El paradigma moderno, lo hemos dicho a menudo en este blog, presupone, por un lado, la existencia de hechos considerados datos puros que existen sin contradicción en la naturaleza y que, por otro lado, pueden ser captados como reflejos que coinciden con el modelo, por parte de un sujeto. Todo se basa en la identidad de un hecho consigo mismo, en su consistencia, que permite captarlo como un todo por una razón que se acopla identificativamente a los hechos. Tanto la filosofía analítica (Frege) como la fenomenología, a pesar de sus diferentes puntos de partida, coinciden en un cierto culto a los hechos, bien sea como datos puros de la experiencia (filosofía analítica, positivismo) o como datos puros de la conciencia intencional (fenomenología). En cualquier caso es posible una captación de lo real que puede expresar lo que es, sin fisuras. Así, incluso la fenomenología orbita en la antigua tradición de la metafísica occidental según la cual el ser es uno, verdadero y bueno. En medio de la aparente multiplicidad de los datos sensibles, hay una mismidad o presencia que preexiste a todos los juicios posibles y que garantiza la fortaleza de la apariencia (Sartre). El ser se presenta, aparece. En la situación propia del hombre, el ser es antecedido por la existencia, auténtica forma ésta del ser, un ser que es apariencia antes que esencia. Pero esto también se sustenta en una idea de unidad que caracteriza a todas las cosas y a todo lo que existe y que permite su captación. Esa unidad e identidad perfecta facilita que pueda ser captada, bien sea al modo fenomenológico o también como experiencia sensible en la tradición realista que derivó en el conocimiento como reflejo o captación intelectual de lo real a partir de la experiencia, cultivado por el positivismo lógico (Russell, Tractatus). Pero el supuesto e ideal de un conocimiento uniforme y puro es compartido, de un modo u otro, por toda la tradición filosófica, incluido el kantismo. Bien sea el sujeto que capta como un espejo, o el sujeto que constituye a partir de la experiencia, o bien el sujeto de la conciencia intencional, siempre hay una suerte de dicotomía entre el sujeto que conoce y un mundo distinto de sí que él es capaz de captar.
Pero la crisis de lo que podríamos denominar este pensamiento de la identidad o metafísica de la presencia, llega tras Nietzsche, sobre todo en la figura de Heidegger. A partir de aquí, ese presente puro del dato captable por el sujeto resulta una ilusión, pues lo que caracteriza al presente no es ya la identidad sino la diferencia. Porque el presente difiere de sí. Como afirma Dardo Scavino en su magistral exposición: “Lejos de servir como fundamento para la ciencia, la conciencia nos engaña, ya que percibe una identidad allí donde hay, por el contrario, una diferencia” (p. 28). Esta es la base del pensamiento de la diferencia del filósofo Derrida, por lo que la conciencia que capta unidades, puede, lejos de garantizar la unidad del mundo, resultar una ilusión. El conocimiento se basaría en esta ilusión de que el mundo como un todo o bien en sus trozos, se constituye por identidades, por unidades puras afirmativas y presenciales. Esto entronca con una tradición, también propia de la filosofía, de sospecha ante lo dado, de impugnación a la conciencia cuyos objetos pueden ser simulaciones o verdades parciales, falsas verdades que ocultan dobleces y recovecos (Freud, Nietzsche), o contradicciones (Marx). “Al desconstruir el concepto de presencia, de ese ser uno, verdadero y bueno, Derrida inicia entonces la crítica de lo que llama la ‘onto-teo-logía’: el discurso (logos) acerca de la cosa (ontos) considerada como Dios (theos)” (28-29). Lo importante de esto es la relación que la metafísica occidental siempre había supuesto entre Dios o el Hombre como garantes de la lógica, la razón o la posibilidad de un discurso verdadero acerca de todo lo que existe (p. 29).
El planteamiento crítico de Derrida parte de otro autor, según Scavino: Saussure. Según el estructuralismo lingüístico, lo que define a un término ya no es su identidad con la realidad, con un objeto de la realidad (condiciones de verdad, en la expresión de Frege), sino sus acepciones convencionales dentro de una determinada lengua. “El significado no se confunde con el referente, o con el objeto designado, sino con una definición aceptada o convencional en el sistema de la lengua” (30). No es que hay sentidos distintos a partir de una realidad o referente, sino que hay sentidos a partir de sentidos, en una cadena sin final. Esto es ejemplificado por la comparación entre lenguas distintas que parecen suponer mundos distintos. Porque no hay una captación lingüística del mundo, fiel al mundo como último referente. Así, “Sustitución y sucesión van a convertirse, en el discurso derridiano, en dos formas de la diferencia (o differance)” (32). Además de la pérdida del referente real o mundano, también ocurre que la propia identidad del signo es aparente, pues en todo signo o referente habitan otros signos o referentes, acaso antitéticos, que son traídos soterradamente a colación por la evocación del signo. Hay cadenas sintagmáticas en las que se ubican los signos, aun estando aparentemente aislados. Hay un pasado, y unas sombras que acompañan a todo signo y que ponen en cuestionamiento su identidad. Hay también un futuro en el signo que implica que la cadena en la que se va transformando o deshaciendo es interminable, y siempre existirá la posibilidad de nuevos movimientos y sucesiones. Por eso, el sentido es algo perennemente diferido. Hay como una suerte de tendencia a fugarse de sí, a evadirse de sí mismo, en todos los signos, cuya afirmación e identidad aparentes disimulan que los constituyen un cúmulo entremezclado de divergencias y tensiones. Tal como lo entiende Derrida, esto va mucho más allá de, por ejemplo, Hegel, que aunque sitúa lo contrario (negación) como constituyente de la afirmación, en las cosas o en el concepto, continúa aceptando una cierta identidad en los momentos del sistema y en el propio todo o sistema como tal, que llega a ser una suerte de objeto mayor aunque contenga una sucesión de afirmaciones y negaciones. Lo importante es que para Derrida nunca se llega a un final, ni hay una suerte de ley general o metafísica que asume todas las diferencias, sino que hay una mera sucesión sin forma de sentidos siempre en suspenso.
