viernes, 21 de enero de 2011

Filosofía de la Educación: ¿para qué?

¿Qué puede aportar la Filosofía de la Educación al estudio de la educación en sus distintos ámbitos de aplicación y conocimiento (Pedagogía, Educación Social, Magisterios, etc.)? ¿Cómo contribuye a la formación de un profesional de la educación? Creo que a la hora de responder a estos interrogantes hay que acudir a varios frentes de colaboración con las ciencias de la educación que pueden resumirse en un aspecto: Historizar el conocimiento teórico de la educación, o sea, conectar la teoría con la praxis educativa, en el sentido que el filósofo Ignacio Ellacuría entendía su método de la “historización” al que dedicaremos próximos posts y del que, no obstante, algo hemos ya señalado en este blog. La filosofía capaz de hacer esto (historizar la teoría y los saberes educativos), que se me antoja la más importante y necesaria tarea actual para la filosofía de la educación, ha de ser un enfoque materialista que se aplique a distintas cuestiones de las que ahora podemos enumerar sólo algunas:
1) Incidir en una concepción de la persona que supere los idealismos de algunos viejos personalismos (¡y de cierto constructivismo psicológico pedagógico!) para subrayar la materialidad propia de lo personal del sujeto educando. En esto, la pista de Ellacuría resulta excelente, aun más si la relacionamos con la pedagogía de Paulo Freire que es eso, precisamente, lo que hace en gran medida. El personalismo freiriano lleva la constante corrección del marxismo (Gramsci, Lukacs). En el caso de Ellacuría, el marxismo es completado y superado en ciertas deficiencias gracias al aporte de la filosofía de Zubiri. El sujeto se constituye con un material biológico, social e histórico ineludible para el análisis del mismo. Se trata de enfatizar los elementos objetivos y estructurales presentes en toda subjetividad. Pero el sujeto puede, de manera inmanente, apelar a una superación de las negatividades de la historia que lo constituye. Las dicotomías heredadas de la tradición moderna, como sujeto-objeto o individuo-sociedad son estudiadas y disueltas con inteligencia por la filosofía de la realidad histórica de Ignacio Ellacuría.
2) Igual que con la persona, en relación con los valores ha de apoyarse una des-substancialización de los mismos (la sustancia procede, según Zubiri, de una concepción filosófica de estilo racionalista-idealista), vinculándolos siempre a su componente social e histórico. Esto no quiere decir que se asuma todo lo que resulte avalado por la sociedad, sino que a partir de la praxis educativa se teorice acerca de unos valores que son puestos a prueba constantemente. Hasta cierto punto, se puede destacar esta misma tarea llevada a cabo por el pensamiento pragmatista deweyano, por mucho que en otros elementos lo hayamos criticado. Es decir, a la formulación ideal y abstracta de los valores (educativos) habría que, en la línea también de Ellacuría, conectarle los medios de realización históricos y sociales. El realismo zubiriano y ellacuriano puede servir para invertir la línea idealista en un sentido que iría, ahora, de la realidad, en primer lugar y teniendo a la vista Sobre la esencia de zubiri, a su captación racional, en un segundo momento (captación que en Zubiri se aborda en la trilogía sobre la inteligencia). Asimismo, la asunción del realismo zubiriano puede salvarnos de reproducir la escisión entre teoría y praxis, tan denunciada por parte de la propia Pedagogía y la Educación Social.
3) Desideologizar la concepción de progreso de cuño moderno, historizándola (como se ha hecho con los valores) acaso sin renunciar totalmente a la Modernidad (en su aspecto emancipatorio, en su concepción del saber y de la ciencia como volcados a la emancipación o liberación de los seres humanos). Por eso, historizar no equivale, desde esta perspectiva, a una enumeración de “hechos”, es decir, a convertir la filosofía en un saber empírico descriptivo. Esto sería perder el momento de distanciamiento reflexivo y captación racional de la realidad educativa, de su estructura profunda, de su aspecto estructural y sistemático. Pero tampoco se puede pretender, desde la mera reflexión, una captación de la realidad aislada de la realidad, que conduciría, de nuevo, al idealismo pedagógico. Es decir, hay que apoyarse en una concepción la de Zubiri o Ellacuría que entiende la realidad histórica como algo abierto, cuyo final no está garantizado, ni en un sentido positivo (emancipación de los seres humanos) ni negativo (autodestrucción de la especie humana). Así, la filosofía de la educación puede denunciar dinámicas teleologizantes en la expresión o investigación de los problemas educativos, aun cuando éstas se disfrazan con el ropaje de la neutralidad y la cientificidad. Esto quiere decir que parte del trabajo desideologizador de los saberes educativos estaría en, por parte de la filosofía de la educación, un planteamiento adecuado acerca de la realidad histórica que supera a las viejas filosofías de la historia de las que señala sus relaciones con las estructuraciones sociales (por ejemplo, fin de la historia y neoliberalismo económico en Fukuyama, por poner un evidentísimo ejemplo). No obstante, sí puede darse una teoría de la historia que estudie el funcionamiento de ciertos elementos (notas) en la propia historia.
4) Puede resultar sin duda fructífera la vía de un diálogo con la tradición fenomenológica, como portadora del punto de vista del sentido y que achacaría a nuestro materialismo quizás un olvido de la dimensión vertical (sentido, ser) del conocimiento una excesivamente moderna confianza en la ciencia y la técnica. Los autores que aquí podemos englobar dan, cualquiera de ellos, para muchos años de estudio, puesta en común y diálogo. El enfoque materialista se ha de servir de la inclusión de disciplinas como la sociología, la psicología y la biología en la reflexión filosófica. En la sociología un planteamiento excelente es, para que la pedagogía y la filosofía “pisen tierra” humildemente, el de Pierre Bourdieu.
5) En algunos aspectos, como ya han señalado Giroux y otros autores afines, puede resultar oportuno para la Pedagogía un retorno a planteamientos cercanos a Benjamin y a la primera generación de la Escuela de Frankfurt, teniendo a la vista algunas insuficiencias de la teoría de la acción comunicativa de Habermas o Apel. En este sentido y con este fin, paralelamente, se puede sumar a nuestra reflexión pedagógica la tradición de la Filosofía de la Liberación latinoamericana, encabezada por Enrique Dussel, además del mencionado Ignacio Ellacuría.

