Vamos a interpretar lo que está pasando. Vamos a ver. Por un lado tenemos un mundo, o mejor dicho, una sociedad con varias características que se habían ido acentuando en los últimos años, con especial virulencia a partir del 2001. Hablo sólo de España y me remito a lo que he ido pacientemente observando, denunciando en este blog y soportando con casi silenciosa indignación (sí, he dicho, indignación). Esta realidad visible era atroz. Digo visible, porque deduzco que convivía con otra realidad invisible que incubaba electrónicamente a lo que ha llegado a ser una criatura sorprendente, un nacimiento luminoso, irradiante. Hasta el surgimiento de esta criatura el 15 de mayo pasado, el mundo que yo he visto y del que puedo dar tristemente fe era un mundo insalubre. He hablado mucho de estas cosas en el blog así que voy a intentar ser ahora sintético y resumir en pocas palabras lo que ha sido el aire del que respirábamos todos, un aire polucionado en el que hemos sobrevivido a duras penas. Este aire era el de un mundo que ha llegado a convertir en normalidad el robo, la extorsión legal (listas de morosos, cartas amenazantes con impecable lenguaje jurídico para que pagues hasta el último céntimo, etc.), el trepar y medrar a fuerza de arrollar y llevarse por delante a quien fuera, el aguantar humillaciones y constantes atentados a la dignidad para convertirnos en cómplices de más humillaciones y más atentados a la dignidad a la primera de cambio.
En medio de eso, la gran pregunta que me atormentaba era siempre la misma: ¿Por qué consentimos? ¿Por qué actuamos de manera que contribuimos a que esto siga así? ¿Por qué nadie se rebela? Las razones para la rebelión eran desde luego morales pero sobre todo, y esto es lo que hacía inexplicable para mí la sumisa pasividad de tanta gente, era una cuestión de bienestar y de salud. ¿Cómo resisten, pensaba, en este mundo horrible que se nos está imponiendo con la fatalidad de los mitos? Razonaba que había una culpa personal en todo ello. Porque se puede no hacer ciertas cosas. Se puede vivir en un mundo corrupto que te obliga a matar gente por el hecho de meter dinero en una cuenta bancaria, si casi no queda otro remedio, pero de ahí a malversar fondos o robar alegremente, hay un trecho. Sé que somos moralmente lo que nos han enseñado. Pero también hay factores que deberían abrirnos los ojos. El pensamiento estoico, tan sabio, decía que uno es dueño del segundo movimiento, porque el primero viene dado. Uno juega las cartas que otros han barajado para uno.
Uno debe conocerse si quiere hacer el bien, pero sobre todo para sobrevivir. La razón indica los movimientos que, salvo en casos de masoquismo extremo patológicos cuya causa habría que ver, tienden en todos a hacernos felices. Es cierto que la trama se enreda. Pero esto lo único que debe producirnos es la motivación por conocernos, por palpar esa materia que realmente somos, por asumir lo que hay, y desde ahí iniciar la caminata que nunca dejará de ser acaso tembloroso tanteo. A lo largo de este proceso vital nos rehacemos constantemente y por tanto cambia la materia que somos, su configuración. Cambia el arsenal psíquico, emocional, los recuerdos, la mirada, etc. con la que decidimos hacia dónde dar el próximo paso. La ética estoica era un poco esto. Una ética sensata, de tipo material más que formal, que aspiraba a un contenido vagamente definido que podríamos denominar como la salud, el bienestar, para lo cual se requiere ser dueños hasta el punto que nos es dado a los seres humanos del caminar conducente a ese bienestar.
