miércoles, 2 de junio de 2010

Persona, educación y marxismo.


El personalismo se sustenta en una antropología que yo he desarrollado en algunos escritos sobre educación y pedagogía, en especial al referirme al pensamiento de Paulo Freire. Este genial pedagogo representa la aplicación a la educación de concepciones extraídas de distintas corrientes filosóficas que en principio resultan contradictorias. Una de las bondades del brasileño es precisamente la sorprendente síntesis que lleva a cabo de personalismo, marxismo, existencialismo y cristianismo. Pero hay en él una base predominante de tipo materialista que le ayuda a evitar las tendenciosas idealizaciones de la pedagogía “burguesa” y a entender al hombre como ser histórico y mundano. El genial brasileño podría suscribir algunas tesis del pedagogo soviético Suchodolski, las que se refieren precisamente a la historización de la antropología. Suscribiría también probablemente la idea del oprimido como hombre alienado, cosificado, despojado del control sobre su propio destino. Pero Freire completa todo esto en una pedagogía superior, a mi juicio, a la defendida por Suchodolski. Porque Freire acude sabiamente a corrientes que el polaco tacha ligeramente de “burguesas” o “idealistas”, como es el caso del personalismo. A esto se refiere Suchodolski cuando acude a la definición (marxista) del concepto de personalidad, con lo que ya toca el ámbito que hasta ahora parecía haber evitado: el de la psique humana. Así, ésta no es, para él, la singularidad de una individualidad con capacidades en abstracto, tal como la psicología más idealista defendía, sino que, en consecuencia con el materialismo, es algo que incluye motivaciones, valoraciones, necesidades, acción, que han de pasar por el medio social, cuya expresión es a la vez individual y social. Suchodolski considera al personalismo como un ejemplo de pensamiento burgués porque contempla la personalidad como algo independiente que no se puede reducir a la realidad histórico-social y que se eleva sobre ella. Tanto en la versión religiosa como en la laica se trata de un enfoque juzgado por el marxista polaco como un sistema metafísico que propone reformas utopistas o, aun peor, reaccionarias. Así, la personalidad en el personalismo tendería a parecerse a la antigua noción de alma, y se reconocería la realidad material sólo como lugar de la encarnación de esta suerte de individualidad vaporosamente abstracta. Esto encubre un cierto desprecio de lo material insostenible para Suchodolski. Un desprecio paradójico en los tintes reduccionistas de las teorías conductistas de la psicología del comportamiento que enfatizan lo mecánico en la personalidad humana. Los estímulos que van determinando el curso de una personalidad prescinden del factor histórico-social del mundo real, restringiendo el universo de lo humano a una relación linealmente causal con el medio. Así se puede llegar a lo que Suchodolski denuncia como un exceso: la equiparación del hombre con el animal. Ya comenté en el último post que hay una diferencia cualitativa entre el universo animal y el humano, que se refiere al componente histórico como propio del segundo. Este componente histórico, de un modo distinto al de una cadena de aprendizaje, sí está presente en el psicoanálisis, pero dándose un cuestionable pesimismo por el que la sociedad no es lugar de realización y alegría para el individuo. Hay una contradicción insuperable entre sociedad e individuo que nuevas corrientes psicoanalíticas suavizaron. Pero nuestro autor continúa pasando por alto al freudomarxismo ya que juzga que estas corrientes siguen manteniendo la tesis fundamental en el psicoanálisis de que lo psíquico antecede a lo histórico social, es decir, cuenta una historia de la especie o del individuo, pero sin que se relacione jamás con aspectos cruciales de la materialidad histórica humana, como la economía. Me ha sorprendido leer esto en Suchodolski, pues lo histórico está presente e inextricablemente ligado a lo psíquico en Erich Fromm o Marcuse. Es cierto que al primero se le achacó la debilidad de su proyecto de emancipación que carecía de una impugnación al todo social como algo patológico en sí, ya que procuraba una cura dentro de ese mismo todo, a manera de remiendo o parches. Pero su concepción de enajenación que combinaba lo psíquico y lo social, así como su noción de “carácter social” sirven para entender cómo lo histórico (lo configurado históricamente) se halla presente en elementos de la personalidad y cómo la personalidad, a su vez, puede incidir en lo histórico. Creo que una concepción que emplea términos de “sociedad enferma” resulta una perspectiva global que incluye lo histórico y lo psíquico de un modo que, aunque haya de precisarse y criticarse mucho, me parece más agudo que lo superficial de la personalidad desde el punto de vista materialista de Suchodolski. Hay en él un pasar por alto el asunto de lo inconsciente, que tanto juego ha dado. Creo que hay elementos francamente revolucionarios en el psicoanálisis, aunque, insisto, haya que estudiar bien cada autor, pues habría un psicoanálisis de derechas, creo, y otro de izquierdas. Lo que mejor pone en evidencia el psicoanálisis es el sesgo de una filosofía de la conciencia de raigambre ilustrada en autores como Suchodolski. Esto va encajando con el optimismo que éste manifiesta ante el progreso y su enfrentamiento a los pesimismos ante el mismo, que no nombra con claridad. Además, hay una probable herencia hegeliana en cuanto a la institución como ámbito de la razón, que cuaja en el uso del estado por el socialismo real. Así, conciencia, progreso, técnica, institución son como “bondades” que vetean el discurso pedagógico de Suchodolski. Aunque admite que no hay un final para la revolución y que siempre habrá lo nuevo y un futuro distinto para las nuevas generaciones, pasa por alto, como Hegel, el sacrificio de los inmolados para ese progreso, incluido el propio planeta Tierra. Su triunfalismo me agrada y me disgusta a la vez, por ser cándidamente ingenuo. En mi opinión, lo revolucionario, y en esto la intuición de Benjamin es genial, es un parón antes que una marcha incesante. Así, creo que debe haber más pesimismo en el revolucionario que el mantenido por Suchodolski, al que quizás le falte pasar por Nietzsche. Hay que pensar que escribe en pleno apogeo de la URSS y en una revolución triunfante y satisfecha cuyas líneas principales estaban hechas. Pero ni entonces ni ahora queda resuelta la cuestión del lastre de negatividad arrastrado por el progreso y la historia, el sufrimiento de las víctimas.
Pero volviendo al tema de la personalidad, como es lógico, también condena nuestro pedagogo a la fenomenología y al existencialismo. Tampoco le satisface el sociologicismo que considera la personalidad como un mero producto social. Aquí se presupone una adaptación armónica al medio social o, en teorías más recientes, lo contrario, o sea, la conflictividad permanente. Suchodolski no puede aceptar ni la armonía perfecta ni la conflictividad eterna, que no encajan en el análisis dialéctico que él tiene en mente. Frente a todo ello, la antropología marxista “no separa al individuo –ni en tanto que ser corporal, ni como psique, ni como ser social- del mundo que él mismo crea, sino que analiza ‘el hombre y su mundo’ conjuntamente, es decir, al hombre como artífice del mundo y a la vez como un ser formado por su propia obra” (p. 182). Según esto, la problemática histórica se convierte en la problemática central de la antropología y en el principal elemento de la estructura de la personalidad. Marx elaboró esto a partir de Feuerbach y perfiló un hombre en el que el desarrollo no es a partir de una imagen mental de la realidad, que recuerda y asocia, sino porque organiza una actividad social y material y experimenta sus efectos. “La corriente de la historia fluye realmente por su interior, modelando la postura concreta de su vida y su conciencia, la forma concreta de su persona” (p. 184). Suchodolski realiza la importante matización de que esto no implica un determinismo por el que el hombre sería un simple producto de las relaciones sociales. El hombre responde en efecto a la realidad creada, pero al mismo tiempo es creador de ella. Desde el presupuesto de la constante transformación del medio donde se nutre el hombre, no hay lugar para un férreo determinismo, lo que coloca a Suchodolski en una posición en la que el propio Marx fue ambiguo pero que como educador se ve obligado a adoptar. No puede consistir la educación en la donación de un mundo hecho, sino en la donación de un mundo hecho y por hacer. Ambas cosas. Ahí es donde se sitúa el joven, y es donde el factor futuro entra en acción para transformar el presente.

