martes, 13 de enero de 2009

El olvido


El que sufre, sea en Auschwitz, Madrid (11M), Gaza o cualquier otro lugar donde se sacrifican víctimas inocentes tiene casi como lo peor de su sufrimiento precisamente la incomunicabilidad del mismo y la incomprensión que además suele darse. El denso agujero en el pecho, indescifrable para nosotros, que acaso sintió un reo sin nombre al ser conducido a la muerte en el paredón, en una triste guerra del pasado, como el peso de su cuerpo en la fosa común, su fragilidad y su noche, la pérdida de todo lo más sagrado, de su dignidad, de sus esperanzas y jóvenes ilusiones, el final de la confusión del amor y de la cálida escena cuyo eco perduró hasta el preciso momento de la muerte; todo eso fue negado cuando, como una brutal impugnación, tronaron los fusiles. Había razones para llorar porque todo se perdió entonces. Acaso el recurso a un recio estoicismo, o a la divinidad inalcanzable, mitigase un poco el dolor, pero nunca lo eliminó, ni debería eliminarlo. Aquel dolor se perdió, junto con el cuerpo y la vida de la víctima, con sus últimos estertores en el hondo vértigo de la agonía.

Después, si queda algo, son las palabras e imaginaciones de los vivos. Una urdimbre de generaciones que procuran narrar lo inenarrable. Decía Primo Levi que el horror era imposible de trasladar a palabras, y que cuando se relata, pierde su esencia, ese origen ciego y profundo de cementerio. Por eso, muchas víctimas supervivientes callan. Rehúsan contarlo. Porque en la palabra pudiera haber algo de violación o de sacrilegio, un intento irreverente de recordar olvidando. Y es ese olvido, el olvido que late en cada palabra, el que tal vez apene a la víctima. Un injusto y desconsiderado olvido.

En efecto, el espectáculo de la urdimbre de las palabras con que se viste la memoria suele ser desconsiderado. El martirio de los inocentes sin nombre se convierte en discusiones políticas, o justificaciones de unos y otros, argumentos, estrategia, propaganda… Al final, el manto de los años cubre el horror inicial, del que va quedando apenas un remedo, un reflejo de reflejos que se pierden en la nada…

5 comentarios:

Noelia Ruiz Sánchez dijo...

Como siempre tan acertado. Primo Levi reflexionó sobre las personas que habían vivido la segunda guerra mundial, y se dió cuenta que la mayoría de estos supervivientes o no querían hablar del tema, por lo horroroso de este, o si hablaban contaban lo poco bueno vivido alli, querían olvidar ese dolor, ese dolor inolvidable que les persigue toda su vida. En cuanto a Francia, en la misma época, la novela de "la llave de sarah" ilustra muy bien ese olvido que tenemos, ya que es una periodista que investiga sobre esa guerra en la actualidad y en Francia, y se da cuenta que lo más que hay para recorda son insignificantes placas en calles reconditas. Es muy triste pero es así, a todos nos pasa que cuando algo no nos ha gustado preferimos no recordarlo, no revivirlo de nuevo. Un saludo

Jake dijo...

No puedes imaginar lo que siempre llevo en el estómago. Uno de los motivos por los que esribo un blog es por eso. Otro es que soy de Alcalá de Henares...y si no hablo, si no escribo algo... me siento morir.

bLuEsMaN dijo...

La locura puede darse por no querer asumir algún suceso pasado. Es una forma de supervivencia pero nos desliga de la realidad. Por eso hay casos en los que sanar consiste simplemente en hacer consciente lo que teníamos "olvidado".
Si no tenemos memoria.... no sabemos lo que somos.


saludos

Marcos Santos Gómez dijo...

Como decís el olvido puede darse por un no querer recordar, que conduce a lo patológico. Pero aun peor es, creo, la humana imposibilidad de recordar, es decir el olvido producto de un no poder recordar. En ambos casos hay razones para lamentarse por esta incapacidad de la frágil memoria, pero es peor cuando la imposibilidad es humana, material, producto de nuestra finitud, propia del imperfecto acto de recordar. El caso es que uno se siente tentado de exclamar con Borges, que sólo la salvífica memoria de Dios que salva el metal, salva también la escoria. Pero en términos humanos, la escoria y el metal se pierden para siempre. Forma parte de nuestra condición humana morir definitivamente, aunque podemos morir preguntando.

Zeyrus Kuilg dijo...

Este tema es tenebroso, si nos fijamos hasta intervenimos poco. En cierta forma todos evitamos pensar en algún acontecimiento pasado doloroso, en cierto modo todos estamos enfermos por ello, nuestro miedo media entre nuestra conciencia y la realidad.
Es terrible que ni en esto seamos siempre constantes e iguales. Siempre hay algunos que son muy hábiles eludiendo y otros que son ávidos para conocer más de la realidad y designarse menos enfermos. Me encanta pensarme entre estos últimos, aunque a veces creo que es una manía harto dañina.