Así, se trata de partir de una materia que nos limita pero al mismo tiempo nos da las posibilidades de optar que se nos presentan, y sólo esas. Esta idea la hemos visto más elaborada en Ellacuría y el Bloch. Pero esto ahora es lo de menos. Lo que quiero señalar es que si los hombres buscamos lógicamente vivir bien, proteger nuestra vida, porque si no hay vida no hay ya nada más, no tiene sentido otra cosa, entonces lo razonable es evitar lo que nos daña. Pero mi sorpresa y diario asombro ha sido, días tras día durante más de diez años, que nos encaminábamos justo a lo que mata y daña. No me lo podía explicar. Un ejemplo. Conozco un lugar donde hay varias clínicas que hacen los exámenes médicos para conductores. Son tres o cuatro clínicas casi juntas. Tienen abundante clientela ya que muy cerca está la jefatura provincial de tráfico. Pues bien, durante estos diez años, día tras día he asistido al espectáculo de ver jóvenes, en ocasiones chicas embarazadas, gente que no vestía precisamente de marca, a veces incluso un anciano, algún medio hippi desarrapado…todos peleándose en cuanto aparecía un potencial cliente para atraerlo a la clínica que les paga un sueldo que presumo seiscientoeurista o mucho menos. Estaban lo mismo charlando amigablemente pero cuando llegaba el paciente, corrían a adelantarse a la otra persona caza-clientes, a ver quién chilla más, quién le quita el cliente a su amiga por una miserable limosna. Un espectáculo verdaderamente ruinoso, triste. Ese era el mundo que a partir de leyes supuestamente inexorables que regulan la economía se nos imponía. Así, más de diez años, viéndolo yo a diario, sin que a nadie pareciera sorprenderle. Desde luego, dudo que esa permanente vejación sea buena para nadie. Nadie se merece eso. Ninguno nos merecemos ese mundo. Pero, insisto, hemos consentido tenazmente en ello.
¿Nos hace esto culpables del daño causado a nosotros mismos? En gran parte pensaba y pienso que sí. Se puede combatir, se puede resistir, se puede en ocasiones desobedecer. Pero nadie lo hacía. España era un país de pícaros desalmados, de timadores de ancianos con alzheimer, de ladrones que vendían al prójimo y a su propia alma por cuatro duros. A veces ni siquiera era el dinero, que en algunos casos era para comer. También se perdía los papeles por un título de lo que fuera, por figurar en una lista, por que le llamen a uno, por ascender socialmente, por adquirir fama o prestigio, por ganar más cuando se tenía ya mucho, etc. Y todo el país había vendido literalmente su alma al diablo de la enfermedad y el daño. Era absurdo, inexplicable. De hecho, acudí a la sociología, al marxismo, a la historia e incluso a la psicología para entender qué pasaba. Pero por mucho que existieran explicaciones (que si el poder de las ideologías, que si las inercias socialmente aprendidas, que si el miedo a la libertad, etc.) siempre acababa diciendo: ¿y no sería más fácil decir NO? ¿Van a tener al final razón los políticos corruptos que nos han estado vendiendo a la banca? ¿Vencen los malos? La pasividad española sorprendió incluso al propio Sarkozy que se mofó públicamente de ella en una visita a España. Dijo ante Zapatero: “Resulta admirable cuánta paciencia puede tener este pueblo”. Y así, como Sarkozy, los bancos franceses y alemanes nos orinaban y defecaban encima. La Unión Europea, Estados Unidos y cuatro familias de banqueros o grandes empresarios españoles. Todo con la connivencia de una estructura política copada por, precisamente, pícaros y trepas que no dejan lugar a quien no sea como ellos. Años tras años. Una década de pensamiento único, de manipulación mediática, de totalitarismo mercantilista en las universidades y centros de enseñanza. Nos tomaban el pelo. Hace unos días el propio Zapatero ha vuelto a mentir, por ejemplo. En el parlamento ha negado que los bancos reciban más de lo que dan, que se les esté regalando beneficios cuantiosos y se ha remitido a una verdad a medias creyendo que el pueblo español sigue siendo el que era hace un mes. Pero no. Ya no. La red de redes echa chispas y hay auténticos debates políticos y económicos en ella, con proliferación de datos que todo el mundo busca contrastar. Un verdadero proceso de ilustración popular está en marcha. Un proceso que, y aquí voy, también interpreto como un tajante NO al mundo social y económico que nos estaban vendiendo. De repente, ha surgido un liberador esfuerzo por aprender en la multitud en apariencia antes pasiva y anónima. Y ya no nos pueden engañar. Seguirán diciendo: “Hay que respetar la convivencia y las leyes” Pero ipso facto, circulará una lista producto de una hábil investigación anónima que revelará el nombre del más del 90 % de los alcaldes que se han subido el sueldo tras ganar las pasadas elecciones. Y además en la lista se verá la cantidad bruta anual que cobran con el porcentaje de la subida. Se hará también un ranking como esos que tanto gustan a la experticia, para destacar el número uno que se lleva la palma con una subida del 130 % de su sueldo de la noche a la mañana. Nos dirán: “es que somos representantes legítimos”. Mentira. No nos representan, porque nosotros elegimos a personas para que piensen en el bien común y no en los pactos, alianzas y compras de voto que suelen hacerse en la política. Eso no son, precisamente, representantes y eso no es, menos aún, una democracia. En nuestro proceso de universidad popular (ya que la otra universidad anda un poco cómplice de bancos y políticos con esto del Plan Bolonia) está ya hecha, la ilustración de todos entre todos, gracias a ese inventito por el que tú ahora me puedes leer, amigo lector. Nos dirán “Internet era bueno cuando sólo valía para hacer negocios, pero ahora es un peligro para la sacrosanta seguridad nacional”. Y entonces todos sabremos que ya se están viendo todas las cartas y que sus palabras o actos acaban delatándoles. Porque es tiempo de que a todos se nos vea de qué pie cojeamos.
