lunes, 8 de febrero de 2010

Nuevo artículo publicado: Teología de la Liberación y Paulo Freire.

Acabo de ver publicado un nuevo artículo de mi autoría:

Santos, M. (2009) “Relaciones entre la Teología de la Liberación y la pedagogía de Paulo Freire”, Revista de Ciencias de la Educación, nº 220, pp. 425-444.

En él abordo algo de lo que se ocupan muy pocos estudios que me hayan venido a las manos. Se trata de las conexiones que la pedagogía de Paulo Freire tiene con la Teología de la Liberación, profundizando en lo que implican estos planteamientos comunes tanto para la teología como para la pedagogía. Destaco las líneas generales de la TL y en una segunda parte, subrayo los elementos que Freire recoge de igual manera hasta el punto que puede decirse que lo que la Teología de la Liberación es a la teología, la pedagogía de Freire es a la pedagogía. Ambas significan un intento de eludir enfoques gnostizantes, platonizantes o idealistas que conducen a una infravaloración o ceguera ante lo histórico, lo corporal o lo vital. Desde la TL se afronta el mal, como dije en un post anterior, de un modo bien alejado de las teodiceas que acababan negando el mundo para salvar la imagen de Dios. Al resultar valorado lo mundano en su justa medida, es en lo mundano, y siguiendo el dogma cristiano de la humanización de Dios en Jesucristo, donde la TL enfoca su mirada (sin que esto quiera decir que se la pueda acusar gratuitamente de inmanentista, ni mucho menos). Porque desde la defensa de la absoluta trascendencia de Dios, la humildad de este movimiento teológico opta por relacionarse humanamente con Él, dirigiendo la mirada a los términos humanos en que Dios se nos revela. Hay, por tanto, un replanteamiento de lo terrenal que supera el muy arraigado gnosticismo y platonismo heredados desde los primeros siglos (ya hay en el Nuevo Testamento y, no digamos, en San Agustín). Así, se sabe histórico todo discurso sobre Dios en cuanto que es expresado por los hombres, lo cual origina una mayor consciencia entre los teólogos de la naturaleza política de su disciplina. Así, se enfatiza que incluso el abordaje de los dogmas centrales de los primeros concilios (los ecuménicos: Constantinopla, Nicea, Calcedonia) ya nacen teñidos por el cesaropapismo, en la medida que se hacen desde las alturas de la política imperial y una vez que el cristianismo ha dejado de ser únicamente la religión de miserables que empezó siendo. Desde la teología actual también destaca este planteamiento político el excelente teólogo Metz. A partir de aquí, resulta razonable que un teólogo como José María Castillo llegue a afirmar que el cristianismo y el evangelio están muchas veces fuera de la Iglesia, y que ésta parece esforzarse en apartarse de ellos.
Otro aspecto muy importante es que, una vez identificado el componente ideológico y humano en toda teología, empezando por la más oficialista, se admite que en todas hay parcialidad, es decir, se decantan por un matiz u otro. En el caso de la TL el mayor elemento, su parcialidad, podíamos decir, es la centralidad del oprimido. Primero, porque así está en los evangelios expresado sin rodeos y con enorme contundencia. Me refiero a la parcialidad de Jesús con los últimos, los excluidos sociales y los débiles. Paralelamente, hay un cuestionamiento del poder y del dinero, llevando a formas alternativas de Iglesia que, al parecer, estarían más en consonancia con los primeros años del cristianismo, anteriores al triunfo del cesaropapismo.
El paralelismo con Freire es evidente. Para Freire la pedagogía debe esclarecer bien a qué amo sirve (elemento ideológico de toda pedagogía) y tomar partido, como de hecho, hace cualquier educador, lo sepa o no. En el caso de Freire su posicionamiento se define tomando como punto de partida y centro de la educación a los oprimidos, ya que éstos, en su situación límite, ostentan una sabiduría especial. Es decir, el lugar desde el que se hace teoría de la educación o pedagogía no es vano, sino que puede abrir o cerrar los ojos a ciertas realidades. Así, el educador que se sitúa entre los últimos, con una sensibilidad especial para ligarse a ellos, accede a ciertas verdades sobre el hombre que son invisibles desde las alturas del poder o el dinero. Estar con los oprimidos, identificando las propias opresiones, es necesario epistemológicamente, so pena de ignorar ciertas consecuencias y dinámicas muy peligrosas de nuestra realidad epocal.
Así, la pedagogía y la teoría de la educación bajan de las nubes para enfocar la mirada en lo histórico que nos constituye, sin huidizos idealismos, y para conectarse con una praxis y con una realidad concreta. Este bajar de las nubes, que implica aspectos conceptuales pero también metodológicos, implica también una horizontalización de la reflexión educativa, que tiende a hacerse desde la unidad de la teoría con la praxis, y no desde la escisión. En realidad, historizar la pedagogía, en este sentido, es democratizar la pedagogía. Esta democratización implica una lectura crítica de la realidad educativa con la intervención consciente de todas las fuerzas que la constituyen. La democratización va pareja con un proceso de concientización (toma de conciencia) que identifique las alienaciones verticalizantes que nos dividen y separan a los seres humanos y que toda educación no crítica (bancaria) reproduce.
Por último, otro paralelismo es el de la concepción de, en términos teológicos, un Reino de Dios que se realiza y anticipa parcialmente aquí y ahora (en la historia), aunque nunca se realice del todo. En los términos seculares de la pedagogía y el pensamiento, podría establecerse el equivalente con la utopía, como algo que también se anticipa aquí y ahora pero nunca se logra del todo (Bloch). Así, creo que tanto la visión teológica como la pedagógica nos ubican en una realidad dinámica y procesual, en la que se alternan bien y mal. Cuando en medio del horror propio de la historia humana (Benjamin) aparece el bien es a manera de relámpagos, como paréntesis que anticipan el no-lugar propio de la utopía. Así es, tal vez, un programa de alfabetización cuando se lleva a cabo, como una tensión hecha desde un tiempo futuro (y pasado), hecho con una carga o componente mesiánico, podría decirse, aun en términos borrosos, como mero horizonte.
Detrás de estas concepciones hay, evidentemente, unas concepciones fuertes de lo bueno, que suele equipararse con lo sano y, por tanto, oponerse a lo enfermo. Esto es muy característico del cristianismo en general y Freire, además de autores ateos como Fromm, o el marxismo y la Ilustración, por ejemplo, también lo recogen. Podíamos llamarlo el paradigma “salud-enfermedad”, como juzgar distanciadamente, periféricamente, al todo social, contra las teorías más fuertemente disolventes de modelos y valores, léase estructuralismo, Foucault o incluso, tal vez, Bourdieu. En este sentido continuamos estando en la senda de la modernidad, frente a, en el caso de la teología más oficialista, la demonización de la misma. Tanto Freire como la TL han dialogado con la modernidad, críticamente y sin miedos, pero desmarcándose de posiciones decididamente postmodernas.
Capítulo aparte merece el posicionamiento teórico y práctico ante el mal y el sufrimiento sobre todo en el discurso que propiamente se ocupa de ello con mayor implicación, como es la teología. El caso particular de la teología de la liberación, en este sentido, merece un estudio. Y respecto a la pedagogía, como saber autónomo y laico, puede mirarse con más tranquilidad a Nietzsche o Camus a la hora de abordar el mal, lo cual he desarrollado parcialmente en algún artículo ya publicado anteriormente. El mal ocupa, desde luego, a cualquier pedagogo, si es que concibe su tarea como algo más que ser funcionario. Sufrimiento, ética, utopía, transformación social… están inextricablemente unidos a la pedagogía y cualquier educador debe posicionarse ante ellos, aunque sea de hecho o inconscientemente (no olvidemos que se puede decir que se quiere la justicia y la libertad, pero no actuar en consecuencia). Aquí, por cierto, la sensibilidad crítica freireana para leer los discursos muchas veces implícitos, oblicuos, entre líneas, corporales, rebuscando debajo de la hojarasca de las palabras brillantes y glamourosas, resulta un útil instrumento.

