Estoy releyendo el libro Filosofía de la realidad histórica de Ignacio Ellacuría, una obra amena y jugosa que pretende situar el núcleo de la reflexión filosófica en la historia, pero sin dejar atrás todos los factores materiales, desde la propia materia como tal, que incluye lo que siguiendo a Zubiri Ellacuría denomina “temporeidad” (distintos niveles cualitativos de la temporalidad en función del sector de la realidad en el que habita) y lo espacioso (también hay niveles dentro de la naturaleza espacial de las cosas que lo distancian de la visión estático-cartesiana-newtoniana que usualmente manejamos). Así, no es el de Ellacuría o Zubiri un punto de vista kantiano por el que la subjetividad añade el tiempo y el espacio, sino que se trata de cualidades de la materia que necesariamente las incluye, porque es así: temporal y espacial. La realidad es, pues, material y dinámica, componiéndose de “notas” que son elementos que ocupan una posición relativa y que se vinculan dentro de una red a las demás notas. Al variar una nota, varía el todo, y al variar el todo (la estructura de las notas, su combinación), varía cada nota individual. Ésta es la metáfora que recuerda a lo que ocurre en la música de la constitución compleja y relacional del universo. Todo en él es “respectivo”, es decir, todo se halla en mutua relación e interacción, y depende tanto de sí como del conjunto para ser lo que es. Las notas no son pues un equivalente de los átomos del viejo sistema atomista griego, sino algo que combina estatismo y dinamismo, algo que es relacional o no es, lejos de la visión del átomo como partícula mínima absoluta.
En explicar el dinamismo intrínseco que conlleva cada nota, cada sistema de notas y cada nivel y subnivel de realidad, Ellacuría dedica numerosas páginas al principio de su libro, siguiendo en especial a Zubiri y, como éste, trayendo a colación algunas realidades de la materia enseñadas por la física (relatividad, por ejemplo). Pero su concepto de materia no es equivalente a “material”, como cree el fisicalismo o cierto marxismo más ingenuo (Engels). La materia es lo real, pero incluyendo características y cualidades más allá de lo meramente material, como es, hemos dicho, la temporeidad y lo espacioso. Hay también un dar más de sí propio de cada nota que se refleja en el continuo despliegue de la realidad en distintos niveles. Pero “Lo superior no abandona lo anterior, sino que lo reasume sin anularlo; al contrario, es lo anterior lo que subtiende dinámicamente lo posterior” (p. 29). Esta es una idea fundamental en Ellacuría que aplicará en toda su reflexión filosófica y que recoge de su maestro Zubiri. De éste viene la idea de que “La realidad entera formaría una sola unidad resultado de un proceso en virtud del dinamismo estructurante y estructural que le compete a la realidad en cuanto tal” (p. 25). Se trata de una realidad que es un todo dinámico y no uniforme, no es en absoluto algo homogéneo, como lo son los elementos y principios materiales en la vieja filosofía griega. Así, el sistema de Zubiri es materialista y mundano: “(…) la unidad física real y constatable del mundo no admite como ‘parte’ de esa unidad física algo que no puede entrar en ella, una realidad que no sea intrínsecamente respectiva a ese tipo de realidades que forman unitariamente un mundo” (p. 26). Hay, por tanto, en Zubiri una unidad de lo real que, según vaya explicando sus características y dinamismo, queda patente que tiende a una apertura. Esto se plantea, por ejemplo, en el asunto del determinismo y el azar, al que Ellacuría dedica varias páginas, repasando teorías y mostrando que es una falsa dicotomía, que el dilema se resuelve mediante un determinismo de tipo probabilístico (como el de la física cuántica), que marca un sentido, pero no delimita exactamente la ruta, que va a depender de la configuración en un cierto momento del todo de lo real. Hay un dinamismo que responde a conexiones y causas, pero esto no lo cierra necesariamente, debido a la complejidad del mundo y de la interacción de sus notas.
