martes 25 de octubre de 2011

Límites y limitaciones de la sociología

Respondo a un comentario que me hacen en torno al post anterior (23 de octubre de 2011) de alguien que subraya el valor de la sociología como mirada cercana y fiel a la realidad, descriptiva, al menos con un método científico, frente a las vaguedades de muchos filósofos. Esto nos conduce a un tema filosófico precisamente, que no es mi especialidad, la teoría del conocimiento o de la comprensión de la realidad. Intentaré ser breve a pesar de lo dificilísimo del asunto. Digamos para empezar que la ciencia no es mala y debe acudirse a ella para conocer la realidad. En este sentido, la sociología es buena y debe utilizarse para ahondar en el conocimiento de la realidad social. Pero si nos alzamos o distanciamos a un nivel digamos filosófico, asumimos una perspectiva o profundidad que ayuda a entender los límites y riesgos del conocimiento sociológico y de reducir el conocimiento del hombre a sociología.

Ciertamente, no podemos huir de la sociedad, pero lo que llamamos sujeto no es sólo sociedad o su dimensión social. Eso sería un individuo, de cuya suma y relaciones mutuas complejísimas saldría todo el entramado social y cultural. La perspectiva de la sociología es la perspectiva del hombre individuo que forma grupos que adoptan un dibujo siempre móvil (el tipo o forma de la sociedad) al que contribuye a hacer al mismo tiempo que es hecho por dicho dibujo. Esto es así porque su mirada es representativa, capaz sólo de ver en la realidad “planos” mensurables y no llega más allá. Así, Bourdieu tanto en su aspecto más racionalista-universalista de defensor decidido del conocimiento científico como en el tono más pascaliano (razón encarnada-habitus) de los campos sociales no escapa de esta concepción analítica y en el fondo, aunque le pese, cartesiana. Por mucho que según él el sujeto no sea un sujeto meramente calculador y que piense con su cuerpo-habitus, la clave de la captación de la realidad (social) es, para el francés, científica y por tanto parte del modelo sujeto impoluto que observa al objeto desde la pulcra distancia, transparentemente. De hecho, el ideal de Bourdieu es limpiar la realidad y la mirada de suciedad para mirar con más nitidez. Es una concepción humilde, de una tradición de modestia filosófica, que se limita a barrer la suciedad en la mirada, pero que no entiendo más que usuaria de un tipo particular de mirada (la científico-descriptiva).

La reflexión filosófica puede también a partir de las posibilidades e ingredientes sociales que ofrece al filósofo su sociedad salir hasta cierto punto de ello en una comprensión de lo humano que lo entienda como persona, pero este salir fuera no es al estilo cartesiano sino fenomenológico posthusserliano. La persona no es una sustancia al modo aristotélico-tomista, sino a su vez una relación que Zubiri llamaba “respectividad”, como digo en el post anterior. Pero es una relación previa a la constitución de lo social en el individuo y no captable empíricamente. O sea, el individuo que forma y es formado por una sociedad puede hacer eso porque previamente los demás están en él como condición de posibilidad de su existencia, de un modo a-lógico que por tanto no puede ser captado por la ciencia (la ciencia juega con el aspecto lógico de la realidad). Esto es así porque la ciencia, por mucho que intente superar determinados sustancialismos en su propia tradición (como hace Bourdieu con la sociología), no puede dejar el plano de la “cosa” que es una forma representativa (captable empíricamente, fenómeno en el sentido kantiano) de la sustancia (noumeno en el sentido kantiano). O sea, la ciencia funciona en el momento en que tenemos cosas o sustancias captables racionalmente.

