La razón dialéctica negativa de la Primera Escuela de francfort se enfrenta a una aporía en cuanto que pretende aplicarse para denunciar un mal en el todo social pero, inevitablemente, parte desde ese mismo todo. Como mencioné en el post anterior, esto se resuelve a medias apelando a un cierto orden o lugar exterior que, sin ser definido positivamente, sirve para desde el mismo identificar la patología del todo social. Se trata de una razón utópica pero cuya utopía no adquiere una forma concreta ni puede ser expresada. Se puede objetar a esto que resulta imposible este hipotético trascender de la razón que diagnostica y procura una terapia, por lo que siempre, por muy negativa que sea, la impugnación estará teñida de las categorías del presente patológico. Sin embargo, el profesor Luis Sáez señala que hay algunas maneras parciales de resolver esta supuesta inviabilidad del proyecto francfortiano. Recordemos que dicho proyecto se basa en la contradicción entre un orden social y un sujeto cuya autonomía impide. Por tanto, la impugnación se hará a dicho orden social, pero nunca a la noción moderna de sujeto y autonomía del mismo, como la crítica postmoderna sí llevará a cabo. Así pues, Adorno o Horkheimer pretenden salvar la autonomía de un sujeto que en cierto modo recuerda al sujeto kantiano.
Tal como están las cosas, esta deseable autonomía ha de postularse desde fuera, y aquí surge la necesidad de una razón que imagine cómo podrían ser las cosas de otro modo, desde la salud, para ejercer su función crítica e impugnadora del todo social como todo patológico. Para denunciar una enfermedad, debemos ostentar un modelo de salud que implica un salir fuera de la misma. Como estamos diciendo, este salir fuera resulta un imposible prácticamente, por lo que la filosofía hermenéutica ofrecerá otro tipo de soluciones que no satisfarán a Adorno o Horkheimer, como tampoco les satisfará la solución heideggeriana que tiende a su juicio al sacrificio y disolución del sujeto ilustrado. La manera de resolver todo esto serán algunos elementos específicos del pensamiento de Adorno y Horkheimer que representan maneras de señalar oblicuamente y sugerir, al estilo del arte. Así, el arte, como los sueños en el psicoanálisis, señala sin señalar directamente, por ejemplo, como lo hace la literatura y el uso de constelaciones de palabras que juntas dan idea de algo oculto que se pretende señalar.
También, Adorno dará un papel fundamental al sufrimiento como síntoma. Creo que en la historia podemos entender el sufrimiento como una serie de cabos sueltos o cuentas pendientes cuya atadura ha de postularse fuera de la historia, lo cual acerca estos planteamientos a la solución teológica (Benjamin). Así, toda la Escuela de Francfort incluido el freudomarxismo hallará síntomas concretos del sufrimiento acarreado por la patología social que se pretende diagnosticar y curar. Marcuse, Erich Fromm, incluso Reich, basan gran parte de sus teorías en esta inquietante presencia del sufrimiento que ellos explican desde lo social, como algo originado en la opresión y represión causadas por nuestra sociedad. Marcuse apuntará que la sociedad de consumo obliga a un ascetismo represivo que produce infelicidad. Erich Fromm realizará un diagnóstico semejante, aunque se señalará que no postula una curación desde fuera sino desde dentro del todo social, por lo que se le tachará incluso de conservador. Esto tiene su lógica si pensamos que cualquier cambio desde dentro que alivie el dolor contribuiría con eficacia a la permanencia, paradójicamente, de la causa del dolor.
Creo que el hecho de destapar y señalar el sufrimiento que, en efecto, producen nuestras sociedades es una manera de contribuir a su curación. Se trataría de ejercer una mirada benjaminiana que se centre en lo olvidado, lo periférico y lo marginal, una mirada que se pose en las víctimas lejos de las seducciones del espectáculo triunfalista del presente. Tendríamos un ejemplo de cómo esta mirada se anula y combate tendenciosamente en la inauguración en Dubai actualmente del rascacielos más alto del mundo. Las luces y fuegos artificiales del show no deben ocultar el horror de quienes por cuarenta euros al mes han trabajado varios años a temperaturas de cincuenta grados en pleno desierto y malviviendo hacinados. Esto hay que verlo, como los rayos x revelan imperfecciones ocultas en el organismo, y la filosofía tiene como misión más útil, en la actualidad, llevar a cabo esta denuncia.
Tal como están las cosas, esta deseable autonomía ha de postularse desde fuera, y aquí surge la necesidad de una razón que imagine cómo podrían ser las cosas de otro modo, desde la salud, para ejercer su función crítica e impugnadora del todo social como todo patológico. Para denunciar una enfermedad, debemos ostentar un modelo de salud que implica un salir fuera de la misma. Como estamos diciendo, este salir fuera resulta un imposible prácticamente, por lo que la filosofía hermenéutica ofrecerá otro tipo de soluciones que no satisfarán a Adorno o Horkheimer, como tampoco les satisfará la solución heideggeriana que tiende a su juicio al sacrificio y disolución del sujeto ilustrado. La manera de resolver todo esto serán algunos elementos específicos del pensamiento de Adorno y Horkheimer que representan maneras de señalar oblicuamente y sugerir, al estilo del arte. Así, el arte, como los sueños en el psicoanálisis, señala sin señalar directamente, por ejemplo, como lo hace la literatura y el uso de constelaciones de palabras que juntas dan idea de algo oculto que se pretende señalar.
También, Adorno dará un papel fundamental al sufrimiento como síntoma. Creo que en la historia podemos entender el sufrimiento como una serie de cabos sueltos o cuentas pendientes cuya atadura ha de postularse fuera de la historia, lo cual acerca estos planteamientos a la solución teológica (Benjamin). Así, toda la Escuela de Francfort incluido el freudomarxismo hallará síntomas concretos del sufrimiento acarreado por la patología social que se pretende diagnosticar y curar. Marcuse, Erich Fromm, incluso Reich, basan gran parte de sus teorías en esta inquietante presencia del sufrimiento que ellos explican desde lo social, como algo originado en la opresión y represión causadas por nuestra sociedad. Marcuse apuntará que la sociedad de consumo obliga a un ascetismo represivo que produce infelicidad. Erich Fromm realizará un diagnóstico semejante, aunque se señalará que no postula una curación desde fuera sino desde dentro del todo social, por lo que se le tachará incluso de conservador. Esto tiene su lógica si pensamos que cualquier cambio desde dentro que alivie el dolor contribuiría con eficacia a la permanencia, paradójicamente, de la causa del dolor.
Creo que el hecho de destapar y señalar el sufrimiento que, en efecto, producen nuestras sociedades es una manera de contribuir a su curación. Se trataría de ejercer una mirada benjaminiana que se centre en lo olvidado, lo periférico y lo marginal, una mirada que se pose en las víctimas lejos de las seducciones del espectáculo triunfalista del presente. Tendríamos un ejemplo de cómo esta mirada se anula y combate tendenciosamente en la inauguración en Dubai actualmente del rascacielos más alto del mundo. Las luces y fuegos artificiales del show no deben ocultar el horror de quienes por cuarenta euros al mes han trabajado varios años a temperaturas de cincuenta grados en pleno desierto y malviviendo hacinados. Esto hay que verlo, como los rayos x revelan imperfecciones ocultas en el organismo, y la filosofía tiene como misión más útil, en la actualidad, llevar a cabo esta denuncia.

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