La filosofía estudia la unidad que compone lo real, pero entendiéndola, como hemos señalado, no como un solo objeto, como la unidad de una cosa. La unidad no se eleva como una cosa superior que anule a los individuos, sino que es unidad en la que los individuos mantienen su individualidad. “Es esta unidad procesual la que es objeto de la filosofía” (p. 29). Ellacuría señala dos autores, además de Zubiri, que establecen la realidad como un todo como objeto de la filosofía: Hegel y Marx. Pero se centrará en especial en la visión zubiriana: “En Zubiri, el objeto de la filosofía es la realidad unitaria intramundana en su proceso hacia formas superiores de realidad tales como se dan en la persona humana y en la historia. En cada uno de los tres, el tratamiento de esa unidad es distinto: filosófico-idealista en Hegel, científico-materialista en Marx, filosófico-realista en Zubiri” (p. 30). La unidad del todo (mundo) se basa en la respectividad de la realidad. “El principio transcendental de la unidad es la realidad misma de cada cosa real, que por ser real es intrínseca y constitutivamente respectiva a cualquier otra cosa real intramundana y material; sobre este carácter respectivo de la realidad en tanto que realidad se funda toda otra ulterior forma de unidad sea de tipo relación sea de tipo funcional. Quien ha sostenido más vigorosamente esta tesis ha sido Zubiri, al referirse al concepto de respectividad” (p. 31). Esta unidad lo es de la propia realidad, no una mera necesidad de la razón, como ocurre en Kant. “Es la realidad misma la que es total y hay, además, diversos sujetos de totalización, pues ciertamente hay un cierto nivel de totalización que es sensible. Lo cual no obsta a que la totalidad disgregada por la experiencia sensorial en un primer momento no necesite de sucesivas intervenciones ‘subjetivas’ para recuperar y aun superar niveles de totalidad” (p. 32). Pero vuelve a matizar Ellacuría: “Nuestra tesis sostiene, al menos formalmente, que ni la unidad debe anular las diferencias ni las diferencias la unidad” (p. 32). Así pues, no toda la realidad es lo mismo, aunque sea una.
Otra cualidad de la realidad es su intrínseco dinamismo, que evita que haya que buscar un principio externo al movimiento. Por eso, la pregunta por el movimiento es una falsa pregunta. O sea, no hay identidades fijas o estáticas como componente mínimo de lo real, que es lo que genera la pregunta por el movimiento, sino que hay un juego entre dinamismo intrínseco y ruptura de la identidad, ambas cosas (p. 33). Abunda en esto Ellacuría señalando que “Zubiri ha caracterizado lo formal del dinamismo como un dar de sí, expresión que, entre otras cosas, implica un desdoblamiento original entre lo que es ese ‘sí mismo’ y lo que puede ‘dar’, pero siempre como un ‘dar de sí’, de modo que el dar no rompa el sí mismo, sino que lo mantenga en una tensión unitaria, que normalmente implicará un cambio y, en principio, un cambio superador de aquello que siendo siempre ‘el mismo’ nunca es ‘lo mismo’” (p. 34). Asimismo, la respectividad que hemos indicado como propia de cada cosa explica el carácter constitutivamente dinámico de la realidad (p. 34). Por eso, en una de las formas de dinamismo, las cosas son “notas de”, como hemos apuntado al principio, es decir, forman unidades superiores (p. 35).
Hay que precisar que el dinamismo de la realidad no es siempre, contra la visión hegeliana o marxista, dialéctico. Porque “La dialéctica tiene sentidos muy varios y hay que determinar en cada caso cómo se la entiende y si se da, de hecho, esa dialéctica así entendida. Al menos puede sostenerse que no son formalmente lo mismo dinamismo estructural y dialéctica y que, por tanto, cabe, en principio, que se dé el primero sin la segunda, aunque no la segunda sin el primero” (p. 35). Como señalamos, además, al principio de este post, “El dinamismo estructural afirma que cada cosa real es primariamente una unidad en la cual las partes reciben su realidad del todo, aunque ellas mismas constituyan esa realidad del todo” (p. 35). Esto sí se parece, ciertamente, a la dialéctica, pero a continuación Ellacuría añade la apertura e indeterminación del resultado final del dinamismo y que éste no viene dado por un algo (principio) externo a la propia realidad y materia. La dialéctica, específicamente, retrata al dinamismo que emana de la negación, y que Ellacuría certeramente encuentra formulado implícitamente en el cristianismo (la muerte que da vida, la cruz) (p. 37). Será negando las negaciones como el cristiano busca la superación, lejos de las visiones interioristas y piadosistas del cristianismo.