El nivel de la persona es previo, creo. No habría cosas ni ciencia sin el mismo. Pero al estar fuera del campo de captación de la ciencia, tenemos que acudir a una reflexión previa, distinta, que relacionaríamos con la tradición fenomenológica en la filosofía. Así, filósofos de esta tradición continental como Levinas han captado que previo al nivel captable por el logos científico está una relacionalidad básica, indispensable, por el que el cosmos está religado y una persona lo es porque está religada a las demás. En este sentido el pensador judío señala que la ética precede a la metafísica. Es en el nivel de lo personal, que no excluye lo animal, ni lo mineral, ni lo vegetal, ni lo social, donde hay un carácter histórico, una historicidad, que consiste en ser mundo, parte del mundo, en estar ligado al mundo en sus distintos niveles animal, mineral, vegetal o social. Es algo previo que, como indica una imagen que extraigo de mis lecturas de algunos libros del profesor Luis Sáez, es vertical, como un basamento que no lo es en el sentido de suelo firme. En realidad es la perspectiva a la que apunta Foucault, la de un des-fondamiento del sujeto, a cuyos pies, todo se mueve. Ese movimiento es mundo y es historicidad. Los contenidos de esa historicidad y de ese mundo son los objetos de estudio científico, justo donde se sitúa la sociología. En estos contenidos se expresa lo previo y a partir de ellos todo lo humano se reconfigura constantemente. Por eso, la historia cambia, por una mezcla de elecciones y determinaciones, pues hay posibilidad de libertad a la hora de que el hombre adopte un tipo de dibujo o forma histórica a partir siempre de un material que viene dado y que limita pero también señala su horizonte de realización. La historia no se entiende sin la persona, pero tampoco la persona se entiende sin la historia (Ellacuría).

Si nos quedamos en la sociología verás que la libertad desaparece porque todo es engarzado en la cadena causal propia de las explicaciones científicas. Se trata de un nivel plano, horizontal, superficial, representativo, que no puede ahondar más allá de sí mismo. La filosofía es el intento de, como hizo Foucault, caminar peligrosamente en los límites de este plano, atisbando el abismo. Para Levinas o Benjamin o Adorno, el abismo son, como para mí, las víctimas, entendiendo esto como una negatividad impugnadora de lo dado, de lo que llega como dato empírico (que es sólo un modo de llegar lo que es). Así, desde los datos empíricos conservados en archivos, tenemos una historia como progreso ascendente que resulta ser una ilusión y es impugnada si acudimos al trasfondo o desfondamiento que quita el habla de “algo” que se alza como un silencioso pero altamente clamoroso “no”. Un “no” que actúa como el nihilismo activo de Nietzsche, deshaciendo pero haciendo otro orden al mismo tiempo (ya que no podemos vivir sin orden). Ese nivel u orden es el orden del fracaso, de las ruinas, de lo no logrado, de los anhelos cruelmente truncados de los oprimidos. Es como un eco, como vacíos o nadas que insertas cual agujeros en la realidad la transfiguran. Esto no es captable sólo con la ciencia o la sociología. De hecho, aunque la sociología puede ayudarnos en el mundo, también puede colaborar con los vencedores y ser instrumento de la ingeniería social utilizada por la dominación que precisamente genera vacíos y víctimas, que con la apariencia de llenar el mundo, como decía Heidegger, lo vacía, en un nihilismo absoluto, negador de lo personal, de la relacionalidad humana que es condición de posibilidad para toda vida humana realizada.

O sea, si no incorporamos al discurso científico esa nada previa al mismo y no captable científica o discursivamente, sucumbimos al vacío y al tedio de un mundo plano, una decadencia que nos sustrae la posibilidad de un mundo donde poder ser más “felices” o en el que al menos haya menos sufrimiento evitable. La ciencia social es proteica o camaleónica. Sirve al mejor postor y siempre, sobre todo la social, transmite una visión del mundo (como señala la Teoría Crítica de Adorno y Horkheimer). Y mi inquietud y sospecha es que hoy se esté utilizando la ciencia social por parte de algunos para abrumarnos en un desierto cuya arena tape la relacionalidad básica o respectividad constituyente de lo humano.