Desde luego, no pasa desapercibido que todo esto se sustenta en algo previo a la propia filosofía en sí y a sus resultados, y previo, también, a la investigación científica. Me refiero al posicionamiento por parte de la filosofía a favor de una liberación de los seres humanos, entendiéndola como superación de la grieta entre elevadísimos ideales que todos profesamos de viva voz y una realidad histórica que aunque los posibilita, se ha configurado en contradicción con dichos ideales. Hay que investigar y denunciar dicha grieta. Creo que, de hecho, señalar esta griega infatigablemente, con tenacidad, hasta quedar exhaustos si es preciso, es la mejor manera de hacer Filosofía de la Educación y de contribuir a una mejor Pedagogía, Educación Social y Magisterio. Se trata de evidenciar lo que no son sino mistificaciones idealistas, sean del color que sean, y de  indicar a qué amos sirven. Todo se ve, por esta opción filosófica, desde el prisma de cierta Ilustración que ponía como objetivo de la ciencia y del conocimiento la emancipación humana. En aras de este mismo objetivo ilustrado, se requiere una revisión de todo lo liberador o cosificador que, en la historia, ha acarreado la propia Ilustración. Se trata del bourdieusiano objetivo de emprender una suerte de Ilustración de la Ilustración.

Por último, un primer paso para desarrollar esta crítica del idealismo pedagógico podría ser el estudio filosófico, en el sentido historizador descrito, de autores consagrados como Froebel o Hebart, siguiendo la estela de la Pedagogía Crítica o, una vez más, de Freire, entre otros.

2 comentarios:

Armando dijo...

Muy buen artículo y muy interesante enfoque. Existe tanto escrito en pedagogía que a veces es difícil encontrar una guía que permita comprender criticamente lo que dicen los autores. Acuerdo contigo en que la pedagogía aun mantiene muchas cuestiones y "mandatos" de la modernidad. Quizás deberíamos, en esta historización que planteas, revisar también cual es la función que cumple o debería cumplir la educación, sin caer nuevamente en utopías irrealizables. Saludos.

Armando

http://eljuegodefilosofar.blogspot.com

Marcos Santos Gómez dijo...

Así es, "historizar", en el lenguaje de Ellacuría, es mostrar los modos de realización en la historia y la sociedad de, por ejemplo, los valores que tanto enseñamos en la escuela. La lacra de la actual enseñanza es, precisamente, este desdoblamiento entre la escuela y la vida fuera de la escuela, y entre lo que se dice en la escuela o la universidad y lo que, en realidad y de hecho, se hace. Hemos de apuntar a esta escisión como desarrollaremos en los próximos posts al hilo de los autores que estudiamos, si queremos verdaderamente servir a que todos en la sociedad vivamos mejor. Sería un buen comienzo un análisis exhaustivo de la calidad, tan nombrada en el ámbito pedagógico y universitario. Indagar de qué estructuración socio-histórica procede esta idea de la calidad, a qué fines sirve, cómo pretende lograrse, y qué entra o deja de entrar en este valor. En definitiva, comprobar qué realidad histórica-social ha generado esta idea de calidad que tanto se usa y cómo dicha idea sirve a la confirmación de la estructuración social neoliberal de la que procede. No en vano, en la historia de términos como "competencias" tenemos un desplazamiento del mundo de la empresa al de la educación, cuyas fases, motivos y causas hay que señalar.