Este impulso sano, sanamente ético, que es el 15M ya no va a parar. Si dicen: “son violentos”. Se sabrá que mienten. Si dicen: “la ley protege a los ciudadanos e infringirla es un atentado contra la democracia” Todos intercambiaremos posts sobre los numeritos que hay que hacer para darse de baja de una compañía telefónica o, aun peor, evitar que además de quitarnos la casa, nos dejen endeudados con la complicidad de esa democrática y legítima ley que todos debemos respetar. Está claro que quienes se benefician de lo que hay no van a consentir en que se cambie nada. No tienen la vergüenza moral ni la valentía que haría falta. Son ignorantes y moralmente zafios. Podemos entrar en el juego de demostrar con más y más evidencias y datos esta verdad, pero ahora mismo no voy a abundar más. Además, ellos lo saben perfectamente. Saben de qué hablo.
En definitiva, el 15M, en mi modesta interpretación, está siendo el intento de recuperar la vergüenza (moral) en una sociedad hastiada de gravísimos y constantes agravios a la dignidad y abusos. Por fin ha saltado una suerte de resorte moral casi in extremis para salvarnos, que consiste básicamente en percatarnos de que este mundo que se nos impone no es el mundo que queremos, que este mundo nos daña, que no es deseable para nadie y que en él todos perdemos. Nos hemos dado cuenta, consciente o inconscientemente. Y entonces surge el impulso de negarse al mal que nos daña y de clamar “¡Basta ya! ¡No vamos a ser cómplices de esto!”. Se trata de que vuelva a imponerse en la sociedad española la vergüenza. La vergüenza que es repugnancia ante el mal, la repugnancia que Adorno decía que era el sentimiento propio de la moral post Auschwitz. Porque en el mundo totalitario que vivimos peligra la dignidad, peligra la persona. El mal se había infiltrado dentro, muy dentro, hasta que nuestras vísceras en un espasmo están intentando por fin vomitarlo. Echémoslo fuera. Echemos a los malos, a los que no tienen vergüenza, a los carentes de escrúpulos, a los que pueden destruir vidas sin inmutarse, acaso manejando cifras en sus pulcros despachos. Porque hemos experimentado el daño que estos sujetos producen al mundo, la violación constante de nuestro futuro, el robo del horizonte. No nos amparemos en fatalidades ni destinos de ninguna clase. Será durísimo y tardará mucho, pero no importa. Sea nuestra vida tenaz combate contra la ponzoña en la que agonizaba la mansa Tierra. Zafios. ¡Fuera de las oficinas, de los parlamentos, de los tribunales, de las academias, de la ciencia, de las empresas, de los bancos, de las artes, de las escuelas, de los ejércitos, de la policía, del gobierno y de la oposición! ¡Fuera! El mundo se retuerce de dolor por la enfermedad que le provocáis. Sois la peste que azota al mundo. Sois culpables. Sois enemigos de la gente honrada y buena. Iros y dejadnos vivir en paz. ¡Embusteros!
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