
Hay personas que portan un plus que las cubre e invisibiliza. Se trata de un añadido que como brillante escudo o espejo hace que sólo veamos en ellas reflejados nuestros propios deseos, angustias, miedos y anhelos. No se nace con esta cubierta incorporada, ya que, en realidad, se nace desnudo, desvalido y frágil, cualidades que jamás perdemos. Pero muchas veces, lo que los otros ven no es precisamente la indigencia y la carnalidad de unos hombres de carne y hueso, sino lo que una palabra reciente designa con glamour. Desde luego, hay miradas que sí son capaces de atisbar bajo la coraza, miradas que yo en algún lugar he caracterizado como “horizontales”, que descubren lo invisible. Pero el común de los mortales, nos dejamos seducir por el glamour. Porque el glamour es lo que se aprecia a la primera vista, necesariamente superficial. El glamour es brillante, arcaico y muy potente. La mayoría de las personas sólo sabemos deambular en medio del glamour de los otros y en la desesperada búsqueda del propio. El glamour es dulce como un néctar e insinúa profundos fantasmas, en él obran los hombres, pues es su exclusiva creación, como un añadido a la naturaleza que, sin embargo, se disfraza de naturaleza. El mejor ejemplo de esto es toda monarquía. Al filósofo Adorno le inquietaba el parecido sentimental que existe entre la veneración a la sangre azul y la veneración de los fascistas en los años 30 hacia sus líderes. Para él era preocupante contemplar a una Europa seducida por fantasmas, a masas que vibran ante el prestigio enraizado en las mitológicas genealogías que decora a las grandes familias o individuos.
El glamour es una invención, como las estatuas o las sinfonías, y toda mirada “horizontal” lo sabe. Ahí está la clave para no dejarse adormecer por su fuerza opiácea. Los políticos, papas o reyes glamourosos extraen de los héroes épicos y de sus legendarias hazañas su prestigio, copian la literatura de gestas o los símbolos de la literatura sagrada para añadir a su persona un plus hierático. Así, un simple hombre puede brillar como el dios que no es. También, y es evidente tras lo dicho, el glamour tiene una carga política, en la medida en que puede arrastrar a los pueblos. Los apellidos y las gestas del pasado forman la imagen del hombre glamouroso y lo elevan como un sol a la mirada de todos. Las personas y pueblos obtienen luz gracias a ellos, adquiriendo la torpe creencia de que participan en una historia que suele ser, contrariamente, inexistente o falsa. Porque el glamour es, por definición, engañoso. Hay una enorme mentira en él, conduce a peligrosas confusiones y pone en juego fuerzas terribles. Convierte a los hombres adoradores en niños, los cuales se portan, en consecuencia, como niños, llevando a cabo un juego que puede hacer daño. Los adoradores quieren ser, también, glamourosos y matarían por conseguirlo. El glamour es como el juguete de los niños o los cuentos que les hacen abrir la boca y embobarse. Y exige, además, sacrificios.
La humanidad, en su lóbrego deambular, quiere líderes, iglesias, instituciones glamourosas. Lo triste es la desaparición y la asfixia de los hombres de carne y hueso, frágiles y sufrientes, en la dorada vorágine, aturdidos sin saberlo, perdidos de irrealidad y confundidos. Es mejor ser nada y saberse nada, que ser nada y adorar imágenes que nos dotan de supuesta realidad. Porque en esta estulta adoración la inanidad se duplica. Frente a ello, acaso sería buena una vuelta a los cálices de arcilla. La mirada horizontal debe retornar las cosas a su sitio, y no ver más cosa que hombres sin envolturas.
El glamour es una invención, como las estatuas o las sinfonías, y toda mirada “horizontal” lo sabe. Ahí está la clave para no dejarse adormecer por su fuerza opiácea. Los políticos, papas o reyes glamourosos extraen de los héroes épicos y de sus legendarias hazañas su prestigio, copian la literatura de gestas o los símbolos de la literatura sagrada para añadir a su persona un plus hierático. Así, un simple hombre puede brillar como el dios que no es. También, y es evidente tras lo dicho, el glamour tiene una carga política, en la medida en que puede arrastrar a los pueblos. Los apellidos y las gestas del pasado forman la imagen del hombre glamouroso y lo elevan como un sol a la mirada de todos. Las personas y pueblos obtienen luz gracias a ellos, adquiriendo la torpe creencia de que participan en una historia que suele ser, contrariamente, inexistente o falsa. Porque el glamour es, por definición, engañoso. Hay una enorme mentira en él, conduce a peligrosas confusiones y pone en juego fuerzas terribles. Convierte a los hombres adoradores en niños, los cuales se portan, en consecuencia, como niños, llevando a cabo un juego que puede hacer daño. Los adoradores quieren ser, también, glamourosos y matarían por conseguirlo. El glamour es como el juguete de los niños o los cuentos que les hacen abrir la boca y embobarse. Y exige, además, sacrificios.
La humanidad, en su lóbrego deambular, quiere líderes, iglesias, instituciones glamourosas. Lo triste es la desaparición y la asfixia de los hombres de carne y hueso, frágiles y sufrientes, en la dorada vorágine, aturdidos sin saberlo, perdidos de irrealidad y confundidos. Es mejor ser nada y saberse nada, que ser nada y adorar imágenes que nos dotan de supuesta realidad. Porque en esta estulta adoración la inanidad se duplica. Frente a ello, acaso sería buena una vuelta a los cálices de arcilla. La mirada horizontal debe retornar las cosas a su sitio, y no ver más cosa que hombres sin envolturas.