martes, 2 de noviembre de 2010

"Filosofía ¿para qué?" de Ignacio Ellacuría


Para responder a la pregunta acerca de la necesidad de la filosofía, Ignacio Ellacuría acude a una figura que siempre le fue grata: la del filósofo Sócrates. De él destaca su vinculación a la realidad social y su preocupación por el hombre. Ambas cosas, reflexión sobre el hombre y reflexión sobre la sociedad, están vinculadas, pues no se entiende lo uno sin lo otro. Para conocer qué es verdad hay que acudir a cómo conocemos lo que es verdad, de manera que la tradición socrática plantea una suerte de giro antropológico que pone la preocupación por el sujeto que conoce, el hombre, en el centro. Pero lejos de mistificaciones e idealismos, en el hombre, como bien sabía Zubiri, se halla presente lo social de manera activa, limitando y posibilitando a la vez la elección de opciones. Podemos en este sentido retornar al post anterior para resaltar que en la filosofía de Ellacuría y de Zubiri lo social forma parte inextricable de lo personal, aunque sean niveles distintos. No podemos, por tanto, entender al hombre sin comprender el grado en que éste es, dentro de su singularidad biográfica y elecciones, hijo de su sociedad. Pero hemos de resaltar en este momento que tanto Bourdieu, a su manera, como Ellacuría, no agotan la explicación o descripción del hombre en la descripción de la sociedad que lo condiciona, como hace el historicismo. Hay una posibilidad de pensamiento exterior, en el caso de Ellacuría, capaz de evadirse hasta cierto punto y no sin peligros, del todo que es analizado. En el caso de Bourdieu esto será abordado de otro modo, en la medida en que lo social constituyente de la verdad no exime a esta de su universalidad, pero lo explicaremos en un próximo post. Ellacuría en su artículo apunta a una solución parcial al dilema entre el determinismo social y la libertad o la posibilidad del análisis objetivo (filosófico o científico).
Una cuestión que se plantea a menudo es la de distinguir ciencia de filosofía. El parecido estriba en que ambas plantean un ir más allá, en sus explicaciones, de las apariencias. Para la ciencia se trata de llegar a grandes certezas que puedan constituir leyes que expliquen y predigan regularidades en el mundo. La clave de la necesidad de la filosofía como saber estriba en que “lo que sucede es que el científico, aun en lo que ya conoce, deja todavía una serie de preguntas, que no es capaz de responder” (p. 121). Por su afán de certeza el científico puede descartar de lo real algo que es real. Pero por otro lado, el filósofo ostenta un evidente riesgo de incurrir en vaguedades y especulaciones impropias. A pesar de este peligro, Ellacuría insiste en la necesidad de filosofar.
Está como motivo para filosofar, por un lado, el problema del saber en sí y la elaboración de un metadiscurso que el propio científico realiza a menudo sobre la ciencia. Se intenta un saber del saber. En esto, no obstante, el filósofo llega más lejos, en su afán de hallar un por qué fuera de la cadena causal de los porqués. “Y este último total porqué no es para él la ley que enuncia la conexión de un antecedente con su consecuente, sino la estructura misma de la realidad, entendida en su unidad total y última” (p. 122). Es decir, el filósofo aborda lo real en sí, como un todo, y con pretensión de exterioridad, de situarse fuera. Esto se aborda en la parte de lo real capaz también de conocer la realidad, es decir, el hombre. Pero, insisto, lejos de mistificaciones del tipo de sujeto a là Sartre o del Dasein heideggeriano, lo que Ellacuría denomina “hombre” está inmerso en una realidad con distintos niveles. Por eso, puntualiza: “Pero habría que añadir qué es el hombre en la realidad, porque sólo así podríamos captar lo que es realmente el hombre, lo que es el hombre en realidad. Es aquí donde aparece la historia como el lugar de plenificación y de revelación de la realidad: el hombre socialmente considerado y haciendo historia es el lugar de la manifestación de la realidad” (p. 123).
A la pregunta por el por qué el filósofo añade la pregunta por el para qué, o sea, por el sentido. Pero el sentido de la realidad lo es siempre para el hombre, por lo que hay que preguntarse por el sentido de la vida humana, por el lugar hacia el que dirigirse para que dicha vida tenga sentido: “¿Se está llevando la propia vida personal con sentido, se está llevando la vida social e histórica, la vida política, con sentido?” (p. 123). Así pues, la filosofía es “un ingente esfuerzo de la humanidad por aclararse a sí misma qué es saber, qué es realidad y cuál es el sentido de la vida humana. Es un esfuerzo estrictamente racional, un esfuerzo sin el cual a la postre le faltaría a la humanidad racionalidad y criticidad” (pp. 123-124).
