domingo, 9 de mayo de 2010

Educar para la ciudadanía universal.


En el segundo capítulo de El cultivo de la humanidad, la filósofa norteamericana Martha C. Nussbaum aborda la necesidad de educar para una “ciudadanía universal”, precisamente ante la realidad multicultural y para que esta realidad no degenere en un, a su juicio, nocivo relativismo de la diversidad cultural como último fin. Frente a esto, la coexistencia de culturas diferentes debe promover un pensamiento crítico capaz de hallar lo universalmente válido en lo propio y en lo ajeno, de manera que se tome en serio al otro y que, al mismo tiempo, se entienda lo cultural como cultural sin pretensiones de generalizar lo particular. Se trata de un difícil equilibrio que ella fundamenta en la filosofía griega y romana antigua, pero admitiendo que lo hace por ser la tradición que mejor conoce y a sabiendas de que hay elementos para una ciudadanía universal en tradiciones culturales distintas, africanas o asiáticas, por ejemplo. Así, comienza su fundamentación por Aristóteles y Platón, pero se detiene y desarrolla en especial el pensamiento del cínico Diógenes y, sobre todo, el de los estoicos tardíos (Epicteto, Séneca, Marco Aurelio). Del singular filósofo Diógenes de Sínope destaca su modo de hacer filosofía con una teatralidad dirigida a producir un shock de connotaciones socráticas (parece que Platón decía de él que era un Sócrates enloquecido). Sus golpes de efecto buscaban hacer evidente lo relativo y convencional de casi todo lo que creemos. El problema es que no hacía uso del estudio serio de textos y tradiciones ajenas, y que además no pasaba a desarrollar un programa concreto para una tradición universalista. Esto sí fue mucho más desarrollado con los estoicos, que detallaron con agudeza una pedagogía encaminada, entre otras cosas, a este ideal cosmopolita de la ciudadanía universal. Séneca o Marco Aurelio se esfuerzan en comprender las razones del otro, en entender como convencional lo que es meramente convencional y en esforzarse por alcanzar lo universal y común a todos los hombres, que es su capacidad de raciocinio y de examinar las propias creencias.
Pero como es sabido, los antiguos estoicos no produjeron una filosofía política a la altura de estas ideas y asumieron costumbres y tradiciones sociales que no cambiaron. De todos modos, Nussbaum detalla que hay un cierto espíritu crítico e incluso combativo en el estoicismo, pues tiende a la impugnación de lo que se pretende imponer injustamente como universal (las costumbres y convenciones). Esta tensión propia del estoicismo antiguo, por cierto, yo la he señalado en algún post de hace tiempo y en algunos escritos publicados en 2005 y 2008. Nussbaum relaciona esta vieja tradición clásica con autores norteamericanos (Thoreau y Emerson) y con el pensamiento liberal que subyace a la Declaración de Independencia norteamericana. Es aquí donde yo vuelvo a encontrar un tono excesivamente idealista en la pensadora que relaciono con el liberalismo, ideología, en efecto, de conocido arraigo en Estados Unidos y que podría explicar esa tradición de la argumentación y el análisis de las razones y puntos de vista, al estilo defendido por John Stuart Mill en su obra Sobre la libertad, en la cual defiende bellamente la libertad de pensamiento y de expresión, contra todo tipo de censura. Las ideas, según él, deben debatirse y juzgarse sólo por el tribunal de la razón, como parte de la búsqueda sin fin (socrática) de la verdad.
Yo sigo viendo un sesgo liberal en Nussbaum en cuanto miembro de esta tradición que parece aislar el universo de las ideas y las razones, el ámbito del debate racional, de planteamientos materialistas que la llevarían a abordar el estoicismo de un modo más real, a mi modesto entender. No es casual, por ejemplo, que los antiguos estoicos tuvieran el límite que señala respecto a la política de la época. El estoicismo es de carácter bastante moderno, en el sentido de que crea la interioridad y la privacidad como lugares para la libertad. Pero no pudieron abandonar este entorno de lo íntimo ante una historia y sociedad que quizás no acabaron de captar debido tal vez a cierto prejuicio de partida. Este prejuicio es la creencia en una capacidad aséptica y aislada del hombre particular para elevarse sobre su materialidad y poder hacerse, libremente, con ella. Hegel les achacó una escisión respecto a un mundo en el fondo inabordable para ellos, si no lo era con esa racionalidad íntima a la que tanto se agarraban. Ellos tenían una idea de razón y del operar de la razón como algo escindido y excéntrico, aunque universal.
Martha C. Nussbaum, claro está, es consciente de su posicionamiento en una línea liberal-ilustrada que defiende frente a corrientes posmodernas. Éstas, en el asunto de la ciudadanía universal, tienden a hacer prevalecer la identidad particular sobre todas las cosas, y a ver lo intercultural como multiculturalismo. Ella insiste en la posibilidad y necesidad de una búsqueda de lo común y de elementos universalizables, pero desde la atenta escucha del otro. No sé si es igualmente consciente de cómo un posicionamiento intelectual puede ser fruto de un habitus específico de la clase intelectual universitaria estadounidense, a la que ella pertenece (Bourdieu). Ostenta una confianza liberal ilustrada en un logos capaz de transformar el mundo discutiendo. En realidad, en otros post he comentado que esto hay que creerlo de un modo u otro, si no queremos un relativismo escéptico que conduce, como ella recuerda con acierto, a la famosa contradicción performativa. Así, su apuesta por un logos universal la acerca a planteamientos como el de Rawls e incluso, matizando lo que haya que matizar, a la reilustración europea de Habermas y Apel. Ciertamente es fácil encontrar una raíz socrática en este logos discursivo y dialógico de todos ellos, y también estoica. Porque los estoicos son en esto anticipatoriamente modernos.
Pero a pesar de que yo también tengo que confiar en una razón universal en la medida que abogo por una interculturalidad y no multiculturalismo, como quizás único modo de entendimiento más práctico que el de una proliferación de diferencias irreductibles constituidas en fines, también desconfío de una eliminación excesivamente rápida de los autores posmodernos que ella critica. En este sentido yo siempre acudo a un autor esencial hoy día: Enrique Dussel y a cierta filosofía que se hace en Latinoamérica, más proclive a ver las particularidades que se nos cuelan en nuestros universalismos. Aun así, el propio Dussel enarbola un cierto concepto de razón intercultural (universal) y no meramente multicultural. No obstante, para ser justos, Nussbaum y los propios estoicos no abogan por una razón ciega a lo particular y el propio Séneca o Marco Aurelio aconsejan reiterativamente entender bien al otro, ponerse en su lugar, atender a sus razones. Un tomarse en serio al otro que implica, al mismo tiempo y justo por eso, ver lo que de universal hay en el otro (y en uno mismo), así como lo meramente convencional. Esto es lo mejor para los derechos de las minorías, argumenta Nussbaum, antes que el simple reconocimiento de la diferencia como tal.