden es producto de la obediencia a unas normas respaldadas, en última instancia, por la fuerza. En fin, como Max Weber decía, la violencia monopolizada y regulada legalmente por el estado. Pero esto es sólo una manera de entender la disciplina y el orden. En realidad, es sólo una ilusión de orden, porque en cuanto desaparece la coacción externa, irrumpe con fuerza el egoísmo de las personas que desintegra a la sociedad. De manera alternativa, el orden propugnado por los anarquistas surge de la capacidad de ordenar nuestra existencia que todos tenemos. Las normas surgen porque es evidente que sin ellas no hay sociedad, pero a diferencia de las sociedades existentes, se trata de unas normas fruto de un debate y una toma de decisiones motivada por la razón y por la buena voluntad de que las cosas funcionen bien. Es decir, si en una fábrica suele organizarse el trabajo con una especie de cadena de mando y jerarquía, en el caso de las fábricas organizadas por los anarquistas, todo es fruto de acuerdos. Así, no hay órdenes unidireccionales que circulan de arriba abajo, sino que hay acuerdos tomados en las asambleas, donde toda la información es expuesta, estudiada, discutida y, finalmente, se toman las decisiones. Es un modelo de trabajo y organización social cooperativo en el que la motivación, más allá de la competitividad y el dinero, está en construir entre todos un proyecto común en el que nos va la supervivencia. Lo mismo que una fábrica, una sociedad, creen los anarquistas, podría funcionar así. En cualquier caso, es preciso evitar la confusión, quizás por la etimología, de anarquismo con desorden.
Otra confusión es acerca de la naturaleza supuestamente violenta de los anarquistas. Esto no es así. Hubo violencia en las guerras y revueltas en las que todas las partes eran violentas, es cierto, pero los anarquistas que yo he conocido hoy día, son personas característicamente pacíficas. Es verdad que hay muchas formas de vivir el anarquismo y que, supongo, habrá de todo, pero tengo que insistir en el espíritu sincero y dialogante de los anarquistas que he conocido, algunos muy vinculados a la CNT. Me dieron la impresión de ser personas bondadosas, muy cultas, compasivas y rebosantes de humanidad. De hecho, en el movimiento anarquista hay una fuerte influencia de los llamados “educacionistas”, que insisten en la lentitud del proceso revolucionario (incluso Kropotkin habla de varias generaciones para ir haciendo la revolución). Se trata de favorecer un cambio cultural y axiológico en la sociedad, nada más. O sea, una toma de conciencia responsable, una madurez ilustrada propia de personas con interés sobre todo por la justicia, el progreso humano, la ciencia, el saber y la felicidad de todos.
Su visión negativa del poder los diferencia del marxismo, con el que han disputado enérgicamente (la II República Española los combatió con dureza antes que la dictadura franquista los terminara de masacrar en España. También, el stalinismo se ensañó con ellos en la URSS). Creen en la capacidad del hombre para actuar por razones meditadas, usando de la reflexión, y en la posibilidad de fomentar los impulsos bondadosos (sociables, altruistas) en los seres humanos, e incluso fundar la sociedad en ellos. Como es evidente, el anarquismo es una apuesta utópica por lo mejor de nuestras posibilidades como seres humanos. De hecho, yo sí les doy la razón en el sentido de que las motivaciones que nos impulsan en nuestras sociedades capitalistas de consumo son insuficientes para organizar una sociedad que funcione bien. Detrás de toda organización está la ética y los valores de quienes la componen. Es en esto en lo que reposa todo el sistema, por lo que fenómenos como la corrupción o el robo institucionalizado dependen de la buena voluntad, en última instancia, antes que del premio económico, el miedo al castigo, la ley o los recursos habituales en nuestras sociedades. Una sociedad madura es la que trata bien a la naturaleza, por ejemplo, sin necesidad de castigos, producto de una convicción que además incluye a los demás, en este caso la naturaleza, como parte de uno mismo.
Otro punto fuerte del anarquismo es la fe en el apoyo mutuo, muy enfatizada por Kropotkin. Frente a la visión del homo homini lupus que comentábamos en anteriores entradas. Su visión parte de una antropología en la que el papel del otro es fundamental en el propio desarrollo y libertad. Nada parecido a nuestra noción individualista y egoísta de libertad, propia del mundo neoliberal.
En realidad, muchos autores que tradicionalmente no son considerados anarquistas, cabrían en este saco. Se ha dicho de Erich Fromm, de la Primera Escuela de Francfort, Iván Illich, Proudhon, muchos movimientos de contestación en los años 60 (como el hippismo), de Albert Camus y un largo etcétera. Actualmente, se autoproclama anarquista el conocido lingüista Noam Chomsky.
En fin, que el anarquismo es un tema que da para mucho. Y si es necesario, seguiremos hablando de ello.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Verdades como puños


