miércoles, 30 de septiembre de 2009
Apocalipsis de Ernesto Sabato
domingo, 27 de septiembre de 2009
Psicología del taxonomista.
martes, 22 de septiembre de 2009
Sueños de más allá del horizonte
domingo, 20 de septiembre de 2009
Ceguera y brutalidad en El Lazarillo
viernes, 18 de septiembre de 2009
La torpe arrogancia del estigma social.
jueves, 17 de septiembre de 2009
Reflejos de reflejos
¡Qué ironía la de ser nada! ¡Cuántos trabajos y desesperaciones se irían al traste! Así, el movimiento y la diversidad podrían convertirse en una especie de juego inconsistente en el que toda dialéctica perdería su seriedad. Y este vano flotar de los entes que imagina el filósofo o el poeta, tendría también su moraleja. Mira los siglos y ríe, podríamos exclamar. El carpe diem como mero sosiego de saber inútil todo trabajo y toda fama. Aprovecha el instante precisamente porque sabes que es eso: un instante. Así, por ejemplo, todas las fatigas acarreadas en la búsqueda de la fama serían inútiles. Porque la fama, en particular, manifiesta ejemplarmente la pobreza e indigencia humanas, en el sentido de que muestra a un sucedáneo de Yo maltratado, producto de una confusión y un malentendido. Es un alter ego volátil fruto de un vano deseo, otro equívoco absurdo que perseguimos sin saber muy bien qué es. Si pensáramos a fondo su carácter fantasmal, su naturaleza de objeto ajeno al propio Yo que nadie puede seriamente creerse, si pensáramos consecuentemente la total imposibilidad de dejar una huella eterna, muchos dolores se apaciguarían. Como los antiguos estoicos o cínicos, deberíamos cifrar toda sabiduría y toda libertad en ver esta verdad en toda su evidencia.
lunes, 14 de septiembre de 2009
La efímera pedagogía

Según Thomas Mann, a cada hombre se le plantean en su educación ciertos dilemas. Porque la educación ocurre en el ámbito temporal donde nos salen al encuentro otros seres humanos, en medio de la niebla mencionada por Machado y Unamuno, seres humanos que dan que pensar y que hacer, y que nos liberan de la inmovilidad de los minerales. La educación como encrucijada, como toma de consciencia, como un definirse reconstruyéndose incesantemente, como un contagio. Hay desde luego en la educación un elemento positivo que produce adhesiones y afirmaciones, pero predomina, según la novela de Mann, el elemento negativo de las impugnaciones y vacilaciones. Para el escritor alemán nuestro caminar es siempre incierto, aunque vislumbremos en raras ocasiones el norte o acuda un oportuno maestro en medio de la tempestad. Porque al hombre le acompaña la posibilidad del éxito pero también la seguridad del fracaso, la intangible amenaza y el pertinaz acecho. Propiamente, la vida o esa metáfora de la misma que llamamos humanidad, no pueden contarse sino como algo grotesco, momentáneo, fugaz, hecho de nieve y de tuberculosis. Pero para los educadores de la novela cualquier minuto de un hombre es sagrado, porque en él pueden justificarse y salvarse todos los hombres. Los educadores del joven Castorp lo educan, en efecto, porque “el tiempo se ha cumplido” y porque cada segundo es un pequeño apocalipsis en el que la humanidad se lo juega todo.
Se da en la novela todo lo que en una existencia consciente e interrogativa acontece. Las mismas preguntas y las mismas respuestas que pugnan entre sí, llegándose en esta lucha incluso al duelo de dos de los educadores y al suicidio de uno de ellos. La vida es experimentada, entre los bosques y cimas de los Alpes, como algo circunstancial y finito de lo que emanan las palabras, los abundantes diálogos filosóficos de la novela. Todos viven en el límite y uno se da cuenta de que en el fondo todas las ficciones de la humanidad son una respuesta a esta situación extrema de saberse atenazados por la enfermedad y el silencio. Es esta presión y amenaza como un bajo continuo en toda la novela, y es por ella que brotan amores, teorías, esperanzas, ideales y sueños. Por eso, la educación de Castorp tiene sentido por sí misma, como un paréntesis gozado poco antes de las trincheras, como una transitoria exaltación, como un titánico esfuerzo. Aunque ya nos gustaría creer que haya podido dejar una huella en el silencio de las cumbres nevadas, una huella que no fuera barrida por la guerra.