Como Bourdieu, Ellacuría ve en la comprensión de los propios condicionamientos una saludable propedéutica para liberarse de esos mismos condicionamientos en la medida de lo posible (en el fondo, creo, el délfico y socrático “conócete a ti mismo”). Para esto, Ellacuría sigue la pista de Marx en su tratamiento y definición de las ideologías, como elementos conceptuales que encubren y legitiman una situación social determinada. Hay en esto un evidente componente de no verdad que intenta suplir a la realidad. Por eso, el filósofo debe ser cuidadoso para no hacer ideología en lugar de filosofía, pues pueden confundirse en su pretensión de totalidad y ultimidad. “La ideología sería un sustitutivo de la realidad y un sustitutivo cuya finalidad objetiva sería enmascarar la realidad, especialmente la realidad socio-histórica;” (p. 125). Se trata de ver la conexión entre el contenido de un pensamiento y su relación con una determinada situación o acción (p. 125). “La filosofía, por su propia naturaleza, propendería a convertirse en ideología y tendería a convertirse en una aparente racionalización de subjetividades interesadas. Dejaría de ser inquisición racional sobre la realidad para convertirse en arma autónoma que puede ser utilizada interesadamente, sea en favor de la dominación, sea en contra de ella” (p. 125). Esto, el uso ideológico del pensamiento, es, a juicio de Ellacuría, lo que caracterizó a los sofistas frente a Sócrates (p. 125). Entonces, la filosofía puede ser ambas cosas: elemento ideologizador o elemento desideologizador. Relacionado con esto, formula Ellacuría una pregunta: “¿Es la filosofía una premeditada escapatoria de la realidad que, aun en el mejor de sus intentos, sólo sería capaz de cambiar la superficie de las ideas, para evitar el cambio de la realidad?” (p. 126). Lo que puede salvar a la filosofía de ser mera ideología es, según Ellacuría, su grado de autonomía, que la hace capaz de efectuar una crítica distanciada y hacerse singular dentro de sus condicionamientos y limitaciones de tipo histórico y social, como ocurre con las biografías personales (pp. 126-127). Aquí es donde puede, de manera paralela, leerse cómo explica este fenómeno un sociólogo como Bourdieu en sus Meditaciones pascalianas (próximos posts), que rizan el rizo de lo científico y lo social. Su punto de vista quizás es más próximo al de un científico (consciente de su propio campo de juego)  cuyas investigaciones le dan una cierta lucidez para ver los condicionamientos del saber y de la ciencia, en cuanto productos de la scholé. El hecho de que el conocimiento funcione en un marco de competitividad social y de elitismo, no lo hace falso necesariamente, pues en el campo científico hay reglas de juego que obligan a la interesada búsqueda desinteresada de la verdad. Ellacuría llega a una conclusión semejante, aunque desde un planteamiento no sociológico, sino, podíamos denominarlo, socrático (o acaso de filósofo de la sospecha). Por eso, concluye su escrito dando una enorme importancia al carácter impugnador y crítico de la filosofía, como garante de que no degenerará en ideología. Esto último es un peligro latente en un segundo momento del filosofar de tipo más afirmativo y constructivo, que consiste en la elaboración de sistemas que intentan abordar lo real (por ejemplo, me viene a la mente el marxismo, pero también la filosofía tomista o el propio Zubiri). Así pues, deben existir en toda filosofía la duda y la negación. Del mismo modo, existe en ella una inercia a salirse de la totalidad que ha de hacerse con numerosos correctivos y controles para evitar su ideologización (esto es lo que hace Marx con Hegel). Porque en su intento de abarcar la totalidad la filosofía “está amenazada de caer en mistificaciones, al convertir lo que es idea del sujeto en realidad objetiva y la realidad objetiva en puro predicado ideal” (p. 127). Debe ser siempre, también en su momento constructivo, crítica y creativa, para evitar la repetición, que es propio del pensamiento ideologizado (fosilizado y convertido en ideología). Dice: “La filosofía y la ciencia condensada en recetas se convierten inmediatamente en catecismos insatisfactorios” (p. 129).
En definitiva, concluye Ellacuría recordando que aprender filosofía ha de ser, como dijo Kant, aprender a filosofar, a lo que también ayuda desde luego el aprendizaje de un instrumental teórico y cierta preparación técnica. Pero nada puede hacerse sin valentía, creatividad y afán de búsqueda. Y la importancia de la filosofía para los hombres, en cuanto sed de verdad, es que en la verdad el hombre se juega su libertad: “es la búsqueda y el anuncio de la verdad frente a lo que la impide, lo que traerá a los hombres y a los pueblos la libertad. Una verdad operativa, pero una verdad” (p. 131). Sólo cultivando la búsqueda tenaz de lo que nos condiciona o la búsqueda de la explicación y del sentido de la totalidad de lo real y del hombre, podemos aumentar el grado de libertad y realización de los seres humanos frente a las mentiras que encadenan (las ideologías).      
 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

muchisimas gracias por esta maravillosa informacion! no tienes idea de cuanto me has ayudado!

María dijo...

Muchas gracias, fue muy útil.