Como el documental sobre el verano anarquista en Barcelona me impactó bien a fondo, (el documental que motivara una de las entradas de estos días atrás) he agarrado un libro de Kropotkin, de quien nunca había leído nada, y me he puesto a leer. Apenas lo he comenzado, vivamente interesado por lo que pueda decir un clásico del anarquismo. De los pocos datos que llevo leídos destaco dos. En primer lugar, Kropotkin describe la durísima realidad social de finales del siglo XIX en Europa. Al leer su descripción el europeo puede verse tentado de creer que esos horrores pertenecen a otro tiempo y que felizmente fueron superados por los modernos estados de derecho. Y aquí está el error. Hoy es peor. Lo que entonces correspondía con la situación europea, ahora, si uno piensa con mentalidad global, más allá del mapa de Europa (cosa que casi nunca hacemos los autocomplacientes europeos) se percata de que es lo normal en el mundo. Precisamente, he almorzado con un filósofo y amigo salvadoreño que me comentaba esto mismo, que muchas veces los europeos no sabemos mirar la realidad del mundo, como si estuviéramos inexplicablemente imposibilitados para ello. Pero el caso es que en cualquier informe de la ONU, por ejemplo, resulta patente el horror, la injusticia y la brutalidad del mundo que nos venden como el mejor. Yo le explicaba los argumentos cargados de prejuicios de que solemos echar mano en Europa, del tipo, “son esos gobiernos que tienen, corruptos, los que originan su pobreza”. No tenemos una visión global en nuestra época de globalización. Sencillamente, es insostenible, lo expliquen como quieran, que en el mundo dos tercios de la humanidad pase hambre. Es un horrible dato ya clamoroso. Pues bien, ese horror de niños explotados, esclavitud laboral, moralismos hipócritas, pobreza y violencia descrito por Kropotkin es todavía lo normal. Hay que estar ciego para no verlo. Los que constituimos una excepción somos los que vivimos, por simple e injusto azar, en la burbuja de Europa o Estados Unidos.

Otro dato evidente que refiere el anarquista ruso: Sí, es cierto que hay derechos reconocidos que en otras épocas no había, y que, aunque constituyan excepciones, en ciertos lugares se vive “protegidos” por la ley. Pero no debemos olvidar que todo, desde la igualdad obtenida por las mujeres respecto a los hombres, al derecho laboral o los derechos humanos, se ha debido a una larga y durísima lucha, un combate que costó muy caro a muchos, a generaciones enteras, a millones de personas. Y ahí está la historia para demostrarlo. Nadie regaló nada “desde arriba” y todo fue producto del combativo empeño en cambiar las cosas.

Así que, nada más empezar, me encuentro en el libro Palabras de un rebelde, de Kropotkin, dos evidentes verdades que caen de su peso, y que se resumen con la expresión “el mundo va mal”. Supongo que la crisis económica que empezamos a sufrir abrirá en este sentido los ojos a muchos.

Otros detalles del libro son que está escrito con un tono muy dinámico típico de hombre de acción, de panfleto de lucha; fe en la ciencia y la razón, que acabarán “curando” a la humanidad (esto es tal vez producto de la inocencia positivista decimonónica); ateísmo; sincera compasión por los débiles. Son frases sencillas, sin una meditación muy profunda por ahora, pero cuyas implicaciones dan que pensar y que merecen tomarse en serio. No hay que olvidar la época en que fue escrito, pero al mismo tiempo es necesario leerlo desde la nuestra con espíritu libre de miedos y prejuicios, actualizándolo. De todos modos, en lo esencial, como he dicho, no pertenece a un mundo muy distinto del nuestro, ni siento que esté ya totalmente pasado de moda. Porque dice verdades como templos, aunque sin detenerse en la explicación de las mismas. Lo propio del escrito combativo.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Los punkys tienen razón


