miércoles, 16 de junio de 2010

Hacia una teoría crítica de la educación


En los anteriores post hemos manifestado la necesidad de replantearse el marxismo tal como en la pedagogía nos lo ha presentado el pedagogo polaco de la época soviética Suchodolski. Por sentado doy que éste merece ser leído y bien considerado en muchas de sus interpretaciones de la realidad social y educativa. Dentro de lo que cabe, representa una visión de una mayor apertura que lo que probablemente triunfaba hegemónicamente en el mundo del antiguo bloque del Este. Pero señalamos como una de sus deficiencias la poca validez que concedía a los aspectos individuales de tipo psicológico en los seres humanos, como ámbitos que podían explicar, precisamente, algunas degeneraciones del marxismo más oficial del momento. Así, y desde una convicción que mantengo durante años, creo que la corrección que el freudomarxismo o la teoría crítica de Adorno y Horkheimer realizan a las corrientes más objetivistas del marxismo deben considerarse. Lo subjetivo, en la forma de lo psíquico, se conecta estrechamente con lo histórico y social, de manera que en la combinación de lo psíquico con lo sociológico es donde tendríamos un abordaje teórico apropiado para estudiar la educación y la sociedad. En el caso de Adorno y Horkheimer, señala Giroux en el libro cuya lectura me traigo entre manos, que echan mano, en efecto, de la psicología profunda para analizar la sociedad. “Para la Escuela de Frankfurt llegó a ser claro que la teoría de la conciencia y la psicología profunda eran necesarias para explicar las dimensiones subjetivas de la liberación y la dominación” (p. 49). El error del marxismo tradicional era, por tanto, la eliminación de la subjetividad, con lo que había cometido un error teórico y político. Horkheimer y, sobre todo, Adorno asumen la teoría freudiana, aun a sabiendas de ciertas equivocaciones debidas a su generalización de ciertas variables de tipo histórico y a la pretensión de petrificarlas en constantes antropológicas. A pesar de este reproche que en efecto podemos hacerle a la teoría freudiana, su visión de la naturaleza conflictiva del hombre y de la sociedad aportan una interesante clave para el análisis social que supo aprovechar la Teoría Crítica. Pero sobre todo fue el carácter deconstructivo del psicoanálisis lo que les sirvió como punto de apoyo para un abordaje de la sociedad de tipo negativo y que desmontase las armonías e identidades que la teoría más ingenua creía ver en la sociedad. Así, les sirvió el enfoque que en algún post hace tiempo denominé “oblicuo”, como el utilizado por Freud en la interpretación de los sueños y que en el caso de Adorno (y su amigo y maestro Benjamin) se centró especialmente en el arte, con sus contradicciones, alienaciones y anticipaciones utópicas, en su naturaleza profundamente dialéctica y ambigua (Kafka, la alegoría en el Drama barroco alemán, etc.).     
Del mismo modo que en la terapia psicoanalítica, Adorno buscó hacer consciente los conflictos anclados en el inconsciente, los conflictos reprimidos y no superados adaptativamente. Yo creo que la pista freudiana es en efecto muy fructífera, pero quizás más como teoría crítica social que como terapia individual. Esto es así precisamente por el  referido carácter deconstructivo que tiene el psicoanálisis y que lo hace excelente para desmontar y emprender genealogías (hay en efecto una cierta similitud con el Nietzsche genealogista), pero no es tan excelente para montar y afirmar positivamente, para construir. Esto vino de perlas a los frankfurtianos y conecta perfectamente con su carácter negativista que tanto hemos señalado en este blog. Además, Giroux matiza que “mientras que ambos teóricos [Adorno y Horkheimer] avanzaron enormemente en la explicación de la dinámica del autoritarismo y de la dominación psicológica, dijeron poco acerca de los aspectos formales de la conciencia que podrían suministrar las bases para la resistencia y la rebelión” (p. 54). Es decir, tanto Freud como su utilización por Adorno y Horkheimer, resultan los propios de una ambigua función de “profeta de tinieblas”. De hecho, en el caso de Horkheimer, se ha señalado que en su última etapa incurrió en un paralizante pesimismo que sucumbió al fatalismo de las dinámicas de la insuperable “sociedad administrada”. Este carácter pesimista y negativo se hace muy evidente si comparamos a ellos dos con su seguidor Habermas, cuya filosofía intentar escapar de este atolladero final de sus maestros. Sin embargo creo que puede encontrarse en Habermas un alarmante olvido de los aspectos que precisamente la razón “sangrante” de los primeros frankfurtianos abordó. Habermas considera que los aspectos esenciales sobre la existencia, por ejemplo, no entran en el campo de la razón y son patrimonio de una religión que él respeta pero no profesa. Así, tacha de teología e irracionalidad el planteamiento radical de Adorno y Horkheimer. Esto nos lleva a preguntarnos si verdaderamente Habermas significa una respuesta o simplemente elude abordar aquello que preocupó a sus maestros y que entiendo no puede ni debe ser dejado solamente a la religión. El problema es que en este abordaje de lo radical, como en la teología negativa, la razón no puede dibujar claramente lo que persigue ni elaborar identidades o afirmaciones. Debe mantenerse en el papel, sin duda trágico y sobrecogedor, que le atribuían Adorno y Horkheimer, sobre todo el primero, e incluso Walter Benjamin (sobre esto, pinchar aquí).