Dardo Scavino extrae unas consecuencias del pensamiento de la diferencia derridiano que, en efecto, éste conlleva y Derrida expone en sus obras. Una es la de la conocida preeminencia de la escritura sobre el habla, basada en que en la escritura resulta más patente que el significado de un significante ya no es un referente (la cosa misma) sino otro significante. Al contrario, el habla crea la ilusión de la identidad. “Cuando hablamos, en cambio, caemos en la ilusión metafísica de la referencialidad y de la univocidad: pensamos que existe una correspondencia, o una adecuación, entre las palabras y las cosas, entre los discursos y el mundo” (34). Esta es la ilusión que Rorty va a denominar logocentrismo o filosofía de la representación. El discurso o lenguaje supone “que el lenguaje puede reflejar las cosas tal cual son o tal como la percibió desinteresadamente una conciencia que mantendría una relación inmediata con la cosa, anterior a toda significación cultural o a todo lenguaje” (34).
Pero una segunda consecuencia que yo calificaría de estremecedora, es que no puede establecerse una distinción precisa entre el discurso unívoco de la ciencia y el discurso equívoco de la ficción (35). Esto es en la medida en que ya no hay referencialidad en el lenguaje. Éste se hunde en una dimensión metafórica que ya fuera señalada genialmente por parte de Nietzsche. Para éste, las verdades son antiguas metáforas olvidadas, que han dejado de tenerse como tales, como metáforas producto del ingenio creativo humano. Esta consideración del lenguaje como metáfora implica que el conocimiento filosófico consista en etimologías, a la caza de un origen perdido. Este etimologismo es heredado por Derrida de Heidegger y de Nietzsche. Subyace a la pasión genealogista de las cadenas que atraviesan a la historia, de gran parte del pensamiento del siglo XX en su vertiente postmoderna (Foucault). Según esta línea filosófica, el ser humano es antes poeta que científico.
Como tercera consecuencia señalada por Dardo Scavino en su exposición sobre Derrida, tenemos que las cosas no están antes que el discurso, sino al revés. En realidad, nunca hubo un hecho inicial, originario, puro, que esté a la base de la sucesión de significados. “en el origen había ya una interpretación que interpretaba otra interpretación” (36). Esta es, señala Scavino, la versión derridiana del eterno retorno nietzscheano (37). Es la interpretación el origen de todo, lo que ocurre incesantemente y re-construye el mundo en un ciclo sin final ni principio. La interpretación crea el mundo, en el sentido que los antiguos griegos daban al término poeta, intérprete y creador a la vez de la realidad. Por eso, el mundo sería una pura fábula, como dice Foucault en esta cita que tomo del libro de Scavino: “Si la interpretación nunca puede acabarse es sencillamente porque no hay nada que interpretar, pues en el fondo todo es ya interpretación, cada signo es en sí mismo no la cosa que se ofrece a la interpretación sino la interpretación de otros signos” (37-38). No hay fundamento ni principio que subyazca detrás de las interpretaciones que se suceden y multiplican como espejos dentro de espejos, en la conocida imagen con visos de pesadilla que atraviesa la literatura de
Borges. Pero respecto a éste, en la medida en que esto tenga algo de pesadilla o de infierno, debamos matizar que late un
pathos platónico que intenta creer que todo tiene un modelo ideal pero en el que, trágicamente, difícilmente puede creerse. Según
Juan Nuño, Borges sería Platón pero como si Platón hubiera perdido su fe en las ideas, aunque las siga necesitando para desenvolverse en un mundo deshecho en significantes que ya no se refieren a nada fuera de sí. Borges ostenta la estoica posición de quien acepta la deleznable “realidad” de la pared de la caverna, sin que ya existe nada externo a la caverna ni otra iluminación posible. Es esta suerte de platonismo desencantado y sui generis lo que define la filosofía borgesiana, si es que puede hablarse ya de filosofía en Borges, y no de un algo espantoso que la antecede. La filosofía, en él, sería, como en los últimos estoicos, una resignación o cura ante lo inadmisible e incomprensible del mundo. En Borges creo que puede palparse toda la tristeza y el sentimiento de pérdida que en ocasiones asociamos a la denominada “postmodernidad”.