miércoles 9 de marzo de 2011

¿Walter Benjamin en la filosofía y la teología de Ellacuría?


Hay algunos puntos que merecen tenerse en cuenta a la hora de valorar el proyecto filosófico (y teológico) liberador de Ignacio Ellacuría, a la luz de autores o planteamientos acaso con menos presencia en él que los que ya hemos ampliamente ido considerando en este blog. Se trata de buscar algunos contrapesos que nos ayuden a relativizar críticamente algunos aspectos. Así, en una parte concreta de su ponencia para el Congreso internacional “Ignacio Ellacuría: 20 años después”, el profesor Juan Antonio Estrada señala con una óptica crítica algunas matizaciones a partes de la filosofía ellacuriana. Ahora nos ocuparemos de una de ellas. Ésta es la necesidad de que la filosofía y la teología de la historia no sean en exceso definidas por un único paradigma marxista y que incluya elementos de la teología política europea (Metz) y de un autor heterodoxo dentro del marxismo como Walter Benjamin. En Benjamin se subraya el carácter inacabado de cualquier configuración histórica en la medida en que siempre queda un resto (el sufrimiento de las víctimas en el pasado) que debe ser recogido e incorporado al presente de manera que añada, paradójicamente, un plus hacia delante, una suerte de espacio abierto inasible que nos previene para que no cristalicemos ningún momento de la historia por muy triunfante y bueno que nos parezca dicho momento. Es decir, se trata de la incorporación de una suerte de negatividad que impugne cualquier configuración histórica de manera que si el pensamiento es receptivo a ello no debería incurrir en la absolutización de ninguna de las formas de la praxis o de la teoría que justifica dicha praxis.

La grieta que en post anteriores atribuíamos a obstáculos en la realidad histórica que inhibían el logro de lo bueno posible favoreciendo la permanencia de lo dado, se amplía si nuestra mirada se torna hacia lo insuperable del pasado. Esto es aquello que no puede superarse totalmente nunca, ya que siempre quedará un resto, que Benjamin señala como las cuentas pendientes con las víctimas caídas en el pasado, cuenta que jamás podrá saldarse en la inmanencia de la historia. Es aquí donde, quizás peligrosamente para algunos, Benjamin o una teoría de la historia inspirada en él podría aproximarse a una insinuación de lo trascendente más allá de lo inmanente, que se materializaría en el permanente recelo ante lo dado. Este recelo, si también se absolutiza, nos conduciría a la negación del mundo como tal, de la realidad. Por eso, puede acusarse a este pesimismo de peligrosamente gnostizante (nihilista), pero no olvidemos que también el optimismo triunfalista, incluido el de la revolución y la victoriosa toma del poder, puede albergar evidentes peligros que a estas alturas de la historia hemos presenciado ya en numerosas ocasiones. Son dos extremos que devienen en sendos nihilismos que se tocan: el de la supresión y rechazo del mundo y el hombre como malos, por un lado, y el del sacrificio del mundo y del hombre a una idea de lo que éstos deben ser. Benjamin, en su justa medida, nos resguarda contra ambos.

Pero dicho esto, hay que señalar honestamente que aunque sea necesario superar todo pesimismo gnostizante (el primero de los dos extremos nihilistas), hemos recalcado implícitamente en la larga serie de posts dedicados a Ellacuría, que sí sería apropiado mantener por lo menos una cierta sombra del viejo gnosticismo. En el mundo nada está acabado, y esto adolece de una cierta ambigüedad cualitativa si pensamos en valoraciones globales del tipo bueno-malo. Quiero decir que este inacabamiento ostenta una ambigüedad y tensión insuperables que conducen al hombre por un lado a una aceptación plena de la realidad (Epicuro, Marx) o por el otro lado a una negación de la misma (Schopenhauer). Yo no veo el modo de superar esta ambigüedad que nos sugiere lo real. Ciertamente el sistema filosófico zubiriano-ellacuriano recalca este inacabamiento estructural del mundo y de la realidad, pero no incluye suficientemente el elemento negativo, o sea y dicho en términos benjaminianos, lo insuperable del horrible pasado que por muy bien que hoy llegáramos a vivir, siempre permanecerá. Si esto es teología o apunta para algunos a la creencia, es otro tema que podemos discutir, pero es verdad que hay elementos en la realidad histórica, y aquí es donde hay una verdad en la teología (Horkheimer), que nos obligan a relativizar toda configuración concreta de la realidad histórica por muy justa o buena para todos que ésta se haya constituido. Esto es un componente o condición trágica de la existencia humana, sobre todo si decidimos permanecer filosóficamente en la inmanencia, lugar donde reside ese resto doloroso, y lo cual es destacado también por la filosofía de Albert Camus. El momento de verdad del gnosticismo sería el subrayar este destino trágico intrínseco a lo inmanente. Ver en la apertura dentro de la propia inmanencia posibilidad y superación es algo saludable para emprender transformaciones en pos de un mundo más justo, pero dichas transformaciones no pueden convertirse jamás en una panacea para los sufrimientos de los seres humanos. Cómo podemos equilibrar este fatalismo de la eterna pérdida con la decidida acción política (utópica y revolucionaria) es una cuestión que, para empezar, nos debe conducir a relativizar toda praxis y toda teoría sobre la historia, prudentemente.

