jueves, 19 de marzo de 2009

Dostoievski I


Estoy leyendo el libro de un filósofo italiano llamado Luigi Pareyson, maestro de Vattimo y de Umberto Eco, considerado uno de los padres de la hermenéutica contemporánea. La obra es Dostoievski. Filosofía, novela y experiencia religiosa. Ed. Encuentro, Madrid, 2008. Ofrece una interpretación muy en consonancia con el carácter específicamente existencialista del autor ruso, uno de mis escritores favoritos y del que escribí, por cierto, en la primera entrada del blog, la que lo inauguró. Entonces di una interpretación que sospechaba corta, en el sentido de que Dostoievski da para mucho más que una lectura de tipo psicológico. Comenté, concretamente, la novela Los demonios, en la que vi un certero estudio descriptivo de la psicología del mal, en particular, del que adopta la forma de nihilismo terrorista. El fenómeno de unos hombres poseídos por ideas que anteponen a la vida concreta y sufriente del prójimo, al que matan en un diabólico holocausto, retrataba la mente del terrorista que sacrifica a los hombres singulares por su idea. Sea el futuro, la justicia, la patria, o cualquier otra excusa, la realidad es que aniquilan y desprecian la vida a la que se supone que quieren salvar (en el caso de los justicieros salvadores y héroes “salvapatria”). Se da, pues, según Dostoievski una suerte de posesión por parte de una idea maldita, una idea de muerte, que mata y que de hecho (a pesar de las justificaciones y racionalizaciones de que se echa mano) ansía la destrucción antes que la afirmación de la vida del otro o de uno mismo. Si quisieran el ser, querrían la vida, entonces amarían, y si amaran, no matarían. Por tanto, su auténtico objetivo y amor es la muerte. Esta es la lógica, de fuertes matices religiosos, implícita en muchas de las grandes novelas de Dostoievski. Así, los personajes de la novela Los demonios mueren, matan y, varios de ellos, se suicidan en una especie de danza macabra.
Y al mismo tiempo que las ideas, están los hombres manipuladores, que se realizan arrastrando a los demás a la destrucción. Son personalidades absorbentes y seductoras que niegan la libertad de los demás y que se erigen en jueces y señores de la aniquilación. Estas estrategias e influencias morbosas entre los hombres son descritas, en su psicología, genialmente por el autor ruso, que conoció bien a muchos seres como los de esta novela cuyo tema es el mal.
Pero en mi lectura sabía y acabo de confirmar que Dostoievski iba mucho más allá que a una mera descripción de la psicología de los malos. Ciertamente, el problema del mal tiene que ver con la psicología, que puede explicar algunos comportamientos, pero el mal, según el ruso, es sobre todo una cuestión metafísica que atañe a la libertad y que tiene que ver con la naturaleza humana, con nuestra capacidad de optar y de elegir la destrucción. Según Pareyson, en Dostoievski el mal es lo que destruye, es la negación que impugna a lo real y que disuelve lo existente en la nada. Es algo positivo y se siente así, contra San Agustín, pero que finalmente deviene en nada. Su potencia es una potencia de aniquilación y no de creación. Subyace en esta visión la idea del bien como lo contrario, como lo que tiene que ver con la existencia real (idea que intuyo relacionada con viejas convicciones metafísicas que se han desarrollado ampliamente en la filosofía tradicional): El ser como lo bueno y como lo verdadero y, en definitiva, como aquello que reposa en Dios (Tomás de Aquino). Para el ruso, el mal es horrible y doloroso, no pudiendo negarse su realidad en este sentido, en el hecho de ser experimentado realísimamente. Pero tiende a la nada (por eso, los demonios dostoievskianos son nihilistas (al estilo ruso decimonónico).
Pero el mal, en su efecto negador, tiene una propiedad contradictoria, y es que conduce al bien (creo que es esto lo que expresa, en última instancia, la cruz y lo que testimonia cualquier mártir). Esto no debe ser tomado (no lo hace por supuesto Dostoievski ni nadie con un mínimo de capacidad compasiva) como una justificación del mal y el dolor. De hecho, es terrible que exista el mal. Pero no es menos cierto que en su diabólica orgía y aparente victoria, surge, dialécticamente, el bien. Acaso ciertas corrientes en la teología cristiana lo han señalado (¿Moltmann, Barth, Lutero?). Es precisamente una visión religiosa la que puede razonar así, pues este efecto del mal y su antítesis bondadosa nos conduce ya al campo de la teología, que sí puede manejar el concepto de una victoria final del bien (en esto consiste, creo, la fe, en esta creencia muchas veces contradictoria con lo real). La razón desnuda, seguramente, no puede fundamentar esta esperanza. En este sentido, supongo que en lo que me queda por leer del libro del filósofo italiano, se hará evidente el aspecto religioso del enfoque del genial novelista ruso, que sí aborda esta problemática y busca una respuesta.

