Los replicantes en la película Blade Runner manifiestan las características del desamparo y la deshumanización del hombre contemporáneo en la sociedad de la razón técnica-instrumental. Son seres humanos que han perdido lo específicamente humano, por lo que viven (y algunos mueren) como máquinas. Lo más característico de ellos es la falta de recuerdos, ya que son creados como Adán, sin ombligo y a los 33 años, carentes de memoria y de educación. El estado de alienación, relacionado con una configuración psicológica en la que se sienten tan libres en apariencia como atados y sin respuestas, es propio de ellos. Han perdido la matriz simbólica y mitológica que les podía ofrecer algún cobijo existencial, así como los afectos, lo cual no evita que echen de menos desesperadamente tales elementos. Se sienten ubicados por un sistema social, para una función determinada (de esclavos), pero de todos modos intentan hallar respuestas a las grandes preguntas de las que no pueden librarse pero dentro del conglomerado que los ha producido, es decir, un conglomerado social que ya no puede proporcionar el sosiego al que aspiran ni darles respuestas que habrían de buscarse fuera del mismo. Lo más parecido a Dios que se encuentran es al “dios de la biomecánica”, el todopoderoso e inteligentísimo presidente de la Tyrel Corporation , con enormes gafas de gruesos cristales, empresa encargada de fabricarlos. Pero éste sólo juega al ajedrez en su dormitorio decadente sin saber, tampoco, qué mano lo mueve a él como él mismo mueve a sus fichas en el tablero. Las preguntas quedan sin respuestas y los replicantes sólo pueden aceptar que van a morir, aunque intenten salvarse con el amor, con el inútil recuerdo de haber amado, un recuerdo que se torna una repetición también mecánica y que es diluido y desactivado también, por tanto, por la trituración sistémica e instrumental de lo humano. Lo humano, en Blade Runner, es sobre todo el formar recuerdos y venerarlos. Esto no sólo es el origen de la identidad personal, sino que puede dar un sentido global y fundamentación a lo que desde la ausencia de recuerdos carece de ello. De hecho, los replicantes viven el presente como los animales, que diría Schopenhauer, con la misma evanescente intensidad. Saben que sus vidas se pierden y se mueven como bolsas de plástico agitadas por el viento, y aunque buscan, presienten que no van a encontrar nada más que la noche y la lluvia permanente que cae sobre un Los Ángeles apocalíptico que no pueden ya vivir sus habitantes como apocalíptico, desde que han perdido lo temporal-histórico.
A los replicantes les falta la historia, carecen del contexto que proporciona el horizonte de sentido. Han perdido su espesor y sobreabundancia, reduciéndose a engranajes y eslabones de una cadena que sólo puede aceptarse, pero no comprenderse. Viven en el polo negativo de la dialéctica ilustrada, en el exceso y trampa de la desnuda razón del análisis y el dominio, en la victoria del maquinismo y la tecnocracia, en la superficie sin fondo de los escaparates contra los que Zora muere estrellada. Son tan fuertes y bellos como, en el fondo, débiles, como ángeles caídos que incluso hayan perdido aquello a lo que añorar. En Blade Runner no es posible añorar ni hay salida de una sociedad tan cosmopolita como clausurada, que no ofrece sentido a sus miembros, que ha perdido la profundidad, que posee animales y replicantes que ella misma ha fabricado, por lo que se da un alejamiento de la naturaleza, acaso paralelo al alejamiento de la matriz mitológica (Adorno). En Blade Runner no puede darse la épica, pero tampoco la utopía o la salvación, que quedan fuera de los límites de un apocalíptico Los Ángeles que anuncia para nadie, en su final que no es vivido como final sino como repetición, que la salvación acaso venga. Pero ya nadie entiende ese mensaje, en apariencia. Los ángeles anunciadores parecen flotar y deslizarse invisibles en medio de las ruinas de los rascacielos desocupados, que diría el bueno de Benjamin, de las ruinas que expresan lo acabado y destruido tanto como lo por venir, las ruinas como encrucijadas, como ventanas y puertas, como aspiración y promesa inacabadas. En este sentido, las ruinas cumplen en la película el papel del tiempo, al que hacen visible, un tiempo que los replicantes han perdido y anhelan con amor-odio, un tiempo que se inserta inocentemente en su mundo gris como breves relámpagos que destellan en la lluvia. Los replicantes buscan, de hecho, ese tipo de ruinas que los seres humanos llevamos en las carteras o guardamos enmarcadas y que se llaman fotografías de los seres queridos, ambiguas cárceles del tiempo y el maquinismo que llevan también, sin embargo, la huella de lo humano. Los tristes replicantes sólo pueden aspirar a coleccionarlas en una también ambigua reconstrucción de los anhelos humanos que nunca se pierden del todo.




