jueves, 13 de enero de 2011

Temporalidades de los seres humanos.


Como ya expusimos (pinchar aquí), el tiempo es concebido por Ellacuría, siguiendo una vez más a Zubiri, como una propiedad, como algo con carácter adjetivo lejos de la visión sustancialista a la que estamos acostumbrados. Así, no es tanto una cosa o algo objetivo, sino una forma del ser de las cosas, que además se modula en función de la estructura de la realidad en la que se integra. Así, a cada tipo de proceso en el que está involucrado lo humano, corresponde un tipo de tiempo, aunque todos los tipos de procesos se hallan a su vez interconectados. En este sentido, afirma Ellacuría: “Desde lo que es la realidad humana aparecen cuatro tipos de procesos, a los cuales corresponden cuatro tipos de tiempo estructuralmente distintos y estructuralmente conexos: procesos físicos, procesos biológicos, procesos psíquicos y procesos biográficos” (p. 420). Los dos últimos son exclusivamente humanos y han surgido, en la línea de lo comentado en el post anterior, por un proceso de liberación (ampliación y transformación cualitativa de la realidad), que asume los anteriores y forma con ellos una unidad. A cada proceso de estos corresponde un tipo de tiempo: a los físicos corresponde la sucesión; a los biológicos, la edad; a los psicológicos, la duración; a los biográficos-históricos, la precesión. Ellacuría pasa a explicarlos uno por uno y señala cómo si ponemos el acento históricamente en uno u otro, tenemos distintos modelos de sociedad, más volcada en el pasado, por ejemplo, o centrada en el porvenir.
El tiempo-sucesión es homogéneo, sin evolución ni avance real más que la conversión del instante presente en pasado. El tiempo-edad, asociado a una realidad que significa un nuevo nivel cualitativo, una especie de salto de lo real o novedad (la vida), introduce el proceso evolutivo que rompe con el carácter cíclico pero que permanece cerrado a unas leyes que configuran la vida. Es ésta, la vida, la que determina esta temporalidad y forma de realidad diferentes. “Lo específico de los seres vivos (…) es, por lo pronto, la ‘relación’ peculiar que se da entre las estructuras vivas del ser vivo y lo que esas estructuras van dando de sí en el curso de la vida” (p. 426). Así, cada edad es en sí significativa, plena de consecuencias singulares, y se enmarca en un proceso evolutivo de producción y refluencia de estructuras que van dando de sí, de reestructuración de la realidad viva. Es como si el tiempo cobrara ahora, en sus instantes, una singularidad propia, una significatividad específica de cada momento del proceso (evolutivo) de la vida. No hay una ruptura con la configuración general que define a lo vivo, pero dentro de ese margen, hay una re-creación constante de la realidad viva. Así, desde el punto de vista de la vida, no puede haber temporalidad homogénea, sino que hay un peso propio de cada momento de la estructura. Es un tiempo ligado a la vida y, por tanto, evolutivo y no homogéneo, no hecho de instantes, sino de momentos relevantes que marcan su continuación en una línea concreta (el futuro no es, por tanto, abstracto y vacío). En cada edad se dan unas posibilidades y líneas de continuación que, sin que el hombre y la historia se reduzcan a ello, deben ser consideradas por la historia.
La duración, o tiempo psicológico, es, sin embargo, un gran ahora que se modula cualitativamente, más allá de ser una simple transcurrencia. “La vida entera del psiquismo humano no es más que un solo momento que se dilata desde el punto inicial hasta el punto final” (p. 433). Es como un contenido (psíquico) que va rehaciéndose y ampliándose, y en el que, frente a la sucesión, el pasado no es destruido sino que permanece. Así, tener en cuenta esta temporalidad psicológica nos ayuda a no descartar el pasado en la explicación del hombre, pero, y he aquí su limitación, puede cerrarnos en demasía a verlo todo desde la clave del pasado.
Por último, la precesión, frente a la duración, pone todo el acento en la anticipación del futuro y la proyección. Es decir, la futurización. Se iría, en esta línea temporal, realizando posibilidades y dirigiéndose a horizontes dentro de lo que el presente, eso sí, puede permitir que se alcen. Esto es como un colofón del tiempo que corona a todos los tiempos, que pretende abarcarlos. Se realiza desde unas estructuras abiertas sentientemente, o sea, que reaccionan al presente-pasado, para llevar a cabo en consecuencia su ideación de horizontes futuros. Hay, por tanto, como dos momentos en toda precesión: el hacerse cargo de la situación (pasado-presente) y la apertura hacia nuevas realizaciones (proyectos).  
En un próximo post trataremos cómo estos tiempos participan y se integran en la historia, como temporalidad de la realidad histórica.