El estoicismo ha sido algo tergiversado, creo, por el cristianismo, que lo adoptó de inmediato. Ya en el pensamiento de San Pablo, judío fuertemente helenizado, como es sabido, hay una gran influencia del estoicismo, escuela filosófica predominante y muy prestigiosa en la antigüedad, junto con el platonismo. Recuerdo haber leído al teólogo José María Castillo acerca de esta influencia, a su juicio perniciosa para el cristianismo, en el conocido texto de 1Cor, 13, que trata de la caridad (agape, caritas). Para Castillo el estoicismo ha producido un cristianismo de la pureza interior y la virtud personal, que ha espiritualizado el sentido propiamente histórico y relacional de la caridad. Además, ha contribuido al ideal de la resignación y la pasividad ante el mal, inhibiendo incluso el sano espíritu crítico y la vigilancia profética al poder.
Yo creo que lo que afirma Castillo es cierto, pero habría que diferenciar también entre un estoicismo pagano, entendiéndolo dentro de las claves del paganismo, y un estoicismo ya hecho a medida para cierto cristianismo emergente y, sobre todo, para el cristianismo triunfante del cesaropapismo posterior. En cualquier caso, me voy a remitir a lo que yo he podido entender en, sobre todo, Séneca, a quien, es cierto, los cristianos adoptaron con gusto. Mi tesis es que la lectura del texto 1Cor, 13 no tiene por qué vincularse a una pasividad y quietismo resignados, como si ser caritativo hubiera de relacionarse con cierta represión psicológica en la forma de rechazo a la vida y cobarde moderación. Creo que el estoicismo de Séneca al menos da para mucho más.
Ambos, cristianismo y estoicismo parten de una misma evidencia: el mundo es fuente de sufrimiento. Yo, ciertamente, también lo creo así. El mundo es, en cuanto que hace sufrir, sencillamente malo. Así, hay una lucidez en el pesimismo que, desde luego, contradeciría con buenos motivos también Nietzsche, como hemos tratado en anteriores posts, el Nietzsche de la crítica a su maestro Schopenhauer. De todos modos, en la medida en que Nietzsche acepta y encara con valentía vital el dolor, puede hablarse también de un estoicismo, en la clave más positiva y quizás pagana, en el propio genial pensador alemán. Porque el estoicismo, en un primer momento parte de una verdad, como Nietzsche reconoce en Schopenhauer, la del dolor acarreado por la contingencia y la finitud del mundo.
Una vez que el estoico Séneca ha reconocido el dolor y la inanidad de lo que le rodea, su reacción no es, desde luego, un aquietado acobardarse, sino todo lo contrario. Sin las claves trascendentes del cristianismo y su historia de salvación, el estoico, que también duda de la religión pagana, sólo tiene como única certeza que vamos a sufrir y a morir. Pero aun sabiéndolo, el estoico está en el mundo y vive con arrojo. El estoico nietzscheano, en este sentido, agarra al toro por los cuernos, no se engaña, no deja de mirar, aunque sus ojos contemplen la nada. Y adopta una respuesta práctica, es decir, una ética. Una ética que no es, insisto, un dejar al mal campar a sus anchas, sino una ética para la vida, a pesar de que se prepare, al mismo tiempo, para la muerte. Porque hay que darle la razón. El mundo duele, y duele mucho. Aunque no lo queramos, el mal sí campa a sus anchas. Y el estoico lo sabe, sin engañarse con fantasmagorías. Es verdad que el estoicismo griego se funda en una idea fuerte de virtud (areté), pero ya en Séneca, como apunta María Zambrano, prevalece el aspecto tenebroso y la nada devoradora. Séneca acude a la virtud (virtus), a la que a veces substancializa e incluso diviniza, pero finalmente, convertida en un precario asidero sometido, también, al acoso de la nada. Su mérito es que, no obstante, vive activamente. No hay tanto resignación y pasividad, sino un combate realista, razonable y trágico. De aquí que del estoico pueda decirse que practica un heroísmo trágico que yo en alguna ocasión relacioné con la ética del segundo Albert Camus e incluso, como ahora estoy haciendo, con Nietzsche. Para Séneca, la respuesta al mal no es otra que la actuación justa y buena, aunque él no explique exactamente por qué. Es como una suerte de asidero o apuesta que nos ayuda, a pesar de su fragilidad, a vivir como seres humanos y no como esclavos asustados. Así, la caritas cristiana, puede aprender de esta concepción producto del paganismo precisamente su fuerza humilde, es decir y llevándolo a un plano político social, su fuerza sin glamour, sin medallas, sin premios. Las personas buenas que he conocido, cristianas, ateas o de otras religiones, participan, a nivel práctico, de esta actitud de modesta y callada combatividad. Por eso, dudo si es mejor o no llamarlas héroes o sencillamente cambiar nuestro concepto de heroísmo. Si miramos al lúgubre tiempo del nazismo, como señala Todorov, los auténticos héroes hicieron su labor con total silencio y con sumo riesgo para sus vidas. Son quienes acogieron a personas perseguidas (como ocurrió con la familia de Ana Frank) y las insertaron en sus vidas, que acabaron siendo desde entonces vidas peligrosas, molestas, perturbadas por el otro perseguido. Acogieron a ese otro y, en el más absoluto silencio, durante y después, lo salvaron. Pero no hablo de combatientes en las milicias, ni héroes de guerra o grandes generales en absoluto. Si el de estos héroes silenciosos es heroísmo, es otro tipo de heroísmo, que no cosecha monumentos y que no consta en las enciclopedias. Es el carácter modesto y callado del bien verdadero, que ha de ejercerse, estoicamente, contra corriente. Así, aquellos héroes anónimos constituyen el horizonte, sépanlo o no, de las personas que actualmente, en el más puro anonimato, en uno u otro modo se la juegan. Creo que el meollo de la ética estoica de Séneca, al menos, está aquí. Es evidente, por tanto, que poco tiene que ver con la falsa humildad del que no lucha ni se enfrenta activamente al peligro, sino que es una humildad que cambia el mundo en silencio, sin glamour. Esto es, tal vez, lo que nos dice Séneca y lo que, también, nos dice el apóstol Pablo.