lunes, 16 de marzo de 2009

La otra ciudad


Hay dos ciudades hermanas geográficamente unidas en el sur de Andalucía, pero separadas por una distancia invisible, que las hace lejanas la una de la otra. Al mismo tiempo, la una vive con la otra, cercanamente, mirándose en su espejo y aprendiendo de ella lo que quiere ser y lo que no quiere ser en un acto de voluntad que tiene mucho de forzamiento. Me refiero, por un lado, a La Línea de la Concepción, que se sitúa fantasmalmente sobre arena de playa y agua que aflora a poco que se excave. Reposa en un istmo arenoso, entre dos mares, en la unión entre el Peñón de Gibraltar y la Península Ibérica, en un ámbito incierto barrido por los vientos. La segunda ciudad es, evidentemente, Gibraltar. Son ambas metáforas vivientes de las invenciones de los hombres. Gibraltar es vieja y tiene mucha historia. La Línea es joven, sin historia apenas.

Gibraltar es un enclave pintoresco, de impresionantes vistas del Estrecho que lleva su nombre. La ciudad escala en el Peñón imponente, donde habitan los famosos monos. Es una ciudad mestiza, donde habitan musulmanes, judíos, ingleses, españoles, malteses, genoveses, portugueses… Todo se centra en un comercio boyante que ha llenado su calle principal (Main Street o Calle Real) de joyerías, pubs de tipo inglés, tiendas de comida rápida, escaparates recargados. Hay un permanente ajetreo de personas e incluso de aviones que despegan del insólito aeropuerto cuya pista hay que atravesar para entrar o salir de ella y que llenan de estruendo su atmósfera.

La cuestión de las nacionalidades, según nos enseñan estas dos ciudades que adoro, es banal. El gibraltareño escoge en una respetable decisión ser inglés, como se escoge ser de un equipo de fútbol o de un partido político. Nos enseña, sabiamente, la verdad acerca de las naciones que en el fondo son eso, equipos de fútbol. El gibraltareño vive bien, a gusto en su pintoresco enclave geográfico, y de hecho, es muchas cosas. Su historia es, como digo, tan rica, que es mucho más que “inglés”. Se oyen múltiples lenguas en sus calles, se ven modas diversas, estilos distintos. Está, obviamente, lo inglés (incrementado tras el nefasto cierre de la verja por Franco en los sesenta), pero está también, en una llamativa mezcolanza, lo español, lo italiano, etc. Es como si la etiqueta nacionalista fuera un añadido, que levanta pasiones, pero que por muchas pasiones que levante no es sino un simple añadido, un curioso apodo. Se me antoja que, como nos enseñan los gibraltareños, la vida es algo inabarcable y desbordante, que rompe cualquier categoría y que va mucho más allá de los apellidos que uno tiene. Es injusto ver en el Peñón a Inglaterra, pero también lo es querer ver a España. Porque la vida que transcurre a los pies de la Roca es todo eso y más, afortunadamente. Claro que uno puede creerse sus etiquetas y defender apasionadamente la sangre o tierra inglesa o española. Pero en el fondo, de manera implícita y tal vez inconsciente, en esa región se sabe que es mero humo todo ello. Cuando se apela a las raíces o se dicen argumentos políticos fundados en la historia y el derecho internacional parece que, españolistas o anglófilos, hacen chistes, aunque con la cara colorada de ira y rasgándose las vestiduras.

Pero La Línea continúa esta lección magistral acerca de lo que hemos creído que es la historia y la existencia humana. El linense vive expuesto a vientos y, como he dicho, sobre una arena de playa frágil que se disuelve en un mar subterráneo que aflora a poco que se excave. El linense también ha decidido ser cosas. Lo cierto es que la ciudad es muy joven (poco más de 125 años, creo). Es un lugar en el que, igual que si se excava en su arena está el agua, cuando se excava en su tiempo, está la nada. Nada más. A veces la cubre la niebla casi eterna del Estrecho. Pocos linenses hay con más de tres o cuatro generaciones nacidas en La Línea. Desde luego, al crearse una ciudad, surgieron tradiciones, muy recientes, que se importaban generalmente de Andalucía, que a su vez, como España, es otra etiqueta. Todo tiene en ese contexto el carácter de lo artificial. En el español hablado en sus calles se mezclaban palabras que conformaban un peculiar spanglish que aún perdura… En La Línea se palpa también la ironía de la historia oficial y la política que juegan con aire. Nació como asentamiento en torno a cuarteles y fortalezas que desde el siglo XVIII asediaban a Gibraltar. Un origen incierto y trágico en el que se puede atisbar la violencia que origina las fronteras, cualquier frontera. El linense tiene una tradición de familias divididas y de conversaciones a gritos entre gente a un lado y otro de la frontera cuya artificialidad es muy evidente. Como una herida, esa frontera ha imprimido también su carácter y artificialidad al entorno. Pero es que así ocurre siempre, en cualquier lugar. El linense crece con este conocimiento vivencial, con esta experiencia que induce una cierta distancia ante las etiquetas. Desde su experiencia, sabe que las nacionalidades, las tradiciones y el folclore son fantasmas con los que se juega, espejos en los que uno quiere verse y reconocerse, metáforas con la falsa consistencia de lo real.