5 comentarios:

Román Espadas,S.J. dijo...

Muy bien establecida la relación entre pedagogía freireana y teología de la liberación.
Es muy importante seguir sacando a flote todos los elementos teológicos presentes en el paradigma freireano.
¿Qué se sabe de la tesis que un sacerdote salesiano brasileño hizo en 1975 en Munstewr bajao la dirección de J.B. Metz?
P. Román Espadas, S.J. (romansj@concur.co.cu)

Marcos Santos Gómez dijo...

Gracias por sus amables indicaciones. Investigaré sobre esa tesis que dice. Señalar lo teológico en la pedagogía como en la filosofía, como elemento enriquecedor y no tanto como elemento "extraño", es una buena línea para abordar las ideas y prácticas por ejemplo de Freire. Últimamente presiento teología en todas partes, hasta en Heidegger.
Un saludo cordial.

lu dijo...

Hola MArcos. Te escribo porque buscando relaciones entre Freire y la Teología de la Liberación encontré tu blog, pero no tu artículo! Sería un atrevimiento de mi parte pedirte si podrías enviarmelo por email? Soy una doctoranda en Antropología Social de Argentina. Hace años investigo en una escuela que trabaja en clave de educación popular y estoy escribiendo mi tesis de maestría. Espero tu respuesta!Gracias!
Luciana.-

Lunazul Mextitla dijo...

Excelente, en tu artículo veo que explicas muy bien los conceptos básicos de la teología de la liberación; digamos que estos también son los aspectos positivos. Pero ¿cómo hablar de una teología de la liberación frente al pensamiento del teólogo Suizo Hans Urs von Balthasar? El cual ve a la teología como un problema.

Lunazul Mextitla dijo...

Excelente relación entre Freire y la Teología de la liberación; veo que rescatas la TL como centralización en el oprimido. Me gustaría saber ¿Cómo interpretas la critica que realiza el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, frente a la TL? Puesto que para él presenta un problema.