martes, 18 de mayo de 2010

Jürgen Moltmann y la resurrección


En el libro La venida de Dios. Escatología cristiana, el conocido teólogo protestante Jürgen Moltmann aborda el tema de la escatología y la resurrección en el cristianismo, comparando distintas teorías de dentro y de fuera del cristianismo acerca de la vida post mortem. Muestra lo problemático de todas ellas y se esfuerza en presentar una concepción propia que a grandes rasgos coincide con la del libro ¿Vida eterna? de Hans Küng, teólogo que he leído bastante y que aprecio. Además, hace tiempo también leí al respecto Repensar la resurrección de Torres Queiruga, libro y autor a los que me he referido anteriormente en este blog. Yo entiendo este asunto relacionado con la teodicea, ya que la escatología es la esperanza que el cristianismo propone ante el mal y la muerte. Respecto a la teodicea creo que resulta imposible, ya que cualquier intento de explicar el mal no rinde el debido y justo tributo al que sufre. La perspectiva concreta del individuo que lo padece impugna, como señala Iván Karamazov a su hermano Alioscha, cualquier justificación. Por tanto, ante el mal, sólo cabe constatarlo y, en todo caso, preguntarse qué es esa esperanza que aportan algunas religiones y que podría aliviar el sinsentido y el absurdo de la existencia contingente y finita. En el caso del cristianismo, ha habido varias teorías. La más conocida es hoy día la más discutida e impugnada por los mejores teólogos protestantes y católicos. Se trata de algo que incluso se halla presenta en la doctrina oficial de la Iglesia, como es la existencia del alma que sobrevive al cuerpo. El problema aquí es antropológico. Es decir, debemos definir con exactitud qué somos, y lo más acertado es pensar que somos lo que somos aquí, en el mundo, o sea, cuerpo. La existencia humana está inextricablemente asociada al mundo natural y al cuerpo. Todo lo que somos es materia y nuestro pensamiento, deseo, terrores… son parte de la “carne” que nos constituye. La persona, pues, es básicamente materia orgánica, vida tal como la conocemos, y se halla, en consecuencia, sometida al tiempo y al espacio. De nada serviría creer en algo que a todas luces no somos, indefinible, como es el alma, de origen griego u oriental, y que además de no responder a la realidad, tampoco le rinde la debida consideración. Es decir, la supuesta existencia del alma implica que hay una parte de nosotros que es la única salvable y válida para Dios, mientras que la otra parte, el cuerpo, es un simple desperdicio condenado a desaparecer. La consecuencia es que el mundo y el cuerpo, la materia, es considerada superable, por lo que la moral deberá tender, consciente o inconscientemente, a negarla, dándose los fenómenos de odio a la vida y a la sexualidad que los psicólogos tanto han denunciado. Es decir, la vida material (y no es concebible otra vida que la vida en la materia) es vista como algo negativo, y se sublima la esperanza en la supervivencia de un extraño e indefinible componente que en realidad nadie puede imaginar ni conocer. Así, nos podemos pasar toda la existencia renegando de aquello que somos, materia viva, cuerpo.
El alma está presente también en religiones orientales y en nuevos cultos como la new age, pero en la forma de un cierto algo inmaterial que se reencarna. Tampoco está esto exento de problematicidad, ya que de qué nos sirve un alma si no hay recuerdo de anteriores existencias. A efectos prácticos el yo que somos muere. Moltmann también repasa las teorías de la retribución (karma) por las que estaríamos obrando nuestro destino en cada existencia y purificándonos. Esto es en realidad hacer que el individuo actúe como Dios, es decir, como hacedor y juez de sí mismo en un proceso de purificación. Además, en la versión budista e hinduista se habla de un final de este proceso (no tanto en las versiones occidentales, más individualistas, de estas teorías orientales) denominado nirvana, también indefinible y similar a un no ser, con matices según las distintas corrientes religiosas. Así, la reencarnación es vista como castigo por unos (orientales) y como posibilidad de ampliar la existencia por otros (teorías actuales occidentales).
