domingo, 11 de abril de 2010

Democracia y educación, de John Dewey I


En el libro Democracia y educación, John Dewey desarrolla una introducción a la filosofía de la educación (como expresa el subtítulo del mismo) que es muy recomendable leer para, al hilo de sus argumentos, pensar la educación. El principal punto de partida de su teoría es la noción de “experiencia”, que implica el tanteo comunicativo con su “medio ambiente” por parte del individuo, que contribuye, a su vez, a rehacer el mismo. La vida humana, individual y social, es esa actividad experiencial continua que no se ciñe a un solo estadio de la misma (infancia, por ejemplo). Este trasiego comunicativo en que consiste la experiencia humana es, propiamente, lo educativo. Vivir, por tanto, es sinónimo, para Dewey, de educar-se. Dicho esto, Dewey participa de un cierto evolucionismo por el que las sociedades primitivas son superadas en la sociedad compleja de corte democrático, que es la que posibilita una experiencia más útil. El valor que rige, por tanto, todo lo humano es la utilidad (adaptativa), es decir, un uso eficiente de la experiencia que ha de ser posibilitado por un tipo específico de sociedad que él se esfuerza en describir y que, como hemos dicho, califica como democrática.
El hombre, para Dewey, es un individuo que se encuentra en crecimiento continuo y que interactúa con un medio ambiente en gran medida social. Su actividad es determinada por el contacto con este medio ambiente que va, de algún modo, dirigiendo su experiencia y ofreciendo o negando posibilidades de crecimiento. Para juzgar como adecuado un medio ambiente social, Dewey  ante todo se atiene a lo útil. Es en función de la utilidad para que la actividad propia de la vida humana sea un crecimiento y un buen aprovechamiento de los tanteos del individuo, como el norteamericano entiende la bondad de una sociedad. Esto lo conecta él con una concepción pragmática del lenguaje, que me ha parecido próxima, filosóficamente, a la línea del segundo Wittgenstein. Distingue los conceptos y el discurso intelectual que mantiene el sentido (la conexión con la experiencia vital) y, como lacra, un discurso teórico escindido de la experiencia vital y que carece, por tanto, de sentido. Distingue pues un uso útil de lo intelectual, de un uso no útil restringido a una cultura académica fosilizada. En relación con esto, la escuela debe estar en estrecha conexión con la vida en general y no contradecir lo que ocurre fuera de ella. No obstante, Dewey se manifiesta como un convencido defensor de la institución escolar, a la cual, intenta aplicar su teoría del hombre y de la sociedad. En los primeros capítulos del libro apunta a lo que él considera un papel fundamental de la escuela: la eliminación de las diferencias de clase social y la constitución de una educación que dote a todos del mismo protagonismo y oportunidades en la sociedad. Es, por tanto, una institución necesaria para la estabilización de la sociedad y el máximo aprovechamiento de las diferencias individuales que se opone a las diferencias de clase pero que, podemos objetar, acaso contribuya a barrerlas sólo ficticiamente.  
En lógica consecuencia con su visión de la permanente plasticidad humana y su carácter social por el que ésta significa una capacidad de responder y adoptar hábitos en interacción con el entorno, entiende que la educación es, en realidad, un fin en sí mismo, y no debe entenderse como medio. En la medida en que estamos continuamente reorganizando, reconstruyendo y transformando el medio ambiente, la educación (entendida precisamente como esa actividad transformadora) es permanente.
Resulta muy interesante y esclarecedor leer la revisión que realiza Dewey de teorías pedagógicas anteriores, y cómo va perfilando la suya en relación con aquéllas. No es partidario de entender la educación como “desenvolvimiento”, al estilo de Froebel, ya que contradice su visión de lo educativo como crecimiento y multiplicidad de posibilidades, sin un objetivo metafísico final. Esto es lo propio de las teorías de corte más idealista que pecan de constreñir el libre ejercicio de las posibilidades humanas. Para Froebel, por ejemplo, habría, hipotéticamente, un final del crecimiento, lo que para Dewey, como estamos resaltando, no es posible. En Hegel, también, se da, según el norteamericano, una cierta clausura en la medida en que tiende a una conformidad de la experiencia humana con el todo, mediada por la institución. Cuestiona, coincidiendo en esto con otros enfoques filosóficos por lo demás divergentes, la absorción y negación que Hegel lleva a cabo de lo individual. También es crítico con la teoría empirista de Locke que, según él, tiende a una educación entendida como adiestramiento.
