martes, 6 de abril de 2010

Creacionismo sin creador

Para Heidegger el Dasein se halla en la existencia fácticamente, como en un estar arrojado, sin razón ni sentido por el que este estar arrojado pueda ser interpretado. A partir de esta experiencia, el hombre (Dasein) puede proyectar y anticipar su propia muerte, gracias a lo cual reconoce su finitud y su nulidad radical. Esta es, de hecho, la mayor posibilidad, según el filósofo alemán, para el hombre y el máximo ejercicio de su libertad. Este nihilismo es, creo, irrefutable a menos que, como señala Löwith, abandonemos el cauce de la modernidad en el que este autor ubica, a pesar de todo, a Heidegger. Este discípulo crítico de Heidegger, señala, sin embargo, otros modos de enfocar tanto la existencia como la nada, pero lo específicamente heideggeriano (Löwith dice literalmente “en el existencialismo moderno”) es que “la nada ya no es sólo ausencia de ser o contraste con el ser, sino que pertenece esencialmente al ser en cuanto tal”. Heidegger invierte los términos y considera que de la nada emerge todo ente (frente al viejo horror vacui metafísico o la sentencia clásica ex nihilo nihil fit). Así, el propio Ser extraería su significado, para el hombre Dasein, de la nada.
Todo esto es para Löwith un producto moderno, aunque no clásico (metafísica griega) ni cristiano (escolástico). Frente al estar volcado el existente hacia un futuro, el tiempo de la metafísica griega es el pasado o presente (uno se sitúa ante sus fundamentos) y no puede darse la sensibilidad para esta suerte de existencia flotante de Heidegger. El cristiano tiende a un omega que es, a la vez, el alfa. Busca a su Creador. Este es, precisamente, el aspecto cristiano secularizado que decíamos en el post anterior que caracteriza al pensamiento de Karl Jaspers. En Heidegger y en el existencialismo puro ateo de Sartre, la existencia precede a la esencia, y por tanto, ocurre al revés que tradicionalmente: la esencia es absorbida por la existencia.
Para el pensamiento metafísico tradicional es la esencia la clave que absorbe, explica y orienta toda existencia. A Aristóteles, por ejemplo, no le interesa la contingencia de la existencia humana en particular, sino la conexión entre “lo que algo es” (esencia) y “que sea” (existencia). Esto señala la limitación del pensamiento aristotélico que, lógicamente, no puede ni necesita formular la pregunta existencial: “¿Por qué hay ente y no más bien la nada?”. Queda patente en esta esencialización del ente el olvido del ser al que alude Heidegger, la desaparición del enigma del ser. El asombro aristotélico es un asombro que busca los fundamentos, que genera la pregunta por la procedencia causal, por los principios ocultos que rigen los cambios. El asombro heideggeriano o existencialista lo es por la extraña facticidad del ser en cuanto tal, por el mero hecho de que algo sea.
Tomás de Aquino añade a la metafísica aristotélica el creacionismo cristiano, lo que significa un matiz no pequeño que llega a convertirlo en un pensador más cercano, sorprendentemente y según Löwith, al existencialismo. Se trata de la existencia como milagro, del ens creatum, del surgimiento ex nihilo de toda existencia. Desde esta perspectiva, sí puede formularse como de hecho está implícito en Tomás de Aquino, la pregunta existencial: “¿Por qué hay algo en vez de nada?”. Con la salvedad de Dios, claro, toda existencia es contingente y finita (a mí me gusta emplear los términos “precaria” o incluso “indigente”, aunque tienen fuertes matices que habría que concretar recordando tal vez a Nietzsche). Según Tomás de Aquino, la existencia lo es, también, antes que la esencia (con la no pequeña salvedad mencionada de Dios como constante creador que mantiene existiendo a las cosas). La existencia de los entes no poseería un carácter esencial en un sentido fuerte, como el puramente aristotélico. La esencia se deriva del existir previo como cosa creada (ens creatum). Por todo esto, Löwith afirma que “El existencialismo es creacionismo sin creador”.
El hecho de que pueda establecerse un ente cuya esencia sería la existencia (argumento ontológico) fue, por otra parte, descartado por Kant. No puede haber deducción de la existencia a partir de una esencia (pensada, planteada por la razón) como hiciera San Anselmo. Sólo podemos plantearnos cosas finitas, que por definición, no tienen como equivalentes esencia y existencia. No obstante, Hegel volvió a relacionar dialécticamente ambas, así como ser y pensamiento. Para él, cualquier cosa finita participa de lo infinito y lo absoluto de lo divino. Aplicó a la realidad lo que según el cristianismo es sólo de Dios, y disolvió, por tanto, la diferencia entre creador y creatura. Es dentro de una reacción a este pensamiento absorbente que surgen las críticas que insisten en la positividad fáctica de la mera existencia que culminarían en los distintos existencialismos (a partir de Kierkegaard). Pero creo que, retomando lo visto en un post anterior, es preciso recalcar que no es lo mismo Heidegger o Sartre, como existencialistas (término que en realidad debe darse sólo al segundo) ateos, o un existencialismo de tipo cristiano, como Jaspers o Marcel, que veíamos era juzgado, creo que con razón, como pseudo existencialismo por el profesor Luis Sáez. Como dice Löwith, el auténtico existencialismo, de la pura y fáctica contingencia del existente, es un creacionismo… sin creador.