Creo que la reencarnación, como la teoría del alma, no satisfacen bien ni responden al absurdo de la existencia (siempre corporal) como algo contingente y a menudo truncado. En realidad, el mal es injustificable, y aunque el mundo tenga que ser finito (ya que si fuera infinito sería igual a Dios), ni un panteísmo o rueda de reencarnaciones, que implicaría más de lo mismo, ni el alma, que no es nuestra existencia real aquí y ahora y la cual es la necesitada de esperanza, alivio o respuesta, nada de esto parece una razonable esperanza. La solución gnóstica sería la de una renuncia a la finitud, su negación y superación, con el fin de evitar el mal. Pero de nuevo tenemos el problema de que en esa negación estamos negando lo único que según todas las evidencias somos. Por tanto, hay que tener muy claro qué somos y elaborar una concepción antropológica consistente pero desde la cual, si se escoge la fe, se pueda hablar de una esperanza. Aun así, el mal existe y por tanto la esperanza no debe entenderse como teodicea que lo justifique. El mundo puede ser, y es, realmente malo. Pero entonces, y justo por eso, surge la pregunta: ¿todo tiene que acabar mal? ¿Es la muerte la última palabra?
Ante esto, se puede optar también por soluciones ateas que lejos del nihilismo negador de la vida asuman la bondad de la vida con todo su caudal de sufrimiento, en una afirmación nietzscheana de la misma tal cual es, sin negar lo malo pero sin negar tampoco lo bueno. En realidad, la solución de Nietzsche pasa por la renuncia a una valoración global de la existencia, en su conjunto, y por una afirmación del instante y del presente que él denominó eterno retorno. Así, superando la linealidad del tiempo y la historia, la vida es calibrada por trozos (instantes) sin que se haya de ubicar una esperanza fuera de ella. Desde luego, Nietzsche, como los grandes maestros de la sospecha, enseña al teólogo receptivo que no debe perder de vista el suelo de tanto mirar al cielo. Así, su filosofía apuesta por una revalorización de la vida como tal, sin fantasmagorías, por el aquí y el ahora pero un aquí y un ahora absolutos que no se insertan en la linealidad temporal presupuesta por la escatología cristiana.
Otra solución atea, de índole pesimista, es la de Schopenhauer o el estoicismo. En este sentido, el pensamiento y la filosofía pueden convencernos de que las cosas son así, de que en el fondo nada importa, y, de una manera nihilizante, consolarnos. Hay personas capaces de esto y buenos ejemplos en la historia, pero aquí se estaría diluyendo el ahora en el todo, de un modo semejante al nirvana, y desde la nada y la muerte hallar el sosiego. Heidegger señaló esta impresente presencia que se halla en el origen, y el ser para la muerte propio del Dasein, que encara su destino y su existencia asumiendo la inanidad de su propia existencia.
Y por último, la “solución” cristiana de Moltmann (y de Küng). Consiste en entender la resurrección como una prolongación de lo truncado por el mal y la finitud propia de la existencia humana, esto es igual a una prolongación de esta vida (corporal), de sus anhelos, del deseo, en el tiempo divino (¿es esto la transfiguración?). Sería algo así como una eliminación de la mortalidad y el inicio de un nuevo tipo de existencia en Dios que prolongaría lo bueno de esta y eliminaría lo doloroso y malo también de esta. Moltmann señala la necesidad de una intervención de Dios (frente a las teorías del kharma) que hace completar lo incompleto en una suerte de nueva creación fuera de tiempo y espacio pero que no se entiende como absolutamente distinta de la que conocemos, sino que partiría de ella. Concede un gran papel, por tanto, a la Gracia, debido a la impotencia de los hombres que no puede entender como señores kharmicos de su destino. Aquí creo entrever un rasgo luterano en el teólogo que enfatiza la necesidad de la Gracia para completar aquello que no podemos completar con nuestras obras, siempre finitas e imperfectas. Pero resulta lógico que sea así, ya que no somos dioses, contra lo implícito en la sociedad actual que él considera narcisista y negadora de la mortalidad. Dios sería el fundamento para una esperanza en algo que requiere su ayuda para terminarse bien (la vida y la naturaleza), y así, el mal no tendría la última palabra como a todas luces parece tener. Además, frente a teorías que proyectan la justicia humana en el más allá (el purgatorio), Moltmann parece insistir de nuevo en la Gracia y la misericordia de Dios, por lo que, si le hacemos caso, podríamos especular (y sólo especular, pues nadie puede sustituir el juicio de Dios) con una salvación universal. En cualquier caso, Gracia, por un lado, y justicia, por otro, son dos anhelos humanos que sea del modo que sea, acaso serían satisfechos en lo que el cristianismo llama resurrección y vida eterna. Como elemento importante de esto está lo que la teología de la liberación o el propio Moltmann indican, y es la posibilidad de anticipar este tiempo divino en la existencia actual, en los instantes en los que reina la justicia y el amor.