domingo, 13 de septiembre de 2009
La religión terapéutica
En nuestro agitado mundo es necesario, parece ser, el cultivo de técnicas de relajación y de búsqueda de cierta “paz interior”, que contrarresten el salvaje sinvivir característico de nuestra forma de vida. Tanto es así que está dándose un trasplante de ciertas religiones orientales en el denominado occidente. Pero sospecho que como ocurre con los trasplantes de órganos, no siempre encaja el nuevo órgano en el organismo receptor. Es plausible que en sus lugares de procedencia, o sea, en las culturas orientales dominadas por el budismo o el hinduismo, la meditación y los planteamientos que aquí nos llegan como meras técnicas de relajación, cumplan una función social adecuada a tales culturas e incluso ejerzan cierta subversión y contestación social. El budismo responde perfectamente a contextos culturales en los que se ha nutrido y con los que interactúa de manera “natural”. Pero mi sospecha es que tal como esas venerables tradiciones religiosas nos llegan a occidente cumplan otra función acaso bien distinta y que coincide con la conocida crítica marxiana de la religión como opio. En realidad, no nos llega el budismo, sino, seguramente, otra cosa bien distinta y adaptada a ciertos intereses que pululan por nuestras sociedades.
El vacío dejado por el aparente final de las religiones ancestrales de occidente ha dado paso a un tipo de religiosidad caracterizada por la búsqueda interior, la iluminación e incluso el neo ascetismo. Se está dando un resurgir de planteamientos gnostizantes también con todo ello. Pero creo que son versiones interesadas y limadas en la medida en que conciben la felicidad como algo individual y solitario, por más que se vincule al cosmos o al todo en una suerte de panteísmo. Su propuesta es la de una felicidad ahistórica, ajena al devenir de las sociedades, salvo en la creencia de que con el cambio interior espiritual se conseguiría, si todos lo aplicaran, una humanidad más feliz. Pero lo cierto es que la felicidad que se hace depender de la respiración y de visualizaciones deja al mundo tal como está. El vínculo con lo histórico es un vínculo vago, hipotético, puesto que la búsqueda se ciñe a unos ejercicios que sustituyen a las viejas oraciones y rogativas. El occidente desencantado pretende, así, recuperar el encanto pero sin dejar de ser occidente, o sea, individualista y mercantil. Así, la religión es como un buen día de relax en la playa, en el que la temperatura suave del mar y el arrullo de las olas nos procuran el necesario bienestar para, después de las vacaciones, continuar la lucha inhumana. El caso es que el cosmos no puede regularse así, con el olvido y el sueño, pues las disonancias de la injusticia y el hambre continúan perturbándolo. A mí me suenan estas técnicas a un culto que venerara el sueño reparador, la satisfacción de la barriga llena o un buen día, como he dicho, de playa. Occidente así olvida con el ritmo acompasado de la respiración, obteniendo de viejas y extrañas religiones lo que más le interesa, o sea, la iluminación y la paz que puedan disfrutarse en nuestras atomizadas sociedades, una paz que olvida el vínculo efectivo con el otro, que compadece y ama con la misma actitud beatífica y remilgada de los malos cristianos; es decir, una felicidad de supermercado, un necesario ascetismo requerido por el consumismo. La felicidad como tarea individual, como trabajo solitario ajeno a la historia. Uno puede corromperse en su trato cotidiano con los demás, que siempre tendrá garantizada la salvación y el goce místico. Se necesita, ciertamente, relajación en nuestras vidas, tanto, que ésta se eleva a estado de fusión mística con el todo. Pero el todo, es un todo sin rostro, vago, difuso, atemporal, platonizante, que garantiza la buena conciencia al occidente de los sacrificios y holocaustos ejecutados contra el prójimo, al occidente caníbal, al occidente que prefiere venerar cristales para olvidar que no venera a los delicados y hambrientos seres humanos. Así, retorna el viejo ascetismo de la vida en pareja, de la felicidad de dos, de las burbujas de bienestar y los baños de espuma, para garantizar la guerra de todos contra todos e inmunizarse contra los destrozos que ésta causa en el espíritu.
