domingo, 30 de enero de 2011

Ellacuría: Marx corregido por Zubiri.

Una clave del materialismo en términos generales es la visión del sujeto como constituido por el mundo, su mirada vuelta a la facticidad que lo constituye. Pienso por ejemplo en la perspectiva del freudomarxismo (Fromm) y sus diversas explicaciones de lo psíquico individual (el Yo) como reflejo de la estructura social. Según esto, las escisiones y antagonismos propios de la praxis, las inercias estructurales, las fisuras entre lo posible y lo dado, construyen lo que se denomina “interioridad”, gran parte del psiquismo e incluso, como apunta Bourdieu con su teoría del habitus, la corporalidad del sujeto. Se trata de una perspectiva que entiende lo concreto (individuo, la cosa) relativamente al todo, de manera que el todo está en las partes que lo constituye. Éste es el elemento característico del método dialéctico, según Lukacs, que aporta la visión desde la totalidad que el marxista húngaro admite recoger de Hegel. Otra cosa es que cuestionemos dicha aplicación de la dialéctica a todos los dinamismos de lo real en lo que parecería una sangrante recaída en el idealismo. Esto parece que fue considerado así por Ellacuría que entendió las limitaciones (así como lo afortunado) del método dialéctico, al que se aproximó precavidamente y del que sospechó que funcionara para todos los aspectos de la realidad tan bien como defendían los marxistas. Cuestionó su aplicación ilimitada e indiferenciada a distintos ámbitos (naturaleza y sociedad), como había sido el caso de Engels, y, sobre todo, la cerrazón de un método que heredado del hegelianismo, era capaz de disolver las partes en el todo y en la identidad, instituyendo una sospechosa teleología en la historia que, desde su perspectiva zubiriana, se manifiesta como una imposición de la idea a la realidad. Este es un punto de conexión con el pensamiento de Adorno y su dialéctica negativa.
Pero volviendo al planteamiento básico del materialismo (no exclusivamente dialéctico, como acabamos de señalar), es justo resaltar que lo social se encarna en el sujeto y lo conforma, como límite y a la vez posibilidades para que éste re-cree lo social y lo histórico. Recordemos que para Ellacuría lo social tiene una consistencia propia y es este cuerpo social el que refluye sobre el sujeto constituyendo la dimensión social del mismo, mediante el proceso denominado socialización. Pero en la medida en que en el hombre hay algo más que sociedad, en un nivel superior (la historia, como ámbito de capacitación y posibilidades en el que se da un dibujo o figura concreta de los grupos humanos a partir de dichas posibilidades), podemos hablar de educación. Apunto a ello, aunque muy escuetamente, en parte de un artículo recientemente publicado en la revista Teoría de la Educación. La educación sería una constitución de lo humano en interacción entre el sujeto (que opta) y la historia (lugar de la opción, límite y posibilidad de la opción).
El resultado de la educación puede ser (no siempre lo es) la “personalización” o constitución de lo personal en el hombre, que es lo capaz de crear más realidad optando a partir de la realidad histórica. Que este proceso sea de un modo impugnador por el que el otro-persona irrumpe en la identidad siempre cuestionada del sujeto o de otro modo, es asunto que me gustaría detallar mejor en algún futuro escrito que complete lo que sólo ha sido por ahora meramente apuntado. Quede, no obstante, claro el asunto a tratar como el de la relación y diferenciación entre la socialización y la educación. La educación sería un proceso interactivo más amplio que la socialización, a la cual sin embargo debe incluir necesariamente (lo social está presente en lo personal). La socialización proporciona cierta materia (la cultura, los “valores”, las creencias, la estructura inercial de relaciones en la que los hombres son meros elementos de un sistema) necesaria para la creación de realidad por parte de los seres humanos. Insistamos en que hemos de eludir toda concepción que implique que lo educativo es algo así como realización de “ideales”, desenvolvimiento, actualización de potencias, utopismo teleológico o voluntarismo del sujeto abstracto. Todo ello implicaría en el fondo una forma de educación nihilizante, negadora de la realidad, imposibilitadora, debido a su componente idealista. Cierto es que esto es también un posible cauce por el que transcurre lo educativo. De hecho, desgraciadamente, es lo normal. Lo educativo adquiere tintes, en este sentido, idealistas (se educa en función de un deber ser sin contar con la realidad) y por tanto ideologizadores. Por el contrario, para una correcta captación de lo real con el propósito de que el sujeto o los pueblos extraigan sus posibilidades de ello y elijan consecuentemente creando más realidad (histórica), es necesario que lo educativo desideologice. Lo educativo, en su ambivalencia, puede abrir los ojos a lo que puede ser realidad pero que no se ha concretado aún. Parte de este tomar conciencia al que puede contribuir la educación (ésta también puede, en el otro extremo, cegar o ideologizar como hemos dicho) es ofrecer una visión que le haga percibir la grieta entre el horizonte de posibilidades y lo dado al que aludimos en posts anteriores. Para esto, insistiría Ellacuría, habrían las instituciones educativas de posicionarse en el lugar correcto (con los oprimidos) por los motivos indicados también en posts anteriores (requerimiento epistemológico). Así, en un sentido ellacuriano, y esperamos confirmarlo con la atenta lectura de sus escritos sobre educación universitaria, educar (en su aspecto positivo contrapuesto a la ideologización) sería disponer de la propia realidad, entregar y recibir realidad en lo que supone una activación de hecho y sin inhibiciones u obstáculos de la relacionalidad constituyente del sujeto que se vincula conscientemente a su mundo. Dicho de un modo que puede sonar idealista: enriquecer la existencia, siempre que entendamos este enriquecimiento en estrecha interacción con la realidad histórica como maximización de las capacidades y logro de todas las posibilidades materialmente existentes.