En el nihilismo punky parece no haber lugar para la esperanza. Si nos atenemos al punk inglés de los últimos años 70 del siglo XX, centrando nuestra mirada en grupos musicales como Sex Pistols, resulta evidente un peligroso impulso autodestructivo que condujo a muchos, de hecho, a la muerte antes de tiempo tras una corta trayectoria de excesos. Los punkys negaban todo lo negable, sin atisbar (ni querer hacerlo) un remoto rayo de esperanza. Vivían en estercoleros, cerca de los vertederos de basura en los arrabales de Londres, de donde conseguían la ropa y los pocos muebles que usaban. Se identificaban con la basura, como indica el término “punk”, con las ratas y con las ruinas. A menudo habitaban en lugares en los que amenazaba el continuo peligro de derrumbe… Respiraban habitualmente en una atmósfera enturbiada de fuerte olor a vómitos y orines, de antro y olvido. No creían en el futuro y se mofaban de las utopías de hippies e intelectuales de la época. Su música rompía con cualquier armonía y belleza en una búsqueda premeditada de la fealdad, como el baile que inventaron (pogo), que consistía en empujarse violentamente.
Recuerdo todavía a principios de los noventa una vieja casa céntrica en ruinas en la ciudad que yo habitaba, una casa que acabaron demoliendo ante el evidente peligro de derrumbe que presentaba. Dentro vivían hacinados en la oscuridad un grupo de punkys que yo no llegué a conocer, pero sí una amiga, que me comentó que había escapado llorando de aquel lugar tras una corta visita. Cuando vio aquello sintió sensaciones no demasiado agradables. Quizás miedo o angustia, o asco, o acaso la presencia de la muerte y el final.
La conocida indumentaria de los punkies aludía también a la destrucción. El propio cuerpo era atravesado por escandalosos piercings y modificaciones artificiales en un desafío al dolor, en una especie de juego con el dolor estetizado, en el que yo sigo creyendo ver la presencia de la muerte. Porque tenían la virtud de hacer visible lo que tal vez estuviera presente de manera más sutil en otros grupos sociales, indumentarias y valores. Según ellos, no había más respuesta que la suya a una sociedad que mataba y podría todo lo que toca y que ensalza a la muerte de múltiples maneras. Creo que, como un negativo, representaban la mirada tétrica y pesimista a todo lo que los hippies miraron, por su parte, con una mirada esperanzada.
Pero en lo más hondo de su pozo, en su asco y en su agresividad, también, como una lejana estrella, puede distinguirse la esperanza. Tras el límite hay más territorio. Y su contundente impugnación negadora nos sitúa en un límite que ellos hacen visible, un límite de muerte y destrucción que está ahí, pero que no vemos, salvo que sea hecho visible con las lentes de aumento de los punkies. Ellos dicen que estamos en el final de la historia, pero un final nada glorioso. Debemos, pues, agradecerles que nos abran los ojos para ver lo que nos amenaza calladamente, y que en ese abrir los ojos, al mismo tiempo y sin quererlo, nos den la visión de una prometedora esperanza.




viernes, 5 de diciembre de 2008

Perversiones neoliberales


El neoliberalismo acaba impregnando nuestras vidas, en la medida en que se sustenta en unos pre-juicios en torno al ser humano y la sociedad que acabamos asumiendo. Las ideologías se esfuerzan en desarrollar discursos que fundamentan desde la teoría, con un tono supuestamente neutral, las valoraciones que rigen nuestras vidas. Que esto es así ha sido ampliamente estudiado y es bien conocido. Todo lo cual nos conduce a extremar nuestros cuidados cuando nos pronunciamos con juicios generales acerca de nuestra naturaleza o tendencias. Por eso es posible y necesario sospechar de cuantas definiciones implícitas de lo humano nos encontramos ya dadas, de esas que todos asumimos sin chistar como cosa evidente. Podría ocurrir que estén operando lo que Ellacuría llamaba “ideologizaciones”, es decir, un pensamiento y una teoría al servicio de una praxis económica concreta. Desde esta perspectiva, lógicamente, el capitalismo en su versión actual, el llamado “neoliberalismo”, ha generado una cosmovisión de la que se nutre y que nos impregna hasta tocar los elementos más profundos de nuestras interioridades.