sábado, 12 de septiembre de 2009
El juego del camaleón

Hay en la magia, cuando aflora en nuestra sociedad, algo de reaccionario. Es una magia coja que no puede ya reencantar al mundo, carente de verdad y profundamente insincera. El afán manipulador de la misma no tiene alcance real y suele dejar las cosas como están. Significa un dejarse adormecer, un irresponsable cerrar los ojos, imperdonable en intelectuales como Meyrink, quien al final de su vida parece que olvidó todas sus excentricidades y se convirtió al cristianismo, a un cristianismo, cabe suponer, limpio de la manipulación mágica que el hombre también ha intentado ejercer sobre el mismo. La distancia ante el mundo que nace con la figura del intelectual permitió el análisis crítico de la sociedad, análisis que desaparece y al que se opone un sueño de camaleón. En la magia, acaso, se prefigura el autómata de nuestro tiempo, tan racional como falto de razonabilidad. Es una razón cuyos cimientos son la más atávica sinrazón. Porque su fundamento hay que hallarlo en la prepotencia del niño, a la cual hay que oponer la reflexiva humildad del hombre que se sabe hombre. La magia es la plena limitación inconsciente de que lo es, la limitación que se cree carente de límites, que puede irradiar sus tentáculos por doquier atrapando falsamente la realidad, produciendo el sueño de control. Pero el hombre mágico, en su ambiciosa desmesura, controla siendo controlado, poseído por palabras, metáforas y objetos en los que se abandona. Meyrink es un iluso, un farsante que se creyó su propia farsa y un perezoso cuyo arte aspira a ser más de lo que puede ser todo arte, y por lo cual, se convierte en una caricatura del buen arte.
domingo, 6 de septiembre de 2009
El hombre invisible
Algunos sueños literarios como El hombre invisible de H. G. Wells describen las consecuencias y ciertos rasgos de la soledad nacida con la modernidad. El desencantamiento del mundo descrito por Max Weber tiene como fenómeno correlativo el surgimiento del individuo frente al todo que lo produjo, su definición aislada y el ensalzamiento de su singularidad. Esto ha sido abundantemente señalado por artistas y pensadores contemporáneos. Se trata de una tendencia histórica ya generalizada y cuyo paradigma serían las modernas urbes, en las que la libertad ejercida entre rascacielos y favelas conlleva el precio de una cierta neurosis. Al tiempo que ha emergido, en efecto, el individuo libre, ha emergido con él una suerte de esclavitud novedosa. A esto apuntan las inquietantes historias trazadas por Kafka y las pesadillas reales que tantas muertes han producido en la última centuria. Se trata de un modus vivendis propio de nuestra época en la que el individuo solitario se ha manifestado como algo natural. El hecho de hombres y mujeres viviendo solos, naciendo y muriendo solos, en hospitales y asilos, es algo que resultaría, a todas luces, incomprensible para el hombre medieval. Con el desencantamiento del mundo nos hemos desprendido del peso de la tradición y de los demás en la propia vida, pero hemos pagado el precio del individuo solitario que se siente absolutamente libre y, al mismo tiempo, absolutamente nada. Hay una suerte de esquizofrenia social por la que el individuo solitario de la modernidad ha devenido en un absoluto que avanza en contra de lo social. Esto ha dado excelentes héroes de la contracultura y la protesta social, pero también ha desembocado en héroes de la empresa y el libre mercado. El individuo se siente fuera del tejido que lo constituye, sea éste la sociedad, la tradición o la historia.
Volviendo a la literatura, esta soledad antisocial del individuo moderno se muestra con exactitud en el triste protagonista de El hombre invisible. Como dijo Borges, este relato largo o novela es una metáfora de la soledad; de la soledad, podemos decir, iniciada con
Soledad intelectual
Alude María Zambrano, en el comienzo de su obra Persona y democracia, al desarrollo histórico de lo que ella denomina “tiempo interior”, es decir, una vivencia de la soledad del individuo que, paradójicamente, se conecta con una creciente ideología de la universalidad humana, de la íntima comunión de todos los hombres. El tiempo ritualizado de las culturas más ancladas en lo común de un pasado anquilosado era la manera arcaica que tenían y tienen los hombres de vivir ligados a una asfixiante comunidad, tradición, pueblo. La interioridad que nació en
El nacimiento de la interioridad es, en realidad, el nacimiento de la modernidad, aunque estemos hablando del siglo II. En la libertad interior promovida por el pensamiento estoico y que adquiere una enorme dimensión en Séneca, se cifra el comienzo de lo moderno. Esta es, sin duda, la prehistoria de la era del contrato social que emana de voluntades individuales y del liberalismo, en lo cual se muestra la modernidad en toda su ambigüedad, en sus luces y sombras. La antropología ilustrada es una antropología de la interioridad y el voluntarismo, con matices en función de cada autor. Se crea un ámbito desde el cual se erigen excelentes oportunidades para hombres y pueblos, pero que incurre en los peligros que la desolación postmoderna pone en evidencia. El carácter ficcional de la interioridad vale tanto para forjar derechos humanos como para incurrir en sangrantes olvidos del carácter histórico del hombre y de su materialidad. Esto ya se ve, como contradicción, en la doble dirección estoica, hacia una sincera comunión con los demás pero también hacia una soledad del individuo “virtuoso”. Es lo que ya anticipara parcialmente Pablo de Tarso, extremara San Agustín y culminara en Lutero y Calvino. El hombre solo consigo mismo (y ante Dios), en una relación puramente interior y una ética de la pureza y la virtud personales.
