domingo, 27 de septiembre de 2009

Psicología del taxonomista.



Una característica del poder, en cuanto peculiar forma de relación con los demás, es que éste obra, entre otros modos, con la catalogación jerarquizante y segregadora. Así, las modernas burocracias no hacen sino responder a una lógica piramidal que parece antecederles, a la que dan expresión y cabida, como un reino a su rey. Es fácil ver una pasión matriz en la catalogación, un afán posesivo que se trasluce en toda taxonomía. Esto se solapa con el afán de conocer, en un solapamiento por el que conocer es igual a dominar. Por eso, hay que limpiar la ciencia. Se trata de aplicar los beneficios de una perspectiva madura que no sacralice a ciegas, que sepa poner las cosas en su sitio e historizar los saberes (es decir, entender como histórico lo que es histórico), que insista en ensayar, en tantear, en aguardar pacientemente, desde la convicción de que hacer ciencia es un aproximarse que no acaba de llegar nunca a su meta. Como ya Sócrates pusiera de manifiesto, y en esto nos sumamos a la tradición filosófica más respetable, la humildad es un valor epistemológico, independientemente de toda la carga moral que se le pretenda asignar. Esta humildad puede traducirse como un no creerse del todo las propias clasificaciones, no creerse su plena objetividad. Esto, pienso, puede casar con el afán de conocimiento objetivo de la realidad, al tiempo que se elude así el peligro de una realidad hecha meramente a la medida de nuestras pasiones, de una falsa objetividad en la que se ha perdido de vista las pasiones que operan en quien clasifica. Es cierto que hay que incluir lo pasional como algo que puede contribuir al conocimiento e inducirlo, que incluso en ocasiones opera “abriendo los ojos” del investigador, pero sin perder cierto escepticismo ante todo ello. Acaso se conozca de la misma manera que nos desdoblamos en los sueños, siendo espectadores y protagonistas a la vez, como analistas enredados en la realidad observada. Este símil supone que podríamos ser espectadores de las propias pasiones aunque sin dejar de estar constituidos por ellas.

En cualquier caso, la ilusión de orden y simplicidad propia de una clasificación no debe hacer olvidar el carácter inaprensible de lo existente. Foucault, como gran parte de la filosofía en lo que ésta tiene de deconstructivo, impugnador y disolvente, puede adiestrarnos la mirada para no ver una catalogación como algo adherido ontológicamente a la realidad, sino como una mansa propuesta del hombre a la misma. Deseamos destacar que, independientemente de lo válido o no a nivel epistemológico de la catalogación del mundo y de su evidente utilidad para la supervivencia, hay en los fenómenos del poder un afán por ordenar jerarquizando, una suerte de vocación de arquitecto de rascacielos o de mono trepador. El burócrata catalogador es el insecto kafkiano que inventa series verticales, que cuantifica arriba y abajo. Acaso su mirada sea la del niño que con miedo, admiración y odio a la vez contempla las alturas del mundo adulto, las majestuosas paredes, el inabarcable mobiliario de la casa. Series que como un palacio, reproducen esta sensación de enajenación. Son poco habitables, se dice de las mansiones versallescas. El palacio está hecho para inducir un tipo concreto de mundo social al tiempo que lo refleja. Actúa sobre nosotros. Hace pequeños a los hombres y, también, abrumadoramente grandes a otros hombres, a los misteriosos seres que los habitan como  inalcanzables jerarquías celestes. Así, la serie se pierde por arriba en el alto cielo.

Así es la burocracia del poder, que opera enredando antes que aclarando. El mundo social es reducido por ella para ser almacenado y poseído en polvorientas columnas de papeles. Los hombres son analizados, diseccionados y contados por inapelables clasificadores a los que se adora como garantes de un orden. Un orden racional. El orden de una razón que oprime y asfixia en lugar de liberar, de la estratificación social más específicamente contemporánea. Juzgar clasificando. En todo amante de la burocracia podremos encontrar a un niño que anhela ser gigante, que quiere ser temible como los gigantes. Un niño que se cree sus propias mentiras. Porque todo es al contrario de cómo afirma, y la racionalidad que nos vende es la mayor irracionalidad.