lunes 29 de marzo de 2010

El puzzle entero está en cada una de las piezas.


He concluido la sugerente lectura del libro Hacia una hermenéutica dialéctica de José Manuel Romero, quien tras exponer los rasgos de lo que podemos llamar hermenéutica de lo concreto de Walter Benjamin, con su proceder a base de crear constelaciones de sentido entre objetos culturales que en sí mismos permanecen opacos, se ocupa del contraste con la perspectiva de Th. W. Adorno. La diferencia entre ambos está en el papel emancipatorio o, al contrario, alienante y cosificador que conceden al arte de masas o popular. Como es sabido, Benjamin confeccionó un conocido escrito sobre la obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica, en el que encomia la pérdida del aura propia de la obra de arte fetichizada en la cultura burguesa, y su sustitución por un arte plano y transparente, capaz de manifestar a las claras su vinculación con un modo de producción determinado. Esta idea fue cuestionada por Adorno, quien prefirió fiarse de la mediación hermenéutica de un intérprete capaz de trabajar conscientemente con el arte para contraponer a la “alienada” cultura de masas un tipo de arte elitista e intelectual de la forma pura que fuera capaz de hacer lo que no puede hacer la cultura de masas, o sea, explotar hasta el límite las posibilidades formales que pueden dibujar un entorno cultural separado e inmune a la cosificación, como referente para la emancipación. De este modo, el intelectual sería un reducto o baluarte que desde su distanciamiento y gracias al mismo, pudiese ejercer la crítica y la propuesta de alternativas a una sociedad generadora de sufrimiento.


Como hace José Manuel Romero, yo prefiero quedarme con la perspectiva benjaminiana, que él completa con un capítulo dedicado a F. Jameson en torno a la postmodernidad y el arte. No conozco a este último, pero sí me siento atraído por Benjamin, como se ha manifestado a menudo en este blog. Ambos nos perfilan una hermenéutica dialéctica, en palabras de Romero, que sepa leer los fragmentos y objetos concretos monadológicamente, o sea, superando la fetichización del arte como mercancía para captar los ineludibles anhelos que trasluce incluso el arte más mercantilizado y de consumo. Así, puede eludirse una supuesta clausura del espacio social y verse una alternativa incluso en lo más vinculado a dicho espacio en su configuración actual. Según la interesante propuesta de Romero, la mirada dialéctica que obrara en este sentido, se volcaría en lo histórico fáctico social para comprender críticamente el presente, siguiendo una clave de bóveda abiertamente política y posicionada por la emancipación. Es un saber de lo concreto que se opondría al idealismo del universo de lo artístico escindido, para, de un modo semejante a la crítica de las ideologías que descubre lo histórico social en la mercancía quebrando el encubridor fetichismo de la misma, operar una crítica que descubra el entramado histórico y la raigambre histórico social del objeto cultural. Es una labor en la que se hallan entrelazados el interés político moral con la pretensión de conocimiento. Tendría el hermeneuta dialéctico que analizar formas fragmentarias y concretas extraídas del todo social para, ahondando en ellas, llegar a ese mismo todo, a su conocimiento cabal. Hay unas leyes en la historia que sólo serían visibles en la subjetividad que adopta un posicionamiento político moral. Frente al objetivismo metafísico del sistema hegeliano, pero sin renunciar a una forma de objetividad y de legalidad en la historia, el hermeneuta dialéctico propuesto por Romero, partiría de la evidencia del sufrimiento como elemento que impugna al todo social en su configuración presente (Adorno), para hallar las posibilidades que niegan dicha configuración y que se presentan como vías alternativas. La gran diferencia con Hegel sería que lo concreto no es subsumido en la dinámica global de un todo, sino que, al contrario, “[los] fragmentos arrancados y sueltos son afrontados como fragmentos que, pese a todo, contienen al todo” (P. 295). Se trata de un descifrar político de lo concreto “Capaz, en definitiva, de abrir el horizonte histórico de lo posible más allá de las limitaciones impuestas a lo pensable por la dogmática sustentadora del nuevo orden mundial”.

A este proyecto se le puede achacar, sin embargo, lo que discutiendo en torno a la ética, vimos que era achacable al pensamiento crítico francfortiano (pinchar aquí): el lugar desde dónde se ejerce la crítica debe estar, necesariamente, fuera del todo social. Pero de hecho, el hermeneuta, como desde su enfoque señalara Gadamer, pertenece a aquello que interpreta y puede, por tanto, carecer de objetividad y adecuado distanciamiento (dicha posibilidad es, de hecho, negada por la hermenéutica gadameriana, inmersa en la facticidad de un mundo de la vida). Quizás es esto lo que pretendió solventar Adorno con su elitismo de la torre de marfil del intelectual distante a las dinámicas más alienantes de su sociedad de consumo. Por otro lado, cabe preguntarse si incluso el intelectual à la Adorno está en condiciones de asegurar su “pureza” o, antes bien, es víctima de las mismas dinámicas de las que pretende distanciarse, en su capacidad de absorber todo elemento crítico. Podemos recordar la mercantilización de que ha sido objeto el gran arte supuestamente no comercial (música dodecafónica, algunas vanguardias de la forma pura, p. e.).

No obstante, con las limitaciones propias de un blog y del autor de estas líneas, la clave que consiste en descifrar elementos emancipatorios en el arte popular o de masas, alienado y hecho pura mercancía, o abruptamente nihilista (el punk), ha sido apuntada en algunos post. También, encuentro una fértil línea para interpretar lo educativo y las instituciones educativas, recogiendo fragmentos del mosaico escolar, donde hallar la verdad que es velada por el todo y la mirada historicista o funcionalista. Por ejemplo, breves discursos o imágenes (¿¡alegóricas!?) que dejan ver cómo se niegan (salvíficamente) a sí mismos en numerosas ocasiones. Se trataría, y en estas líneas me limito a apuntar sin demasiada reflexión, de una aplicación de la hermenéutica dialéctica de lo concreto a los utensilios del sistema educativo que, contra las apariencias, podrían apuntar más allá de sí mismos. Quizás hallemos una suerte de encorsetamiento y mineralidad retórica en los discursos que puestos en la constelación adecuada extraigan de sí, y a su pesar, una dinámica emancipatoria que acabe negándolos. Creo que podría darnos alguna pista otro libro cuya lectura inicio: el conocido ensayo Walter Benjamin o hacia una crítica revolucionaria, de Terry Eagleton.