martes 22 de febrero de 2011

La historia como baremo crítico


En su ponencia titulada “La historia como baremo crítico: I. Ellacuría” el profesor J. A. Nicolás ubica el pensamiento de Ignacio Ellacuría en relación con la modernidad, de la que acepta algunos elementos y cuestiona otros, y en relación con los distintos paradigmas críticos que existen en la filosofía actual. Resalta que Ellacuría emprende una vuelta a la facticidad que señalábamos en el post anterior se comparte hasta cierto punto con Heidegger. Podemos decir casi lo mismo que ayer expresábamos siguiendo al profesor J. M. Romero sobre la facticidad en Horkheimer y en Heidegger. Ellacuría, obviamente, asume un posicionamiento muy próximo al que indicábamos que asumía Horkheimer, frente a la ontologización de lo fáctico llevada a cabo por Heidegger. Dice Nicolás: “Ellacuría centra su análisis de la facticidad en el ámbito sociopolítico y en su dimensión histórica y desde ahí reivindica una perspectiva planetaria, o como hoy diríamos, globalizada para su reflexión filosófica. (…) Pero esto no le lleva a un planteamiento abstractamente universalista, sino a una reflexión sobre la realidad concreta de la parte de la humanidad más desfavorecida o en franca situación de miseria” (p. 72). Hay, pues, un punto de partida concreto que, sin embargo, apunta a lo universal. Asimismo, el abordaje de lo fáctico se hace de un modo hermenéutico-interpretativo pero con una finalidad transformadora de la realidad (p. 72). Al pensamiento liberador le mueve, evidentemente, un interés por la liberación, que en post anteriores señalábamos como un a priori que puede justificarse tanto moral como epistemológicamente. Esto último, la necesidad epistemológica del ubicarse en el lugar adecuado (los oprimidos), elude toda acusación de irracionalismo, ya que se trata de un dinamismo de la razón que busca comprender la realidad (histórica) (73). Hay, subyacente a esto, una conexión entre justicia social y verdad (p. 74) que podríamos, creo, relacionar con la simpatía que la figura de Sócrates le inspiraba al filósofo vasco. La verdad (esclarecimiento de la realidad histórica) parte de la constatación de una deficiencia en la realidad histórica, de la experiencia de la situación de injusticia (74). De modo que la razón está entretejida con la praxis. Este tipo de verdad buscada por el filósofo ellacuriano no es la de la ciencia (en sentido restringido), “sino que está aludiendo a alguna dimensión práctica de la verdad, que pueda ponerse en conexión con la liberación humana. Compartir esa experiencia conduce a un nivel de verdad donde razón teórica y razón práctica aún no se han escindido” (p. 75). Más adelante, precisa J. A. Nicolás: “La verdad no es una cosa o un resultado, sino que es fundamentalmente una tarea histórica de intelección y de discriminación” (p. 75). Se trata, además, de una verdad que, en el sentido benjaminiano, se da en los márgenes y no en el núcleo de la humanidad. Una verdad que, como en el pedagogo Paulo Freire, se revela en los márgenes, entre los oprimidos, adquiriendo un matiz histórico en este caso lo que tiene matices más ontológicos en la verdad de las “situaciones límites” en Jaspers (idea ésta señalada por Dussel y que yo he resaltado en algún artículo sobre Freire). Nicolás alude al carácter de fractura entre lo dado y lo posible que manifiestan estos lugares límite de revelación de una verdad histórico-social (75-76). Pero lejos de mantener un apriorismo metodológico, indica Nicolás con acierto, hay siempre en Ellacuría una prioridad de la realidad (asunto heredado de Zubiri) y por tanto un carácter experiencial del método para el hallazgo de la verdad sobre la realidad histórica. Así, ha de darse un cierto distanciamiento entre un primer momento experiencial y práxico que ha de ser conectado con un segundo momento de conciencia. Si esta conexión oculta o revela da por tanto una conciencia que podríamos llamar evocando a Lukács “falsa” o ajustada con la realidad (que la aprehende, lo que en el marxista húngaro ha de adquirir una forma dialéctica, pero no es así en Ellacuría). Es así cómo la imagen intelectual de la realidad (pensamiento, conciencia, ideología) puede ser encubridora (ideologizadora) o al contrario (desideologizadora), como ya hemos desarrollado en posts anteriores dedicados a Ellacuría. Señala Nicolás que “(…) ha de haber una relación comprensiva, en su sentido hermenéuticamente más fuerte, con el sujeto de la liberación, que según Ellacuría no se puede señalar de modo dogmático de una vez por todas y para toda situación histórica” (76). Esto es el primer momento, experiencial, del método ellacuriano de captación de la realidad histórica, que debe por una necesidad como hemos dicho epistemológica, situarse en el lugar adecuado (los oprimidos). Y a continuación, habría de darse, dice Nicolás, una historización de los conceptos. “Se trata de reconstruir los conceptos y valores abstractamente considerados en su dimensión de inserción en la praxis concreta y del efecto que de hecho realmente producen en ella” (p. 77). Así, frente a todo idealismo, se va de la cosa (realidad) a la comprensión de la misma. La crítica emprendida por Ellacuría es, en relación con lo dicho en los últimos posts de este blog, una crítica inmanente. Pero Nicolás alude también a un momento de idealidad en tanto en cuanto se dirige a un ideal liberador. Creo que en esto, y ya lo he dicho en este blog creo recordar que al hilo de un escrito de Héctor Samour, Ellacuría osciló entre un inmanentismo puro y una cierta propensión más trascendental y trascendente al abordar sobre todo el asunto de los Derechos Humanos, a los que erige como referente ideal de todo proceso liberador, aunque requieran ser materializados en la historia para que adquieran su plena realidad. Sí está clara una cosa: que todo ha de pasar por el tribunal de la historia para que pruebe su verdad. Es con esta conclusión como termina su ponencia Nicolás. No es que haya algo oculto que desvelar, como en Heidegger, sino que hay una interacción y mutua remodelación constante entre verdad, realidad e historia (p. 78). Esto lo desarrolla ampliamente el propio Ellacuría en la última parte de su libro fundamental: Filosofía de la realidad histórica, que todavía tenemos que acabar de exponer en este blog. La verdad sería, indica Nicolás sintetizando el planteamiento ellacuriano, una tarea y no un mero desvelamiento o despliegue.

Referencia bibliográfica:
Senent de Frutos, J. A. y Mora Galiana, J. (2010). Ignacio Ellacuría 20 años después. Actas del Congreso Internacional. Sevilla: Instituto Andaluz de Administración Pública.

1 comentarios:

José Mora Galiana dijo...

El pensamiento de la última etapa de Ignacio Ellacuría me parece bien planteado: el objeto de la Filosofía no es el ser en cuanto ser sino la realidad histórica y la praxis política de transformación con el fin de hacer posible la verdad y la justicia. Hay, claro está, en su filosofía un giro antropológico y ético, pero también político. Así, pues, no debe olvidarse nunca ni la función pedagógica de la Filosofía ni su función liberadora.

José Mora Galiana