No soy amigo de abandonarme a las opiniones fáciles y debo advertir que una fácil impugnación del estoicismo, la modernidad o Lutero debido a las negativas consecuencias de su moralidad y antropología solipsistas es un error. En realidad, estos pensamientos son, como todos, complejos, contradictorios y turbios, de una turbiedad que les hace contener tanto infiernos como paraísos. El nacimiento de la solitaria interioridad es, en cualquier caso, el signo de nuestra época, lo que el devenir histórico ha producido, y a veces es oportuno ubicar la liberación en dicho espacio individual, acaso en las guerras del individuo consigo mismo. Desde luego, quedarse en una visión interiorista puede ser signo de cierta pobreza explicativa, como se entiende fácilmente en el liberalismo de un Stuart Mill. Acaso haya que completarse con los sistemas, estructuras, muertes del sujeto y filosofía del relato que también nos han llegado. Se trata de una ilustración que tras Nietzsche, Heidegger, Freud y Marx ya no puede ser la misma. Un curioso desencantamiento de aquello que operó desencantando al mundo. En cualquier caso podemos seguir siendo modernos, pero sin la ingenuidad de los primeros modernos, con una mayor consciencia histórica y un mejor dominio de las ficciones que los hombres entretejemos. Todo ello debe hacerse también con la consciencia de que, como hace Zambrano, esta naciente soledad del individuo se relaciona con la posibilidad de alienarse de la propia sociedad, hasta cierto punto, para ejercer una distanciada crítica de la misma.
martes, 1 de septiembre de 2009
El Rey Sol

El glamour es una invención, como las estatuas o las sinfonías, y toda mirada “horizontal” lo sabe. Ahí está la clave para no dejarse adormecer por su fuerza opiácea. Los políticos, papas o reyes glamourosos extraen de los héroes épicos y de sus legendarias hazañas su prestigio, copian la literatura de gestas o los símbolos de la literatura sagrada para añadir a su persona un plus hierático. Así, un simple hombre puede brillar como el dios que no es. También, y es evidente tras lo dicho, el glamour tiene una carga política, en la medida en que puede arrastrar a los pueblos. Los apellidos y las gestas del pasado forman la imagen del hombre glamouroso y lo elevan como un sol a la mirada de todos. Las personas y pueblos obtienen luz gracias a ellos, adquiriendo la torpe creencia de que participan en una historia que suele ser, contrariamente, inexistente o falsa. Porque el glamour es, por definición, engañoso. Hay una enorme mentira en él, conduce a peligrosas confusiones y pone en juego fuerzas terribles. Convierte a los hombres adoradores en niños, los cuales se portan, en consecuencia, como niños, llevando a cabo un juego que puede hacer daño. Los adoradores quieren ser, también, glamourosos y matarían por conseguirlo. El glamour es como el juguete de los niños o los cuentos que les hacen abrir la boca y embobarse. Y exige, además, sacrificios.
La humanidad, en su lóbrego deambular, quiere líderes, iglesias, instituciones glamourosas. Lo triste es la desaparición y la asfixia de los hombres de carne y hueso, frágiles y sufrientes, en la dorada vorágine, aturdidos sin saberlo, perdidos de irrealidad y confundidos. Es mejor ser nada y saberse nada, que ser nada y adorar imágenes que nos dotan de supuesta realidad. Porque en esta estulta adoración la inanidad se duplica. Frente a ello, acaso sería buena una vuelta a los cálices de arcilla. La mirada horizontal debe retornar las cosas a su sitio, y no ver más cosa que hombres sin envolturas.