Pero además, el dinamismo de la realidad es ascendente, implica un proceso de elevación hacia formas más altas de realidad (p. 38). Esto parte de una constatación en la realidad, lejos de ser una suerte de principio deductivo o lógico. Un ejemplo de una forma de proceso elevador es lo descrito por la teoría de la evolución, que explica, además, por qué ocurre, mediante qué mecanismos naturales. Ellacuría está manejando constantemente una idea de la realidad como despliegue de formas o niveles de realidad, como una suerte de cambios cualitativos ascendentes que no implican la eliminación de los niveles inferiores de realidad, como ocurre con la vida (pp. 39-40). “Se da una estricta novedad y no meramente un despliegue o explicitación de lo mismo” (p. 40). “Hay un estricto dar-de-sí-más de lo que actualmente se es y esto no sólo cuantitativamente –no en el sentido de un aumento cuantitativo de la materia inicial, sino en el sentido de darse más cosas reales diferenciadas-, sino, sobre todo, cualitativamente, esto es, mediante la aparición de nuevas formas de realidad” (pp. 40-41). Así pues, el “ascenso” no se basa en un dejar de ser, “sino en elevar lo que ya era a ser una forma nueva de realidad” (p. 41). De esto extrae Ellacuría una interesante consecuencia: “De ahí que no podamos decir lo que es la realidad hasta que ella misma dé-todo-de-sí y no podamos decir lo que es la realidad superior reduciéndola a las formas inferiores de realidad de la cual proviene” (p. 41).
Por último, el objeto de la filosofía es lo que denomina el filósofo vasco salvadoreño “realidad histórica”. Esto no equivale exactamente a los hechos, a lo ocurrido en la historia, sino que “por ‘realidad histórica’ se entiende la totalidad de la realidad tal como se da unitariamente en su forma cualitativa más alta y esa forma específica de realidad es la historia, donde se nos da no sólo la forma más alta de realidad, sino el campo abierto de las máximas posibilidades de lo real” (p. 43). Es decir, Ellacuría toma lo histórico como ámbito, no tanto como contenidos históricos. Esta es, creo, la principal aportación de Ellacuría a la filosofía, que desarrollará en el resto de su libro que estamos releyendo, y que lleva a sus máximas consecuencias lo que Zubiri había ya sugerido. Tanto es así, que incluso la “persona” no se entiende fuera de la historia: “un estudio de la persona y de la vida humana, al margen de la historia, es un estudio abstracto e irreal” (p. 44). La historia engloba a lo personal y posibilita un mejor o peor desarrollo de lo personal. Así, la filosofía estudiará la realidad histórica como el máximo nivel cualitativo de la realidad, como el ámbito en el que se da la totalidad de lo real, lo cual es así aunque estemos condenados a desaparecer y la Tierra tenga los días contados. En el segmento de tiempo en el que se da la historia, la realidad se manifiesta en su mayor nivel de realidad. En la historia no está, de hecho, negado lo biológico, lo material, lo social, sino que todo ello se halla en un todo o forma de realidad superior, con mayores posibilidades de interactuar y ejercitar su dinamismo como notas. Hay que evitar, sobre todo, tomar esto como una idea o ideal, porque Ellacuría jamás abandona, por ahora, el puro nivel de la realidad (material). El todo de la realidad histórica da pleno sentido a las partes, sin que este todo sea jamás algo monolítico y definido más allá del puro dinamismo del ir haciéndose.