El peligro de quererse meter en estas profundidades abismales de la filosofía es que todo en ellas es oscuro. Foucault lo intentó y a su manera también Nietzsche. En esa oscuridad se dan la mano la muerte y la vida, el horror y el heroísmo, el fracaso y la victoria (estas polaridades son meras metáforas). Ése es el peligro, peligro al que sucumbió Heidegger, intuyo (porque no lo he estudiado a fondo) y que solventó o intentó solventar Levinas, quien insistió en el carácter respectivo (respectividad) de lo que Heidegger llamó Dasein. Es decir, en la historicidad del Dasein, hay ya el otro, el vínculo primario con los demás y con el mundo, con el hecho de que haya algo y no nada, en la religación o ineludible y mutuo engarzamiento de unos con otros. La sociología insensible a esta profundidad de lo real también puede caer en el peligro contrario al de Heidegger que señalara Heidegger, el de una luz que pretendiese iluminar todos los recovecos de la realidad creando la falsa impresión de un mundo, de una sociedad o de una historia captables empíricamente en su totalidad. A la ciencia, por tanto, y a las cosas y relaciones entre las cosas o a las cosas como meros cruces de fuerzas o posiciones relativas (Bourdieu) hay que añadir un cierto “tono”, una suerte de sensibilidad, un saberse en los otros y saber a los otros en uno, un saberse religado y constituido en lo más hondo de materia y persona por lo otro. Esta religación asume formas (la sociedad concreta que estudia el sociólogo) que heredan un dinamismo constante de la plasticidad personal previa, del no haber límites claros entre uno mismo y los otros. Quizás para algunos esto conduzca al plano de las grandes religiones. Para otros al silencio del místico o del budista. Otros lo llamarán (a esto innombrable) “ser” (Heidegger). Es lo que difícilmente, oblicuamente, expresa. El arte a veces pelea con esto, intenta definir lo indefinible. O incluso un logicista como el primer Wittgenstein llamará precisamente lo místico a lo que por ser condición previa del mundo descriptible no puede describirse, o sea, para él, el lenguaje o el universo en sí, como un todo, en su totalidad, no pueden expresarse (Tractatus).

Olvidar esta dimensión fenomenológica nos puede desorientar en la realidad, también en la realidad social (sociedad). La sociología entonces funciona como razón calculadora, cuantificadora que corre el riesgo de ocultar antes que revelar. Que tapa el ser, diría Heidegger. Y esto se presta a un uso de la sociología desconectado de otras dimensiones que pueden orientar la existencia humana (el grito silencioso de los oprimidos, de las víctimas que han posibilitado que nosotros existamos y que incluso algunos vivamos bien). Es una dimensión no expresable sociológicamente y que el sociólogo puede olvidar si reduce el conocimiento de la realidad o lo real a lo meramente social. Entonces acude a descripciones que pueden, además, enredarse y obedecer a distintos sesgos de la mirada, sesgos precisamente sociales que aunque el sociólogo vea no puede evitar. Su ciencia le ayuda a distinguir estos sesgos y depurar la mirada, pero en su olvido de la común religación previa incurriría en un pacto con los poderes establecidos, en un dejar de mirar el horizonte, el a dónde vamos, para centrarse en el ombligo de la realidad plana de su ciencia sociológica. Así es muy fácil dejarse tentar por el poder y utilizar el conocimiento científico que empieza y acaba en sí mismo sin miramientos. Uno puede medir el mundo bajo la pretensión de abarcarlo todo pero olvidando sustratos básicos. Este sustrato opera y uno puede obedecer a la tendencia a llenarlo todo de “asfalto”, a consagrar lo que mira, a obedecer a la estructura situándose dentro de ella sin jugar, como hizo Foucault o hace el artista o el hombre religioso, en los límites de la estructura. El sociólogo puede ser afectado de un pathos que le “determine” para elegir a ciertos amos y que a su servicio lo haga desmenuzar la realidad social, atomizarla, enmarañarla antes que aclararla. Esto ocurre aunque eche mano de la excusa de que conceptos como “clase social” son sustancialistas. Así, el engranaje conceptual que sirve a la lucha social liberadora puede ser sustituido por un empirismo atomizante que desintegre la realidad que no nos gusta y dejemos de verla (las clases sociales, las categorías marxistas tomadas ampliamente y sin dogmatismo). La sociología, en este sentido, ella sola, ni pone ni quita rey, sólo sirve a su señor. Pero lo que yo le he preguntado en el post anterior ha sido: ¿Y a qué señor sirves? ¿Dónde reina? ¿Cuál es su reino? El sociólogo que no se someta desinteresadamente a los débiles no sirve al señorío que ha arrojado al 15 M a la calle.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Marcos
La idea de la respectividad me sugiere preguntarte acerca de ella. ¿Acaso no se trata simplemente de considerar el principio ontológico de que todos los objetos del mundo (incluidos dentro de ellos al hombre) se encuentran relacionados con otros (directa o indirectamente y en mayor o menor medida).
Por otro lado, se plantean las limitaciones a la sociología de una manera general, me parece que mejor sería utilizar enunciados sociológicos en los cuales se pueda observar esas limitaciones. Al hacer esto tal vez se encuentre que esos supuestos sí son asumidos por la disciplina.
Saludos
Wilbert Tapia

Marcos Santos Gómez dijo...

