domingo, 18 de abril de 2010

Pierre Bourdieu I


Pierre Bourdieu desarrolla una sociología de conocidas consecuencias para la pedagogía (consecuencias a las que dedicaremos un próximo post). Pero lo que ahora interesa destacar, como preparación para ello, es la filosofía de la que parte su sociología. He podido comprobar en lecturas recientes que existen algunas cuestiones sumamente interesantes en su planteamiento. Así, hay en Bourdieu una crítica a la modernidad y acaso un prurito deconstructivo que me ha parecido que lo aproxima a Foucault, aunque él mismo señala que se aleja del estructuralismo de las formas y los símbolos. No hay tanto fuerzas o relaciones de fuerzas, sino puras relaciones en distintos campos. Los individuos se definen siempre en la distancia, relativa, con otros objetos, frente a una idea sustancialista del espacio, de la posición absoluta en el espacio. Entre las personas y grupos hay afinidades y, al mismo tiempo, oposiciones. Así, Bourdieu se esfuerza también en derribar las concepciones sustancialistas en la sociología y las sustituye por un enfoque marcadamente relacional, de relaciones, pero relaciones que tejen una compleja red que no obedece a la clara disposición que el marxismo, por ejemplo, ve en las relaciones de producción y entre las clases sociales. De hecho, “clase social” es ya un ejemplo de ese tipo de elaboraciones intelectuales que más allá de servir como guía para abordar la realidad, acaban sometiendo la realidad a ellas, en una mistificación de las mismas. Además, respecto al marxismo, Bourdieu lo critica en lo que éste tiene de moderno, es decir, de filosofía de la conciencia y de pensamiento basado en antítesis o pares de opuestos. El marxismo establecería una línea causal que a partir de la infraestructura económica dibujaría una superestructura ideológica de conciencias, que, aun en la falsa conciencia del oprimido que oprime, son conciencias que obran según intereses (los de la propia clase o los ajenos, producto de la enajenación que hace que uno asuma la ideología del opresor).
Otro ejemplo del tipo de visión sustancialista en la sociología es la familia. En la sociología de Bourdieu la familia es un producto del Estado, el cual es, a su vez, el  lugar en el que se define, en medio de luchas, el control por el monopolio del capital simbólico y donde se halla el poder de imponer categorías como “familia”, para definirlas y crearlas en la realidad. Así, los grupos más vinculados al Estado actual (juristas sobre todo) crean la realidad que necesitan crear. De este modo, el conjunto social está lleno de ficciones que son vividas por sus protagonistas como entidades reales, pero no de una manera consciente, o en un pensamiento causal propio del sujeto lúcido y calculador que opera según intereses, sino que hay toda una imbricación inconsciente, corporal, estructural, cognitiva del sujeto en el juego que juega y que lo lleva a jugar como juega. Ya se está, profundamente, inserto en el juego. No hay, en definitiva, una decisión previa ni mucho menos una razón estratégica para ganar en las luchas (en contra de lo que piensa Marx), sino un mero estar ya en el juego, inmerso en él, situado en él como individuo.
La noción que define las predisposiciones que se puede tener en función de las cercanías o distancias de uno respecto a grupos (no clases) en la sociedad es el habitus. Hay varios campos en los que se dan las correspondientes luchas y competencia. En el macrocampo de lo social, que incluye muchos territorios de batalla, hay una competencia en la forma de una maraña más que en la de clases muy bien definidas tal como entiende el juego, de manera geometrizante, el marxismo. Por el habitus uno incorpora para sí lo que tiene un origen social como algo natural, innato, de sentido común. Esto facilita, de hecho, una cierta endogamia de grupos (insisto, no clases sociales). Las personas concretas se configuran complejamente, según el lugar que ocupan en distintos campos (económico, cultural, etc.). Pero sí pueden perfilarse grupos (por ejemplo, los intelectuales o los juristas) que salen ganadores en unos sitios (campos) y perdedores en otros. No es pues la gran batalla de la sociedad una sola con ejércitos en pugna bien definidos, sino algo mucho más complicado y enmarañado.
Bourdieu entiende la existencia como algo estrictamente social. Así la ve. No hay una naturaleza humana, sino historias colectivas diferentes. No hay propiedades sustanciales ni esencias ni grandes determinaciones biológicas, al modo que pueden llegar a creer por ejemplo los nacionalismos, sino puras relaciones e historias, lo que creo que acerca bastante al francés al deconstructivismo genealogista posmoderno. El también famoso concepto que da título a un libro, el de “distinción”, se refiere, precisamente, a la realidad relacional en la que los individuos y grupos se definen en su proximidad o lejanía con otros individuos y grupos. Así, podemos definir al habitus, de manera más precisa, como “ese principio generador y unificador que retraduce las características intrínsecas y relacionales de una posición en un estilo de vida unitario, es decir un conjunto unitario de elección de personas, de bienes y de prácticas”. Los habitus son diferenciadores, en el sentido de que definen una posición y, además, crean las diferencias en la realidad social. Por eso, su operar es, sobre todo, clasificatorio. Es como si trazaran mapas en la realidad que acaban confundiéndose con la realidad. Mapas que dicen a la realidad cómo tiene que ser. Así, la teoría en general puede obrar también creando sustancias en el mundo, como el ya mencionado ejemplo del concepto de “clase social” en el marxismo o la familia.
La proximidad con Foucault, aunque difiera de él en otros aspectos, es a veces notoria, como puede verse en la concepción de la dominación que para Bourdieu “no es mero efecto directo de la acción ejercida por un conjunto de agentes (‘la clase dominante’) investido de poderes de coacción sino el efecto indirecto de un conjunto complejo de acciones que se engendran en la red de las coacciones cruzadas a las que cada uno de los dominantes, dominado de este modo por la estructura del campo a través del cual se ejerce la dominación, está sometido por parte de todos los demás”. Sin embargo, el relativismo del que se le podría acusar es desmentido por su visión concreta del “campo científico”. En el mismo se da, desde luego, un estar en juego y sujeto, por tanto, a luchas, así como el hecho de que cada científico ostenta un habitus (según sea, por ejemplo, un científico consolidado o uno que intenta consolidarse). Pero ello no implica que se desarrolle una búsqueda de no verdades. El científico puede disponer de una libido originada por su lugar en el campo científico pero que le inste a una búsqueda sincera de verdades y a una investigación científica bien hecha. El campo científico participa de lo mismo que otros campos, pero además tiene elementos específicos propios por lo que sigue también sus propias reglas. Dicho en pocas palabras, para dominar socialmente en este campo puede requerirse cumplir bien con las reglas del conocimiento científico. De este modo, Bourdieu no se muestra un relativista, sino que salva la posibilidad de una búsqueda y hallazgo de la verdad, frente a, quizás, posturas posmodernas mucho más extremas.