Más adelante Dewey se adentra en una interesantísima discusión con otras teorías y va definiendo cada vez más su perspectiva. Lo abordaremos en próximos posts. Pero de lo expresado hasta ahora creo que hay que destacar el carácter pragmático y utilitarista de Dewey, al que podemos criticar la nivelación que intenta llevar a cabo con la educación pero a costa de una discusión más profunda en torno a la historia y la estratificación social. Es un buen representante de una teoría pedagógica progresista reformista pero que quizás carece de un análisis de lo que ocurre en la sociedad y que tendremos que contrastar con las agudas observaciones posteriores de un Bourdieu, por ejemplo. Pero lo que me parece ya más grave es su complacencia implícita con un determinado curso de la historia, que en su concepción soterradamente evolucionista resulta el más adecuado y con el que habría que compaginar la institución escolar. Se da en él, a pesar de su espíritu crítico, una cuestionable complacencia con el presente que lo lleva a ensalzar un modelo político típicamente liberal norteamericano. En el apogeo de lo útil y de la educación que busca la utilidad, incurrimos en el olvido de la honda y tenebrosa corriente que recorre a la humanidad y de proyectos de tipo liberador-utopistas. Representa una visión ilustrada y moderna, que confía en el progreso científico y que reduce la discusión en torno a lo bueno y lo malo (la ética) a lo útil, con lo que acaba consagrándose el presente y lo dado. El mayor objetivo del aprendizaje es, para Dewey, la adquisición de habilidades para desenvolverse en el medio social. Es pues un buen teórico para emprender reformas en la sociedad y en la escuela, pero que al ser contrastado con el nervio utópico de un Iván Illich e incluso con la empatía ante el sufrimiento del oprimido de un Paulo Freire, parecería quedarse algo corto y no responder a estos anhelos radicales que también forman parte de la historia más dramática de la humanidad. Frente a estos proyectos, Dewey no acaba de dejar de ser más bien un conservador a pesar de su progresismo o inquietudes sociales, y al que, sin embargo, conviene leer bien, y no lo digo con ironía, para confrontarlo con las pedagogías más radicales.
Queda en él sin descubrir la dialéctica de la modernidad y es patente su apuesta por un tipo de individualismo que cabe preguntarse si es, en el fondo, el propio de la atomización social típica del liberalismo (por mucho que acuda a lo institucional). ¿Es su igualitarismo y combate contra la estratificación social en realidad una atomización individualista que genera nuevas alienaciones y problemas? Su antropología filosófica es moderna en el sentido de que realiza la concepción del sujeto capaz de ir conformando la historia y de, a golpe de voluntad, obtener una sociedad buena. Pero cabe preguntarse qué entiende por “transformación de la sociedad”, así como por las posibilidades de lo que se muestra como el sujeto omnipotente del liberalismo moderno, y qué espacio deja a la crítica social y hasta dónde permite que ésta llegue, y qué es, para él, y suponiendo que tenga sentido seguir apostando por ello, un intelectual. También, ¿es su ideal de la conexión con la vida real un impedimento para la constitución de elementos realmente críticos en la sociedad? Más adelante, concretaremos cómo funciona para él la sociedad en comparación con autores como Platón o Rousseau, lo que puede responder a alguna de estas preguntas. Del mismo modo habrá que ubicarlo frente al cosmopolitismo y el ideal de la ciudadanía. No obstante, por ahora nos limitamos a aludir a un posible positivismo del hecho social que puede estar eludiendo realidades subyacentes. ¿Puede ser esto un discurso perfecto para una consagración de lo dado? En cualquier caso, esta discusión tan solo está apuntada y espero continuar en próximos posts.

2 comentarios:

carbonilla.net dijo...

Magnífica entrada. Aguardo con expectación próximos posts sobre Dewey.
Curiosa sincronía: en la última entrada de mi blog hay un comentario de Josu con un cita que de alguna forma está vinculada a lo que tan bien explicas por aquí.
Gracias.
Alejandro Sarbach
http://carbonilla.net
@asarbach

Marcos Santos Gómez dijo...

Gracias, continuaremos en estos días con Dewey.