El mundo, pues, tiñe lo que procede del sujeto. Así, resulta razonable mantener que todo el juego de mistificaciones, olvidos, fetichismos y cosificaciones que en el mundo de la economía entendida, contra la economía clásica, como universo histórico de relaciones humanas describe por extenso El capital, haya de tener su reflejo en el sujeto y en sus componentes. Éste es el caso de lo psíquico, decíamos, o de aquello que es incluido por lo psíquico, o sea, lo biológico, lo orgánico, lo corporal. Según el marxismo todo esa materia está impregnada por el ámbito de relaciones humanas que denominamos economía. Pero ciertamente hay que afinar como hacen Zubiri o Ellacuría a la hora de detallar y describir las relaciones de los distintos niveles o componentes de lo real (notas, sistemas de notas). Ciertamente, hacen bien en corregir, creo, el excesivo peso de lo social-económico en el marxismo con un contrapeso de lo biológico, pero teniendo en cuenta que lo biológico se da en el hombre en un nivel de materialización, podríamos decir, superior, como es el de lo social en unidad con ello. Todo conformaría un sistema de notas compuesto de subsistemas a su vez de notas (Zubiri). En la realidad histórica no se niega lo anterior y es en ella, en interacción con ella y constituido por ella, como Ellacuría entiende lo personal, pero queda claro el carácter histórico de lo personal, es decir, su limitación a lo histórico intramundano, a lo inmanente. Esto es la historicidad de la persona.
En la línea de esta corrección que estamos esbozando de Marx con Zubiri debemos situar a Ellacuría. Es lo que él hizo según Diego Gracia (pp. 16-17). En este sentido, y para defenderse de quienes acusan a la relectura de Marx a partir de Zubiri de malinterpretarlo, se pregunta Diego Gracia: “¿Resultaba tan descabellado pensar que la praxis como origen del conocimiento no tenía por qué conducir necesariamente al ‘materialismo’, dialéctico e histórico, y podía ser reinterpretada con ventaja en el sentido del ‘realismo’ zubiriano? ¿No era posible y sensato ver en el concepto marxiano de praxis un precedente de la impresión de realidad de Zubiri, y en ésta la expresión filosóficamente más evolucionada y precisa de aquél?” (p. 17). Diego Gracia se refiere al acto de conocer que tanto en Zubiri como en Marx (y de nuevo salvando las distancias apuntamos que de otro modo, el pragmatista, en Dewey), ha de representarse más con la metáfora táctil que visual. Es decir, tanto Marx como Zubiri nos conducen a una forma de conocer íntimamente vinculada con el contacto manipulativo de la realidad (pp. 17-18), frente al modo idealista-contemplativo al que remite la metáfora de la visión (tal vez paradigmáticamente representado por el cartesianismo moderno).
Ellacuría recalca que el sentido de la historia, si lo hubiera, sería siempre algo dado a partir de la realidad. De este modo, como señala Gracia (pp. 18-19) Ellacuría se separa de las lecturas individualistas e idealistas de la historia como realización de ideales o valores, y de la explicación de las crisis de la historia (o yo diría también, de las crisis de la sociedad) como crisis de valores. Frente a esta lectura se alza el materialismo de de Marx al que, sin embargo, podemos acusar de exceso de causalidad lineal y, como ya hemos dicho a partir de la crítica de Bourdieu, de sustancialismo (la “clase social” con su ingrediente estrictamente económico como cosa fabricada por la teoría marxista). Frente a esta dicotomía entre el idealismo y el materialismo marxista, señala Gracia que Ellacuría opta por el realismo zubiriano. “Este realismo le lleva a conceder una enorme importancia a los factores materiales, y a considerar que el sujeto de la historia no es el individuo humano, como quería el idealismo, ni tampoco la clase social, al modo del marxismo, sino la especie humana, y por tanto la sociedad humana en su conjunto. Esto explica la importancia que en el libro de Ellacuría adquiere el análisis de la sociedad. La historia es siempre historia social” (p. 20). De aquí hemos de resaltar que lo que hace Ellacuría es corregir la carencia de un planteamiento biológico en el marxismo, a partir de lo cual reelaboraría, creo, muchas de las intuiciones marxistas. Desde lo biológico (la especie) queda cimentado lo social, aunque lo social ya comprenda un ámbito superior de realidad.