5 comentarios:

Balam dijo...

Para un amigo cristiano al que le gusta razonar su creencia, el alma debe tener cuerpo para ser conciente. Algo que para él es desafortunado pues ya que como cree en la existencia del cielo dice que allí el alma no tendra relación con el cuerpo, osea no podrá comprender donde está.

Gracias de nuevo por su escritos.

Escuela para todos Luz ONG dijo...

Puedo equivocarme
tengo todo por delante
Y nunca me sentí tan bien

Viajo sin moverme de aquí
Chicos del espacio
Están Jugando en mi Jardín

Medirán
El azar
Con el viento…
Fuerza natural

Y me eché a la suerte
Ahh! Ahh!

Nena no volvió el ayer
Me puse delante
De mis ojos para ver

Chispas de oscuridad
No es tan importante
Sé que Dios es Bipolar

Cambiará como el mar lo que siento
Es algo Natural

Cada vez más Fuerte

Voy pisando Fósiles no me dejarán caer
Un mundo microscópico me sostiene de los pies
Naves como nubes cambian de velocidad
Mis pupilas dilatando otra noche más

Más azul
Es la luz
Si me alejo…
Fuerza Natural


Me perdí en el viaje
Nunca me sentí tan bien

Me perdí en el viaje
Nunca me sentí tan bien

Todo por delante
Todo está hablándome

Está Cambiando el Aire
Yo nunca me sentí tan bien

Marcos Santos Gómez dijo...

Amigo Balam: en efecto, aun suponiendo que existiera alma, lo que nos interesa salvar, la fuente de las esperanzas y anhelos que reclaman ser colmados, es esta existencia de aquí y ahora, del hombre de carne y hueso. De nada sirve elucubrar con un algo inmaterial que se salve, pues en todo caso así seríamos sólo a medias, como bien dices, pues la evidencia es que lo que somos es la "carne" que muere y punto.

Marcos Santos Gómez dijo...

Amiga Escuela para todos, gracias por tu aporte. Saludos.

Adar dijo...

He leido algo de J.Moltman, muy popular dentro de la corriente del protestantismo liberal a pesar de manifestar una profunda espiritualidad. Me gusta, pero entiendo que no representa sino a un sector estrecho del cristianismo contemporáneo.
Alma, a mi entender es la definición de aquello que alienta la vida terrenal.Ocurre que el "ser" (compuesto de espiritu alma y cuerpo) también es definido como un "alma" en la Escritura, con lo cual la confusión es mayor aún, pero en verdad y acorde con la Biblia -y dijeran lo que dijeran los filósofos griegos cuyas ideas se "infiltraron" en el cristianismo-, hay "algo" del ser que según las Sagradas Escrituras,estará con Cristo, después de la muerte.Llamemosle como queramos, pefo la "vida eterna" siendo una realidad por conocer a Cristo, es trascendente diga lo que diga Moltman, o Tillich, o Barth, o el papa de Roma....
Escatológicamente se nos anuncia que en la "parousía" de Cristo los muertos en El cobrarán vida y los vivos serán transformados, para recibír al Señor en Gloria.Algún nexo de unión o "hilo conductor" debe existir entre el mundo visible y el invisíble en la eternidad entre la carne y el espíritu, o el "alma" para que esto sea posíbe...