Ambas ciudades sólo tienen que mirarse la una en la otra para admitir que sus cimientos son humo. Se saben hechas desde una cierta nada, desde un vacío y, acaso, un desvarío histórico, porque, en efecto, toda la historia es desvarío. Se saben efímeras, sonámbulas. Las etiquetas (las nacionalidades) llegaron con la pólvora y las armas, como siempre. Pero La Línea es, un poco, Gibraltar; y Gibraltar es, un poco, La Línea. La una impugna y confirma al mismo tiempo lo que la otra quiere ver en sí misma.

Cuando yo era niño, miraba de lejos la curiosa ciudad y la montaña vedadas por una frontera cerrada. Y todo era tan extraño. Como un sueño tantálico. Quería tocarla, pero no alcanzaban mis manos, aunque la sentía respirar cerca. Sabía que al otro lado estaba también yo, en cierto modo, y que se me escapaba algo incierto. La ciudad del Peñón y los monos era una suerte de leyenda que acabó siendo, cuando pude visitarla, tan grande y tan pequeña como cualquier ciudad. Entonces, comprendí que lo mismo ocurría con La Línea, la ciudad de mis afectos, que a ratos era mucho y nada, asemejándose a los enjambres, a la arena o a la espuma de las olas levantadas por el viento.


sábado, 7 de marzo de 2009

Andalucía


Hace una semana el profesor y poeta Luis García Montero escribía en un especial del periódico El País dedicado a Andalucía. En el artículo, excelente, realizaba una precisión acerca del supuesto y malentendido folclorismo de muchos poemas de García Lorca. Decía que, contra lo que una lectura superficial sugiere, en Lorca no hay ningún extravío nacionalista, y que cuando conecta con el flamenco, por ejemplo, no es para fomentar ninguna visión al uso, facilona y tendenciosa de la Andalucía jonda. En realidad, Lorca vio en el flamenco lo mismo que en la ciudad de Nueva York, en la que residió un tiempo y a la que dedicó un libro realmente soberbio. El flamenco, como la geometría y la angustia de la ciudad norteamericana, no parte de una tierra firme, en la que arraigue algo así como una expresión étnica o nación o pueblo. Es más profundo que todo eso. Porque a fuerza de excavar en la tierra, uno se encuentra… con la nada. Andalucía, sencillamente, sabe que no existe. Es la inanidad de lo real, su naturaleza fantasmal y pasajera, lo que expresa el desgarro del cantaor. En otra entrada comenté que había algo de límite insondable en el estío andaluz, de largo y sombrío espanto. Eso es lo que generó un cante tan poco folclórico como el flamenco. Porque el folclore no es bucear (ya que si buceara hallaría la nada o, piadosamente, el río de Heráclito), el folclore se detiene en la superficie de una exhibición pretenciosa que pinta la realidad con idealizaciones y sueños épicos. Ese es el nivel del llamado nacionalismo. Pero la veta andaluza con la que conectó el poeta de Granada no era ni mucho menos nacionalista. Era metafísica. Si se puede llamar metafísica a la ironía (o el pavor) ante lo que tarde o temprano se llevará la nada. El andaluz es, en consecuencia con esta nada, muchas cosas. También, a ratos, es nacionalista. Pero el andaluz universal (Lorca) sabe que Andalucía o España son meras palabras e ilusiones. Eso le produce un dolor lejano y bronco como el quejío de la siguiriya, que estalla como el llanto o la risa histérica cuando no es disimulado. En el flamenco está el saberse nada. Cuando en Andalucía se mira para adentro, en el propio dolor y en los avatares del alma, se comprende que no hay nada. Y esa nada es infinita, y se traga cualquier nación o pueblo o etnia que se inventen los hombres.