Respecto a la cuestión del sentido de la historia, Ellacuría afirma, siguiendo planteamientos de Zubiri y tras una discusión a partir de Hegel en el texto que estamos comentando, que la historia tiene sentido. Esto no implica que se conozca el contenido de lo que va a ocurrir, sino que se sabe que la historia tiende a una absolutización de lo personal, como señalamos en el post anterior. “En este orden del sentido fundamental, del sentido metafísico de la historia, puede y debe verse la historia como la actualidad última de la apertura y de la realización transcendentales de la realidad. Dicho de otro modo, la historia es el modo último y total de realización de la realidad” (130). Pero es importante señalar que este orden de la historia es un orden abierto, que depende en cuanto a lo que suceda, de lo que ocurra en la realidad, sin que se pueda determinar con exactitud la dirección de la historia, los hechos que puedan acontecer. “La realidad es dinámica desde sí misma y por sí misma; en razón de este dinamismo va dando de sí y en este dar de sí es como van apareciendo nuevas formas de realidad” (130). Así pues, la realidad es un enorme proceso de realización del todo. Un todo sustentado por la respectividad de lo real, y que constituye una unidad “respectiva y dinámica”. Es en este fondo en el que se va definiendo el sentido de la historia. Se trata de un nivel superior que integra y eleva también a lo natural, que se puede decir continúa su evolución históricamente, en la medida en que el obrar del hombre refluye sobre lo natural. Así pues, hay una trascendentalidad del orden abierto de la historia en el que se va realizando el hombre. De hecho, la apertura de la historia se vincula con la apertura de la persona. Ellacuría considera una realidad lo personal, propiamente humana. Por eso, la praxis histórica “es un dinamismo creacional o cuasi-creacional, que lleva a la realización de la persona en tanto que persona y, por tanto, a una planificación de la realidad, de la verdad, de la bondad y de la belleza, que solo se actualizan formalmente en la praxis fundamental que es la vida humana” (132). Así, la personalización también presupone la historia, que es propiamente lo que la posibilita. La historia va proporcionando el material de capacidades para que la persona se realice. Así, no hay un sujeto abstracto ni debe entenderse la persona como algo abstraído de la historia y exento de materialidad, sino que al contrario, la persona requiere de lo que va hallando en la historia para actuar y hacerse. Por eso, “Es (…) la historia como sistema de posibilidades, a donde deben volverse los hombres que buscan humanizar la humanidad, que buscan el que todos tengan una vida más plena; del sistema de posibilidades ofrecido penderá en gran parte el tipo de humanidad que a los hombres les es dado desarrollar” (132).Así, el hombre va creándose en función de las capacidades que le proporciona su realidad histórica, a la cual también va transformando. La historia sería, en este sentido, el sistema de posibilidades con que se encuentra el hombre en un tiempo dado. Esto parece tender en Ellacuría, creo, a un cierto evolucionismo por el que las posibilidades van aumentando y enriqueciéndose, de manera que puede incrementarse el margen de libertad del hombre gracias a ello. Pero esto no debe entenderse como un principio general por encima de los hombres, sino como algo en lo que ellos son quienes intervienen con sus opciones y actos. Porque las nuevas posibilidades van siendo creadas por los hombres siempre a partir de las posibilidades dadas. Lo que señalaría un sentido positivo en el proceso es, precisamente, si se da el aumento del grado de libertad y de posibilidades de realización.
Pero lejos de todo voluntarismo en abstracto, la historia es un proceso sistemático que debe contar con lo existente para transformarse. Unos momentos se apoyan formalmente en otros. La historia es, pues, un principio posicional, un contexto o marco en el que se ha de desarrollar la vida humana. Todos vivimos situados en la historia y es desde esta situación que se desarrollan nuestras vidas. La historia es un lugar en el que se colocan las cosas, que nunca vienen dadas fuera de ella. Es el marco propio de lo humano. Por eso, “Dar sentido a un hecho histórico sería, entonces, mostrar cómo ese suceso tuvo que aparecer en ese momento o, al menos, sólo pudo aparecer en ese momento. La historia no es el reino de la casualidad ni es el reino de la necesidad; es el reino de la posibilidad desde el que se puede llegar a cuantificar una probabilidad” (137).
La historia, además, se va totalizando, es un principio de totalidad, en el que las partes no pierden su singularidad, frente a Hegel. Antes bien, la totalidad exige la diversidad, pues es una totalidad sistemática y estructural en el que los elementos se posicionan estática y dinámicamente. Es una totalización procesual que no elimina la libre optatividad humana. En este dinamismo ocurre una cierta revelación, que en Zubiri tiene un sentido teológico. En cualquier caso, es una revelación que no debe interpretarse como desvelamiento sino como actualización. Lo que propiamente se revela en la historia es la realidad. “Sólo en la historia y por la historia sabremos lo que es la realidad, y sólo en la historia y por la historia sabremos lo que es el hombre. Y esto no primariamente porque vayan aumentando los conocimientos del hombre, sino porque la realidad misma va dando más de sí y porque el hombre mismo, el género humano, va haciéndose más real, en virtud del acrecentamiento de sus capacidades” (140). Así pues, la verdad es histórica y sólo históricamente puede conocerse.