Ellacuría nos presenta una opción que enfatiza que lo bueno es posible en la inmanencia, elaborando una ética material (y política) de la liberación. Otra opción de lucha, más trágica en el sentido de fatum insuperable y por eso con la ambigüedad de todo combatir estoico, sería la ética del segundo Camus. En Camus (La peste, El hombre rebelde) hay una solución al mal estrictamente inmanente que apuesta por los hombres, pero también hay en dicha solución un rescoldo de negatividad insuperable que estigmatiza la existencia de los hombres. Aquí, hace tiempo quise ver una afinidad, con atrevimiento, entre el estoicismo y Camus que quizás aspiraba en el fondo a intentar más adelante casar marxismo (en cuanto filosofía de la inmanencia y utópica) y estoicismo, lo cual parece un imposible y un dislate. Es cierto que el estoicismo apunta a una metafísica del eterno retorno, cíclica, como acabo de leer en Bloch, frente a la tensión hacia delante propia del marxismo o del cristianismo libre de elementos gnósticos. La concepción de la historia como una superación o transformación constante en marxismo o cristianismo aporta una base para la esperanza que no aporta el fatalismo trágico estoico, pero éste, sin embargo, nos previene con acierto de que sí hay un destino que como el de Sísifo se repite cansinamente, a pesar de todos los logros de los hombres: un tipo de perenne fracaso, el hecho de que los logros históricos son a medias, porque todos los proyectos humanos se truncan y se quedan apenas recién nacidos. Es el carácter fragmentario que acarrea siempre la historia, el llanto por lo inacabado que jamás podrá ser restaurado. La liberación y la forma de combatividad de los estoicos paganos (Epicteto, Séneca) partían de este pathos incuestionable. Es lo que en la filosofía marxista, introduce Benjamin. Un eterno retorno de lo malo que convierte a lo malo en constante presencia y compañía de los hombres.

Nos venimos a referir a una constante tensión entre dos polos, permanencia de lo malo y superación de lo malo, en la cual se hace, en la cuerda floja, la historia humana. Y podemos desde luego mantenernos en esta tensión agnósticamente como hicieron Benjamin o Camus. Un agnosticismo al que acompaña la sombra de Dios, o anhelo de que las cosas fueran de otro modo o hubieran sido mejor para los hombres. Se trata del espacio mesiánico donde depositar las esperanzas de quienes vieron perdidas todas sus esperanzas. Aunque este deseo alude al mundo, parte del propio mundo y se expresa en términos mundanos, como deseo que es, apunta sin embargo al sueño de otro mundo. Así, algo tan humano, demasiado humano, como el deseo y la esperanza apuntarían a un más allá en el que fácilmente puede sospecharse la sombra del Dios absolutamente trascendente. En cualquier caso, el elemento negativo en la historia actúa como espuelas para el caballo de la historia y ostenta una función inmanente que se ejecuta en la praxis, por mucho que no se agote en ella. Por eso, nada puede permanecer como tal en la historia. En lo positivo, éste es el elemento que nos ayuda a superar las tiranías concretas en el presente. “Hay que dejar espacio al tiempo mesiánico, manteniendo el carácter limitado de toda transformación social y evitando el triunfalismo de las realizaciones históricas, que generan nuevas formas de violencia social” (p. 464). Interpreto que en este sentido es en el que señala Estrada que “El planteamiento de Benjamin es más radical que el de I. Ellacuría” (p. 464).

2 comentarios:

José Luis dijo...

Cacho de artículo!!

Marcos Santos Gómez dijo...

Gracias, me alegro que te guste.

Un abrazo,
Marcos