Otra alternativa, más cercana a éstos que la de Habermas, es la de Marcuse, según explica Giroux, al que parece encantarle. Así, “Si Adorno y Horkheimer vieron a Freud como un pesimista revolucionario, Marcuse (…) lo leyó como a un utópico revolucionario” (p. 54). En oposición a Freud, “Marcuse argumentó que el principio de realidad se refería a una forma particular de existencia histórica, cuando la escasez legítimamente dictaba la represión de los instintos. Pero en el periodo contemporáneo, esas condiciones habían sido superadas y la abundancia –no la escasez-, caracterizaba o conformaba el principio de la realidad reinante en los países industriales avanzados de Occidente” (p. 56). Ahora puede darse un tipo de trabajo no alienante y realizador. La razón tecnocrática con sus exigencias de represión y ascetismo ya no tiene razón de ser y puede optarse a experiencias gratificantes. El modelo de sociedad y economía imperante en el capitalismo obligaba a una “ultrarrepresión”, a un plus de represión por encima de la represión natural. Así, también en este autor tenemos como clave el nexo entre la estructura de la personalidad y la represión históricamente condicionada. Hay una raíz histórica en la represión individual que vivimos en la organización social y económica capitalista. No es totalmente prescindible la represión, pero sí se puede eliminar la producida, por ejemplo, por instituciones sociales como la escuela, el lugar de trabajo y la familia en el mundo capitalista. Así, se supone que podrían darse sociedades presididas por el eros en las que no se impusiera una ultrarrepresión vinculada al thanatos. De este modo, gran parte del sufrimiento del hombre contemporáneo, de tantas existencias infelices, se debe a la manera concreta en que se ha desarrollado históricamente la sociedad. De este modo, Marcuse va algo más allá que Adorno o Horkheimer. “Es la promesa de un futuro mejor más que la desesperación por la naturaleza existente de la sociedad, lo que caracteriza el trabajo de Marcuse y sus posibilidades como modo de crítica para los educadores” (p. 58).
Lo que todo esto en relación con la Escuela de Frankfurt ofrece a los educadores es, pienso como Giroux, muchísimo. “Diferente a los supuestos tradicionales y liberales de la enseñanza, con su énfasis en la continuidad y el desarrollo histórico, la teoría crítica dirige a los educadores hacia un modo de análisis que hace énfasis en la ruptura, discontinuidad y tensiones de la historia, [las] mismas que llegan a tener un valor al subrayar a la intervención humana y a la lucha como aspectos centrales, mientras que simultáneamente revela la brecha entre la sociedad como de hecho existe y la sociedad como podría ser” (p. 61). Marcuse, Adorno, Horkheimer y Benjamin “(…) suministraron una serie de construcciones teóricas valiosas por medio de las cuales se pudieron investigar la naturaleza del conocimiento producido socialmente y la experiencia de las escuelas” (p. 62). Acudiendo con ellos a la psicología es posible identificar cómo se construyen las ideologías y abordar las causas sociopsicológicas de la dominación. Será un trabajo propio del pedagogo y estudioso de la educación el análisis de cómo se constituyen las subjetividades y cómo se encarnan las ideologías en la experiencia vivida. Además, la Escuela de Frankfurt, en palabras de Giroux, “(…) también ofrece las herramientas teóricas para establecer las condiciones de las nuevas necesidades, de los nuevos sistemas de valores y prácticas sociales que toman en serio los imperativos de la pedagogía crítica” (p. 65).

2 comentarios:

Miguel C. Adrover Lausell dijo...

Saludos desde la kafquesca actualidad que llamo mi hogar, Puerto Rico. Soy maestro de escuela superior y estudiante de pedagogía (Escuela Graduada de la Universidad de Puerto Rico). Es refrescante encontrar mentes por este medio que ayuden a complementar un sediento y desorganizado marco conceptual como el mío. Espero seguir leyendo.

Marcos Santos Gómez dijo...

Saludos y muchas gracias por tu comentario. En eso estamos, en perfilar una teoría que sustente a una práctica responsable y valiente en el magisterio.