Estimado Wilbert:

En efecto, la respectividad apunta a y nos sitúa en un nivel ontológico, previo y fundante, aunque no en el sentido causal metafísico. El sociólogo apuesta o no, en una "decisión" o actitud pre-lógica, por armonizar o no con los otros que nos constituyen. En función de esta apuesta, su sociólogo servirá para la dominación o para la emancipación. Y sí podríamos, como sugieres, buscar y señalar esto en ejemplos concretos. Se trata de que por debajo de la labor del sociólogo hay un tono, una suerte de rechazo o mansa aceptación del señorío de los débiles como parte de sí mismo. Por eso, la sociología puede servir a distintos amos. Esto es lo que he querido decir. La sociología tal cual y un uso eficiente del método científico puede no bastar para asegurar que se conecta con la verdad.

Un saludo cordial,
Marcos Santos

José Luís Rápalo Suárez. dijo...

Hola Marcos!!
He leido en el párrafo 4º q en Levinas "la ética precede a la metafísica". Esta afirmación no creo q sea correcta. Levinas distingue 2 momentos en la vida: 1) La separación del elemento (del mundo en general, le dice elemento pq se refiere a aquellos elementos q satisfacen el gozo de vivir, lo q cubre nuestras necesidades, el aire, agua, tierra, etc..). Cuando se da esta separación se desarrolla la interioridad. Desde esta interioridad, el hombre contempla el mundo. En esta contemplación comienza la cosificación, sobre la cual se sustenta la posesión de los objetos. de estos objetos se asegura el porvenir, el aplazamiento de la muerte, es decir, el tener tiempo. Y en el tiempo se sustenta la libertad. Recapitulo los pasos: 1-interioridad; 2-contemplación; 3-cosificación; 4-posesión de objetos; 5- aplazamiento de la muerte (tiempo); 6- Libertad. Todo esto se consigue con la relación intencional de la representación. Por ello caería todo dentro de un único apartado, a saber, separación-representación.
El segundo momento de la vida es la de la relación con el infinito, cuyo contenido desborda a su idea contenedora. Aquí, entran conceptos como trascendencia, el Otro, lenguaje, metafísica, ética...
Según en cual de los 2 momento nos situemos, obtendremos o la totalidad o el infinito. Por lo q puede haber una metafísica de la totalidad, o una metafísica de lo infinito.
Un saludo compañero!!

Aniceto Xuan dijo...

Para ello tenemos la "vigilancia epistemológica" que reivindicaba Bourdieu, la duda metódica cartesiana, la ARQUEOLOGÍA Y GENEALOGIA (fOUCUALT Y nIETZSCHE), el mejor de los feminismos, EL GIRO DECOLONIAL y otras miradas que alertan de que el estatuto epistemológico de las cc. sociales es débil y por tanto, cualquiera de ellas escapa del maco de las explicaciones y demostraciones de la lógica pura.

Disculpen las mayúsculas, pero me encuentro con un teclado complicado de la China profunda,

salud y un gusto el blog,

Aniceto

Marcos Santos Gómez dijo...

Gracias por la precisión, José Luis. Cuando yo me refiero críticamente a "metafísica" suelo entenderla en un sentido causal-explicativo, o sea, la metafísica que subyace al conocimiento científico cuando hay pretensiones de totalidad (Levinas, como señalas) y que fuera cuestionada entre otros por Kant.

Saludos,
Marcos

Marcos Santos Gómez dijo...

Aniceto: Gracias por tu valiosa aportación. Tenemos que diferenciar desde luego un empirismo burdo del método genealógico empleado por Foucault, arma éste último poderosa para disolver falsas apariencias de realidades. Bourdieu en la medida en que también apunta a esto da pie a una sociología revolucionaria.


Saludos,
Marcos

Elecciones Mexico dijo...

Es que como dice el maestro "nuestra opinión es que nada contrasta tanto con la sociología como la historia".Su labor va a ser, con respecto a la sociología, muy parecida, como él mismo dice, a la realizada por Descartes con respecto a las ciencias naturales: eliminar los prejuicios morales, religiosos o psicológicos, de tal modo que los elementos de estudio- la sociedad y sus componentes- puedan ser analizados y entendidos como cosas, como objetos independientes de instancias psicológicas o divinas.