El mundo tiene la dualidad de ser por un lado factor de desarrollo, y por otro, freno; “esto significa que el desarrollo del hombre es en igual grado la herencia de las tradiciones como su negación o rechazo, que dicho desarrollo se opera tanto mediante la identificación como a través de la contradicción” (p. 184). En el caso concreto del mundo capitalista el trabajo, en principio un concepto positivo para el marxismo, se convierte en fuente de deshumanización. Así, el fetichismo de la mercancía, el dinero conforman un ropaje social que suplanta al hombre que hubiera debido ser, que cree que es como se ve a sí mismo en el espejo de una sociedad que opera contra el propio hombre. Creo que esto es la clave del humanismo crítico marxista, y vuelve a sorprenderme la ligereza con la que Suchodolski despacha al personalismo. En esto, la orientación de Paulo Freire o la Filosofía de la realidad histórica de Ignacio Ellacuría pueden ahondar y completar aquello en lo que el marxismo parece quedarse corto. En el caso de Ellacuría no hay ni muchísimo menos una renuncia a lo material sino que esto se combina sin desaparecer, creo, con lo que podíamos denominar, en un nivel superior, lo personal. A mí me cuesta mucho, confieso, entender la educación fuera de las posibilidades que presenta el concepto de persona, aunque es cierto que hay que cuidarse de esencialismos, vaguedades y elementos suprahistóricos. Del mismo modo, no puedo entender la revolución o la liberación sin emplear este término. En realidad, la renuncia a lo que podemos denominar lo personal (siempre que incluya lo dialógico en el sentido de Buber o Lévinas) puede resultar peligrosa. El marxismo puede tener, en su versión menos personalista, una propensión al maquinismo y al triunfalismo miope. Es sintomático de esto la a mi juicio demasiado corta concepción de la religión como opio del pueblo, crítica que aunque explica ciertas formas de lo religioso, no lo agota. Tendría que pensar a fondo si “persona” puede equipararse con “mercancía” en cuanto al fetichismo producido en ambas, como si la persona pudiera ser una fantasmagoría que neutraliza y oculta el trasfondo de las relaciones sociales (de producción). Intuyo que no. En cualquier caso, es verdad la perspectiva marxista de que el medio no es un simple complejo de condiciones ante las que reacciona el individuo. Dice Suchodolski: “El hombre no es un ser acabado que pueda reaccionar de diferentes maneras según los cambios de las condiciones históricas, sino un ser que se transforma en medio de esas condiciones” (p. 185). Las mutaciones históricas no significan nuevos entornos ante los que reacciona el sujeto neutro e intemporal, sino que es este mismo sujeto el que cambia con las transformaciones en esas condiciones históricas. “Por lo tanto, como afirmaba Marx, la naturaleza que se crea a través de la historia humana es la verdadera naturaleza del hombre y, pese a su forma alienada, es la verdadera naturaleza antropológica” (p. 185). No hay individuo separado de su medio, sin que esto signifique la renuncia a la libertad, en los términos que hemos expuesto. No hay un destino al que someterse, sino que la historia es creación de los hombres reales.  La especificidad marxista, frente a planteamientos como el de Proudhon, es que no son las ideas sino los hombres vivientes implicados en las contradicciones concretas de su existencia histórica los artífices. “La naturaleza humana es, pues, histórica no sólo porque crea la historia, sino también porque se expresa y transforma en el curso de su creación de la historia” (p. 186). Esto se encuentra en las antípodas de la concepción de la personalidad que la entiende como algo que se crea al margen del proceso histórico y a la que mueven leyes específicas de los impulsos, la adaptación, la sublimación o la frustración. También se opone a la concepción de una personalidad que se realiza mediante la realización de los valores objetivos, como pretende el idealismo y la teoría idealista de la cultura y la formación. Lo encomiable de Suchodolski es, frente a estas concepciones, la idea de que no hay desarrollo del individuo al margen del desarrollo de su mundo. El hombre se crea creando el mundo en el que vive, lo que conduce a un proceso de incremento del conocimiento y de la complejidad del mundo. “Así, pues, la tarea fundamental de la educación debe consistir en preparar a los individuos para que sepan escoger racionalmente el camino de la vida que les permita salvar tanto los escollos del oportunismo como los del conformismo que contemplan los estados de hecho transitorios como la última y justa sentencia de la historia, así como el quijotismo que lleva a luchar estérilmente contra determinados aspectos del desarrollo histórico” (p. 190). Es decir, la (buena) educación consiste en situar a los hombres en condiciones de elegir adecuadamente su modo de vida. Esto implica una personalidad integrada que asuma la problemática específica de su propio tiempo

