
El teólogo José Ignacio González Faus dedica un capítulo de su libro Calidad cristiana. Identidad y crisis del cristianismo, Sal Terrae, Santander, 2006, al desgarrador pensamiento de Simone Weil. Ve en ella un ejemplo de la tendencia más gnóstica de un cristianismo que la mística y activista francesa no acabó de abrazar oficialmente. Fuertemente marcada por la teología preconciliar olvida acudir al Jesús de la historia para resolver ciertos problemas en relación con la imposible conciliación del mal con la divinidad buena y todopoderosa. El gnosticismo, en efecto, apuesta por una forma de teodicea que para salvar y justificar a Dios desvaloriza el mundo, la creación de la que éste, como señala la teología, se retrajo para crearlo. Así, para Simone Weil lo que importa es una explicación de la cruz que la naturaliza, es decir, lo que si atendemos a la historia narrada en los evangelios obedece a motivos sociopolíticos concretos es explicado ontológicamente. Así, todos los tipos de males, incluido el pecado y el denominado “mal moral” pertenece a la imperfecta constitución del mundo. Simone Weil, movida por un incansable afán de verdad que concilie los extremos y de explicaciones últimas, intenta ir más allá de la conclusión, algo desalentadora, del libro de Job. Recordemos que dicha obra cumbre de la literatura bíblica termina con el reconocimiento por parte de Yahvé de que Job ha sufrido y de que tiene motivos de queja, es decir, Job ha hecho bien en no ignorar el mal, la monstruosidad del sufrimiento inútil, pero al mismo tiempo le insta a no querer obtener explicaciones de algo que permanecerá siempre (en nuestro mundo) sin respuesta. Es más o menos lo que señala el título de cierto libro excelente sobre el tema: La imposible teodicea, de Juan Antonio Estrada.
Creo que, en efecto, es necesario acudir al Jesús de la historia, en un movimiento similar al que originó la escritura de los evangelios, para hacer que nuevamente la cristología pisara tierra, tras la evolución que había supuesto San Pablo. Éste posiblemente salvó el cristianismo de ser una secta judía que ya habría desaparecido hace siglos, por el camino de helenizarlo. Tradujo lo que procedía de una matriz judía al lenguaje y categorías del pensamiento de origen griego, lleno de prestigio en el mundo romano antiguo. Pero esta helenización implicó la creación de una forma de cristología, la hasta ahora predominante, junto a racionalizaciones del mal (teodiceas) que acabaron desembocando en una infravalorización del mundo natural, junto al desdoblamiento extremo entre lo sobrenatural y lo natural. Las concepciones gnósticas llevan al extremo este dualismo, espiritualizando el cristianismo y promoviendo la interiorización en la búsqueda elitista de tipo estoico de una virtud personal, en la que para salvarse hay que rechazar la “carne”. No creo necesario señalar lo peligroso de este camino, los excesos a los que ha conducido y la soterrada búsqueda del sufrimiento y la muerte como máximos elementos de negación del mundo terrenal del que “hay que librarse”.
Con la Teología de la Liberación, en el siglo XX y el actual, se ha dado, creo, una auténtica revolución que a manera de vuelta de tuerca ha historizado la teología, es decir, la ha intentado librar de elementos gnósticos. De todos modos, y pienso seguir estudiando el asunto, es cierto que hay un mal metafísico, causado por la propia finitud, al que la única respuesta válida parecería seguir siendo la de un estoicismo (amor fati, tenacidad en la aceptación del sufrimiento, ¡no búsqueda del mismo!) o quizás visiones más próximas al gnosticismo para consolarnos. Está claro que aquí y ahora no puede haber realización plena, y que la respuesta para el mal debe situarse, hasta cierto punto, en “otro mundo” donde se atarán los cabos sueltos. Esto no debe olvidarse. Pero los excesos evidentes a los que conduce una teodicea que enfatiza el otro mundo para explicar el desorden del mal en el nuestro, nos hacen recelar de este tipo de respuestas. Un ejemplo de lo fácil que por este camino de exceso se puede incurrir en la exaltación y búsqueda del sufrimiento, su idealización como elemento de salvación, se ve en la película Camino. La cercanía con Dios se pretende, en cierto momento, causándose dolor en los pies al colocar piedrecitas dentro de los zapatos, que duelen al andar. El colmo de esta tendencia es cuando la niña enferma le dice a su hermana que rezará para que ella también se muera. O cuando la evidente catarata de indeseables desgracias que se cierne sobre esa familia se transforma, en la explicación de la madre de la niña y de la teología tradicional, en bendiciones que hay que agradecer. En estas posturas se da una negación de lo evidente, que es que el mal es malo, valga la redundancia, se mire como se mire. Esta es la verdad del libro de Job. Pero al mismo tiempo que se acepta el mal, no se recurre a explicaciones, tales como, que el mal salva, libera o limpia. No, el mal es malo y no tiene justificación ninguna. Opinar otra cosa es autoengaño e injusticia con las víctimas. Por cierto, cuando el mal duele, el mal del otro, lo que hay que hacer es, como cuenta la historia de Jesús, combatirlo, hasta el fracaso, si es menester, pero esto no es exaltar la muerte. Las conductas de tipo suicida de los denominados mártires que mueren matando obedece a una lógica de heroísmo que no combate el mal, sino que le da rienda suelta. Por el contrario, el verdadero mártir, padece el mal sin resignarse a su victoria, acaso quejándose, pues razones hay para ello, y muere antes como sufriente testigo que no lo busca, sino que se ha topado con él en una humanidad ciertamente enferma. Es distinto del héroe estoico o socrático o del soldado que muere en una guerra. El mártir pone de manifiesto que el mal existe, que es inhumano, que no es deseable, que da miedo. El mal como lo contrario, en términos morales, al amor. Por eso, un mártir se alinea en las filas del amor y no puede morir matando ni desear sufrimiento para nadie, si quiere ser testigo de lo bueno. El héroe, en cambio, antepone una idea (religiosa, política, etc.) a los hombres de carne y hueso, por lo que no le importa morir matando y contribuir, por tanto, a la victoria del mal, a la generalización de la tenebrosa danza de Macabré.




