domingo, 16 de enero de 2011

La proyección en el hombre: ejecución, opción y aceptación.

Ellacuría recalca en el hombre el carácter de lo que Zubiri ha llamado ex – posición, que es la apertura constitutiva de la realidad humana considerada en el tiempo, como apertura temporal. El hombre es, pues, una sustantividad expuesta a lo que tiene delante y va a venir. Así, “La vida ha de hacerse desde lo que, al menos en parte, está fuera de sí misma y por delante de ella, lo cual fuerza al hombre a estar en permanente exposición. Por ello tiene que salir de sí sin dejar de estar en sí, antes bien para ir entrando en sí mismo” (p. 471). Es una tensión hacia lo que viene en la que al viviente humano le tira lo que tiene delante, y que se refleja, creo, en la elaboración de proyectos. Pero este salto hacia delante de la sustantividad humana ha de contar con la realidad y las cosas en las que está expuesto. Mas frente a una posible lectura idealista o en términos de conciencia o de sentido, de esta ex – posición del hombre, subraya Ellacuría el carácter real que esto tiene. Es una necesidad emanada de la propia realidad del hombre, es un hecho físico en el sentido de real y en el que está involucrada, hemos dicho, la temporalidad en sus distintos niveles que decíamos en posts anteriores. “Lo que formalmente hace es autoposeerse en una determinada dirección, vivir y configurar su ser en una forma determinada” (p. 472). Así pues, el proyectar, además de que suele ser una actividad psicofísica, es algo que tiene que ver, en su conjunto, con la realidad del hombre, con su carácter material-real. El proyectar forma parte del carácter cursivo del hombre que comparte con la vida y el universo entero. Pero en el hombre, el estar expuesto y el proyectar no es meramente estimúlico como en los animales, sino que es un proyectar real. “El proyecto, en efecto, parte de una realidad que necesita proyectar para seguir siendo real, se realiza desde un enfrentamiento ‘real’ y lleva a una transformación real de las capacidades humanas” (p. 473).
Propiamente este proyectar, que se da en lo vital psico-orgánico del hombre, compone lo que Ellacuría denomina un “decurso vital”, que define en los siguientes términos: “el curso de la vida, el decurso vital, es una currencia en proyecto, un decurso en el cual se van insertando en la propia realidad los logros o malogros de la realización del proyecto” (p. 473). Esto es, propiamente, la forma de acontecer de la vida humana, un curso en función de proyectos, una suerte de autodefinición. Pero una autodefinición de carácter real, físico, no meramente conceptual o en la conciencia, insistamos. Es la constitución de la unidad transcurrente del viviente humano. “El sentido último y radical de la vida le viene de la mismidad, con la cual se va definiendo la sustantividad a lo largo de las situaciones vitales” (p. 474). Esta unidad es la de un proceso psico-orgánico, pero no sólo eso, sino que hay que subrayar que las acciones e interacciones proceden de un agente y autor. El hombre es agente (en lo que se refiere a su carácter natural) y autor (en lo que se refiere a su carácter histórico “libre”) de su vida. Esto quiere decir que el hombre se desarrolla como ejecución, cuando es agente, y como opción, cuando es autor. A esto, además, Ellacuría añade la aceptación de la trama real y de la conexión de situaciones que están ahí independientemente de la voluntad del hombre concreto.
Es importante tener en cuenta los tres modos, porque de otro modo podemos incurrir en la absolutización de un único aspecto en detrimento de los otros. “Por ser psico-orgánicamente sentiente, el hombre es agente de sus acciones; por estar abierto a la realidad y tener que habérselas con ella, es autor; por estar inmerso en una contextura dinámica de situaciones, es actor de la vida que le ha tocado en suerte. Las tres dimensiones intervienen en una u otra medida, de una u otra forma, en cada acción humana” (p. 478). Será todo ello lo que constituya metafísicamente la realidad humana. “Lo que va siendo de mí en el estar siendo es lo que constituye la expresión metafísica temporal de la realidad humana” (p. 479).     

2 comentarios:

La Otra Versión dijo...

hola Marcos, he leido el texto , a pesar de ser bastante complejo y realizar una visión un poco resumida y simplista.
Creo que la Historia , para el ser humano es algo frustrante, por su carácter de infinitud.
Al ser una ciencia , con un principio pero sin un final, asusta al ser humano, debido a que no la controla y si algo nos carecterizamos es por el elemento de sentirnos seguros por el control de las "cosas", como la naturaleza, a otras personas,....

Marcos Santos Gómez dijo...

Yo más que carácter de infinitud, le asociaría a la historia un carácter de apertura. Esto es porque la infinitud parece que es posibilidad en abstracto de cualquier cosa, lo cual contradice el carácter estrictamente material de la historia. Es decir, para cualquier dirección que tome la historia, se requiere contar con lo que hay en ella, con su configuración actual real. Partimos de una situación y de lo que Ellacuría llamaba "altura de los tiempos" que quiere decir las posibilidades que propicia una determinada fase de la historia. Se posibilitan siempre varias direcciones, pero no infinitas direcciones. Hay desde luego una gran variedad de posibilidades, pero son finitas. Y cada dirección tomada, a su vez, reconfigura la estructura socio-histórica y por tanto mueve la altura de los tiempos y las posibilidades de futuro existentes en la historia. Se trata de entender la historia como algo esencialmente dinámico y estructural.
Es verdad que nos gustaría controlar nuestro futuro, pero eso no es posible para un pensamiento que funcione separadamente de la praxis, de lo que realmente está ocurriendo y de las decisiones prácticas que los hombres van tomando. Así que estamos condenados a que todo intento de controlar y predecir a ciencia cierta lo que viene, tropiece con el fantasma del idealismo, que es el pensar abstracto que pierde el contacto con la realidad. Pero en fin, lo que tenemos que hacer, entonces, es retornar a la praxis y entender que pensar es, al mismo tiempo, tantear la realidad. Se trata de ser más modestos en el pensamiento acerca de la historia y pensar en un constante ajuste con lo que de hecho va ocurriendo en ella.