4 comentarios:

Lutsek dijo...

Interesante post. Siempre que leía personalismo solo podía asociar a Mounier y nada más. Aunque creo que el concepto de persona es demasiado paradójico por su etimología. Las máscaras se quitan, se cambian, se sacan y lo que hoy entiendo por persona me gustaría pensar que es algo que se mantiene, aunque más no sea en la memoria.

Saludos

www.actoypotencia.com.ar dijo...

Me parece muy bueno el análisis del personalismos a partir de la mirada del marxismo. Creo que el espíritu revolucionario, en tanto transformación de las condiciones sociales, añadiendo el valor irreductible de la persona, puede ser una síntesis valiosa de la lucha política. Aprovecho para invitarlos a conocer mi sitio de difusión del personalismo tanto de Mounier, pero también de Maritain y Marcel www.actoypotencia.com.ar.
Un abrazo desde Buenos Aires

Oz dijo...

Hola, el blog es muy completo y ameno de leer.
Los post son muy interesantes y actualizados con buena información.
Felicitaciones y saludos desde:
http://leyendas-de-oriente.blogspot.com/

Marcos Santos Gómez dijo...

Gracias por vuestros comentarios, amigos Lutsek, "actoypotencia" y Oz. Ya vamos por entre 300 y 400 visitas diarias al blog. Un saludo cordial.