Me vienen a la memoria dos elementos que a mi juicio son muy perniciosos: el hacer las cosas por dinero (y su reflejo en el afán de posesión o de propiedad) y el desprecio por lo común. Señalo estos dos elementos porque sus devastadores efectos son fácilmente constatables en cualquier contexto en que nos movamos, dentro de la sociedad actual. Lo terrible del caso es que ambos significan una peligrosa corrupción de las formas de relación y felicidad que verdaderamente necesitamos para vivir. Que el dinero y que la propiedad privada son buenos como motores para la conducta humana y la producción es un pensamiento que genera graves infelicidades y perturbaciones sociales. Por ejemplo, respecto al dinero, creo que es evidente que hacer de éste la motivación para tareas como la enseñanza o la medicina, entre otras, puede corromper dichas tareas. En el caso de la enseñanza, la experiencia me ha demostrado que los casos de grandes maestros que, ya jubilados, han dedicado su vida con eficacia a la educación jamás han actuado por dinero. Su motivación ha sido otra, la que sea, pero no ganar dinero. Cuando ganar dinero se convierte en el motor para la docencia, el resultado es un ejercicio flojo de la misma, sin fuerza ni vida. Sencillamente, el dinero no es suficiente potente como gasolina para el magisterio. Por dinero uno no revisa una y otra vez lo que hace en las aulas y se empeña contra viento y marea en una tarea cuyo optimismo contrasta con el catastrófico mundo en el que se ejerce la docencia. Tampoco el dinero hace que exista fuerza vital y pasión en ella. Ni es suficiente para interesarse verdaderamente en los niños y alumnos, para tomárselos en serio y escucharlos. Ha de haber una motivación en la propia tarea docente en sí misma, un afán de volcarse en ella que no proporciona la ganancia económica.

Con mayor evidencia es en el ejercicio de la medicina, tarea altruista y heroica por excelencia, donde se manifiesta aún más la incapacidad del dinero para llevarla a cabo. Cuando el dinero se mezcla, en el caso de la industria farmacéutica por ejemplo, todos sabemos lo que ocurre. Que se lo pregunten a los 70 millones de personas que estuvieron a punto de verse sin tratamiento contra el cáncer o el SIDA porque Novartis poseía y reclamaba sólo para sí la patente.

Que el dinero destroza y desorganiza numerosos ámbitos de la economía y la producción es evidente. Por dinero va la gente a la calle y se queda en el paro, por dinero todo en la informática o la tecnología de las comunicaciones aumenta su caos, por dinero aparece la corrupción en todas las esferas de la sociedad, por dinero se habla de aumentar la jornada laboral a 65 horas semanales, por dinero nadie puede acceder a una vivienda en España, por dinero existe el Tercer Mundo, por dinero se explota a la gente en el trabajo... Por dinero, en suma, no se crea la riqueza. Aunque se nos haga creer lo contrario.

Y respecto al desprecio por lo común, baste un paseo por las comunidades de vecinos o barriadas de muchas ciudades. En primer lugar el efecto de la privatización salvaje son ciudades como muchas en el denominado Tercer Mundo que están sucias, inseguras, afeadas y estresantes. Y en el denominado Primer Mundo, al que llega poco a poco esta salvaje oleada neoliberal, tenemos que ya pudre la convivencia entre las personas, cada vez más encerradas en sus burbujas de bienestar privado. No se entiende el valor de lo compartido, y la gente invierte de buena gana en sus pisos pero no en las zonas comunes de escaleras y garages, por ejemplo. Esto genera situaciones clamorosas en la que lo común apenas vale para nadie.

En síntesis, estos son dos buenos ejemplos de cómo falla el neoliberalismo. Sus principios y valores más básicos hacen agua porque destrozan vidas y sociedades. Pero lo aterrador es ver cómo todos asumimos sus mentiras con sumisión y pasividad, permitiéndonos odiar con suficiencia a quien nos habla de utopías. Porque no queremos ni oír siquiera esa palabra.